Relatos escritos Relatos escritos Archivos - https://relatosescritos.com/category/relatos-escritos/ Revista de relatos de ficción, críticas y cine Sun, 12 Aug 2018 11:30:32 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.9.4 https://relatosescritos.com/wp-content/uploads/2015/08/cropped-favicon-2-32x32.png Relatos escritos Relatos escritos Archivos - https://relatosescritos.com/category/relatos-escritos/ 32 32 84823136 No siempre llueve a gusto de todos (parte 14) https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-14/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-14/#respond Tue, 04 Apr 2017 09:57:01 +0000 http://relatosescritos.com/?p=944 No siempre llueve a gusto de todos (parte 14) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Capítulo 14 Bill pisó a fondo el acelerador. Su cerebro le indicaba que debía huir. En su cabeza una única idea. Necesitaba volver al Hotel Mesilla en Las Cruces. Sentía que alguien le pisaba los talones. Estaba agotado. Sin descansar era incapaz de razonar qué hacer. Jimmy lo tenía en su terreno. Los neumáticos ardían […]

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 14) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
No siempre llueve a gusto de todos (parte 14) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Capítulo 14

Bill pisó a fondo el acelerador. Su cerebro le indicaba que debía huir. En su cabeza una única idea. Necesitaba volver al Hotel Mesilla en Las Cruces. Sentía que alguien le pisaba los talones. Estaba agotado. Sin descansar era incapaz de razonar qué hacer. Jimmy lo tenía en su terreno.

Los neumáticos ardían sobre el asfalto. El motor revolucionado parecía a punto de estallar en llamas. Bill tenía que encontrar un lugar seguro. Sin saberlo, se dirigía en línea recta hacia la trampa que Jimmy había tejido para él.

Bill jamás supo lo que había sucedido esa mañana mientras dormía en el desierto. Los recortes de periódicos, las indiscreciones de una trabajadora del hotel Mesilla y las declaraciones de la propia policía facilitaron un destello de los hechos, a los que para completarlos, me he visto obligado a añadir pequeños detalles de mi propia cosecha.

Ese día a las cinco de la llamada, el teléfono de la inspectora de policía Margaret White se iluminó y empezó a sonar Everyday de Buddy Holly. Había puesto esa canción como tono tras su turbulento divorcio. Fue la que escuchó al bajar las escaleras del juzgado, tras haber conseguido la custodia de su hija. La mujer rezongó rascando su cara contra la almohada. Extendió la mano sobre la mesilla, hasta que sus dedos chocaron con el teléfono que no paraba de vibrar.

— Margaret White al habla.

— Escucha y obedece, mujercita.

— ¿Quién cojones habla? —Margaret se despertó al instante.

— Soy tu liberador. Por fin vas a hacer algo que sirva para la humanidad. Eres una destructora de familias y voy a hacer que por fin empieces a apreciar a los demás y tal vez a ti misma.

Margaret giró sobre la cama. Al llegar al borde, abrió el cajón y sacó su pistola. Saltó al suelo y se puso de cuclillas, con el arma en la mano derecha y el móvil en la izquierda.

— No me suena tu voz. ¿Te conozco? — Caminó con pasos silenciosos hacia la puerta de la habitación.

— ¡Un paso más y reviento la cabeza de ese feto malparido al que llamas hija!

Margaret palideció y se quedó quieta.

— Eso está mucho mejor. Me llamo Bill. ¿Me conoces?

— ¿Qué quieres? — La mujer tragó saliva.

— Te he preguntado que si me conoces. Responde o el engendro de la otra habitación pagará las consecuencias.

— Si. Te conozco.

— Eso está mejor. Quiero jugar al gato y al ratón. Es tu juego favorito. ¿Quieres volver a ver a esa niñita con nariz de cerdo que malpariste?

Margaret corrió hacia la habitación gritando de manera histérica el nombre de su hija. Estrelló su hombro contra la puerta. La manilla se dobló y saltó por los aire. La puerta giró vertiginosamente sobre sus goznes hasta golpear la pared. Bajo la cama había un bulto del tamaño de su hija. De un tirón arrancó la manta. El móvil salió disparado contra la pared y cayó al suelo sin apagarse. En la cama sólo había una almohada con una macabra sonrisa, una cabellera y dos ojos dibujados con ceras infantiles. En la sábana estaba escrito Hotel Mesilla y algo más abajo Las Cruces.

Margaret se tapó la boca. Emitió un pequeño gemido de dolor y una lágrima que no derramaba desde su divorcio, cayó por su mejilla. Todo estaba en silencio. Escuchó unos golpes y gritos lejanos.

Bum, bum, bum.

Miró a su alrededor con la boca abierta. Trató de seguir el rastro sonoro.

Bum, bum, BUM, BUM. Los gritos de su hija acuchillaron sus tímpanos. Provenían de lo único que brillaba en la habitación, su móvil. Sus espasmódicas manos recogieron el móvil. Escuchó el inconfundible sonido cuando se arrancan mechones de pelo completos de una cabeza.

— Por favor. Por favor, para.

— …

— Por favor. Te lo suplico. — Margaret emitió las palabras al borde de la asfixia. Le faltaba aire.

— Última oportunidad, zorra. No vuelvas a desobedecerme. Vete al Hotel Mesilla con tus amiguitos policías. Ni una palabra de lo que ha pasado en tu casa.

Colgó.

Margaret era incapaz de respirar. No sabía si quien estaba al otro lado era Bill u otra persona. Sonaba diferente. Tomó tres fuertes bocanadas. Fue al baño y se miró al espejo. Apoyada en la pila, su cara mostraba un rictus que desvelaba su estado emocional. Se maquilló lo mejor que pudo para borrar la tensión de sus músculos faciales. Metió las sábanas en la lavadora y la puso en marcha. Salió de su casa sin mirar atrás. Se disponía a obedecer las órdenes que el supuesto Bill la había dado.

En menos de dos horas las luces rojas y azules de la policía iluminaban el amanecer de Las Cruces. Varios coches policiales se agolpaban en el aparcamiento del Hotel Mesilla. Tres policías uniformados se acercaron a la inspectora. La hablaban de manera ininteligible para ella en aquel momento. Margaret salió del vehículo aferrada a su móvil.

Caminó con paso firme y manos temblorosas hacia el interior del edificio. Tenía aspecto de haber sido erigido con adobe. Los tres hombres la acompañaron. El interior olía a humedad. Tras la amarillenta mesa de recepción había una chica joven. La mirada de aquella joven parecía ocultar una persona de sesenta años hastiada de vivir. El enorme reloj sobre la cabeza de la recepcionista recordó a Margaret la importancia de actuar con rapidez. Sacó una foto de Bill y la puso sobre la mesa. Inmediatamente sacó su placa y la puso encima de la foto.

— ¿Has visto a este hombre?

La chica masticaba un chicle.

— Bonita placa bonita. Pero esto es un negocio privado y algunos de nuestros clientes vienen con amiguitas. Si empezamos a decir quién viene y quién …

Margaret sacó su pistola y la puso sobre la mesa, al lado de su placa.

— Ley antiterrorista. ¿Eres de los buenos o te esposo sobre la mesa y te saco la información a golpes?

Los policías que estaban detrás de Margaret se miraron entre ellos. Conocían a Margaret desde hace años y nunca la habían visto actuar de esa manera. Uno de ellos la puso una mano sobre el hombro.

— Margaret …

Le apartó la mano con un golpe y enseñó los dientes a la joven recepcionista.

— ¿Has visto a este asesino? ¿Si o no?

La chica retrocedió dos pasos.

— No me pareció un asesino.

— Y tu pareces muerta por dentro. Aún así, aquí te tenemos respirando. ¿Número de habitación?

— Es la 18. Creo que se equivocan de persona. Era un don nadie.

La chica no parecía justificarse por ocultar información sobre el paradero de Bill. Rebuscó en un cajón y sacó una copia de las llaves que recogió uno de los policías. Margaret indicó a los tres hombres que fueran a la habitación. La sala empezaba a llenarse de hombres uniformados.

— ¿A quién ha llamado?

— No tenemos registros. En la frontera, eso no trae más que problemas.

Margaret sujetaba con fuerza su móvil. Su imaginación le mostraba imágenes de la habitación vacía de su hija. La recepcionista seguía hablando, pero era incapaz de comprender qué la estaba diciendo. Entre los vapores del monólogo que sostenía la chica, Margaret recogió su pistola y su placa.

Un grito hizo que volviera al lugar. Escuchó el sonido de arcadas y el fuerte aroma de carne podrida impregnó el lugar. Margaret corrió por los pasillos viendo pasar números de habitaciones.

5, 8, 12, 15, … 18. El pasillo parecía iluminado por una fuerte luz rojiza proveniente del interior de la habitación. Fuera estaba uno de los policías apoyado en la pared, con la mano en su boca, conteniendo el impulso de vomitar.

Margaret sostuvo con fuerza su móvil. Sus manos estaban sudorosas e impregnaban la pantalla. Apoyó una mano en el marco de la puerta. Se imaginó el peor escenario posible. Una peste con olor a podrido cubría el ambiente. Entró.

La sombra de un crucifijo invertido se proyectó sobre su cuerpo. Sus pupilas se dilataron al ver el cadáver de una niña clavado en una cruz invertida. La luz crepuscular de tonos rojizos entraba por la ventana y cubría el cuerpo de la niña permitiendo vislumbrar sólo las zonas laterales iluminadas. Todo el cuerpo y el rostro se encontraban en completa oscuridad debido al fuerte contraste. Aun así, podía verse cómo quién fuera que hubiera hecho aquello, había rajado el estómago y sacado las vísceras. Había mechones de pelo apelmazado en el suelo. Sobre ellos aun goteaba sangre de lo que parecía un enorme corte en la garganta. Margaret tragó saliva. Pequeños trozos de ropa raída de la niña flotaban en el aire acompañando el movimiento de los policías que rodeaban la cruz. El hedor de la descomposición era insoportable. Ayer por la noche había besado a su hija en la frente. No había dado tiempo a que su cuerpo se corrompiera para oler de esa manera. Puso la mano que sostenía el móvil frente a sus ojos para tapar los rayos del Sol. Sus ojos se adaptaron mientras se acercaba a la niña. Se acuclilló frente al cadáver para poder ver su rostro. La cabeza invertida casi tocaba el suelo. Acercó la mano que sostenía el teléfono hacia el semblante. Había algo familiar, pero no era capaz de distinguirlo. El móvil vibró y la pantalla iluminó las facciones de la niña. Margaret reconoció inmediatamente a Sophia, la mejor amiga de su hija. La conversación que había mantenido con su pequeña hacía unos días golpeó su mente como un martillo.

Lo he vuelto a ver camino del colegio, iba con Sophia; pero esas veces la miraba a ella. Era el hombre del saco. El que se llevó a papá.

El móvil se revolvía en sus manos. Cada tono parecía una sacudida. Margaret se recompuso. Descolgó.

— Margaret White al habla.

Los policías miraron a la inspectora. Cuchicheaban entre ellos. La mujer miraba fijamente al rostro invertido del cadáver mientras asentía. Sólo decía una palabra: Si.

Colgó.

— Encargaos de registrar la zona. No quiero que falte ninguna prueba.

— ¿Alguna idea de quién podía ser esta pobre cría? — El policía parecía fuertemente afectado.

— Al cabrón que perseguimos le vale que pasara por delante en un momento de ira. — Se acercó al agente. — Más vale que lo cacemos cuanto antes o seguirá matando.

La inspectora salió del lugar. Los policías testificaron que Margaret siempre había demostrado un aplomo increíble en cualquier situación y por primera vez parecía abatida. Entendieron que se fue del lugar para evitar mostrar su lado débil.

Seis horas más tarde.

Bill pasó al lado del cartel que indicaba que había llegado a Las Cruces. Las sirenas se habían silenciado. Aun podía ver atravesando el cielo entre los edificios los inconfundibles colores rojo y azul de los coches de policía. Habían iniciado su caza. Redujo marchas forzando el motor y aparcó su coche bajo un puente por el que pasaba la autopista 180.

Estaba perdido. Había leído el diario de Jimmy. Sabía que el psicópata había jugado a la cacería de humanos durante años. Él y su mujer no tendrían escapatoria. Se olvidó de todo por un momento y notó un sudor frío recorriéndole la frente a la vez que se le formaba un nudo en la garganta. Perdía fuerza en sus brazos. Era el culpable de su propia situación. Si no se hubiera acostado con Patricia para saciar su vacío en lugar de intentar mantener a flote su matrimonio, nada de esto habría sucedido. Agachó de nuevo la cabeza sobre el volante y lloró. Había derramado más lágrimas en los últimos días, que en los años que había menospreciado a la mujer de su vida.

Elevó la cabeza. Las luces rojas y azules se entrecruzaban entre ellas bailando mecánicamente por encima de la ciudad. Miró a su izquierda. Las luminarias de la policía no cubrían con su manto azul y rojo esa zona de la ciudad. Metió la marcha atrás y condujo por la avenida W. Amador. Aunque su mente le dijera lo contrario, no podía rendirse ahora. Tenía que conseguir salvar a su mujer.

Todo a su alrededor estaba seco y marchito. Encendió la radio, necesitaba evadirse un momento de sus propios pensamientos. La canción Have you ever seen the rain del grupo Creedence Clearwater sonó con su tonalidad melancólica.

Las casas bajas y los terrenos baldíos desaparecieron a los cinco minutos. Las calles volvían a llenarse de edificios de baja altura. Pasó al lado de una arboleda. En el césped, entre los árboles, se extendían clavadas en la tierra las tumbas de cientos de personas. El cementerio masónico de Las Cruces estaba dentro de la propia ciudad. Bill miró las tumbas de piedra. Apagó la radio. Todo se terminaba en ese punto. Puede que hubiera algo más allá. Pero las penas y miserias que vivimos en este mundo pierden el sentido cuando mueres o te matan. Si hubiera algo más allá, sólo queda el fardo donde transportas tus bondades y miserias. Todo pareció ralentizarse con la música. El paisaje polvoriento a su alrededor parecía pasar a cámara lenta.

En la torturada mente de Bill, la posibilidad de un infierno se perfilaba por primera vez en su vida. Si Jimmy era un siervo del diablo en la Tierra, es posible que cuando cruzara el umbral se encontrara frente a frente con monstruos aun peores. Inhaló profundamente. Pensó en su amante Patricia, embarazada de su hijo. Había muerto a manos de ese asesino. Por su culpa se había derramado demasiada sangre en los últimos días.

La canción llegó a su final. Apagó la radio. Levantó la cabeza y miró al frente. Por el carril contrario de la carretera un coche de policía venía en su dirección. Abrió los ojos y clavó sus dedos en el volante hasta que sus dedos se volvieron blancos y sus uñas se quebraron. Respiró agitadamente. La pareja de policías que iba en el interior miraban en todas direcciones. El copiloto le dio un par de golpes en el hombro a su compañero y cogió su radio. Bill puso el pie en el acelerador. Su corazón parecía querer salir a golpes de su pecho. Se estrellaría de frente contra el coche. Huiría a pie. El policía de la radio habló atropelladamente. Activaron las sirenas y aceleraron. Bill agarró el volante y pisó el acelerador. El coche de policía se mantuvo en el carril paralelo. No lo miraban. Bill despegó el pie y tragó saliva mientras observaba por el espejo retrovisor cómo se alejaba el coche patrulla.

Tenía que librarse del peso que llevaba sobre su conciencia. Le impedía actuar con sensatez. Eso condenaría a su mujer a morir a manos de Jimmy. Era lo único que le quedaba en este mundo. Ni siquiera conservaba su alma. Además esa constante sensación de que lo seguían desde hacía horas, de que lo atraparían o matarían antes de que acabara el día.

Su cabeza se había distraído varios minutos. Se había perdido en medio de la ciudad en la que era el criminal más buscado. A su izquierda una licorería, tal vez la vía de escape que estaba buscando en su interior. A la derecha un cartel con forma de sombrero indicaba que había un restaurante familiar con un aparcamiento exterior. El letrero ponía con letras grandes Arby. El mesón tenía tejado rojo. Parecía salido de una película de dibujos animados. Llevaba dos días sin dormir en una cama y necesitaba comer algo. Se miró en el espejo interior del coche. Vio a un hombre demacrado, herido y cubierto de vendajes ajados y polvorientos. Si abría la puerta del coche y entraba en un lugar como este, la policía aparecería al recibir la llamada del primer padre preocupado por la integridad de su familia. Las Cruces se había convertido en un lugar con demasiada violencia desde su llegada. Tenía que seguir huyendo. Llegar a un lugar donde supiera que iba a ser bien recibido.

Arrancó el coche. Sentía unos ojos clavados en su nuca. Acababa de salir una familia del restaurante, pero no se había fijado en él. Miró en todas direcciones. Era su imaginación traicionándolo. Circulaba muy lento. No podía llamar la atención.

A poca distancia se erigía un gran edificio blanco con grandes torres de color crema. Tosió y escupió algo de sangre sobre su mano. Estaba buscando desesperadamente una escapatoria y por fin la había encontrado. Coronando su puerta de entrada había una gran cruz y el título del negocio rezaba: Catedral del Inmaculado corazón de María. Era la señal de que había llegado a su destino.

Aparcó y sacó de la guantera hojas de papel y un bolígrafo. Yo, Stephen Leviathan, me había convertido en el primer confesor de Bill. Pero no era suficiente para limpiar su conciencia. Bill se apoyó sobre el volante y escribió lo que había vivido esas últimas horas. Las palabras tenían trazos puntiagudos. Destilaban nerviosismo. Hasta que llegó al final. Parecía haberse liberado de su carga. Sus últimas palabras fueron que había dejado de sentirse vigilado. Necesitaba entrar y confesar sus pecados para quitarle el yugo a su alma.

Dobló las hojas y las metió en un sobre. Desconozco cómo lo envió. Normalmente relataba el lugar y los medios que había usado para enviarme la misiva. De esa manera yo sabía que había logrado cubrir todo rastro. Aseguraba mi privacidad y seguridad.

Fue la última carta que recibí de Bill.

Listado de capítulo de la  novela No siempre llueve a gusto de todos

 

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 14) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-14/feed/ 0 944
No siempre llueve a gusto de todos (parte 13) https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-13/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-13/#respond Wed, 22 Mar 2017 12:44:58 +0000 http://relatosescritos.com/?p=750 No siempre llueve a gusto de todos (parte 13) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 13) Bill llevaba toda la noche sin dormir. Condujo el Ford Prove hacia el norte hasta encontrar un pequeño motel de carretera con una tienda regentada por una septuagenaria acostumbrada a no hacer preguntas. Compró un sobre y sellos. Ante los ojos de la anciana mujer, introdujo […]

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 13) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
No siempre llueve a gusto de todos (parte 13) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 13)

Bill llevaba toda la noche sin dormir. Condujo el Ford Prove hacia el norte hasta encontrar un pequeño motel de carretera con una tienda regentada por una septuagenaria acostumbrada a no hacer preguntas. Compró un sobre y sellos. Ante los ojos de la anciana mujer, introdujo las hojas sucias y rotas que componían el diario de Jimmy y escribió una pequeña carta aclaratorio para Stephen Leviathan. Ni siquiera era consciente de que su aspecto desaliñado llamaba la atención. Su traje negro estaba manchado de tierra. Sus movimientos delataban que tenía una herida en el pecho y se veían claramente los vendajes sucios que cubrían su mano fracturada. Miró a la anciana que le sonrió con una mueca que dejaba claro cuánto tendría que pagarla por su silencio.

Bill sacó cien dólares de su cartera, los puso sobre la mesa y puso el dedo índice sobre sus labios, indicándola que eso pagaría su silencio. La acercó la carta lentamente y puso otros cien dólares sobre la mesa.

— Nadie debe de abrir esta carta hasta que llegue a su destino. ¿Será suficiente dinero para certificarla?

Sin mediar palabra, la mujer cogió los billetes y la carta. Volvió a sonreír a Bill y le indicó amablemente dónde estaba la puerta. La edad hacía a las personas mejores confidentes.

Bill salió al exterior sin mirar atrás. Montó en el Ford Prove y volvió a recorrer el camino hacia la gasolinera donde Jimmy lo secuestró. No podía permitirse perder la ventaja de ser el primero en llegar. Ni siquiera se había parado a beber algo de agua. Tenía los labios quebrados por la sequedad y se mareaba debido a la deshidratación. Era su oportunidad de cazar a ese cabrón y liberar a su mujer, si es que aun estaba viva. No iba a permitir que su cuerpo lo frenara.

Llegó a las cuatro de la mañana. El cerebro primitivo de Bill pugnaba por abrirse paso a través de su mente aletargada y le mostraba imágenes confusas. El cráter donde estuvo la gasolinera se transmutó ante sus ojos en la puerta del infierno rodeado de un desierto arenoso con dunas que subían y bajaban como olas en el mar. Las llamas y gritos de los condenados retumbaban y crepitaban en sus oídos. Debido a sus actos algún día acabaría allí, sentado ante su banquete de consecuencias. Debía mantenerse firme. Era incapaz de controlar su cansancio. Su cabeza bailaba alrededor de su cuello en un lento vaivén.

Frente a la gasolinera, atravesando la carretera, había un pequeño montículo. Dejó caer todo su cuerpo sobre el volante y giró el vehículo hasta sacarlo de la carretera. Rebotó en el asiento al entrar en contacto con el suelo arenoso y obligó al motor a tirar del coche arrastrándolo por la arena para ocultarlo tras la loma. Apagó el motor y con su chaqueta alisó la arena para borrar las huellas que había dejado el Ford Prove. Arrastró su cuerpo dolorido hasta la cima de la loma. Desde allí tenía una vista completa del lugar. Sus ojos no le permitían enfocar correctamente. Lo único que podía ver era el cielo cubierto de millones de estrellas. Si existía un Dios allí arriba, había enviado a Jimmy para hacerle pagar por sus pecados. Su mujer, Elizabeth, no tenía por qué recibir las consecuencias de sus malos actos. Sin embargo, Patricia, su jovencísima amante, ya había pagado con su vida la infidelidad que habían perpetrado. Bill no creía en un Dios, pero los últimos hechos, hacían que cuestionara su propia realidad. Tal vez Jimmy era un demonio en la Tierra. Tal vez su castigo fuera proporcional a sus actos. Su mente divagaba y notaba que sus pensamientos eran inconexos. La única idea que podía mantener en su cabeza, era la de pagar por sus malas decisiones. En medio del torbellino de pensamientos, sus párpados se cerraron y todo se apagó.

Bill notó un fuerte cosquilleo en su mentón y su cara. Entreabrió un ojo y notó como el sol quemaba su piel. Se había quedado dormido. Levantó la mano nervioso, un montón de arena cayó sobre su cara. Miró su reloj. Eran las doce de la mañana. Su corazón se aceleró. Había perdido toda ventaja.

Giró sobre si mismo, mareado por la deshidratación. Estaba cubierto de arena y seguía doliéndole cada músculo, tendón y hueso de su cuerpo. Sus heridas parecían cerradas. El sol había ayudado a la cicatrización. Asomó su cabeza por encima de la loma y miró hacia la gasolinera. Había un coche de policía aparcado. Emitió un único sonido de forma gutural desde el fondo de la garganta.

— Mierda.

Había perdido su oportunidad de cazar a Jimmy. Ese cabrón era demasiado inteligente como para dejarse atrapar por la policía. Se tapó los ojos con las manos para poder ver mejor qué es lo que sucedía abajo, en la gasolinera.

Pasó media hora. Notaba como el sol le abrasaba cada centímetro de su cuerpo. Miró las marcas de neumáticos que había dejado en la arena al ocultar el Ford Prove. El viento eliminó cualquier rastro que pudiera haber dejado Bill con sus propias pisadas. Respiró profundamente.

La portezuela del sótano se movió. Entonces se dio cuenta. Si hubiera dejado el diario de Jimmy, la policía lo habría encontrado. Tendrían una pista a seguir. La figura salió del sótano. Bill se arrastró a un lado. Los restos carbonizados y las estanterías de lo que había sido la gasolinera sólo le permitían ver una silueta. Había una única persona. La policía siempre patrulla en pareja. Tenía que ser Jimmy. Habría asesinado a un agente de la ley y se paseaba por Nuevo México impunemente montado en un coche de la policía. La figura esquivaba los restos del incendio. Bill volvió a arrastrarse hacia un lado para poder ver mejor. El viento sopló tras él y una cortina de arena flotó desde su escondite. La figura miró hacia el cielo, vio el cúmulo de arena que flotaba en el aire y corrió hacia el coche de policía. Bill se escondió tras el montículo tapándose la cabeza con las manos. Su respiración acelerada, acompañaba al ritmo de su corazón. Pasaron unos interminables segundos.

— ¡Hijo de puta! ¡Maldito hijo de puta!

Retumbó en el aire. Los gritos eran de una mujer. No era Jimmy. Bill se quitó las manos de su cabeza, palpó su chaqueta en busca de su pistola. La había dejado en el coche. Escuchó pasos sobre la carretera seguidos de un fuerte golpe sobre el coche. Se dio la vuelta y con mucho cuidado asomó de nuevo su cabeza. Al lado del coche estaba Margaret White, la policía que lo había interrogado en el hospital. La inspectora sostenía una pistola en la mano. Golpeó el capó con el arma. Su rostro estaba marcado por la ira, plagado de venas y músculos en tensión. Bill sabía que era el principal sospechoso. Se dio cuenta de que si esa mujer lo atrapaba lo mataría. No podría demostrar su inocencia. Se ocultó tras la loma. Agarró su pecho; estaba sufriendo una taquicardia. Se sentía acosado por el psicópata de Jimmy y por una policía que parecía odiarlo.

La policía se metió en el coche. Bill respiraba aceleradamente. Si esa mujer lo atrapaba o lo mataba ahora, significaría que su esposa moriría a manos de Jimmy. Margaret giró su cabeza mirando al asiento del acompañante, su móvil estaba iluminado, alguien la estaba llamando. Descolgó y dijo algo. Bill se asomó un poco más por encima de la loma para tratar de leer sus labios. La mujer giró la cabeza y lo miró directamente.

Todo se detuvo.

Antes de que Bill pudiera darse cuenta, la policía tiró el móvil y salió del coche apuntando a Bill con su arma.

— ¡Quieto asesino!

Bill se levantó para correr en dirección contraria. Levantó una polvareda de arena. La mujer disparó y la bala atravesó el manto de polvo formando un cono de partículas que rozó la cabeza de Bill. Tropezó y rodó por la colina. Margaret corrió a la caza de su presa. No dejaría que se le escapara de nuevo. Vivo o muerto.

Los dedos de Bill abrieron la puerta del coche. Su mano rota giró la llave y arrancó el motor. Metió la marcha. La policía subió corriendo la cuesta de arena, tenía motivos para matarlo. El viento sopló con más fuerza levantando oleadas de arena. Margaret llegó hasta la cima. Con el dedo en el gatillo se dispuso a volar la cabeza de ese asesino. Bill la atropelló con el Ford Mustang. La mujer cayó al suelo bajo el vehículo, su cabeza golpeó contra el parachoques. Las ruedas del coche se despegaron del suelo al llegar al final de la cuesta y el vehículo voló por encima de la mujer que disparó de nuevo. La bala atravesó el asiento izquierdo de atrás y salió por el techo. El Ford Mustang aterrizó en el suelo con un fuerte impacto. Bill notó como su estómago subía y se golpeó con el mentón contra el volante. Perdió el control y el coche derrapó al llegar a la carretera. Siguió desplazándose lateralmente por la carretera hasta chocar contra el coche de policía. El ruido del metal chirriante llenó el páramo. El coche patrulla de la policía se desplazó. La cinética lo impulsó hasta el bordillo y al bajar la rueda, el coche de policía volcó.

Margaret tenía una herida en la frente tras el golpe contra el coche. La sangre chorreaba por su cara cubriéndola los ojos y tapándola la visión. Había una gran capa de arena entre ella y el vehículo en el cual trataba de huir Bill. El sol caía a plomo creando fuertes contrastes blancos y negros en medio de la neblina de polvo y arena.

Bill sujetó su mandíbula, estaba aturdido. El motor de su coche seguía en marcha. Margaret apuntó a su cabeza. Cegada por su propia sangre. La luz del sol rebotaba en las ondas de arena y el propio cristal del coche creando formas caleidoscópicas. La imagen de Bill se reflejaba tres veces en el cristal del coche. Margaret era incapaz de distinguir cuál era la real sin limpiar su propia sangre de sus ojos. Bill metió la marcha y apretó el acelerador. La mujer disparó a la imagen central.

BAM.

Los restos de cristales salpicaron el pantalón de Bill. Sus manos temblaban, pero seguía vivo. Pisó el pedal hasta el fondo. Margaret disparó hacia el coche hasta vaciar el cargador. Más cristales se partieron en pequeños cubos y saltaron en todas direcciones por el interior del vehículo. Bill no frenó.

Margaret bajó lentamente por la colina. Se quitó la sangre de los ojos y subió por encima del coche volcado hasta abrir la puerta del conductor. Cogió el transmisor. Sonaron tres notas indicando que había iniciado la comunicación

— Adelante

— Aquí Margaret White. Estoy en la carretera 1 de la autopista Canam. No tengo el kilómetro exacto. El lugar de la explosión en la gasolinera. El caso del asesino infiel.

— Recibido.

— He tenido un accidente. Ha habido una tormenta de arena y he volcado mi vehículo. Me he golpeado la cabeza.

— Recibido.

— Necesito que enviéis una grúa para recogerme.

— Recibido. Estaremos allí en menos de una hora.

Margaret suspiró. Una hora era suficiente tiempo para que el gordo de Bill se fugara de nuevo.

— Recibido. Os espero aquí.

Cortó la comunicación y saltó al interior del vehículo volcado. Entre los restos de cristales rotos estaba su móvil. La pantalla seguía iluminada y la llamada no se había cortado. Lo cogió y habló.

— ¿Has podido verlo? Se dirige hacia el sur. He hecho todo lo posible por atraparlo. Necesito más tiempo.

La vida de Margaret había cambiado esa mañana, mientras Bill dormía en la loma. En el interior del coche no podía ver lo que pasaba fuera. Escuchó el ruido de un motor. El parabrisas estaba quebrado. Margaret se apoyó en el cristal.

— No la mates, por favor.

La llamada se cortó. La policía miró su móvil. Escuchó un sonido de motor estruendoso. El suelo vibró y a través de la imagen quebrada del parabrisas vio pasar a toda velocidad a un Ford Mustang oxidado.

El vehículo salido de las profundidades del mismo infierno se alejaba en busca de su presa. Hacía menos de cuatro horas que Margaret había dejado de tener control sobre las decisiones que tomaría durante los próximos días.

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 13) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-13/feed/ 0 750
No siempre llueve a gusto de todos (parte 0) https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-0/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-0/#respond Wed, 01 Mar 2017 12:49:59 +0000 http://relatosescritos.com/?p=736 No siempre llueve a gusto de todos (parte 0) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 0) Eso fue lo que Bill me contó y así lo puedo relatar. Permítanme que me presente. Mi nombre es Stephen Leviathan. Mi profesión probablemente sea la de juntar palabras, escritor. Desconozco si fue fruto de la casualidad, el destino o tal vez un hecho premeditado, pero […]

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 0) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
No siempre llueve a gusto de todos (parte 0) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 0)

Eso fue lo que Bill me contó y así lo puedo relatar.

Permítanme que me presente. Mi nombre es Stephen Leviathan. Mi profesión probablemente sea la de juntar palabras, escritor. Desconozco si fue fruto de la casualidad, el destino o tal vez un hecho premeditado, pero Bill (el falso nombre que el protagonista de esta historia decidió que iba a tener) me transmitió los hechos y me pidió que los contara tal y como pasaron.

Conocí a Bill en la universidad. Él estudió economía y siempre fue un pedante. Le conocí a través de Elizabeth, su mujer. Ambos compartimos cama con ella. Él se encargó de robármela. Elizabeth estudió filología conmigo. Sentados uno al lado del otro y con la misma pasión, acabó surgiendo algo más. Fueron los meses más felices de mi vida. Una mujer maravillosa, pausada, jamás elevaba la voz y su estabilidad era contagiosa.

Bill en aquel momento no era el hombre entrado en carnes y medio calvo que mostraron las cadenas de televisión cuando le señalaban como enemigo público número uno. Era un hombre atlético, competía en carreras de coches y solía ganar. De hecho, ese fue el motivo por el que me animé a apostar a su favor y por el que llevé a Elizabeth a esas carreras.

Me la robó en poco tiempo. Ella se encargó de dejarme antes, era la mejor mujer que he conocido nunca. Jamás he vuelto a tener una relación. Después de mi segundo encuentro con Bill, me alegro de estar solo en este mundo. Si el hombre que voy a relatar en esta historia sigue vivo, es mejor que me encuentre en soledad.

Cruzarme con Bill de nuevo, ha hecho que me habitúe a beber dos copas de whisky para desayunar, alrededor de siete a ocho cafés para mantenerme despierto y dos barbitúricos cuando estoy en la cama para poder conciliar el sueño. El terror de que la pesadilla que lo persiguió, que decía llamarse Jimmy me encuentre antes de poder publicar este texto me produce escalofríos. Pero mi labor me parece lo suficientemente importante como para sacrificarme. Además, tener este testimonio escrito sería la única prueba de la existencia de ese maníaco. Perdonen el cambio de tono en la narrativa, pero los nervios han hecho aflorar mi verdadera personalidad.

Durante años fui jefe de obra. Un oficio que no me dejaba tiempo para pensar. Fueron años poco destacables y los borré de mi memoria como si los hubiera tirado a la basura. Tras quedarme en paro debido a un accidente laboral, en soledad, sin salario y sin objetivos vitales, me senté delante del ordenador y tecleé mi rabia. Así escribí mi primera novela, que autoedité. Me dio un sustento y habituado a permanecer horas oculto detrás de un trabajo, fue sencillo producir suficientes textos como para poder ganarme la vida. Fui columnista, bloguero freelance, mantuve redes sociales y publiqué un total de 43 novelas cortas que me dieron de comer durante los siguientes ocho años.

Todo se frenó en seco cuando Bill contactó conmigo de noche a través de un ordenador. Estaba sentado en una cafetería y abrí ese mail. Me gusta escribir en lugares públicos, porque con la cantidad de horas que trabajo es la única manera que tengo de socializar. Una única petición de auxilio y un número de teléfono de un motel. Los años que habían pasado desde que destrozó mi vida sentimental, habían cerrado la herida. Lo llamé. Me respondió un hombre que parecía estar al borde de la muerte, respirando bocanadas de aire para mantener su corazón activo. Parecía huir. Entablamos una conversación y lo creí. Eso provocó mi caída en la espiral de desesperación en la que vivo ahora. Me contó su historia con Jimmy en una gasolinera y cómo el chiflado lo estaba acosando. Bill se había transformado en un hombre de cuarenta años, fofo, ligeramente calvo y con una vida que me recordaba a mi pasado como jefe de obra. A pesar de todo, su cuento era convincente. Tal vez me había contado todo esto para liberarse y la fortuna le había puesto frente a mi. Lo desconozco. Cuando descubrió a qué me dedicaba su voz tornó en alegría.

— Te escribiré una carta cada semana y la mandaré al apartado postal que me indiques. No puede quedar rastro de nuestras conversaciones, ni por teléfono, ni en tu dirección real; no la quiero conocer. Las cartas irán sin remite. No te pienso mandar correos electrónicos. Son rastreables y necesito encontrar a ese asesino sin que la policía de conmigo. Tu consigues una buena historia para contar. Tanto si me crees, como si no, te estaré dando material publicable y no te pediré nada a cambio. Sólo que cuentes la verdad.

Esa parte era inverosímil. Hasta que contrasté la información que me enviaba en papel, con la que leía en medios digitales y en la televisión. Entonces me di cuenta de que mi vida corría peligro. Cada vez que recojo ese sobre en el buzón del apartado postal, siento los ojos del psicópata mirándome. Siguiéndome hasta mi casa. Las noches en silencio son un insomne infierno inacabable. Cada mañana compruebo que los objetos no se han movido. Siento como pierdo la cordura día tras día. Si no publico la historia antes de que me encuentre, borrará toda pista de su existencia. Si lo hace, ese asesino en serie se saldrá con la suya.

Así empezó la historia que me contó Bill.

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 0) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-0/feed/ 0 736
No siempre llueve a gusto de todos (parte 12) https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-12/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-12/#respond Wed, 18 Jan 2017 12:58:14 +0000 http://relatosescritos.com/?p=667 No siempre llueve a gusto de todos (parte 12) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 12) A los pocos días de su descubrimiento en la gasolinera, recibí la carta que me envió Bill. Habían sucedido muchas cosas antes de que llegara ese paquete amarillo con mi dirección y mi nombre: «Stephen Leviatan», escrito encima. Dentro, una vieja libreta y una pequeña epístola […]

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 12) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
No siempre llueve a gusto de todos (parte 12) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 12)

A los pocos días de su descubrimiento en la gasolinera, recibí la carta que me envió Bill. Habían sucedido muchas cosas antes de que llegara ese paquete amarillo con mi dirección y mi nombre: «Stephen Leviatan», escrito encima. Dentro, una vieja libreta y una pequeña epístola aclaratoria con un par de párrafos que explicaban dónde había conseguido el cuaderno que Jimmy había usado de diario.

Al abrirla, temblé pensando en la posibilidad de que el fantasma de Jimmy apareciera en mi casa. Miré en todas direcciones para cerciorarme de que mi paranoia no fuera real y cerré la puerta con llave. El viento ululaba en el exterior creando una atmósfera aterradora. Me senté frente a la mesa donde pasaba mi vida escribiendo novelas baratas y me dispuse a leer.

Tardé horas en traducir el texto. Estaba plagado de palabrería incoherente y soez. El diario estaba escrito por el propio Jimmy. Traté de darle sentido en mi cabeza. Cuando creí conseguirlo, cogí el teclado y lo machaqué hasta depurar un texto que pudiera entenderse. Estas fueron las conclusiones que extraje del macabro libreto de Jimmy. Decidí no usar el lenguaje del psicópata para evitar incomodar al lector. Al fin y al cabo, soy escritor, no periodista.


En algún momento de 1902, mi bisabuelo Ivram Herzog, hijo bastardo de una prostituta y un marinero irlandés, se encontró un grupo de ovejas malolientes pastando en su campo. Hacía diez años que vivía allí con su mujer, Adama y su hijo Malm. Al día siguiente, un vecino del lugar al que nunca había visto  que decía llamarse Abraham, dijo que las bestias eran suyas. Se golpearon e insultaron hasta que algo despertó en el interior de Ivram. Algo que nunca abandonaría a nuestra familia. Sacó su navaja y rajó el cuello de Abraham sin sentir  ninguna culpabilidad.

Hasta entonces nunca había dado muestras de violencia. Aún con el cuchillo goteando sangre en la mano, miró inexpresivo como aquel hombre se desangraba frente a él. No hizo nada. Tal vez si todo hubiera quedado en eso, la herencia de la ira en mi familia hubiera terminado en ese páramo. Pero allí estaba el pequeño Malm, para ver con sus enormes ojos azules, cómo su padre degollaba a un hombre que acababa de conocer. La sangre marcó las ovejas que corrieron en todas direcciones. Malm sujetó la mano de su padre y éste lo golpeó sin ni siquiera mirarlo. Nadie echó en falta al tal Abraham. Ivram lo enterró en el mismo terreno donde pastaban las ovejas.

Bajo ese terreno se plantó la semilla de la maldad sanguinaria, que pasaría de generación en generación en mi familia. Dos años después, nadie preguntó a Ivram dónde estaba su mujer Adama, ni por qué no se la había vuelto a ver después de una discusión que tuvo con ella. Las mujeres no son las responsables de la lascivia por la muerte de nuestro linaje.

Su heredero Malm Herzog, creció arropado por un hombre que asesinaba y enterraba en su terreno a todo aquel que lo molestara. Una valiosa lección que supo aprovechar con la llegada de la ley seca.

Mi abuelo Malm fue el primero en introducirse en los negocios ilegales. Distribuyó alcóhol por todo el Estado de Nuevo México, eliminando a cualquier cucaracha que se cruzara en su camino. Plantó una mimosa por cada cadáver que enterró en el campo donde estaban sepultados su supuestamente desaparecida madre y el malparido de su padre, Abraham. La explanada se llenó de árboles de hojas rosadas que cubrían el color rojizo de la sangre que había bajo esa tierra.

La llegada de la base militar a Nuevo México treinta años después, trajo dinero y población al lugar. Mi padre, ese sarnoso hijo de puta, había encontrado un filón en un cabo que robaba armamento del ejército. Limaba la numeración y le daba el cargamento para que lo vendiera. Si algún policía encontraba alguna pista que condujera a sospechar que un arma militar había aparecido donde no debía, enseguida se enterraba bajo una capa de tierra. El militar se sentía seguro de lo que hacía y además creía estar timando a un paleto sureño fácil de manipular. Aprendió rápidamente que estaba muy equivocado. Mi padre me envió como sicario para enseñarle con que tipo de familia estaba tratando. Pero eso llegaría más adelante.

Las mimosas que el abuelo Malm había plantado estaban tan podridas como el corazón del bastardo que me crio. Fui concebido en el seno de una puta, mientras mi madrastra miraba hacia los billetes que le traía el sucio negocio familiar. La semilla de los Herzog creció en mi podrido corazón desde el momento que fui concebido. Desgarré por dentro a mi propia madre y salí abriéndome paso por su útero devorando cada preciado trozo de carne que encontré a mi alcance. Desde el momento en que fui concebido, disfruté provocando sufrimiento. Mi progenitor se encargó de limpiar los restos y asesinarla. Su sonrisa satánica, tras sus facciones angulosas fueron lo primero que mis ojos vieron. Plantó por primera vez en su miserable vida, una mimosa en el lugar donde enterró a la que llamaba con sonrisa lasciva, «la prueba del delito». Se encargó de acallar las protestas de mi madrastra con constantes palizas, de las que me llevaba los últimos coletazos. Mis primeros recuerdos son de mi padre, partiéndome el brazo izquierdo. Los huesos rotos, se hacen más fuertes.

Crecí divirtiéndome a la manera del jodido cabrón que me crió. Por las noches salíamos de caza. Buscábamos una presa fácil entre los turistas y los que venían de Méjico a buscar una vida mejor cerca de la base militar. A mi padre le gustaban las jovencitas, niñas de siete años o menos. Yo las prefería más maduritas, pero sin llegar a ser mujeres. Procurábamos que tuvieran el color de piel adecuado. Si raptas a una niña de una familia de chicanos, es probable que a nadie le importe. Si escoges a una americana con la piel blanca y el pelo rubio, seguramente acaben por encontrarte.

Las llevábamos a rastras a la casa. En la parte de atrás de la furgoneta. Me encargaba de suavizarlas. Las golpeaba, mordía y desnudaba. Me gustaba cuando me escupían o me insultaban, porque me daba una excusa para romperles la mandíbula. Las miraba a los ojos con su carita desencajada y las decía: «No te he entendido bien. ¿Puedes repetirlo?»; mientras fingía que me masturbaba. No me producían ningún placer. Pero si lo hacía, el sufrimiento al que las sometía era mayor. Eso me encantaba.

Siempre me gustó hacer sufrir a los demás. El bastardo cabrón de mi padre no lo entendía, él sólo disfrutaba en el momento de matarlas. No sabía paladear el sufrimiento que les provocábamos. Sólo veía el brillo en sus ojos en el momento en que las transformábamos un objeto inerte.

Recuerdo con alegría las carreras por el desierto detrás de las víctimas. Sus gritos eran deliciosos. Aun me relamo con el vello de mi brazo erizado cuando pienso en las lágrimas que caían en la arena, al lado de las gotas de sangre que no paraba de manar por la paliza que les había propinado antes de soltarlas. Cuando estaba a punto de atraparlas de nuevo, sacaba mi lengua y la movía lascivamente para ver la cara de terror que ponían. ¡Era buenísimo! Pero el cabrón de mi padre siempre las pegaba un tiro en ese momento. Trozos de cráneo y sangre salpicaban mi cara. Intentaba aprovechar sus estertores, cuando aun están vivas y son conscientes de que se están muriendo, para que me miraran. Las amenazaba y golpeaba. Aprovechaba esos últimos segundos antes de que murieran abruptamente. Mi padre me robaba mi momento. ¡Jodido bastardo! Yo no disfrutaba de las violaciones a cadáveres, así que me iba y lo dejaba. Me robó cada momento de placer de mi vida y también a la única persona que llegué a apreciar.

Mi vida cambió cuando esa basura humana consiguió preñar a mi madrastra. Esa mujer era similar a los cadáveres que enterrábamos en los alrededores, no oponía resistencia a nada. Al principio parecía ansioso con la idea, pero cuando se enteró de que era una niña, le dejó claro a mi madrastra que «esa cosa sería asunto suyo». Mi madrastra jamás abortaría y menos cuando su único hijo era un bastardo. Fue el único momento en que esa zorra plantó cara a mi padre. Tuvo a la pequeña y la mantuvo alejada de la influencia del apellido Herzog. La llamó Dorothy, como la protagonista de «El mago de Oz», una película que había visto en su infancia. Mi padre mató a mi madrastra al segundo mes. La parturienta había descubierto que podía contradecirlo y eso no le gustó.

La pequeña Dorothy se convirtió en lo único que me hacía sentir algo aparte de torturar a los demás. Cuando mi padre no conseguía encontrar a una víctima para calmar su ansia, buscaba a mi hermana con ese brillo en los ojos que precedía al momento en que soltábamos en el desierto a nuestras presas. Cuando era más pequeña, me encargaba de sacarla fuera de la casa en una cesta de mimbre. Cuando creció y podía caminar y hablar; bajábamos al sótano y la abrazaba con fuerza, mientras toda la casa temblaba ante un brote de violencia de mi padre. Ella rezaba y aunque me parecía una actitud estúpida, sus plegarias me calmaban. Horadé la pared del sótano y la construí un pequeño refugio con unas baldas. Se escondía dentro y leía durante horas. Así sobrevivió a su familia.

Cuando cumplí doce años, el hijo de puta me llevó aparte de Dorothy, para contarme la historia del bisabuelo Ivram y el abuelo Malm. Estábamos en el salón de la pocilga que llamaba hogar, antaño una gran mansión que se había encargado de rendirla al abandono. Me explicó que la ira era hereditaria. Quería asegurarse de que realmente era un Herzog. Nunca me había visto disfrutar con la muerte, sólo con las torturas. Sacó una pistola sin numeración y enterró en su tambor una única bala. Giró el tambor y lo introdujo en el interior del arma aun dando vueltas.

— Si perteneces a mi linaje, te sobrará munición.

Sonreí. Algo despertó en mi interior. Ese cabrón había defecado en mi vida quitándome mis momentos de placer, convirtiéndome en lo que soy y ahora me daba un arma cargada. Todo el odio que había acumulado durante años se vería satisfecho por fin. Cogí el arma, apunté a su cara y apreté el gatillo sonriendo. Emitió un sonoro «clic». Me abofeteó con tal fuerza, que me mareé y escuché un largo pitido en el interior de mi cabeza. Caí al suelo. Me arrancó el arma de las manos, apuntó a mis testículos y apretó el gatillo. Clic. Otro hueco sin bala en el tambor.

Me levanté y cargué contra su estómago. Ambos rodamos por el suelo. Le quité el arma y metí el cañón en su boca llena de dientes negros. Apreté el gatillo hasta que me dolió el dedo. Clic, clic, clic, clic, clic, clic, clic. Nada.

Mi padre sacó la pistola de su boca y me escupió. Me agarró por los pelos de la nuca y me sentó de nuevo en la silla.

— Escúchame bastardo. Mi proveedor, ese cabo de mierda, me ha timado. Me ha dado munición en mal estado para que cuando la venda, aquellos que me la han comprado, me liquiden.

— Muérete. Será lo mejor para todos.

— Después de matarme a mi, vendrán a por ti y a por tu incestuosa hermana.

— Nos marcharemos antes. Cuando tu no existas podremos escapar.

— Soy un Herzog y tu también. Es así como amamos a los demás. Está a punto de nacer en ti esa semilla de odio. Te transformarás en mi. Después de eso me matarás. Harás lo mismo con tu hermana. Pero antes podrás hacer algo decente por ella.

Su lengua viperina le impedía pronunciar bien la última frase. Lo miré de arriba a abajo.

— Soluciona tu sólo tus problemas.

— Al darme esta munición, ese soldado pretendía sellar mi sentencia de muerte. La mía y la de toda mi familia. Si no le hago llegar un mensaje claro, seguirá insistiendo. Mandará a un sicario. Ya ha conseguido un nuevo vendedor. Lo que no sabe es que yo tengo un nuevo proveedor, su general. Debemos enseñarle con qué familia está tratando.

— No soy tu familia.

— Pero Dorothy si que es parte de tu mierda de familia, pequeño bastardo. La quieres, ¿verdad?

Permanecí en silencio. Apretando los dientes, sin separar los labios. Continuó hablando.

— Si no haces lo que te digo, la estrangularé con mis propias manos. Al fin y al cabo, si no vamos a por el que me ha vendido, estará muerta antes o después.

Fue el final de la conversación. Cargó de nuevo el arma con una única bala. Esta vez, una sin defecto. Giró de nuevo el tambor y me dio un pequeño papel.

— Esta es la dirección y las indicaciones. Recuerda. Nadie debe de faltarte al respeto, jamás. Eres un Herzog. Algún día te mirarás al espejo y me verás a mi. —Se acercó lentamente hasta ponerse a menos de dos dedos de distancia de mi cara— Ese día llegará. No podrás evitarlo.

Cogí el trozo de papel. La indicación era muy simple: «Acaba con toda su familia». El soldado vivía en una casa al lado de un pequeño lago medio seco y un bosque. Era de noche y desde fuera se les podía ver cenando. Nunca había visto a una familia unida. Estaban riendo mientras veían el televisor. Me arrastré por el suelo cubierto por los matorrales con el arma en la mano. Las risas retumbaban en el ambiente. La luz atravesaba la ventana formando siluetas en el exterior. Sobre el suelo pude ver cómo el matrimonio se abrazaba. Él le besaba el estómago a ella. Luego cogía a un niño de unos dos años y giraba sobre si mismo como un tiovivo.

Respiré hondo. Quería hacerles sufrir. Me picaba la garganta. Quería beber su sangre. Quería morder el vientre de la preñada y quería pisotear la cabeza del feliz padre. Pero no quería matarlos. No iba a disfrutar con ello. Repté hacia atrás y choqué contra algo. Mi padre estaba allí de pie, mirándome con gesto decepcionado. En sus manos sujetaba un rifle de caza.

— Sabía que no eras un Herzog. Sólo eres un bastardo.

Me agarró por el cuello y me levantó. Me susurró que me enseñaría la muerte. Eso despertaría mi herencia de la ira. Grité. Un grupo de pájaros que estaban en el lago elevaron el vuelo y un ciervo salió corriendo de la zona boscosa. En el interior de la casa el hombre hizo un gesto a su mujer y giró sobre si mismo. Su cabeza estalló en pedazos en ese mismo momento. Mi padre había disparado el rifle usando mi hombro como apoyo. Me sujetaba con su mano libre la cabeza para que no dejara de mirar. Yo no sentía nada.

La mujer desapareció de la ventana gritando. El ciervo continuó su carrera. La puerta de la casa se abrió y la mujer salió corriendo al exterior. Un segundo disparo reventó un trozo de madera de la entrada. Las astillas saltaron sobre el pelo de la embarazada. Tropezó y huyó trastabillando hacia el lago medio seco.

— No dejes de mirar.

Mi padre giraba mi cabeza como si fuera un muñeco de ventrílocuo. La mujer gritaba corriendo sobre el lodazal que la cubría hasta las rodillas. Su estómago estalló y la sangre se mezcló con el barro. Mi padre giró su arma sobre mi hombro y apretó el gatillo por última vez. El ciervo elevó su boca hacia la luna emitiendo un leve quejido y su cadáver rodó por el suelo finalizando su carrera. Acercó sus labios rotos y me susurró al oído.

— Hoy nos llevamos tres piezas al precio de una.

Algo cambió dentro de mi. Subió desde la boca de mi estómago, hasta lo más profundo de mi cerebro eliminando lo poco que me hacía humano. Mi padre se puso de pie y me incorporó tirando de mi axila. No sonreía. Su gesto no tenía ningún sentimiento.

— Ayúdame a recoger mi trofeo.

Me empujó hacia el ciervo. Sólo nos dio tiempo a dar un par de pasos y entonces sonó. El profundo y agudo grito de un bebé. Mi padre me miró sin pasión alguna.

— Termina el trabajo. Disfrútalo.

Comprobé que la bala estuviera colocada en el lugar correcto del tambor y caminé hacia la casa. A mi espalda, los ojos de mi padre brillaban, con el reflejo de la luz que antes me había mostrado la silueta de una escena familiar en el interior del hogar. Caminé por la entrada pisando las astillas de madera y me dirigí hacia el salón. En el suelo, sobre un charco de sangre, estaba el hombre que había traicionado a mi padre. A la misma altura, a pocos metros un bebé llorando desconsoladamente. Apunté al pequeño con el arma. Elevé la cabeza y me vi reflejado en un espejo que había en la pared del salón. Un niño de doce años con un arma en la mano. El reflejo no mostraba a alguien como mi padre.

Disparé sin dudarlo. Seguía sin sentir placer. Golpeé al cadáver del padre con la culata, buscando que aun estuviera vivo para intentar disfrutar de su sufrimiento. Pero mi padre lo había matado. No me dejó ni un pequeño hálito de vida al que poder apuñalar y causar dolor.

En el exterior, la piltrafa humana cortó la cabeza del ciervo y la arrastró hacia su furgoneta. La tiró a la parte trasera rompiendo una de las astas. Mi miró de arriba a abajo y vio la pistola ensangrentada.

— Te dije que te sobraría munición.

Recargó su rifle. Luego arrancó el vehículo y condujo en silencio de vuelta a casa. A mucha distancia, en medio del páramo que hacía años había sido una plantación de mimosas, se veía arder nuestra casa. En la charla que habíamos tenido en el salón, al cabrón se le había olvidado decirme que ya había vendido munición en mal estado. En este tipo de negocios, los fallos no se perdonan.

Por primera vez en mi vida, vi un gesto de preocupación en la cara de mi padre. Aceleró. Mis brazos pesaban, me sentía indefenso. Lo miré buscando algún tipo de respuesta. Sólo prestaba atención al incendio. En ese casa habíamos dejado a Dorothy, con sus rezos y sus libros. Llegamos hasta la casa y frenó derrapando. Cogió su rifle, bajó del coche y corrió por el camino hasta el interior de la casa en llamas. Sonaron varios disparos más y luego sólo el crepitar de las llamas. Bajé del coche con la pistola en la mano. Arrastré los pies caminando hacia el fuego.

Alguien había tirado por el suelo cajas de munición. Había balas de todos los tamaños. Cogí varias que parecían encajar con la pistola y cargué el tambor con una única bala. Entré en la vivienda en llamas. Las lenguas de fuego parecían moverse como cortinas al viento. El calor me abrasaba la piel y la madera se partía. Vi dos hombres muertos, vestían chupa de cuero y tenían largas barbas. Uno tenía un pañuelo en la cabeza que se había incendiado. Olía a carne quemada. Entre los dos, un reguero de sangre indicaba que un tercero salió herido y se arrastró por el pasillo. La sangre formaba pequeñas pompas debido al calor y cada vez que estallaban, desprendían un olor intenso que se pegaba en el fondo de la nariz.

Seguí el rastro. La trampilla que daba al sótano estaba abierta y la sangre indicaba que quien fuera, había bajado. El fuego azotaba a mi alrededor. El sonido se hizo más fuerte. Bajé las escaleras una a una. La luz de las llamas iluminaban la escena. Mi padre con las tripas abiertas, me miraba con los ojos que ponía cuando despertaba el ansia en su interior. Sonreía satisfecho, como cuando había alimentado su obsceno afán de matar. En sus manos, su rifle humeante. La punta del arma señalaba una manita apoyada sobre sus rodillas. Seguí con la mirada el brazo del cadáver hasta llegar a la cara de su víctima. Le había volado la cabeza y era casi irreconocible. Aun así, supe que era Dorothy. Mi padre se había metido a la madriguera del conejo y la había volado la cabeza. Descubrió su lugar secreto y mató a su única hija.

— Siempre supe donde la escondías. Me muero y no quería irme sin disfrutar de una última muerte.

Levanté la pistola.

— Algún día te mirarás al espejo y me verás en su reflejo.

Descargué a quemarropa una única bala en su sarnosa boca. Se desplomó y por primera vez disfruté matando.

Sólo me arrepiento de no haber logrado enseñar a Dorothy a sobrevivir. La enterré en el sótano donde alguna vez se había sentido segura. El ejército se encargó de la investigación de lo sucedido y todo quedó en una reyerta de unos mejicanos salvajes. No convenía que saliera a la luz la verdad de lo que ocurrió allí. La investigación de lo ocurrido desapareció junto a los cadáveres que encontraron ese día.

Viví durante meses en medio de la nada. Cazando como un salvaje animales y humanos por igual. Alimentándome con su carne. No fui cuidadoso y a los pocos meses, empezaron a desaparecer las familias. Tenían miedo del chupacabras, el hombre del saco o satanás, que aparecía en medio de la noche y te devoraba. Alimenté la leyenda sin proponérmelo, poniéndome la cabeza del ciervo y persiguiendo a mis víctimas en medio de la noche. Hasta que sólo pude cazar a la gente que venía de paso. Todos los habitantes del lugar desaparecieron y sólo quedó la base militar, plagada de mitos y leyendas.

Tuve que adaptarme de nuevo a la humanidad y volví continuando los negocios de la familia Herzog de venta de armas. Conseguí reunir algo de dinero y regresé a mis raíces. Tiré abajo los restos de la casa y construí una gasolinera en donde encerrarme sin que nadie me molestara. Seguí vendiendo armas a los que pasaban por la carretera. Nadie se atrevía a visitarme por ninguna otra razón. Sólo la policía para recibir su soborno. Planté una mimosa, en honor a Dorothy. Terminó pudriéndose. Ese día me miré al espejo por primera vez en años. Vi mis dientes negros, mis facciones angulosas y mi mirada vacía. Me había transformado en mi padre.

Continué mis cazas. Pero ya no las disfrutaba. Mi herencia me obliga a hacerlo para saciar mi ansia. No he tenido hijos, soy el último de mi estirpe. Cada año que pasa me siento más enfermo. Menos humano. Necesito una razón para vivir. Destruir a otra persona, transformarla en un demonio, como hizo mi padre conmigo.

Mi nombre es Jimmy. Y soy el último Herzog.

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 12) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-12/feed/ 0 667
No siempre llueve a gusto de todos (parte 11) https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-11/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-11/#respond Sun, 20 Nov 2016 20:28:30 +0000 http://relatosescritos.com/?p=660 No siempre llueve a gusto de todos (parte 11) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 11) Bill agarró con fuerza el volante. Le temblaban las manos y tenía el sabor metálico de la sangre en su boca. Apoyó las armas en el asiento del copiloto. Notaba la cicatriz de la operación hinchándose y deshinchándose con cada bombeo de su corazón. Le dolía […]

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 11) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
No siempre llueve a gusto de todos (parte 11) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 11)

Bill agarró con fuerza el volante. Le temblaban las manos y tenía el sabor metálico de la sangre en su boca. Apoyó las armas en el asiento del copiloto. Notaba la cicatriz de la operación hinchándose y deshinchándose con cada bombeo de su corazón. Le dolía la mano rota y los golpes que acababa de recibir. Pensó en lo que Jimmy podría estar haciéndole a su mujer. En cómo la tendría maniatada y torturándola sólo porque en un momento de tensión, él no lo había tratado respetuosamente según su psicótico punto de vista. Tenía que realizar esa llamada o sería el responsable de la muerte de Elizabeth.

Cuando salió de sus propios pensamientos, se dio cuenta de que estaba conduciendo hacia donde su subconsciente creía que debía de dirigirse. Y ojalá allí hubiera un teléfono. Si no, su esposa pagaría sus pecados.

Estaba anocheciendo y los últimos rayos de Sol transformaban el arenoso paisaje en una larga extensión brillante de color amarillento. El Ford Prove 24 recorría la fina línea serpenteante que trazaba la carretera sin tránsito. En el lugar con más tráfico de narcóticos del mundo, los camiones cargados de drogas conducidos por americanos contratados por los narcos mejicanos, siempre transportaban su mercancía de día. La logística de lo ilegal, siempre tenía que aparentar normalidad. Eso hacía que Bill llamara aún más la atención conduciendo solo por el lugar. Herido, con manchas de sangre y una Smith & Wesson a su lado sobre el asiento. Encendió las luces del Ford y siguió el trayecto.

Miraba cada diez minutos el reloj integrado en el frontal del coche. El velo de la noche había cubierto por completo la meseta. Sólo tenía un margen de dos horas para hacer la llamada. Llevaba una hora conduciendo hacia el norte por la carretera que llevaba hacia Albuquerque. En algún punto de este trayecto, se encontró con el psicópata en su gasolinera. En su desesperación, Bill pensaba encontrar algo que pudiera serle de utilidad en aquel lugar.

Pasaron otros diez minutos. El cerebro de Bill barajó la posibilidad de que nunca encontrara la gasolinera y que no pudiera realizar esa maldita llamada, cuando algo muy fino se pegó contra el cristal. Pisó el freno y el coche derrapó en medio de la carretera. Una cinta policial había volado por los aires hasta toparse con el Ford Prove 24. Bill bajó del coche. La cinta sujeta al coche por la parte delantera, bailaba una danza macabra al son del viento nocturno. El cono luminoso que salía del vehículo iluminaba la arena que se elevaba hacia el cielo y al fondo se distinguía la silueta de lo que fue la gasolinera de Jimmy. La policía había cerrado el lugar con bandas para advertir que era la escena de un crimen. La mitad del edificio estaba calcinado. Tan sólo se sostenía en pie la pared trasera y se podía ver el interior desde fuera. En el lugar donde estaban los surtidores había un cráter rodeado de restos calcinados de metal y plástico. Bill cogió su arma y abrió el tambor. Estaba vacío. Temblando abrió la caja de munición y se sentó para meter una a una las enormes balas del calibre 44. Cerró el tambor y salió del coche con el arma en la mano. El lugar aun desprendía calor. El infierno siempre mantiene caliente sus llamas.

Atravesó el cráter y fue directo hacia los restos de la tienda. Pasó por la puerta. Recordó su huída, corriendo mientras Jimmy le lanzaba objetos. La mayoría del lugar estaba calcinado. La mesa de recepción tras la que estaba la trampilla del sótano en donde lo había secuestrado, aun seguía de pie. Recibió un fuerte impacto de la onda explosiva y tenía restos de todo tipo clavados contra la misma. La madera estaba ligeramente chamuscada, pero se mantenía de pie. Pasó al otro lado. Sonrió. En el suelo había un teléfono de marcación con rueda que había caído tras la explosión. Lo recogió y se puso el auricular en la oreja. Daba tono. Lo apoyó. Aun le quedaba una hora y tres cuartos antes de llamar a Jimmy para intentar descubrir algo en este lugar de muerte.

Sabía que la policía había encontrado varios cadáveres tras investigar la zona. Pero nadie conocía tan bien al verdadero asesino como Bill. Encontraría algo que se les habría pasado por alto a los peritos policiales.

Abrió la puerta del sótano. Un olor ácido y penetrante golpeó su nariz. El olor de los cadáveres en descomposición atacó su cerebro de manera primaria. No recordaba que oliera de esa manera cuando estuvo secuestrado. No se veía nada debido a la oscuridad. La luz de la luna iluminaba tenuemente el lugar. Bill sólo podía ver el interior de la tienda porque no había un techo que cubriera el lugar.

Rebuscó en los alrededores pisando latas de cerveza y bolsas de patatas abrasadas que crujieron bajo sus pies. Encontró una linterna que había sobrevivido a la explosión. Funcionaba con una manivela para cargar la batería. Guardó su arma en el bolsillo del pantalón y la dio cuerda para hacerla funcionar. Bill apuntó la luz hacia el sótano, con el viento ululando a su alrededor. No parecía que el incendio hubiera afectado a las escaleras. Pisó con cuidado el primer peldaño. La madera del escalón crujió ligeramente. Apoyó todo su peso y lo soportó. Paso a paso, inició su descenso a los infiernos.

La luz de la linterna iluminó la estancia. Recordaba ese sótano con todo lujo de detalles. La silla en la que Jimmy lo había torturado estaba tirada en el suelo. Una marca de tiza marcaba su silueta. Movió el haz de luz siguiendo su propio recorrido en el pasado. Había más círculos de tiza señalando los restos de sangre que Bill había derramado en el lugar. La luz llegó hasta la mesa. Los cajones estaban abiertos y habían sido vaciados. No iba a encontrar nada allí. Levantó la linterna. En la pared se apreciaba la marca de que durante mucho tiempo estuvo colgada la calavera de algún tipo de animal.

Giró sobre si mismo e iluminó las paredes hechas con tablones de madera. Ese cabrón tenía que haber dejado algo allí que no hubiera visto la policía. Tocó las paredes buscando un resquicio, una tabla suelta. Si algo tenía valor para Jimmy, era ese sótano. No podía ser que sólo tuviera herramientas de tortura y una pistola con una única bala.

Trastabilló agitado tanteando la pared. El rostro de Elizabeth se aparecía tras cada lama de madera que no se movía. Chocó contra las escaleras. Había dado la vuelta completa a la habitación y no había encontrado nada. Gritó. Jimmy volvía a tener la sartén por el mango. Golpeó la mesa con la culata de su revólver. La luz apuntaba al suelo y el polvo que Bill agitó, flotó en el aire. Una lágrima cayó por su mejilla. Era la segunda vez que lloraba en este sótano. Entre la bruma que había levantado y la falta de claridad pudo ver la figura que había dejado la osamenta en la pared. Todo se confundió en una danza macabra y Bill creyó ver por segunda vez la calavera de un ciervo con los cuernos astillados. Disparó al frente tapándose la cara con su mano rota. La bala iluminó la sala con tonos rojizos y Bill cayó al suelo.

Lloró por la tensión. Su mujer iba a morir por su culpa. Quería pedirla perdón. Levantó la barbilla, inhaló aire con fuerza y abrió los ojos. La enorme bala de escopeta había atravesado la madera en donde estuvo colgada la cabeza del ciervo. Detrás no había pared, sólo un enorme agujero negro. Bill se levantó. Elevó la linterna e iluminó el interior. Había un hueco al otro lado. Empujó la mesa contra la pared y se subió encima. Se introdujo por la madriguera de conejo que acababa de descubrir. El habitáculo era un espacio estrecho, de apenas dos metros cuadrados escarbados de forma tosca directamente en la tierra. En el suelo había una pequeña librería semi cubierta por los desprendimientos que había provocado la explosión.

Bill se dejó caer al interior. Cavó con sus propias manos hasta desenterrar por completo el mueble. En una de sus baldas tan sólo había un peluche de un oso con una oreja arrancada y una pequeña libreta que rezaba la palabra «Diario».

Nervioso, se puso la linterna en la boca y abrió el cuaderno. Había decenas de páginas escritas con letras angulosas y líneas descendentes y ascendentes de manera errática.

Pasó las siguientes dos horas encerrado en esos dos metros cuadrados. Sentado sobre la estantería y apoyado contra la pared. Cuando cerró la libreta su mirada estaba vacía. Recogió el peluche y guardó el diario en su bolsillo. Giró sobre si mismo. Sus hombros chocaban contra las paredes. Miró fijamente la pared sobre la que se había apoyado. Horadó la misma con sus dedos arrancando pedazos de tierra. La pared arcillosa estaba seca y sus uñas se quebraron. Siguió rascando ansiosamente hasta que lo tocó. Una pequeña falange huesuda asomó en la pared. La agarró y la besó.

— Siento lo que te pasó. Una niña no debería de haber vivido lo que te tocó ti.

Salió del zulo y subió las escaleras. Se abalanzó sobre el teléfono, marcó el número de su casa y esperó los tonos. Uno, dos, tres …

— Es tarde, hombre estudiado. Tendré que enseñarte una valiosa lección. Tu mujer va a…

— ¿Como educaste a Dorothy? ¿Así me vas a educar a mi?

Se produjo un largo silencio.

— He dicho jodido cabrón. Si me vas a educar como hiciste con Dorothy.

— ¡No me faltes al respeto!

— ¡Está muerta! ¡No hiciste nada para solucionarlo! Tu y tu familia sois el veneno de esta tierra y Dorothy era vuestra única oportunidad de redimiros.

Bill escuchó el sonido de golpes. El jaleo de su mujer seguido de un grito apagado. Un raspeo del auricular y de nuevo la voz rasgada del psicópata.

— Te dije que soy yo el que dice lo que tiene que hacerse. Ahora…

— He cumplido tus órdenes. Me dijiste que llamara cada 24 horas y así lo he hecho. Me preguntaste dónde estaba y te lo dije. —Bill interrumpió por segunda vez a Jimmy.

— ¿Dónde estás Bill? No debes mentirme, porque Dios observa en todas partes.

— Estoy en tu casa.

— Tu mujer va a morir.

— Te mataré.

— Debes aprender a respetarme.

— Prenderé fuego al cadáver de Dorothy y mearé en la hoguera. Jodido cabrón.

Jimmy colgó el auricular golpeándolo contra el teléfono. Bill temblaba. Apretó los dientes y escupió las palabras.

— Vendrás aquí y te mataré.

Tenía que prepararse. Con lo que había descubierto sabía que Jimmy aparecería allí al amanecer para matarlo. Corrió hacia el Ford Prove. Esa misma noche enviaría el diario y una carta a Stephen Leviatan. Volvería a la gasolinera y se prepararía para escribir el final de la historia según sus propias normas.

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 11) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-11/feed/ 0 660
No siempre llueve a gusto de todos (parte 10) https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-10/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-10/#respond Sat, 12 Nov 2016 18:54:21 +0000 http://relatosescritos.com/?p=654 No siempre llueve a gusto de todos (parte 10) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

NO SIEMPRE LLUEVE A GUSTO DE TODOS (PARTE 10) Bill conducía el coche de Stephen Leviatan, un Ford Prove 24 válvulas que parecía sacado de un desguace. El escritor no había dudado en dárselo como pago por las cartas que le enviaría. Un pobre loco de los muchos que Bill se encontró desde que su […]

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 10) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
No siempre llueve a gusto de todos (parte 10) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

NO SIEMPRE LLUEVE A GUSTO DE TODOS (PARTE 10)

Bill conducía el coche de Stephen Leviatan, un Ford Prove 24 válvulas que parecía sacado de un desguace. El escritor no había dudado en dárselo como pago por las cartas que le enviaría. Un pobre loco de los muchos que Bill se encontró desde que su vida se cruzó con Jimmy.

Las Cruces estaba a poca distancia de El Paso, en la frontera de Méjico. Al norte, a tres horas de camino, estaba la ciudad de Albuquerque. En algún punto en esas tres horas, estaba la gasolinera en donde el psicópata lo había torturado salvajemente.

Bill, tenía un plan para llamar la atención del tarado, pero antes necesitaría conseguir armas en algún lugar en donde no le pidieran la documentación. En Nuevo México, tan cerca de la frontera, eso no debería suponer un problema.

Agarró con fuerza el volante y pisó el acelerador, dejando tras de si una enorme polvareda. La noche anterior había presenciado una pesadilla entre dos grupos armados. Es probable que los motoristas que creyó ver, siguieran en la zona. Condujo hasta la zona residencial Sunridge Village en donde había presenciado la masacre y antes de llegar pudo ver el cordón policial. No iba a poder acercarse. Desplegó el periódico que había cogido en el Hotel Mesilla y lo extendió sobre el volante. En portada aparecía la foto del cadáver de Henry Ford Jr., el artículo decía que probablemente fuera asesinado por la banda de Los Mongoles. La policía buscaba a posibles colaboradores del narco que hubieran podido huir de la masacre.

En ese momento, Bill ignoró que la policía pudiera estar siguiendo su pista. Iba a meterse en la boca del lobo. Miró al frente. Dos miserables coches de policía en la zona residencial donde había habido una masacre. Estaba claro que les importaba poco que los narcos se mataran entre ellos, lo que probablemente significaba que les importaba poco vigilar de cerca el negocio del narcotráfico.

Arrancó el coche y avanzó directamente hacia el conglomerado de casas. Pasó al lado conduciendo lentamente. Miró por la ventana descaradamente. Bill tenía más información que esos policías, había presenciado la carnicería.

Había manchas de sangre por las paredes. La verja sobre la que había saltado el día anterior estaba destrozada. Vio las marcas de neumáticos y las zonas marcadas por la policía en donde estaban los cadáveres. La casa donde había entrado tenía la puerta y ventanas destrozadas. Se veían marcas de disparos en la pared. Los jardines se habían convertido en un lodazal bajo las ruedas de los motoristas. Miró atentamente. Estaba a punto de llegar al final de la calle. No iba a frenar. Si lo hiciera, lo reconocerían. Se le escapaba algo. Miró al frente y rememoró su huída. Los fogonazos de los disparos de la noche anterior, se mezclaron con la luz de los coches de policía y las imágenes de lo vivido hacía unas horas asaltaron su cerebro.

No estaban las furgonetas.

Cuando se durmió en la casa, lo despertó el sonido de unas furgonetas. Las pudo ver al asomarse por la ventana y la tensión del momento hizo que se le quedaran grabadas. Si las volvía a ver, las reconocería al instante. Tenía suficiente de este lugar. Uno de los policías observó el Ford Prove que merodeaba la zona. Sus ojos apuntaban directamente hacia Bill. No aceleró, mantuvo su pie tembloroso sobre el acelerador sin que el coche diera tirones. Miró directamente al policía durante unos segundos y finalmente giró la cabeza. Pasara lo que pasara, había dejado de ver al agente. Mantuvo la misma velocidad hasta que llegó al final de la calle. No pasó nada. Su cara no era tan pública como él creía.

Condujo hasta que anocheció. El tono rojizo del cielo que se desplegaba para Bill, era el mismo que veía Margaret White; la inspectora al cargo del caso del asesinato de Patricia, la jovencita amante de Bill. La mujer policía miró por la ventana de su casa en El Paso. Tenía un hogar acogedor, lejos de la maldad contra la que luchaba a diario.

— ¿Mamá?

El motivo por el que decidió hacer de este mundo un lugar más seguro, su hija, la llamaba desde el otro lado de la casa.

— Ya te he dicho que debes de dormir. —Margaret caminó hacia la habitación con las paredes rosas, los peluches y las barbies que adornaban la habitación más segura que pudiera existir.

— No puedo dormir, mamá. Siempre veo al hombre malo.

— ¿Y quién es ese hombre malo?

— Es el monstruo del saco.

— Te voy a dar una sorpresa muy muy grande. —Margaret sonrió de oreja a oreja.— Ese hombre no existe.

— ¿Y quién se llevó a papá?

— No fue el hombre del saco, fue un hombre miedoso que creía que la violencia le daría valor. El mundo está lleno de ese tipo de personas. Pero yo junto a otras muchas mamás pertenecemos a un grupo secreto de defensores que evitan que a los niños os pueda pasar nada malo.

— Mamá, no me trates como a una niña pequeña.

— Hija. Aunque no te lo creas. Siempre estarás segura. Porque siempre estaré aquí para defenderte.

— ¿Y por qué permites que venga el hombre malo?

— Por la noche, la luz es tenue. Las sombras se alargan y las formas se perfilan. Todo se vuelve anguloso. Todo parece peligroso. Pero no es así. Las cosas son iguales que durante el día, son tus ojos los que te engañan.

— El hombre malo aparece de día.

Margaret mantuvo un par de tensos segundos de silencio. Inmediatamente volvió a sonreír.

— ¿Dónde has visto a ese hombre malo?

— En el hospital. Cuando fuiste a trabajar. Me dejaste en el coche con tus dos compañeros. Lo vi y me miró.

— ¿Qué te dijo? ¿Qué hizo?

La niña se pasó el pulgar por el cuello simulando que se cortaba la garganta.

— ¿Te hizo ese gesto? ¿Lo reconocerías?

— No lo sé, mamá. Me estás poniendo nerviosa.

— Céntrate. ¿Cómo era ese hombre?

— ¡No lo sé! Era delgado y tenía sombras y la cara afilada y manchas de aceite y no sé por qué te pones así conmigo, mamá.

— ¿Lo has vuelto a ver alguna vez más?

— No, sólo esa. Pero era el hombre del saco. El que se llevó a papá.

— A papá lo mató un mejicano en la frontera, hija. No hay seres fantásticos. Y si vuelves a ver a ese hombre, coge el móvil y llámame. Da igual la hora que sea, da igual en dónde estés. Quiero que me llames.

— Si, mamá.

— Tu madre siempre estará ahí para protegerte. Nunca. ¡Jamás! Dejaré que te pase nada. Porque eres lo mejor que me ha pasado en la vida y lo más maravilloso que tengo. Así que siempre estaré ahí para protegerte de los hombres malos.

Margaret cubrió con la manta a su hija y la abrazó durante dos horas hasta que la niña se durmió.

En Las Cruces, la noche había hecho salir a todos los monstruos de sus madrigueras. Bill había localizado una de las furgonetas aparcadas en el interior de un garaje en otra zona residencial. Esta ciudad debía estar plagada de narcobodegas. El grupo de motoristas se sentían tan seguros que ni se preocuparon de bajar el portón para ocultar el vehículo de las miradas indiscretas.

Hizo guardia en el Ford Prove destartalado hasta que un par de hombres salieron de la casa. Parecían salidos de un capítulo de una serie de ficción sobre motoristas. Chupa de cuero, barbas blancas pobladas, uno calvo, el otro con una cresta, tatuajes y botas. En su espalda llevaban cosido sobre el cuero de su cazadora el dibujo de un motorista con rasgos de mongol y sobre el dibujo las letras «MONGOLS CALIFORNIA» en capital.

Se golpeaban como simios mientras se gastaban bromas y montaron en sus motos tras incrustarse un casco que les hacía parecer soldados de la Primera Guerra Mundial. Bill arrancó el coche y los siguió descaradamente. Su plan era que terminaran por verlo, así que le daba igual el momento en que pasara.

Ambos hombres miraron hacia atrás en dos ocasiones y parecieron ignorarlo. Continuaron su ruta hasta llegar a un bar de carretera con decenas de motos aparcadas frente a la puerta. La música country atronaba en el exterior. Bill se bajó y caminó seguro hacia el interior del local.

Una oleada de vapor caliente golpeó la cara de Bill al entrar dentro. Los Mongoles eran un grupo de motoristas relacionados con drogas, prostitución esclava y asesinatos. Como buenos narcotraficantes, habían sabido invertir el dinero que ganaban a través de sus negocios sucios en ser populares en los lugares en donde vivían. Repartían alimentos entre los desfavorecidos, organizaban carreras populares y por la noche procuraban divertirse bebiendo en bares. Era lo que cualquier buena madre de satanás querría que fuera su hijo.

La barra del bar estaba llena de hombres enormes, barrigas prominentes y músculos acordes. Acodados sobre la mesa bebiendo whisky y cerveza. Al fondo, un grupo country cantaba una versión de la canción «The outsiders» de Eric Church tras una verja desde el suelo al techo que protegía al escenario del público. Las mesas redondas plagaban el resto del recinto. En cada una de ellas había hombres de características mentales y físicas similares a los recios de la barra. Bill miró descaradamente a su alrededor, había un hombre claramente diferente al resto. Su pose, su forma de comportarse, le denotaba como el líder de la manada. Estaba sentado en una mesa cercana al escenario con dos mujeres que no paraban de acariciarle las tetas como si fueran pectorales. Era totalmente calvo a excepción de una coleta. Vestía con una camiseta de tirantes con el dibujo de Hillary Clinton ahorcada con las letras «Hang in there» por debajo.

Bill caminó directamente hacia el hombre. Sentía sobre sus hombros la vida de su mujer. Avanzó traspasando el humo del ambiente hacia la mesa. Otro motorista se había adelantado a él y señalaba al líder diciéndole algo amenazador. Golpeó la mesa y apartó a las mujeres que lo rodeaban. Bill no frenó su paso en ningún momento. El que había asumido que era el presunto líder se levantó dando un rodillazo a la mesa volcándola. Agarró la cabeza del motorista Mongol que lo había insultado y la estrelló contra el canto de la mesa. Sin permitirle desmayarse, lo levantó, escupió en su cara, lo estrelló contra la verja del escenario y lo golpeó salvajemente hasta dejarlo inconsciente. La sangre salpicó el lugar y restos de piel se quedaron en los anillos que llevaba el presunto líder. Cuando terminó, se dio la vuelta y su voz sonó por encima de la música.

— ¡Si no os gusto a quién me follo, con gusto os machacaré a vosotras, putas!

Las cabezas de los motoristas giraron de nuevo hacia sus bebidas y la música del grupo que no había dejado de tocar, volvió a hacerse audible. Bill llegó a la mesa y la volvió a poner de pie. El líder lo miró de arriba a abajo con una mueca de asco. Se acercó lentamente hacia Bill. Estaba ebrio.

— ¿Y tu quién coño eres?

— He venido a comprar un arma.

— Si eres poli, puedes meterte tu placa por el culo, jodido cabrón.

— Voy a matar a un hombre. No voy a dejarlo inconsciente a ostias para demostrar quién es el gallo del lugar. Voy a matarlo con frialdad. No quiero que llore, no quiero que grite, no quiero que sepa que venga. Quiero matarlo de un único disparo.

El motorista mantuvo un gesto tenso durante un largo instante y finalmente rió.

— Menudo tarado estás hecho. ¿Cómo te llamas?

— Hillary. —Dijo Bill mirando directamente a la camiseta.

— Pues tienes cojones a pesar de tener nombre de mujer. ¿Qué te ha hecho ese hombre al que quieres matar?

— Me ha destrozado la vida. Quiero vengarme quitándole la suya.

¿Cuánto dinero tienes Hillary?

— El suficiente. ¿Tienes armas?

— Directo al grano. Puede que sepa quién tiene armas. Pero no te conozco de nada. Tienes pinta de ser un don nadie, ¿tienes idea de en dónde te estás metiendo?

— Ese hombre ha secuestrado a mi mujer y quiero matarlo.

— ¿Es el mismo que te hizo esto? —El motorista señaló la mano rota de Bill y sus heridas.

— Ya te lo he dicho. Busco venganza.

El presunto líder cogió dos de las sillas que estaban en el suelo y las puso de pie. Se sentó en una de ellas y le hizo un gesto a Bill para que se sentara a su lado. Tras sentarse, se acercó a su oreja y le susurró.

— Puede que tenga algo para ti, don nadie. Pero primero vamos a beber. —Elevó la mano y la voz— ¡Whisky para Hillary y para mi!

La camarera trajo una botella y dos vasos grandes. El grupo empezó a tocar una versión de «Drink with the living deads» de Ghoultown. Mientras, un par de amigos del hombre que había dejado inconsciente el presunto líder, ayudaban a levantarse y sacaban del bar al motorista bañado sobre su propia sangre. Durante varios minutos, permanecieron callados. El único acto social consistió en echar whisky de la botella y beberlo. Bill sabía que el objetivo del presunto líder es que la embriaguez hiciera que se fuera de la lengua.

— Ahora podemos empezar a hablar. ¿Qué tipo de arma buscas?

— Quiero matarlo de un único disparo. No quiero segundas oportunidades.

— ¿Puedo saber quién es ese hombre?

— Se llama Jimmy. Es todo lo que sé sobre él. Y cuánto menos sepas, mejor para ti. Ni siquiera te he preguntado tu nombre.

— Has caído bien abajo.

— El fondo es un buen lugar desde el que levantarse.

— Puede que tenga lo que necesites. No tienes manos de haber disparado nunca. Tengo el arma que te serviría. Cien por cien americana.

— ¿Cuánto?

— Las preguntas las hago yo, Hillary. Tu eres un puto extraño que se ha colado en mi fiesta.

— Felicidades por tu fiesta.

— Eres un jodido chiflado. —Sonrió— El precio de ese arma son 1400$. Te regalo una caja de 50 balas.

— ¿Qué arma es?

— Es una Smith & Wesson modelo 29 con cañón de 102 milímetros. Básicamente una magnum 44 taladrada para cargar balas de escopeta de 410. La hermana pequeña del arma que usaba Harry el Sucio. Escupe una buena perdigonada y deja jodido a quién esté delante del cañón. Da igual que seas tan bueno disparando como buscando amigos.

Bill cogió la botella de whisky y llenó los dos vasos con lo que quedaba en la misma. Manteniendo un gesto hosco, cogió uno de ellos, lo elevó y lo mantuvo en el aire. Miró a los ojos al presunto líder y le indicó con un ladeo de cabeza que hiciera lo mismo con su vaso. Ambos brindaron.

— Parece que tenemos un trato. ¿Dónde tienes el arma?

— Hillary, es la última vez que te lo digo antes de que salgas de aquí con los jodidos pies por delante. ¡Las preguntas las hago yo! ¿Dónde tienes el puto dinero?

— Lo tengo en algún sitio. Podría venir con él a dónde tu me digas.

El motorista metió su mano en el interior de su chaqueta de cuero. Sonó un clic y sacó un arma enorme. Bill tenía la sensación de estar mirando un enorme rifle, en lugar de una pistola. El presunto líder golpeó la mesa con la pistola y mantuvo su mano sobre el arma. El resto de los que estaban en el bar no prestaron atención, a pesar de que todos lo habían visto.

— Yo no tengo mis cosas en «algún sitio» jodido listillo. ¿Quieres esta puta pistola? ¡Págala cobarde! —La voz del hombre se tornó más agresiva. El alcóhol le había hecho efecto y estaba perdiendo los estribos— Vienes aquí a sentirte como un mafioso porque alguien ha tocado tu propiedad, pero no tienes una mierda. Más vale que no me estés toreando.

El motorista elevó la pistola y apuntó a Bill a la cara.

— ¿Tienes o no tienes el puto dinero?

— Aparta eso de mi cara.

— ¿Qué has dicho?

— He dicho que apartes eso de mi cara. Me cuesta negociar si me estás apuntando con un arma. Tengo el dinero. Pero si no me quitas eso de la cara, no verás ni un dólar.

Bill mantuvo las manos sobre la mesa. No temblaba. El mundo se había enfocado sólo en la punta del arma. Todo a su alrededor volvió a tomar formas y la cara sonriente del presunto líder apareció tras la pistola.

— ¿No quieres probarla antes?

— Confío en tu palabra. Pareces de fiar.

El motorista golpeó de nuevo con la pistola en la mesa y rió a carcajadas.

— ¡Si que tienes pelotas jodido cabrón! ¿Dónde tienes el dinero?

Bill metió la mano en el bolsillo sacó dos fajos de mil dólares cada uno y contó 1600$. Puso el dinero bajo uno de los vasos con los que habían estado bebiendo.

— Te pagaré 1600$, como cortesía. No volverás a verme.

El Mongol apoyó la Smith & Wesson modelo 29 encima de la mesa y la empujó hacia Bill. Luego desabrochó algo bajo su chaqueta y sacó una cartuchera de piel. La puso sobre la mesa al lado de la pistola.

— Como cortesía. Espero no volver a verte loco cabrón. Tu venganza te meterá en líos más gordos de los que ya tienes.

— Tarde o temprano, todos nos sentaremos a nuestro banquete de consecuencias. Ya me han servido el primer plato.

Bill recogió el arma y la cartuchera. Se las guardó en el bolsillo de su chaqueta.

— Uno de mis hombres te dará la caja de balas a la salida.

— Si quiere darme algo más, le vaciaré el cargador entero.

— Estás bien jodido de la cabeza. Vete de mi puta vista.

Bill se levantó sin mirar hacia atrás. Todos los que estaban en el bar lo observaban discretamente mientras caminaba hacia la salida. Empujó la puerta y una bocanada de aire fresco golpeó su cara. Su corazón de aceleró y fue consciente de lo que acababa de suceder. Cuando la puerta se cerró, sus piernas temblaron por la tensión.

Caminó lentamente hacia el Ford Prove. Un hombre enorme estaba sentado sobre el capó. Sostenía una caja en las manos. Bill no detuvo el paso. El hombre le extendió el paquete. Su superficie tenía una franja verde y otra amarilla sobre la que se podía leer «.44 Remington Magnum. 50 cargas». Quien fuera el hombre con quien había negociado, era capaz de conseguir algo así en cuestión de segundos. No quería volver a encontrarse con él. El gigante empujó la caja de munición contra Bill, lo agarró por la nuca y le acercó la boca al oído.

— De parte de Matt. Te olvidaste la propina.

Le dio un rodillazo en los testículos. Las balas salieron desperdigadas en todas direcciones y Bill golpeó con la cara contra el cristal del lado del conductor del Ford Prove. Cayó al suelo incapaz de gritar. El motorista le tiró algo de arena a la boca.

— No vuelvas por aquí, payaso.

Tardó varios minutos en recomponerse. Se arrastró por el suelo recogiendo la munición hasta que llenó la caja de nuevo. Montó en el coche y arrancó el motor.

Miró al bar. Dentro estaban de fiesta. Era una pequeña molestia en el camino. Sacó la pistola de la cartuchera y la agarró con fuerza apoyándose en el volante. Volvió a mirar al bar. Algo dentro de Bill se convirtió en odio. Jimmy lo había transformado en un monstruo. O tal vez ya lo fuera antes. Cerró los ojos y creyó ver a Elizabeth, su mujer, llorando en una silla en medio de un incendio. Jimmy rompiéndole cada uno de sus huesos. Carcajeándose rodeado de llamas como un demonio. Sobre la cabeza del psicópata había una cruz invertida con Patricia, su amante, crucificada. El culpable era él. Enfundó la Smith & Wesson y la metió en el bolsillo. Bill por fin fue consciente de que el único culpable de todo, era él. Pero tal y como le había dicho al escritor, sería él el que dijera cuándo terminaba esta historia

Arrancó el Ford. Tenía que hacer una llamada a su casa como le había ordenado el psicópata o su mujer moriría. Bill sabía exactamente desde dónde iba a hacerla.

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 10) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-10/feed/ 0 654
No siempre llueve a gusto de todos (parte 9) https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-9/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-9/#respond Wed, 14 Sep 2016 17:41:38 +0000 http://relatosescritos.com/?p=638 No siempre llueve a gusto de todos (parte 9) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

NO SIEMPRE LLUEVE A GUSTO DE TODOS (PARTE 9) Atardecía en Las Cruces. Bill llevaba caminando todo el día, estaba empapado en sudor. La estampa que mostraba no era muy diferente a la de un trabajador local sin ningún derecho laboral. No llamaba la atención Un mendigo tirado sobre un montón de cartones, con una […]

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 9) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
No siempre llueve a gusto de todos (parte 9) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

NO SIEMPRE LLUEVE A GUSTO DE TODOS (PARTE 9)

Atardecía en Las Cruces. Bill llevaba caminando todo el día, estaba empapado en sudor. La estampa que mostraba no era muy diferente a la de un trabajador local sin ningún derecho laboral. No llamaba la atención

Un mendigo tirado sobre un montón de cartones, con una larga barba trenzada gracias a la suciedad, dientes amarillos y ropa raída, le pidió algo de dinero. Bill lo observó desde arriba y pensó en la posibilidad de acabar en esa situación. Su camino hacia el abismo había empezado tan sólo unos días atrás, pero sabía que podía acabar así en cualquier momento. Se compadeció. Hurgó en su bolsillo y sacó un billete de 10 dólares. Poco dinero, pero en la situación en la que estaba Bill, tampoco podía permitirse el lujo de dar una limosna mayor. Mientras estiraba el brazo, el mendigo mostró en su rostro todo un conjunto de sentimientos: Avaricia, esperanza, alegría, odio y finalmente sumisión. Agarró el billete y se abalanzó a los pies de Bill agarrándolo por los tobillos y besándole los zapatos llenos de polvo. Bill se dejó abrazar con incomodidad. Se agachó y le dio un par de palmadas en la espalda.

— Por favor, vete a comer algo y descansa.

— Espero que nunca te veas en mi situación. —El hombre apenas podía articular las palabras.

— También lo espero. Sin ánimo de ofender.

El mendigo parecía absorto en su mundo.

— Yo era un hombre libre. Tenía familia, mujer y trabajo. Lo tenía todo, hasta que se cruzó en mi camino.

Un rayo cruzó el semblante de Bill descomponiendo los músculos de su cara.

— ¿Quién?

— El alcóhol.

Bill agachó la cabeza y se despidió con respeto. Probablemente él no terminaría jamás en esa situación, antes lo matarían.

— Lamento haberte dado ese dinero.

El mendigo respondió con una sonrisa bajo la que se descubrían sus dientes mellados.

— Cada vez que me acerco a alguien destrozo su vida.

— Vaya amigo, si que estás jodido. Tranquilo. Tengo hambre y con este dinero me dará para comer y descansar. Me has salvado la vida.

Se alejó sin mirar atrás, caminando por un suelo que parecía elástico. La mente abotargada y en tensión le jugaba malas pasadas en sus sensaciones.

Llegó hasta el hotel Mesilla. Un edificio de color marrón, con paredes que parecían hechas de adobe. Un letrero de neón sostenido entre dos enormes postes iluminaba la acera anunciando el hotel y aparcacoches en el que se escondería hasta que pasara el temporal. A un lado una gasolinera y enfrente un depósito de combustible. Se había alejado caminando de la ciudad todo lo que había podido. Entró por la puerta. Olía a humedad, una mesa de recepción amarilla cubierta de manchas, un enorme reloj en la pared, un pequeño sofá sin una pata y una chica con cara de asco, decoraban el local. Se apoyó en la mesa con ambos codos. La muchacha de pelo largo y rubio lo miró con desdén.

— Una habitación.

— ¿Trae coche?

— No, llegué caminando.

— Claro, ¿quiere vistas?

— ¿A dónde?

— Sin vistas, de acuerdo.

La chica tecleó algo en el ordenador. Abrió un cajón y rebuscó. Se escuchó el tintinear de varias llaves chocando entre si. Sacó una llave dorada que podría usarse para abrir una porqueriza. La apoyó al lado del teclado.

— Documentación, por favor.

— No la llevo encima ahora mismo. La dejé en el coche.

La chica lo miró de arriba a abajo. No tenía aspecto de mejicano. Otro americano que quiere hacerse de oro transportando droga en la frontera y no le salió como pensaba.

— Ajá. Pero le vi venir. Llegó aquí caminando.

La cara de la chica era pura incredulidad.

— ¿Cuánto cuesta la noche de motel para indocumentados?

— Depende de las vistas.

— Sin vistas.

— Sin vistas es más caro, claro.

— Es una pregunta sencilla. Necesito descansar.

— Ha caminado mucho para llegar hasta aquí. El extra sin vistas son ciento cincuenta dólares por noche. La habitación son cuarenta y cinco.

— Estoy agotado. Déjame descansar y hablaremos mañana con más calma.

— Hay otros lugares en los que descansar. Puede ir en coche.

Miró directamente a los ojos de la mujer. El segundero del reloj martilleaba el ambiente. Bill sentía que cada segundo que pasaba, le practicaban una trepanación craneal. Necesitaba descansar. La mujer permaneció impasible. No llamaría a la policía, pero cobraría su parte. Bill rascó con los dedos en la cartera que guardaba en el bolsillo. No la sacó para evitar que la avaricia de la mujer lo dejara sin blanca. Arrancó con los dedos dos billetes de cien.

— De momento una noche. Tiene cinco dólares de sobra porque quiero el desayuno.

La mujer esbozó su primera sonrisa.

— Me gustan los hombres que no se dejan amedrentar.

— Lo siento, ya estoy casado.

— Guarda tu polla, vaquero. Trataba de relajar el ambiente. He dicho que me gusta tu carácter, no que me gusten los hombres.

Bill recogió las llaves.

— ¿Número? ¿A qué hora me pondrás el desayuno?

— 18. El desayuno se sirve abajo. Para entonces yo ya no estaré. Pero no te preocupes, que has pagado la tarifa estándar para que la habitación no tenga vistas cuando cambie de turno.

— Encantado de hacer tratos contigo. ¿Hay teléfono en la habitación?

— Si, la tarifa va aparte. No nos gustan las llamadas internacionales a Méjico.

— Tranquila. Es para llamar a casa.

— Como quieras. Necesito un nombre.

— Walter. — Le tembló un poco la voz al mentir.

– Supongo que el apellido será White. También he visto esa serie. Disfruta de tu estancia Walter.

Bill subió renqueante hacia la habitación. Notaba como si tuviera todos los músculos de su cuerpo rellenos de leche. Le costaba moverse. Introdujo la llave en la cerradura. En ese motel no se usaban tarjetas electrónicas para abrir las puertas. Era más seguro para los inquilinos como él. Cerró y metió la llave en el cerrojo para evitar que se pudiera volver a abrir. Se tiró sobre la cama y agarró el teléfono. Su mente vagaba. Tecleó los números del teléfono fijo de su casa por la fuerza de la costumbre. Necesitaba hablar con su mujer.

Un tono, dos, tres. Llegó al octavo tono y saltó el contestador.

— Hola. Somos Bill y Elizabeth. Ahora mismo no podemos contestarte. Deja tu mensaje después de la señal.

Colgó. Una lágrima recorrió su mejilla. Recordó el momento en el que grabaron ese mensaje. Acababan de empezar a vivir juntos y todo era sexo y descubrimiento de rutinas. Estaban completamente enamorados, hasta el punto de hacer la estupidez de grabar un mensaje de contestador a dos voces. Se tragó la lágrima e inspiró profundamente. Volvió a marcar.

De nuevo ocho tonos y contestador.

— Elizabeth. Si estás ahí, por favor coge el teléfono. Sé que habrás oído muchas cosas malas sobre mi, pero si me conoces, sabes que no son ciertas. Necesito tu confianza …

— ¡Bill, no!

Elizabeth le gritó. Sonó un golpe. Había tirado el teléfono contra el suelo.

— Te lo suplico Elizabeth. Sólo me importas tu. He tenido que bajar a los infiernos para darme cuenta de que lo tenía todo y trataba de rellenar un vacío que sólo tenía yo. —Escuchó cómo su mujer rompió el mobiliario.— Fui el mayor idiota y aunque te pierda, te ruego que me perdones. Confía en mi. Por favor. Eres la única persona en la que confiaría en estos momentos.

Se escucharon más golpes y un ruido ahogado de Elizabeth pronunciando una única palabra.

— ¡NO! — El grito de Elizabeth sonó como si tuviera la boca llena de saliva.

— Estoy en un hotel de Las Cruces. Mañana me entregaré. Prefiero estar encarcelado y poder mirarte a la cara.

Al otro lado, sonó un último puñetazo. Parecía que Elizabeth se golpeara a si misma del odio que profesaba hacia su marido. Aquella policía, Margaret White, la habría confirmado el affaire que tuvo con la difunta Patricia. La línea se cortó.

Bill posó lentamente el teléfono. Apoyó la cabeza en la almohada con un gesto inexpresivo y cerró los ojos. Volvió a abrirlos a las nueve de la mañana. Más descansado, su cerebro unía mejor las ideas. Se lavó y comprobó que los puntos que le habían puesto en el hospital seguían en su sitio. Se duchó y limpió como pudo las heridas. Abrió el armario y descubrió que el anterior inquilino se marchó con tanta prisa que se dejó un traje, camisa y pantalón de color negro. El agotamiento falseó sus recuerdos y tuvo la impresión de tener un déjà vu al ponerse el traje, como si él mismo hubiera dejado allí esa ropa en una vida anterior. Increíblemente era de su talla. Comprobó que la llave no se había movido del pestillo. Todo correcto. La habitación sin vistas había merecido la pena. Aunque lo que le había dicho a Elizabeth era cierto. Se iba a entregar a la policía para volver a verla aunque fuera por última vez. Si permanecía huyendo acabaría asesinado por la policía, por Jimmy o por el alcóhol, como aquel viejo borracho.

Bajó al restaurante.

Allí estaba yo. Lamento atravesar la cuarta pared de una manera tan abrupta, tan sólo con tres puntos suspensivos. Pero si fuera un gran escritor, no me habría ganado la vida durante tantos años escribiendo esas novelas baratas. Como escritor, me encontraba en medio del desierto, buscando en la aridez la falta de distracciones. Deben entender que cuando se trata de escribir, ocurre como con el ejercicio. El ser humano disfruta al principio y cuando intentas marcarte ciertos límites, el cuerpo los rechaza. Buscas distracciones, un poco de televisión, más lectura, masturbación o dar un paseo. Cualquier excusa es buena con tal de dejar de escribir. Por eso me fui hasta aquel motel de El Paso. Allí no había nada más que hacer.

Me encontraba desayunando mientras devoraba los cuentos para adultos de Roald Dahl. El relato escrito por un autor de cuentos infantiles de un hombre que hacía cuadros con piel humana, acompañaba mi café. Ojalá tuviera en mi cabeza las ideas para recrear lo que hay dentro de la cabeza de un Charles Manson. Una historia que vendiera miles de ejemplares.

Bill entró como un elefante en una cacharrería. No pude evitar mirarlo por encima de mis gafitas redondas. Vestido como un personaje de las películas coreanas de mafiosos. Miraba en todas direcciones como si estuviera acosado. En sus ojos había una luz apagada que me llamó la atención. No soy un ser sociable, pero me gusta entablar conversación con aquel que pueda darme una buena historia que deformar para contar al mundo. Ese hombre la tenía. No quiero decir que haya cambiado los hechos reales que le sucedieron al pobre Bill. Por favor, entienda que aunque su historia me haya permitido escribir esta novela, no quiero faltar al respeto de los muertos. Además, como ya he dicho, desde entonces no puedo evitar vigilar mi entorno. Bebo más de lo que debería para evadirme del mundo que me mostró Bill.

Pidió algo en la barra y pareció discutir durante un buen rato con el camarero. Repetía incesantemente que había abonado su desayuno y reclamaba con tozudez su derecho a las viandas. Perdón por el lenguaje, pero como escritor de novelas baratas, me pagan por volumen de palabras y eso me obliga a usar en mis textos un montón de frases sobrantes. Ahora ya no lo puedo evitar. El cambio de tono en este libro, suele deberse a que uso las palabras que me escribió el propio Bill.

Se sentó en una mesa y esperó a que le trajeran el café. Una tele situada por encima de la cabeza de Bill lo coronaba emitiendo las noticias de la mañana. Habían bajado el volumen para que no molestara a la clientela. Bill sopló el café con suavidad. Parecía una persona tranquila, un poco cobarde, pero había algo en sus ojos amarillentos por el cansancio que me decía que tenía una historia. ¿Qué hacía un tipo con traje y pinta de ejecutivo gordo en un lugar como este? Su cara salió en la televisión. Nadie más prestaba atención a las imágenes. Sólo yo, porque al mirar a Bill, la caja tonta entraba en mi línea de visión. Bajo la fotografía aparecían letras como «asesino», «prófugo» y «utilización de sicarios».

Mi mano tembló y se me cayó la cuchara de las manos. El tintineo al caer, rebotó por toda la sala. Bill me miró directamente. Mis ojos subían y bajaban ojeándolo a él y al televisor. Miró hacia atrás, el telediario cambió de noticia en ese preciso momento. Clavó su mirada en mi. No pude sostenerla. Bajé la vista hacia mi café. Me temblaban las dos manos y no podía controlarlo. Era la historia de mi vida. Demasiado cobarde para superar ciertas barreras. Tenía que hablar con ese hombre antes de que la policía lo atrapara. Con ese pasado, seguro que acabaría con un tiro. Si escribía su historia vendería con una única obra lo mismo que con seis de mis novelas. Sería mi Charles Manson. Tomé aire, me levanté y lo miré. Seguía mirándome fijamente. Sonreí de manera estúpida. Me levanté y me senté en su mesa sin pedirle permiso.

— Hola.

— No te conozco.

— Te he visto en la tele.

— Me voy a entregar después de desayunar. Por favor, tan sólo déjame este momento. ¿Quieres dinero?

— No exactamente. Soy escritor. Quiero tu historia.

Yo tenía la cara totalmente enrojecida. Bill cambió su gesto por completo.

— Eso no tiene sentido.

— Sé que te persigue la policía, pero no sé nada sobre ti. Seguramente nadie que te haya visto en las noticias sepa nada sobre ti o qué delito cometiste. Sólo quiero conocer tu historia.

— ¿Te aburres?

— Quiero escribirla.

— La historia que te puedo contar, no va a parecer real.

— Cada vez se pone más interesante.

— ¿Cómo te llamas?

— Stephen Leviathan.

— Muy bien, Stephen Leviathan. ¿Te cuento lo que me ha pasado y no llamas a la policía?

— Si te vas a entregar, tu historia es todo lo que voy a poder sacar. Ya no estamos en el salvaje oeste en donde dan recompensas por cazar a fugitivos.

Bill permaneció un largo rato en silencio. Me examinó durante varios minutos. Saqué mi libreta y un bolígrafo

— Estas son mis únicas armas. Yo contaré tu historia.

Esa frase supuso un punto de inflexión. En ese momento parecía sentirse liberado. Sin más, arrancó el relato de su viaje. Me pidió que usara el falso nombre de Bill y que no pusiera ningún dato que pudiera perjudicar a su esposa. Por eso he obviado detalles personales o el lugar en donde vive y así lo haré durante todo el libro. Dedicó mucho tiempo a explicarme cómo era su esposa. Una mujer responsable, trabajadora y con la cabeza siempre fría. Jamás habían discutido, jamás había elevado la voz. Ni siquiera cuando descubrió la verdadera cara de su marido en el hospital. En apenas una hora me relató sus experiencias de los últimos días. Había asesinatos, infidelidades, el protagonista acusado por medio de mentiras. A pesar de todo, parecía que había una coherencia interna en lo que contaba. Sólo había un detalle que no cuadraba en su historia.

— Dices que tu mujer nunca discute contigo.

— La persona menos temperamental de este planeta.

— Tal vez sea deformación profesional. Como novelista siempre trato de hacer personajes sin claroscuros para evitar equivocarme en sus acciones. Me dices que cuando llamaste a Elizabeth, te gritó y no fue capaz de pronunciar ni una frase completa. Escuchaste como daba golpes por la casa. No encaja en la descripción que has hecho de tu mujer. Me has hablado de una personalidad pasivo agresiva. Tu mismo dices que las discusiones con tu mujer siempre han sido con ella en silencio. Dejando que tu solo te recrimines. Me dijiste que justificaste tu infidelidad en la falta de «vida» de tu relación.

— Yo tampoco encajo en la descripción de mala persona y me he dado cuenta de que lo he sido.

— No. Tu eres una mala persona. Por eso has terminado en esta situación. Tu mujer, si es tal y como dices no actuaría así. Si fuera un personaje de una de mis novelas, no habría descolgado el teléfono. Habría esperado a que tu dejases cientos de mensajes pidiéndola perdón para terminar divorciándose de ti.

Bill palideció. Me di cuenta de que estaba tratando de explicar la situación como si fuera un personaje de ficción y estaba hablando de personas reales. Bill se levantó de la mesa y salió corriendo del comedor.

El cerebro de Bill bullía con lo que ese escritorzuelo acababa de decirle. Su mujer no actuaba de esa manera. Corrió hacia su habitación. Su cerebro empezaba a unir cabos. Había cometido el error de dejar de pensar como Jimmy. Abrió la puerta de su habitación respirando a bocanadas. La llave se cayó al suelo y dejó la puerta abierta. Se abalanzó sobre el teléfono y marcó el número de su casa.

Ocho tonos y contestador. Tragó saliva. Su voz temblaba.

— ¿Jimmy?

Durante treinta interminables segundos sólo escuchó el sonido de una respiración agitada. Luego una voz contestó.

— Hola, «hombre estudiado».

El mundo se hundió a sus pies. Sólo quedaba su pesado cuerpo sobre la cama.

— Dios te ha traído de nuevo a mi.

Bill no podía articular palabra.

— Ayer tu mujer y yo hablamos.

— No … No …

— Si Bill. Has sido una mala persona. Vas por el mundo pisando a los demás y crees que puedes hacer lo que quieras. ¿Verdad Bill?

— Por favor. Me quieres a mi. Mátame. Deja a mi esposa.

Escuchó un alarido de su mujer al otro lado del teléfono.

— Vamos Bill, no me insultes. ¿Matarte? Eso ya llegará Bill. ¿Ya estás llorando? Eres una nenaza y antes de matarte, quiero que pidas perdón.

— Perdón, perdóname. Por favor, deja a mi mujer. Me arrodillo ante ti.

Hincó sus rodillas en el suelo aunque Jimmy no lo pudiera ver.

— Eres un jodido cobarde Bill. No me estás pidiendo perdón. Busco sinceridad. —Elizabeth gritó de nuevo.— No te vas a entregar a la policía como prometiste ayer a tu mujer. No vas a ser el jodido cabrón que has sido siempre. Vas a huir hasta que yo lo diga. Di: «Si, Jimmy».

— Si, Jimmy.

— Vas a bailar para mi. Di: «Si, Jimmy».

— Si, Jimmy.

— ¿Qué haces en El Paso, Bill?

— Huir.

Un último grito de Elizabeth. Sonaron estertores y escuchó como su mujer se desmayaba.

— ¡Elizabeth! ¡Te mataré! ¡Te mataré con mis manos!

— Dios los crea y ellos se juntan. La cornuda es tan floja como tu, jodido cabrón.

— ¡Para ya mald…

— ¡TE HE HECHO UNA PREGUNTA BILL! Una sóla mentira más y Elizabeth no se despierta.

— Estaba buscando la gasolinera donde me secuestraste.

— No te secuestré Bill. Dios puso el tablero de juego y tu eras una ficha más. Pedazo de egocéntrico. Empiezas a ser sincero. ¿Qué pretendías encontrar en la gasolinera?

— Demostrar mi inocencia.

— Bill, tu no has sido inocente desde que decidiste metérsela a esa cerda las suficientes veces como para preñarla. Tranquilo, ya no es tu problema, la maté siguiendo tus órdenes. ¿Recibiste mi mensaje?

— Tengo que colgar.

— Tu mujer si que va colgarse. Sufre mucho por culpa de su marido.

Bill permaneció en silencio. Su mano rota le recordaba las torturas de Jimmy en el sótano.

— ¿Dónde estás Bill? ¿En qué agujero de ratas te escondes?

— Estoy en El Paso. — Algo dentro de Bill cambió. — ¿No prefieres jugar a encontrarme?

BUM, BUM, BUM. Jimmy jugó golpeando la cabeza de Elizabeth contra el suelo.

— Me gusta tu cambio de actitud. Buscaremos juntos tu redención. Conseguiremos que Dios te perdone. Quiero que llames aquí cada veinticuatro horas y dejes un mensaje en el contestador diciendo en dónde estás. Si se te olvida. Tu mujer morirá. Si grabas algo que no debes. Tu mujer morirá. Si me mientes… ¿Qué le pasará a Elizabeth si me mientes, Bill?

— Mi mujer morirá.

— Qué pena no poder mirarte ahora para poder ver esos lagrimones de nenaza que tendrás en esa cara porcina.

Bill apretó los dientes. La rabia ardía en su interior. Tenía que encontrar a ese psicópata y matarlo con sus propias manos. Permaneció en silencio.

— El taxista que te llevó a El Paso te recordaba como un hombrecillo desagradable, Bill. Seguramente por eso lo descuartizaste. Aunque la policía sospecha que fue porque no querías pagarle lo que te pidió.

Bill seguía callado. No debía alimentar al monstruo que no paraba de hablar.

— En fin, el trabajo me reclama.

Jimmy colgó sin más. Al otro lado del teléfono, Elizabeth yacía inconsciente a manos del psicópata.

Bill colgó lentamente. Respiró hondo. La única posibilidad que tendría su mujer era que él actuara siguiendo las órdenes. Jimmy no la mataría porque sabía que si lo hacía, Bill no tendría motivos para obedecerlo. Se entregaría y el juego macabro terminaría sin más. Con Bill muerto o vivo, daba igual. Es lo que mantendría con vida a Elizabeth.

Siempre había otras alternativas. A partir de ahora, Bill tendría que andar con más cuidado. Tenía que pensar como Jimmy. Salió de la habitación y bajó de nuevo a la cafetería. Allí aún estaba Stephen Leviathan. Lo usaría para mantener la historia que Jimmy no quería que se supiera. Se sentó en su mesa y lo agarró por la muñeca.

— Tiene a mi mujer.

— ¡Dios mío! Debería de llamar inmediatamente a la policía. Bill, por lo que me has contado de ese hombre, necesitas ayuda profesional inmediatamente.

— Si lo hago, habré firmado la sentencia de muerte de mi mujer. Es lo único bueno de mi paso por este mundo, así que voy a obedecerlo.

Bill miró a los ojos al escritor y supo que sería el mismo Stephen Leviathan el que llamaría a la policía.

— Te escribiré una carta cada semana y la mandaré a esta cafetería. Sin remite. No te pienso mandar correos electrónicos. Son rastreables y necesito encontrar a ese asesino sin que la policía dé conmigo. Tu consigues una buena historia para contar. Tanto si me crees, como si no, te estaré dando material publicable, así que es un buen trato.

— ¿Y cuándo piensas dar por terminado esto?

— Cuando yo diga «fin».

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 9) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-9/feed/ 0 638
No siempre llueve a gusto de todos (parte 8) https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-8/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-8/#comments Sun, 21 Aug 2016 11:41:12 +0000 http://relatosescritos.com/?p=625 No siempre llueve a gusto de todos (parte 8) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 8) No fue un largo recorrido. El conductor era un profesional transportando personas que no admitían charlas, ni preguntas y fue fiel a su palabra mantener la boca cerrada. Bill había decidido llegar hasta Las Cruces. La gasolinera de Jimmy había explotado varios kilómetros al norte, cerca […]

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 8) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
No siempre llueve a gusto de todos (parte 8) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 8)

No fue un largo recorrido. El conductor era un profesional transportando personas que no admitían charlas, ni preguntas y fue fiel a su palabra mantener la boca cerrada.

Bill había decidido llegar hasta Las Cruces. La gasolinera de Jimmy había explotado varios kilómetros al norte, cerca de Salem. Aquí podría descansar. Le dolía cada centímetro de su cuerpo. Notaba la herida abierta de su pecho, el dolor en sus costillas y la mano rota. Le habían extirpado un trozo de pulmón y era incapaz de respirar grandes bocanadas.

El conductor le preguntó dónde parar y Bill señaló aleatoriamente una calle cercana a un Bestbuy y un Staples. Por aquí habría algún hotel.

Pagó lo acordado y supo que de todas las personas que se iba a encontrar a partir de entonces, ese conductor mejicano era el único que guardaría silencio y cumpliría lo pactado. El taxi se alejó. Era mediodía y el sol calentaba la tierra y el aire. El sudor goteaba por su mentón y se mezclaba con pequeños restos de sangre que tiznaban su camisa. Seguía teniendo un aspecto demasiado memorable, tenía que encontrar un lugar en el que ocultarse por lo menos una semana.

Tras ese tiempo, seguramente se habría convertido en el principal objetivo de la policía. Margaret no tenía nada que morder y los periodistas de la basura empezarían a escarbar en la mierda mostrando un Bill repugnante. Gordo, calvo, que preñaba a mujeres menores de edad para asesinarlas. La policía no iba a perder el tiempo en investigar la verdad. Necesitarían una cabeza de turco con la mayor urgencia y Bill daba el perfil. Con todos en su contra, Jimmy no atacaría a su mujer. Dejaría que sufriera. Así pensaría ese jodido cabrón. Bill se preguntó si algo en su cabeza no funcionaba del todo bien para empezar a razonar como lo haría un psicópata.

Absorto en sus pensamientos había caminado un par de calles hasta llegar a una zona residencial llamada Sunridge Village frente a un instituto. Casi todas las casas parecían desocupadas. Al otro lado de la calle a unos doscientos metros había una parcela de alquiler de almacenes. Se dio cuenta de que no era una calle transitada, estaba prácticamente desierta a pesar de encontrarse cerca de dos carreteras nacionales y un centro comercial.

Saltó una pequeña valla blanca de metal que marcaba el recinto privado de la zona residencial. En un aparcamiento para decenas de vehículos, sólo había aparcado un Beetle y una caravana. Tal vez era el hogar de los trabajadores de una misma empresa y fuera temporada de vacaciones. Las casas eran clónicas entre si. Dos pisos y garaje. Ventanas  blancas cubiertas por cortinas y persianas a medio bajar.

Miró alrededor y en el interior del bloque, había cuatro casas con enormes garajes. Las cuatro tenían las persianas completamente bajadas. Una de ellas, le serviría para ocultarse una breve temporada. Se limpiaría y curaría. Un par de días allí y podría ir a un hotel sin llamar la atención. Las escaleras de entrada conducían a una primera planta. En la parte de abajo estaba el garaje que ocupaba prácticamente toda la estancia inferior. Pasaba lo mismo en las casas aledañas. Cuando subió los peldaños se dio cuenta de lo jodido que estaba. Cada bocanada parecía fuego y los músculos de sus piernas parecían estar rellenos de leche. Le pesaban y le costaba moverlas. Llegó hasta la puerta y giró la manilla.

La puerta se abrió.

En el norte no había esa confianza para dejar la puerta abierta. Entró y entonces se dio cuenta de cuál era la causa de este misterio. La casa estaba prácticamente vacía. A excepción de un par de muebles en la entrada, una mesa en el salón y una cama, era una casa inhabitada. Seguramente aun estarían tratando de venderla. Pensó en que fuera no había ningún cartel. Ahora mismo le daba igual. No podía creer la suerte de encontrarse una cama en la que poder descansar. En la misma habitación con su cama, había un baño pequeño sin ventanas con una bañera acorde al tamaño. Abrió el grifo y la ducha escupió agua fría. Se refrescó la cabeza, limpió su cara y su camisa de sangre. Un remolino marrón se formó en el sumidero. Cuando terminó, colgó la camisa de la barra de la cortina y caminó haciendo eses hacia la habitación. Se abalanzó sobre el colchón y se desmayó al instante.

El sol cayó a plomo sobre la línea del horizonte y cuando el último rayo desapareció, se encendieron las luces de siete furgonetas que entraron sin hacer ruido en la zona de apartamentos. Aparcaron en ordenada fila india frente al garaje situado en la planta inferior. Del primer coche se bajó un hombre orondo, de tez tostada por el sol y manos llenas de surcos. Su expresión plagada de gestos duros, indicaba que era el rey de un lugar en el que la violencia te erige como líder.

La noche cubría sus movimientos en aquel barrio alejado de las miradas de vecinos molestos. Se había encargado de comprar cada una de las casas para poder usar los garajes como narcobodegas. Había hecho las obras necesarias para que los falsos aparcamientos, fueran del mayor tamaño posible. Elevó la puerta del garaje y su tesoro de cocaína embolsada iluminaron con tonos blancos y amarillos los vehículos.

— ¡Empezad a cargar!. Este cargamento tiene que distribuirse a Phoenix, Albuquerque y Dallas antes de que termine el día. El reparto será a partes iguales. Todos ganaremos lo mismo porque todos corremos el mismo riesgo.

Varios meses después, los periódicos y la investigación policial, dieron una historia bastante fidedigna del pasado de Henry Ford Jr. Un hombre que llevaba siete años haciendo de distribuidor de droga.

Antes trabajaba como encargado de un rancho cerca de Fort Stockton en el estado de Texas. Para ser más exactos, en Pecos.

El rancho estaba en medio de un erial, cerca de la frontera con Coahuila, México. Tenía vacas y sembrados de alfalfa. Todo lo que cultivaba era de riego. Era el inicio de la crisis y todos los negocios de norte a sur de este planeta sufrieron el embite. El suyo no iba a ser una excepción. Para extraer el agua, necesitaban unas bombas. Pero el precio del gas para alimentarlas fue subiendo hasta que no fueron capaces de cubrir el coste del combustible, ni de los trabajadores.

Henry, tenía tan sólo 25 años. Era duro, le había tocado ser gerente y no se achantó. Bajo su responsabilidad tenía a treinta trabajadores indefinidos a los que se sumaban otros veinte temporales.

Todo el personal que trabajaba en el rancho era de Méjico y se habían instalado en América para ganarse la vida. No hablaban inglés, ni siquiera los nacidos en Estados Unidos. En la frontera, el inglés no hace falta y en algunos sitios no sirve para comunicarse.

Desde que era joven, Henry fumaba marihuana. Empezó con diecinueve años. Se la compraba a un trabajador del rancho. La calidad era excelente. Seiscientos dólares el cuarto de libra.

Comenzó a faltar el dinero, pero sus trabajadores no lo abandonaron. Eran vaqueros, como él. Se sentían parte del rancho y luchaban codo con codo por sacarlo adelante.

Cuando quebró, acumuló una deuda de 800.000 dólares con un interés del 14% mensual. Para salvar el rancho necesitaba tener unas ganancias netas de 100.000 dólares al año.

Tras varias noches en vela, convirtiendo las sábanas en remolinos de pensamientos venenosos, decidió hablar con el trabajador mejicano que le conseguía la hierba. Le contó quién se la vendía. Era marihuana mejicana de altísima calidad.

Henry Ford Jr. decidió que allí estaba la solución para salvar su rancho. Iba a ganar el dinero suficiente vendiendo marihuana para salvar el rancho.

Se fue a Ciudad Acuña, cruzó la frontera con su Chevrolet Suburban. Fue muy sencillo para un americano como él. Una vez allí entró en la primera cantina que vio y empezó a preguntar como un loco con quién podía hablar para comprar marihuana. Lo hizo como si entrara en un supermercado preguntando por las lechugas.

Un hombre se acercó.

— Espérese aquí, ahorita se la consigo.

Henry esperó y en muy poco tiempo llegó la policía municipal para arrestarlo. Le encontraron la hierba que él fumaba, lo llevaron a la cárcel y le quitaron todo su dinero. Lo torturaron un poquito y finalmente lo soltaron.

Regresó al rancho y habló con otro trabajador que sabía que tenía un pasado. El mejicano se rió de la aventura de Henry en Ciudad Acuña. Acordó que sería su socio y lo llevó de nuevo a Méjico. Esta vez fueron a Santa Elena, Chihuahua, un pueblo en la frontera de los Estados Unidos en donde mataron a Pablo Acosta, un importante narcotraficante mejicano. Su socio se encargó de conseguir 25 libras de la mejor mota y Henry la trajo de vuelta a los Estados Unidos.

En poco tiempo, pasó a transportar doscientas libras en cada viaje a Santa Elena. Había muchos blanquitos como él que se dedicaban a transportar la droga en sus coches. El resto lo hacían por un puñado de dólares. Henry necesitaba mucho más para salvar el rancho. Hasta que otro trabajador se le acercó  y le dijo.

— Mire, yo también tengo un hermano que trabaja en esto.

El familiar de este trabajador no compraba la maría en Chihuahua. La traía y la pasaba por el estado de Coahuila. La compraba allí a un tal Óscar Cabello y él mismo fue a ver directamente a Henry al rancho. Empezó a comprar cantidades más grandes.

Lo malo de la marihuana es que es como los tomates. Dependes de la tierra y el clima. Hay cosechas buenas y otras veces no tienes nada. Cuando llegó la escasez de material, Henry ya había invertido una buena cantidad de dinero en coches con falso fondo. Necesitaba conseguir más cargamento. Y un golpe de suerte hizo que arrestaran a uno de sus chicos mejicanos en la frontera. El agente de aduanas llevó al empleado de Henry a un monte, lo encañonó con un rifle M-16 y le dijo.

— Ya sé todo lo que has hecho. Ahora quiero trabajar contigo.

El trato fue simple. El agente se encargaría de avisarle cuando estuviera abierto el camino o incautasen una cantidad de material y a cambio le pagarían un dinero. El golpe de suerte, vino cuando resultó que el primer chivatazo fue que habían detenido a una mula que llevaba en su interior 11 libras de cocaína. El idiota sobrevivió y ninguna bolsa se había abierto. A cambio de soltarlo, el agente de aduanas se encargó de firmar su defunción y se quedó con la mercancía como si hubiera desaparecido en el interior del falso cadáver.  Avisó al trabajador de Henry y le pagaron su dinero.

Henry desconocía que la cocaína se vendía a un precio mucho más alto que la hierba. Cuando se dio cuenta de que con un peso mucho menor, podía ganar mucho más dinero, cambiaron sus objetivos. Henry habló con Óscar y se dio cuenta de que siendo americano, las relaciones con el cártel de Sinaloa eran menos violentas. Nunca llegó a conocer personalmente al Chapo Guzmán, pero si a los conductores de camiones cien por ciento americanos que se encargaban de distribuir sin sospechas la mercancía por los Estados Unidos. Sólo necesitaban un punto en donde almacenarla al otro lado de la frontera hasta que una nueva flota de camiones viniera a cargar. Así que Henry vendió el terreno que le pertenecía y con ese dinero compró parte de las casas de Sunridge Village. Pidió una hipoteca para evitar sospechas acerca de la procedencia de su fortuna y convirtió los garajes del lugar en narcobodegas. Al comprar varias casas, evitaba la presencia de vecinos que pudieran no estar de acuerdo con su plan de negocio.

El nuevo problema de Henry era un grupo de motoristas pertenecientes a la banda de los Mongoles. Dejaban tras de si un rastro de cuero, armas, tatuajes, olor a gasolina y sangre. A ese grupo criminal no le gustaba que les quitaran su trozo del pastel y la manera de eliminar a la competencia siempre pasaba por un disparo en la cabeza.

Henry había conseguido pasar desapercibido, pero pasó por alto un detalle. Cuando aquel trabajador al que habían encañonado con un M-16 en la frontera volvió con Henry, no lo recompensó. Tuvo que seguir conduciendo, pasando esa frontera, sabiendo que si algún día se encontraba con un funcionario decente o uno que no lo fuera, su cadáver se enterraría en el desierto sin que nadie lo echara de menos. Acumuló un profundo rencor hacia Henry. Por un puñado de dólares y una promesa de un cambio de trabajo, delató a su patrón. Contó cada detalle de las narcobodegas y las rutas que seguían. Los Mongoles le pagaron el doble por saber cuándo aparecería Henry en el lugar. Si cortaban de raíz la cabeza del negocio, desaparecería la competencia. El chico les contó todo lo que querían saber y lo pagaron con un tiro en la cabeza. No había que dejar cabos sueltos.

En el bloque de apartamentos Sunridge Village, Bill escuchó el sonido de los coches y cayó de la cama. El dolor de su mano rota y los puntos en su pecho le hacían estar en duermevela. El ruido del golpe en el suelo hizo que Henry y sus hombres se pusieran en guardia. Sacaron sus armas y Henry los indicó que debían de rodear la casa, mientras él y el hermano de Óscar Cabello subían lentamente las escaleras que llevaban al piso superior. Si eran Los Mongoles, estaban bien jodidos.

Bill reptó hasta la ventana de la habitación. Si la policía estaba fuera, su mujer moriría. Si era Jimmy, el muerto era él. Agarró el alfeizar y ojeó el exterior. Había siete furgonetas enormes que iluminaban con sus focos como si fuera de día. No veía a nadie.

Fuera, Henry indicó mediante gestos a su compañero que le guardara las espaldas. Cuando llegó a la puerta se dio cuenta de que estaba entreabierta. Nunca la cerraba para que cualquiera que quisiera entrar lo hiciera directamente, sin forzarla. Eso haría que cometieran errores como el que había hecho quien fuera que estaviera dentro de la casa. Empujó la puerta y las bisagras casi sin uso emitieron un breve quejido.

Bill supo que estaban dentro de la casa.

Henry avanzó por el pasillo agachado. Estaba dispuesto a matar si fuera necesario. Su dedo vibraba en el gatillo. El hermano de Óscar Cabello sostenía un AK-47 comprado online.

Bill arrastró su cuerpo debajo de la cama. Se le agotaron las ideas. Había logrado descansar unas horas, pero seguía agotado. Los muelles de la cama se transformaron en barrotes frente a sus ojos. Se repitió que si lo capturasen, su mujer moriría. Era un jodido cabrón que la había traicionado. No podía cargar con su muerte. Escuchó los pasos de dos hombres avanzando por el pasillo. Tenía que recuperar su camisa y salir de allí. El baño sin ventanas estaba en la misma habitación. Sin pensarlo dos veces, salió de su escondite y caminó poco a poco hacia el baño. Su sombra proyectada por las luces de los coches se adelantaba hacia la oscuridad del lavabo. Estiró su brazo y palpó el suave tejido prácticamente seco de su camisa. Tiró de ella y la cortina se movió.

El ruido alertó a Henry. Hizo un gesto con sus labios al compañero del fusil y se acercaron a la habitación.

Bill vio una sombra en el pasillo. Entonces otro sonido de motores retumbó en el silencioso barrio. Las sombras de los dos hombres en el pasillo desaparecieron y fuera todos empezaron a gritar y correr. Volvió a mirar por la ventana, había una decena de hombres que corrían desesperadamente hacia las furgonetas. Elevó sus pupilas y vio que el viento de la calle que enfilaba hacia la carretera nacional se movía ondulante como si la acera ardiera. No sabía si había tenido suerte, pero tenía claro que tocaba salir de allí inmediatamente.

Salió por la puerta de la habitación apoyándose en la pared y recorrió el pasillo hasta la puerta. No podía salir directamente. Un disparo hizo que Bill sintiera que temblaban hasta los cimientos. Lo siguió el sonido estertóreo de alguien muriendo. Vuelve, vuelve. Bill continuó la ruta hacia una ventana en el otro lado de la casa. La abrió y salió al tejado. En el otro lado se estaba produciendo una carnicería. Gritos, disparos y muerte. El olor le llegó inmediatamente. Un bombeo de adrenalina le ayudó a olvidarse del dolor y el cansancio. Rodó por el tejado y cayó desde el primer piso hasta el jardín. El barrio se iluminaba con fogonazos amarillentos, rojos y amenazas en español e inglés.

En medio del caos, Bill saltó la valla blanca y se arrastró sollozando hacia el centro comercial que había a dos manzanas. Cuando sintió que ninguno de los jinetes del apocalipsis que había a su espalda le vería, se puso de pie y corrió todo lo que pudo alejándose del infierno que se había desatado.

El cadáver de Henry Ford Jr. fue portada de todos los periódicos del país. Bill supo que la sombra que vio en el pasillo era la de ese hombre cuando vio su foto impresa al día siguiente.

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 8) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-gusto-todos-parte-8/feed/ 1 625
India: El amor es para los ricos https://relatosescritos.com/relatos-escritos/india-amor-los-ricos/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/india-amor-los-ricos/#respond Thu, 09 Jun 2016 10:00:53 +0000 http://relatosescritos.com/?p=609 India: El amor es para los ricos en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

INDIA: EL AMOR ES PARA LOS RICOS India es el país de la pobreza, la injusticia, la basura, las tradiciones más antiguas de la humanidad, la riqueza, la búsqueda de la paz y la modernidad. Es en definitiva, la mezcla más heterogénea que se puede encontrar en el planeta. Con 1200 millones de habitantes y […]

La entrada India: El amor es para los ricos aparece primero en Relatos escritos.

]]>
India: El amor es para los ricos en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

INDIA: EL AMOR ES PARA LOS RICOS

India es el país de la pobreza, la injusticia, la basura, las tradiciones más antiguas de la humanidad, la riqueza, la búsqueda de la paz y la modernidad. Es en definitiva, la mezcla más heterogénea que se puede encontrar en el planeta.

India-Relatos-escritos-1

Con 1200 millones de habitantes y sólo 5 veces la superficie de España, las aglomeraciones de personas hacen que el cerebro siempre esté recibiendo estímulos visuales, sonoros y olfativos, aunque te niegues a captarlos.

India-Relatos-escritos

Su capital, Delhi, formada por seis ciudades algunas de ellas abandonada, es el ejemplo aterrador de lo que puede llegar a hacer el ser humano a sus semejantes. En el pedazo de cemento ardiente que separa las carreteras de hasta seis carriles, duermen en tiendas de campaña manadas de personas que forman pequeños pueblos de la miseria. Las familias se asocian y reúnen en esos «poblados artificiales» con paredes de tela y polvo para defender a los niños y sobrevivir un día más.

India-Relatos-escritos

Frente a ellos, un monumento a la glotonería del dinero. Grandes mansiones con enormes muros terminados en vallas con serpentinas y guardias armados apostados en torretas vigilando el perímetro para que los ricos consigan la tranquilidad que los pobres de enfrente ya tienen.

India es como ya he dicho el país con más contrastes del mundo. Originariamente compuesto por 23 reinos a cuyo frente estaban los exóticos maharajás con sus esposas maharanís, fue invadida por mongoles, musulmanes e ingleses. Cada cultura dejó sus trazas, aunque el sentimiento hindú se negó a desaparecer.

India-Relatos-escritos2

Hoy en día 14 idiomas oficiales, cientos de dialectos y más de 30 millones de dioses se aglutinan bajo el inglés, que sirve de elemento unificador a un pueblo orgulloso de haberse librado del país de los sires.

Me explica un anciano que el matrimonio de conveniencia existe en todo el norte de la India como el único medio de contraer matrimonio. En el sur, con más universitarios, Bollywood y algo más de cultura, las ganas de casarte con un desconocido, están empezando a desaparecer lentamente. «Algunos llegan a casarse con quien quiere», me dice.

India-Relatos-escritos-3

La antropología explica muy bien los motivos de las extrañas costumbres de esta tierra. ¿Por qué son sagradas las vacas? Porque en un entorno de pobreza extrema, una vaca que se mantiene con vida, puede proveer a una familia de leche, que sirve para hacer queso y como caldo para las verduras y las heces se usan como combustible en los viejos fogones de arcilla. Si la matasen para comer su carne, algo que les parece repugnante, no obtendrían tanto rendimiento. Un respeto animal que contagia al resto de seres vivos, haciendo que el 80% del país sea vegetariano. El gigantesco McDonalds, no ha conseguido vencer sus ideas y sus hamburguesas son de pollo o incluso un huevo frito con una hoja de lechuga.

India-Relatos-escritos1

Puede parecer comprensible el respeto por la vida animal. ¿Pero qué explicación racional tiene el matrimonio de conveniencia?

– El amor es para los ricos – Me dice el hombre mayor.

– En mi país, los ricos compran mujeres guapas, pero no amor.

– Cuando tu hija se casa, tienes que dar una dote a la familia del varón. Procuramos que nuestras hijas se casen con gente con dinero. Si no hay dinero, no merece la pena. A veces nos dicen: «Papá, yo tengo una amiga…», pero las amigas no tienen dinero. ¿Quieres vivir en la calle?

Echo un vistazo rápido a mi alrededor y me pregunto si en la tienda de campaña al estilo refugiado donde viven una pareja y su hijo, hay mucho amor.

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada India: El amor es para los ricos aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/india-amor-los-ricos/feed/ 0 609
Supervivencia pírrica https://relatosescritos.com/relatos-escritos/supervivencia-pirrica/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/supervivencia-pirrica/#respond Fri, 06 May 2016 12:26:09 +0000 http://relatosescritos.com/?p=586 Supervivencia pírrica en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Supervivencia pírrica Nos habían mandado a la atmósfera por cuarta vez a lo largo del día. Esto para quien no lo sepa, son muchas veces. La descompresión resultaba engorrosa y llegaba un momento en que nos preguntábamos la razón por la que nos enviaban una y otra vez, para dejarnos flotando aquí arriba. El desánimo […]

La entrada Supervivencia pírrica aparece primero en Relatos escritos.

]]>
Supervivencia pírrica en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Supervivencia pírrica

Nos habían mandado a la atmósfera por cuarta vez a lo largo del día. Esto para quien no lo sepa, son muchas veces. La descompresión resultaba engorrosa y llegaba un momento en que nos preguntábamos la razón por la que nos enviaban una y otra vez, para dejarnos flotando aquí arriba. El desánimo estaba presente.

La causa de tanta salida fue lo que se acabó llamando la «lluvia de Burdeos», por ser los habitantes de la ciudad francesa los que mejor observaron el fenómeno.

La atmósfera terrestre no fue la misma tras siglos de polución y a pesar de que nuestro ingenio humano había diseñado aparatos que nos protegían de la radiación, el calor, la falta de oxígeno y las continuas crecidas de ríos, mares y océanos. Aún no habíamos descubierto la manera de proteger eficientemente los sistemas láser montados sobre satélites que cubrían y defendían nuestro planeta de los numerosos meteoritos que caían constantemente. Debido a la pésima atmósfera, penetraban en la Tierra y llegaron a arrasar con núcleos urbanos.

Habíamos salido hacía tan sólo media hora y ya estábamos flotando. Mis compañeros de misión eran Jack Misfuttzig y William Gosheir. Dos hombres nacidos en Inglaterra con ascendencia alemana. Casualidades de la vida, no eran hermanos. William era un hombre condecorado en numerosas ocasiones. Físicamente, era bajito, tenía una mirada triste, como la de un gato que sabe que ha perdido sus otras seis vidas. Esa fue la mirada que me dedicó cuando desde la estación en Cabo Cañaveral nos dijeron:

Tranquilos. No habrá ningún tipo de problema. Se trata de una misión rutinaria y volverán pronto a casa.

Ahora volábamos con nuestros trajes espaciales por encima de nuestro planeta, más azul que nunca debido a las inundaciones. Estaba previsto que una nueva oleada de satélites llegase en aproximadamente media hora. Teníamos ese tiempo para reparar el sistema láser del satélite, averiado por una lluvia de meteoritos anterior. Si no lo hacíamos, probablemente muriese mucha gente en la ciudad de Burdeos.

La exclusa se abrió soltando una pequeña oleada de aire al espacio. Empezaba a pensar que ese fallo en el vaciado y descompresión de la cámara de salida se debía a que los científicos que las fabricaban, eran grandes seguidores de películas de ciencia ficción. Por eso dejaban que siempre quedase algo de aire que saliese al espacio haciendo un ruido siseante. El vacío tiraba de William y de mi. Jack se quedó dentro de la nave como boya de salvamento y jefe de seguridad.

Vi los pequeños pies y manos de William temblando. Le pregunté si todo iba bien, pero tan sólo me comentó algo sobre su divorcio y que la noche anterior había dormido mal. No le di mucha importancia.

Dos horas después, estaba sentado en el despacho del mayor Graham explicando lo inevitable de la muerte de William y que tal vez se debiera a un error humano producido por él mismo. Por suerte, el mayor Graham decidió no aplicarme ningún detector de mi ritmo cardíaco o mi respiración, un poco más acelerada de lo normal. Sabía que a veces, las situaciones obligan a vivir dejando muertos en el camino.

Dos horas antes de hablar con el mayor Graham, agarré una de las antenas del satélite y me dispuse a arreglarlo. Saqué mis aparatos y señalé a William para que mirase en su interior. Ni siquiera necesitaba comunicarme verbalmente con él gracias a la infinidad de EVAS que habíamos realizado juntos. Se introdujo en el satélite y empezó a estirar los cables. Activé el comunicador.

– Jack, hemos empezado el trabajo. ¿Qué tal por ahí?

No hubo respuesta.

– Jack. Repito. Hemos iniciado las obras de reparación, ¿qué tal todo por ahí?

De nuevo sin respuesta.

– Jack, joder. Responde.

Giré mi cabeza y vi que la compañía de seguros que había amortizado la nave, se iba a arrepentir. El vehículo espacial en el que habíamos venido había sido seccionada por su parte frontal y Jack había estallado en pequeños trozos de carne sanguinolenta. Más tarde me enteraría de que los científicos aficionados a la ciencia ficción habían calculado mal la distancia de la próxima oleada de satélites y no llegaron en media hora, si no en tres cortos minutos. Uno de los asteroides del tamaño de un puño, atravesó el pecho de Jack. Otro del tamaño de una pelota de baloncesto fue el que partió la nave.

Lo siguiente pasó relativamente rápido. Evidentemente, ninguno de mis oficiales fue informado de los oscuros secretos que William me desveló en los intensos minutos que siguieron, puesto que probablemente hubiese significado mi muerte. A mi vuelta, mis superiores me aplicaron todo tipo de detectores fisiológicos para captar cualquier posible indicio de mentira. Los sorteé gracias a mi entrenamiento militar. Jamás olvidaré lo agradecido que me sentí de la limpieza de cerebro que aquellos instructores hicieron sobre mi imberbe mente y que me permitió evitar decir algo incriminatorio en los interrogatorios.

Sobre la atmósfera, en medio de la lluvia de meteoritos, William me desveló la razón por la que estábamos allí. Lo hizo justo después de desconectar su comunicador. Éramos simples mártires de la patria. Cobayas lanzadas al espacio. Los listos ingenieros espaciales conocían el momento exacto en el que esta oleada de meteoritos llegaría a la atmósfera; como también sabían que no le pasaba nada al arma láser. Pero la moral de la gente necesitaba reforzarse con héroes enterrados como mártires. Las noticias iban a contar la noticia de cómo un valeroso y reducido grupo de tres hombres arreglaron el dispositivo láser justo antes de que el meteorito de mayor tamaño pudiese llegar a caer sobre el planeta. Lamentablemente los tres moriríamos en el intento. Se organizarían grandes desfiles y seríamos héroes nacionales. William había perdido sus siete vidas de gato, pero yo no estaba dispuesto a morir por una tontería así de grande.

Desconecté el cable de aire de mi compañero y salí despedido al espacio. El plan del ejército es que aunque el satélite que teníamos que arreglar reventase en el espacio, otros tres satélites cercanos abriesen fuego.

Desde donde estaba no podía verlos, pero tenían que estar allí. Los meteoritos pasaban a toda velocidad cerca de mi, rasgando el universo mientras silbaban. El satélite donde estábamos William y yo hacía pocos instantes estalló en pedazos. Tras la explosión apareció el primer rayo láser. Cientos de meteoritos pasaban a mi lado. Alguno rasgó mi traje espacial. Seguí nadando y acercándome al fogonazo láser, mientras mis reservas de aire se agotaban a toda velocidad.

El resto es historia. Me escondí en el satélite, me nombraron héroe nacional y subí de rango bajo la mirada de odio de algunos generales. Entrené a algunos de esos superhombres que poco o nada sabían del mundo real, porque se creían los mejores.

La anodina vida de un sargento que entrena a sus hombres ofrece pocas historias que contar. Los malditos superhombres que tenía bajo mis órdenes, empezaban a sentirse superiores a mi por el hecho de ser mejores genéticamente. Podían acertar más blancos, correr durante horas y seguramente en un campo de batalla fueran mejores combatientes.

En una sesión de entrenamiento en el campo de tiro, uno de mis hombres me hizo saber que ellos eran superiores a mi. Ni siquiera recuerdo su nombre, era sólo un batiburrillo genético perfectamente ensamblado. Me erguí ante él y le conté la historia de Pirro. El general romano Pirro, ganó un batalla sacrificando a tantos hombres que desde entonces, todas las batallas que se han ganado teniendo más bajas que el oponente, se llaman victorias pírricas. El hombre no parecía entender a dónde quería llegar. Le expliqué que mi supuesta inferioridad genética, se debía a milenios de aprendizaje evolutivo en un ambiente no propicio a la vida. Yo era quien era, gracias a la habilidad de supervivencia propia y la heredada de mis antepasados. Habilidad que por supuesto este superhombre al creerse superior, no tenía.

No me creyó.

Cogí mi pistola y se la puse en la frente. El hombre sonrió y dijo que no me atrevería a matar a un objeto tan valioso como él. Le contesté que si su pensamiento seguía el curso que estaba llevando actualmente, él acabaría matándome a mi y a todos los míos como ya había pasado en la historia de la humanidad. Le pegué un tiro en la cabeza, mandando contra la pared su supercerebro.

Luego expliqué a los hombres que quedaban varios conceptos sobre la capacidad de supervivencia que te proporciona la inferioridad. Las ganas de sobrevivir que tenemos aquellos que no las tenemos todas con nosotros.

Una buena charla. De nuevo pasé por varios detectores de mentiras y de nuevo ascendí. Pero esta vez no fue de rango. Como ascenso me aconsejaron que me fuese lejos. Exactamente a una expedición en un planeta recién descubierto a una distancia de cincuenta años de hibernación. A enseñar a otros el concepto de supervivencia.

Los diferentes sueros se introducían en mis venas. Estaba inmovilizado en el arcón que serviría de ataúd de bella durmiente durante mi viaje. Incapaz de hablar y en estado de somnolencia. Un oficial científico se acercó a mi y me susurró al oído.

– Soy el hermano no modificado genéticamente del hombre al que disparaste en la cabeza. Soy de esos que sobreviven. Quiero que sepas que la moral de la tropa se ha hundido después del suceso. Así que necesitamos un mártir. –Me tocó dos veces el hombro.– Suerte con la despresurización cuando empiece la lluvia de mierda.

La cápsula se selló. Entré en criosueño, incapaz de hacer nada. Tal vez sea el karma, seguramente me lo merezca. Así que aquí estoy, esperando mi destino.

Dedicatoria:

Gracias a Ale por recuperar este pequeño relato que escribí hace más de una década.

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

[give_form id=»190″ show_title=»true» show_content=»above» display_style=»onpage» float_labels=»enabled»]

La entrada Supervivencia pírrica aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/supervivencia-pirrica/feed/ 0 586
Perdido y encontrado de Charles Duncan (Star Citizen) – Capítulo 4 final https://relatosescritos.com/relatos-escritos/perdido-encontrado-charles-duncan-star-citizen-capitulo-4-final/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/perdido-encontrado-charles-duncan-star-citizen-capitulo-4-final/#respond Tue, 29 Mar 2016 09:48:26 +0000 http://relatosescritos.com/?p=539 Perdido y encontrado de Charles Duncan (Star Citizen) – Capítulo 4 final en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

PERDIDO Y ENCONTRADO UNA HISTORIA DE STAR CITIZEN ESCRITA POR CHARLES DUNCAN PARA STAR CITIZEN- CAPÍTULO 4 FINAL Este relato es una traducción realizada en la web ciudadano estelar de una historia publicada en cuatro partes y escrita por Charles Duncan. Está basada en el universo de Star Citizen. ¡Disfrutadlo! Oskar Gruber siguió el consejo […]

La entrada Perdido y encontrado de Charles Duncan (Star Citizen) – Capítulo 4 final aparece primero en Relatos escritos.

]]>
Perdido y encontrado de Charles Duncan (Star Citizen) – Capítulo 4 final en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

PERDIDO Y ENCONTRADO UNA HISTORIA DE STAR CITIZEN ESCRITA POR CHARLES DUNCAN PARA STAR CITIZEN- CAPÍTULO 4 FINAL

Este relato es una traducción realizada en la web ciudadano estelar de una historia publicada en cuatro partes y escrita por Charles Duncan. Está basada en el universo de Star Citizen. ¡Disfrutadlo!

Oskar Gruber siguió el consejo de Zara Vencia. Puesto que de todas formas él ya se encontraba en Borea, ponerse en contacto con la Drake Interplanetary sería el siguiente paso lógico para seguir el rastro de la historia de su nave. Incluso con el nombre y el número de registro proporcionados por la cazarrecompensas, estaba resultando ser una tarea difícil. Oskar había empezado poniéndose en contacto por voz con las oficinas corporativas, y luego enviándoles mensajes. Al principio se habían mostrado muy educados, pero se negaron tajantemente a proporcionarle ninguna información concerniente a la venta de ninguna nave. Oskar empezó a subir por la jerarquía de la corporación, donde la gente con la que habló empezó a mostrarse mucho menos educada pero igual de poco serviciales. Por último, había tomado la decisión de visitar en persona las oficinas de la Drake. Le habían recibido con bastante educación, pero en menos de una hora ya había quedado bastante claro por parte del personal que Gruber podía optar por abandonar voluntariamente el recinto del edificio, o dejar que le expulsaran por la fuerza.

Su tensa caminata de regreso al hangar reflejaba la frustración que sentía. Había llegado tan lejos, pensaba, para acabar atascado aquí. En algún lugar dentro de los ordenadores de la Drake, tenían que haber registros de las transacciones. Algo que mostrara de dónde procedía la nave. Incluso aunque la Drake no quisiera admitirlo, tenían que conservar algún tipo de rastro indicando la procedencia de la nave. Gruber empezó a urdir planes: piratear el sistema de ordenadores de la Drake, colarse por la noche en las oficinas de la corporación, infiltrarse en el personal… Cada uno de estos planes era tan irrealizable como el que se le había ocurrido antes. Incluso aunque poseyera las habilidades necesarias para llevarlos a cabo, las cuales no poseía, lo más probable era que terminaran encerrándolo en la cárcel, o algo peor. El planeta Borea albergaba la sede corporativa de la Drake Interplanetary, y la influencia de la compañía sobrepasaba cualquier plan que Gruber fuera capaz de concebir. No estaba seguro de qué era lo que podía hacer ahora; su dinero para las tasas de hangar no duraría para siempre. Mientras regresaba a su nave, se quedó sumido en sus pensamientos, tratando de concebir algún plan practicable. Casi había cerrado la rampa de la bodega de carga cuando se dio cuenta de que no estaba solo en la bodega.

Dos hombres le aguardaban flanqueando a un tercero sentado en la silla del puesto de trabajo de Gruber. Los individuos que estaban de pie tenían todo el aspecto de matones endurecidos; Gruber se preguntó cómo habían logrado hacer pasar sus inmensos cuerpos por la estrecha rampa de carga. El tercer hombre era mucho más pequeño, con un aspecto pulcro e impecable, y vestía un traje de ejecutivo de excelente corte.

–Ah, señor Gruber, me preguntaba cuándo llegaría. Por favor… –le saludó haciendo un gesto hacia uno de los asientos plegables que estaban abiertos–… tome asiento.

El tono de su voz era agradable y sonreía mientras hablaba.

–¿Quienes son ustedes? –dijo Gruber cuando se recuperó de la sorpresa–. ¿Y por qué están en mi nave?

El rostro del hombre no perdió la sonrisa ni un instante, pero cualquier rastro de amabilidad desapareció del tono de su voz.

–Siéntese, señor Gruber.

Uno de los dos matones que estaban de pie a su lado se puso en tensión de forma claramente visible. Gruber se percató de que aferraba una enorme pistola en una de sus manazas. El matón clavó su mirada en Gruber, pero no hizo ningún gesto de alzar su arma. No le hacía ninguna falta. Gruber recordó repentinamente su visita a la prisión de Lorona. Decidió sentarse.

–Señor Gruber –dijo el hombre, el tono de amabilidad regresando a su voz–. Soy el señor Reinhart –hizo un gesto hacia los hombres que le acompañaban–. Estos son mis socios. Somos empleados de la Drake Interplanetary. Hay ciertos asuntos que consideramos que es necesario discutir con usted. ¿Dispone usted de tiempo suficiente para que hablemos de ellos?

Gruber estaba pálido, pero hizo un gesto de asentimiento.

–Excelente. Verá, señor Gruber, represento a una parte interesada que ha tenido conocimiento, recientemente, de que usted ha estado realizando investigaciones respecto a una nave. Una nave concreta. Esto ha causado cierto nivel de preocupación, ya que la persona para la que trabajo es un miembro respetable de la comunidad y no tiene ningún deseo de verse relacionada con los escándalos de piratas y cazarrecompensas. Mis funciones incluyen asegurarme de que algo así no suceda. Puesto que usted se ha mostrado tan diligente a la hora de formular preguntas, estoy seguro de que no le importará responder a unas algunas mías. Preguntas como, ¿por qué está usted tan interesado en el propietario de una nave llamada la Pride of Kingsport?

Gruber se puso en tensión.

Star-Citizen-relatos-escritos-0

–Sólo he estado tratando de rastrear el historial de propietarios de una nave. He encontrado algunas… anormalidades en ella. Creo que ése puede haber sido el nombre original de la nave. Le puedo asegurar que no se trata de nada que pueda justificar su intrusión en mi nave y sus amenazas.

–Oh, señor Gruber –dijo Reinhart–, nadie le está amenazando. Todavía –su sonrisa se volvió más amplia–. En ese caso, ¿sería usted tan amable de explicarme lo que sabe del medallón?

–¿Qué medallón? No sé nada de un medallón.

–Ah, señor Gruber, mentir no es una de sus cualidades. De la misma manera que usted ha realizado sus investigaciones, yo he hecho las mías. La señora Vencia me dijo que usted estaba haciendo un trabajo admirable tratando de averiguar a quién pertenecía el medallón.

–¿Por qué razón –tartamudeó Gruber –iba ella a contarle nada sobre eso?

–Porque es una cazarrecompensas, señor Gruber. Y a los cazarrecompensas se les paga.

Gruber suspiró a la vez que sentía que todo el espíritu de lucha le abandonaba. Sabía que estaba completamente superado. Cuando fue a Lorona, se había sentido como si estuviera hundiéndose bajo las aguas. Ahora empezaba a sentir que estaba tocando el fondo marítimo.

–Está en el segundo cajón a su derecha.

–Excelente –dijo Gruber alargando la mano para abrir el cajón. Sacó de su interior la caja que contenía el medallón y la abrió. Hizo una breve pero exhaustiva inspección de su interior. Luego, para sorpresa de Gruber, Reinhart cogió el medallón y lo sostuvo delante del mobiGlass que llevaba en la muñeca.

–Sí, éste es –hizo una breve pausa–. Sí, creo que es el auténtico –Gruber comprendió que Reinhart estava manteniendo una conversación con alguien a través del mobiGlas, pero no podía oír lo que estaba diciendo el otro interlocutor. Vio que la expresión de Reinhart pasaba a ser una de sorpresa –Sí, puedo encargame de eso. ¿Seguro que es lo que quiere que se haga? … Muy bien, entonces. Veré lo que dice –Reinhart se inclinó hacia Gruber y le entregó la caja y el medallón.

–Señor Gruber, si pudiera hacernos el favor de dedicarnos unas cuantas horas de su tiempo, el propietario de ese medallón desearía de todo corazón hablar con usted.

Todo lo que Gruber pudo ofrecer como respuesta fue un gesto de asentimiento con la boca abierta.

Star-Citizen-Relatos-escritos-1

Oskar fue escoltado por Reinhart y sus socios hasta un complejo de apartamentos muy lujoso situado en un barrio muy exclusivo de la capital de Borea. Gruber pasó la mayor parte del corto viaje en completo silencio. El agudo miedo que había sentido en la bodega de carga de la Outbound Light se había desvanecido; a decir verdad, no le habían amenazado en ningún momento y los hombres que le escoltaban se habían mostrado siempre educados, aunque también distantes. Mientras el ascensor los subía hasta el piso superior, Gruber no sabía qué esperar. Cuando se abrieron las puertas, encontró al otro lado un vestíbulo que parecía tan grande como la propia Outbound Light. Reinhart le señaló un par de grandes puertas.

–Si fuera tan amable de acompañarme…

Los dos matones se quedaron esperando en el vestíbulo mientras Gruber y Reinhart pasaban a una segunda sala tan grande como la primera. El centro de la sala estaba dominado por una inmensa cama. En ella descansaba una mujer. Gruber pensó inicialmente que la mujer era una anciana; tenía un aspecto avejentado y frágil. No estaba seguro de si estaba despierta o dormida. Luego vio que la cama estaba rodeada de aparatos médicos. Estaban dispuestos con suma discreción y elegancia, pero seguían estando presentes. Mientras tanto él como Reinhart se acercaban a la cama, la anciana abrió los ojos. Por muy frágil que pudiera parecer su cuerpo, su mirada era aguda y penetrante. La cazarrecompensas Vencia habría sentido envidia. La voz de la anciana también indicaba vigor, pues resonó por toda la habitación mientras ellos se acercaban.

–Bueno, George, ¿es éste el joven del que me hablaste?

–Sí, señora. Ha pasado por los escáneres, no lleva armas.

La anciana miró detenidamente a Gruber y luego desvió su mirada hacia Reinhart.

–No es como esperaba –dijo, tras lo cual volvió a centrar su atención en Gruber –Espero que no le hayan asustado demasiado, joven. George –añadió mirando de soslayo a Reinhart –puede ser algunas veces un poco sobreprotector. Se preocupa micho por mi salud. Espero que haya tenido un viaje agradable.

–Eh, sí, señora –contestó Gruber–. Muy agradable.

–Me alegra oír eso –la anciana volvió a dirigirse a Reinhart–. En ese caso, George, te agradecería muchísimo que nos concedieras un poco de tiempo a solas para que pudiéramos charlar en privado.

–¿Cómo dice, señora? No estoy seguro de que sea una buena idea.

La anciana interrumpió a George con un gesto.

–Puf. Déjanos solos. Está desarmado, como tú mismo ya has dicho, y me extrañaría mucho que este joven haya recorrido todo su camino sólo para venir a asesinarme –hizo una pausa, durante la cual miró fijamente a George–. Y aunque ese fuera el caso, tampoco es que fuera a cambiar mucho las cosas. Ahora, vete.

Para asombro de Gruber, Reinhart se limitó a asentir y marcharse, cerrando las puertas tras él.

–Oh, no ponga esa cara de sorpresa. Es bastante bueno en su trabajo y se preocupa incluso cuando no es necesario, pero sabe hacer lo que se le ordena. No me extrañaría que se hubiera mostrado un poco agresivo cuando usted le conoció por primera vez, pero no debería tenérselo en cuenta. Es una persona que me es muy querida y que se preocupa enormemente por mi seguridad. Hace unos cuantos años se formularon algunas amenazas, y George tiene una tendencia a no olvidarse de cosas como esas. Personalmente, creo que está reaccionando de forma un poco exagerada. Usted no ha venido aquí para asesinarme, ¿verdad, Oskar? ¿Le parece bien que le llame Oskar?

–Eh, sí, señora. Es decir, no. Quiero decir que sí, usted puede llamarme Oskar. Y no, no estoy aquí para… asesinarla.

Ella le miró con impaciencia.

–Pues en ese caso, siéntese, por el amor del cielo. Ya es suficiente con tener a George y sus matones dando vueltas por aquí todo el rato. No permitiré que usted haga lo mismo.

Gruber hizo lo que le habían ordenado. Cogió una silla de uno de los rincones de la sala y la acercó a la cama. Mientras se sentaba en ella, se maravilló ante la presencia de ánimo de la anciana. Sólo podía imaginarse cómo podía haber sido su carácter cuando era joven.

–Y ahora –dijo la anciana–… ¿tiene usted alguna idea de quién soy?

–Por supuesto. Quiero decir que usted es la propietaria del medallón y… bueno, aparte de eso… no; no tengo ni idea de quién es usted.

–Me llamo Irena Marqet.

Los ojos de Gruber se abrieron de par en par.

–¿La doctora Marqet. La conozco. Quiero decir que conozco su nombre. Usted es una de las personas que fundó Drake Interplanetary.

La anciana empezó a reír y esbozó una sonrisa.

–Es cierto. También soy una de las personas que construyó esa nave con la que usted ha estado molestando a todo el mundo.

Star-Citizen-relatos-escritos

La siguiente hora consistió en un interrogatorio al que la doctora Marqet sometió a Gruber, quien renunció a cualquier intento de hacerle alguna pregunta. Gruber le contó lo sucedido en la operación de recuperación de la nave y su hallazgo del medallón. La doctora Marqet le escuchó atentamente mientras Gruber le contaba su visita a Quister en prisión, y a Gruber le pareció vislumbrar lágrimas asomando en los ojos de la anciana cuando le habló acerca de Zara y Drago.

–Esa es toda una historia, Oskar –le dijo al final, meneando la cabeza–. ¿Quién podría pensar que una nave pudiera pasar por todo eso?

–Sí, señora. Pero, doctora Marqet, si no le importa que le pregunte…

–Quieres saber por qué puse el medallón en la nave, ¿verdad?

Gruber enrojeció de vergüenza.

–Pues… sí.

–¿Qué es lo que sabes sobre la historia de la Drake Interplanetary?

–Bueno, sé que su popularidad viene de la venta de naves como la Cutlass. Y que se han ganado cierta… fama… por el tipo de naves que fabrican.

–Supongo que eso es bastante cierto. Esos horribles anuncios que veo en todas partes. Si me lo preguntas, me parecen tremendamente horteras, pero parece ser que van bien para las ventas, por lo que no hay duda de que seguiremos haciéndolos, igual que las naves. Evidentemente, ya no formo parte oficialmente de la Junta de Directores, por lo que ya no suelen escucharme tan atentamente como antes. Y no hace falta que se muestre recatado ante mí, joven. Estoy perfectamente enterada de que la Drake gana una buena cantidad de créditos vendiendo naves a personas que están en el lado malo de la ley. Puedo jurarle que, mientras a la UEE no le importe, eso tampoco le va a importar a nadie de Drake Interplanetary. ¿Pero qué es lo que sabe usted acerca de cómo empezamos la compañía?

–Sé lo que he leído. Que fue fundada por un grupo de ingenieros después de que rechazaran su propuesta para un contrato militar. Se suponía que iba a ser algún tipo de nave para la milicia. La doctora Dredge fue la directora de ese proyecto; ella fue quien fundó la compañía.

Irena dedicó a Oskar el mismo gesto con el que había interrumpido a Reinhart.

–¿Jan Dredge? Oh, por favor. Ella estudió ingeniería aeroespacial en la Universidad de Terra. Sólo por aterrizar en el planeta ya te regalan un doctorado. Oh, sí, Jan es bastante inteligente, supongo, pero siempre ha estado interesada en los beneficios. Siempre está con lo mismo: los costes, los costes, los costes… Ella habría sido más feliz como contable. Y usted, además, ha trabajado en compañías de recuperación, ¿verdad? ¿A cuántos directores de proyecto ha visto que trabajen directamente en su proyecto? –la doctora Marqet esbozó una sonrisa cómplice–. Por eso perdimos el contrato con la Armada de la UEE, ¿sabes? Presentaron otra nave más barata. Oh, Jan se puso realmente furiosa con eso. Como si no hubiéramos hecho todo lo que estaba en nuestra mano para mantener el coste de nuestro prototipo lo más bajo posible. Jan estaba especialmente enfadada conmigo, porque yo había insistido en que ciertas prestaciones tenían que mantenerse, sin importar lo mucho que ella quisiera quitarlas –la doctora Marqet rió en voz baja–. Y luego cogimos ese mismo proyecto y gracias a él ganamos miles de millones más de los que habríamos ganado nunca trabajando para la UEE. A decir verdad, creo que nunca me ha perdonado por eso. Pero ella todavía es joven.

La doctora Marqet se inclinó hacia Gruber.

–Yo ni tan siquiera se suponía que tuviera que formar parte del proyecto. Me había retirado unos cuantos años antes. Era sin ninguna duda la persona de mayor edad del equipo. Un colega mío, el doctor Allisaid, me invitó a unirme al equipo. Al principio yo sólo estaba allí en función de asesora. Pero al cabo de unos pocos meses me sentía completamente involucrada en el proyecto. Eso fue en 2920; dos años antes de que perdiéramos oficialmente el contrato con la Armada. Diseñar una nave, sobre todo partiendo de la nave como estábamos haciendo, lleva una buena cantidad de tiempo. Sinceramente, el hecho de que lográramos hacerlo todavía me sorprende –la anciana apretó los labios–. Supongo que Jan se merece parte del crédito. Era famosa por sus listas, sus hojas de cálculo, sus cronogramas… Bueno, supongo que eso es lo que te enseñan en la UT –frunció el ceño–. El gobierno siempre ha hecho cosas raras con el negocio de la concesión de contratos. Si hubieran tenido la más mínima visión a largo plazo, se habrían dado cuenta de que nosotros estábamos ofreciendo la mejor nave, tal como la historia ha dejado bien claro –la anciana le dirigió una mirada interrogativa–. ¿Cuándo fue la última vez que oíste a alguien mencionar un Wildcat?

Gruber alzó una ceja.

–¿Un qué?

La doctora Marqet chasqueó los dedos.

–¡Eso es precisamente lo que yo quería decir! –volvió a fruncir el ceño–. Supongo que esa es la forma que tienen los militares de hacer las cosas. Debería haberlo sabido; me pasé veinte años trabajando parta ellos antes de tener el sentido común de retirarme.

–Si usted estaba retirada, ¿por qué se unió al proyecto?

La anciana miró a Gruber con una expresión de lástima.

–Porque mi marido había muerto. Los dos éramos ingenieros. Nos había ido bien en nuestro trabajo, y estábamos ansiosos por poder empezar a tener todas esas cosas para las cuales no habíamos tenido tiempo hasta entonces. Mi marido iba a hacer un viaje, dar un conferencia en un simposio sobre metalurgia. La nave en la que iba se estrelló al aterrizar. Un fallo total de los motores. Sin ningún superviviente. Fue uno de esos accidentes que, según las estadísticas, se supone que nunca pasan.

La anciana miró fijamente a Gruber.

–Tenía una elección: encontrar algo por hacer, volverme loca, o morir. Yuri Allisaid me dio algo por hacer. Así que lo dediqué todo a ese proyecto –la anciana hizo una pausa, rememorando–. Me sentía bien trabajando en algo. Y ese trabajo me dio una oportunidad para superar lo que comprendí que no era más que culpa del superviviente. Mucha gente pensó que, después de que mi marido hubiera muerto en un accidente, yo no iba a querer participar ni tener nada que ver con un trabajo relacionado con diseñar una nave. Pero para mí fue algo catártico. Sí, estábamos diseñando un caza. Sí, era algo que estaba pensado para los mundos fronterizos. Las milicias locales que no disponen del mismo presupuesto que la Flota. Mi marido venía de un mundo como esos. Mientras yo colaboraba en el diseño de la nave, pensaba que a mi marido le habría gustado que yo diseñara algo que ayudaría a su hogar y lugares parecidos a él –en los ojos de la anciana asomaron las lágrimas–. Pensaba que, puesto que ya no podía hacer nada con él, entonces podría hacer algo en su memoria. Yo había perdido un sueño, el sueño que tenía de pasar el resto de mi vida con él. Así que lo reemplacé por un sueño de esa nave.

Nadie pensó que seríamos capaces de hacerlo. Ni tan siquiera el equipo de diseño creía que tuviéramos la más mínima probabilidad de éxito. Pero yo necesitaba algo en lo que creer. Creí en la nave. Las especificaciones que nos dieron para el contrato eran demenciales. Sinceramente, ahora que vuelvo a pensar en ello. parece más bien como si se tratara de las típicas maquinaciones políticas que ves para hacer que la gente piense que su gobierno está haciendo algo, cuando en realidad todo lo que están haciendo no es más que humo. Y poco a poco, todos nosotros empezamos a creer en la nave. Nos quedábamos trabajando hasta altas horas de la noche, proponiendo ideas, rechazando otras. Allisaid era un genio a la hora de coger un detalle minúsculo y conseguir que funcionara para hacer algo útil. Él fue quien tuvo la idea del anillo de atraque situado en la quilla. Una idea realmente genial, pero nadie del resto del equipo había pensado en ella. Oh, sí, también tuvimos nuestros problemas. Tratar de solucionar los problemas con los asientos de la carlinga, por ejemplo. No te creerías las discusiones que tuvimos entre algunos miembros del equipo por los asientos deslizantes. Creo que Jan llegó a tirarle una taza de café a Zig. Fue una época de locos. Pero, evidentemente, no fue nada comparado con lo que vino después.

Una vez pasamos la fase de puro diseño y empezamos a trabajar con la construcción del casco del prototipo, empezamos a ver el verdadero potencial que tenía la nave. Y, evidentemente, encontramos todos los fallos que de alguna manera jamás aparecían en los diseños por ordenador. Zig era el ingeniero jefe de los sistemas de suministro de energía. Iba corriendo por el hangar, llevando ese ridículo sombrero azul, gritando con su acento de Vega: «¡Más energía! ¡Necesitamos energía!» cada vez que alguien sobrecargaba los circuitos de conexión. A la cuarta vez que dijo eso en un lapso de una hora, Jan se detuvo ante él, le quitó el sombrero de la cabeza y le gritó a la cara: «¿Ahora quién tiene más energía?».

Gruber se puso a reír junto a la anciana.

–Fue una locura, y muy estresante, y probablemente el trabajo peor pagado que he tenido en cuarenta años. Pero era un grupo maravilloso de gente con la que trabajar. No me di cuenta de lo mucho que los necesitaba, y cuánto recibí de ellos, hasta que entramos en las fases finales de prueba. Nos estábamos preparando para realizar el primer vuelo de prueba, y Yuri me miró y me dijo que lamentaba que mi marido no pudiera estar aquí con nosotros. Le dije que yo también lo lamentaba. Me dolía pensar en él, pero me di cuenta de que, aunque me resultara doloroso, no iba a morirme de pena por no tenerlo más a mi lado.

La mujer dejó de hablar por un momento, rememorando el pasado, y Gruber esperó pacientemente a que prosiguiera.

–La prueba fue todo un éxito. A decir verdad, mucho mejor de lo que esperábamos. Y al día siguiente, puse ese medallón en la nave.

–No tenía ni idea –dijo Gruber mirando a la anciana con admiración–. No tenia ni idea cuando lo encontré.

La anciana asintió.

–¿Por qué deberías? Nunca pensé que nadie fuera a encontrarlo, escondido en el primer prototipo de Cutlass –la mujer pareció recuperar la compostura y le dirigió a Gruber una sonrisa cómplice–. Tras enterarme de todo por lo que ha pasado, tal vez deberíamos aprovecharlo para una campaña de marketing. Haría ganar otros mil millones de créditos a la Junta de Directores.

–Pero, si es el primer prototipo, ¿cómo terminó siendo vendido a Zara Vencia? –preguntó Gruber–. Quiero decir que, ¿no habrían tenido que exhibirlo en un museo, o algo así?

–No teníamos ni la menor idea del éxito que iba a tener el diseño –contestó la anciana riendo–. Y para cuando nos dimos cuenta, estábamos demasiado ocupados tratando de cubrir la demanda como para preocuparnos por lo que le pudo haber sucedido al original. Cuando perdimos oficialmente el proyecto, nos trasladamos al sistema Magnus. Construimos las fábricas iniciales, tratamos de conseguir subcontratas; fue una gran empresa para todos nosotros. Y recuerda que esta compañía estaba dirigida por ingenieros. Si se pierde un fragmento de información, entonces es como si nunca hubiera existido. Jan estaba siempre insistiendo en tratar de establecer una «cuota de mercado». Estábamos tratando de fabricar naves lo más rápido que nos era posible. En algunos casos, llegábamos incluso a regalarlas, sólo para que se hicieran populares. Se cometieron errores en los envíos. Para cuando alguien se dedicó a investigar su paradero, la nave ya había desaparecido de nuestros registros. Supongo que podía haber pedido a alguien que le siguiera el rastro, recuperarla de alguna forma, pero para mí, esa nave ya había cumplido su propósito. Me había ayudado a salir de una mala época.

Gruber puso una mano en su bolsillo y sacó el medallón.

–¿Quiere volver a tenerlo?

La anciana hizo un gesto lento de negación con la mano.

–Soy una mujer vieja y me estoy muriendo –se percató de la mirada de preocupación que pasó por el rostro de Gruber–. Jovencito, he estado trabajando con máquinas durante toda mi vida. Sé cuándo empiezan a romperse. Y eso es todo lo que somos realmente, máquinas especializadas. En algún momento, las piezas se desgastan hasta el punto en que ya no puedes limitarte a cambiarlas por otras –la anciana volvió a sonreírle–. Pasa igual que con las naves que construimos. Pero a juzgar por todo lo que me has contado, no creo que tu nave haya alcanzado todavía el mismo punto que yo. ¿Por qué no devuelves este medallón al sitio donde lo encontraste? Y luego ve a ver qué tipo de vida le queda a esa nave.

Gruber le devolvió la sonrida y volvió a guardar el medallón en su bolsillo.

–Sí, señora. Creo que eso es precisamente lo que haré.

–Ha sido un raro placer conocerle, joven. Pero creo que ésta ha sido toda la emoción que puedo soportar en un mismo día. Me aseguraré de que George le devuelve sano y salvo a su nave.

–El placer ha sido todo mío, doctora Marqet.

Gruber empezó a alejarse de la cama. Cuando llegó a las puertas, se dio la vuelta y miró por encima de su hombro. Irena Marqet seguía despierta, mirándole.

–Señora, si me permite, me gustaría hacerle una última pregunta.

–¿Y cuál es?

–¿Por qué le puso a la nave el nombre de Pride of Kingsport?

Gruber pudo ver a la doctora Marqet sonreír desde el otro lado de la habitación.

–Porque mi marido nació en la ciudad de Kingsport. Y creo que estaría muy orgulloso de esa nave.

Star-Citizen-Relatos-escritos-2

Gruber terminó de reemplazar la tapa de la caja de empalmes. El medallón estaba de vuelta al sitio donde lo había encontrado. Sonrió para sí mismo, preguntándose qué pensaría la siguiente persona que lo encontrara. Si es que había alguna siguiente persona. No tenía manera alguna de saberlo, evidentemente, pero tras su charla con la doctora Marqet, estaba convencido de que alguien volvería a encontrar el medallón en el futuro. Incluso aunque esa idea no fuera más que soñar despierto, era una idea agradable. Gruber salió de la nave, haciendo una comprobación antes del próximo vuelo. Se aseguró de que la rampa de carga estuviera bien cerrada, repasando dos veces la luz azul que indicaba un cierre hermético. Recorrió con la mano el fuselaje redondeado mientras hacía su inspección final. Se detuvo por un mome3nto, mirando el nuevo nombre escrito en letras amarillas a un costado. Golden Opportunity. Le parecía que sonaba bien. Subió por la escalera del costado de babor hasta llegar a la carlinga y cerró la puerta tras él. Cuando se hubo acomodado en el asiento del piloto, inició la secuencia para encender la planta de potencia y poner los motores al máximo para un despegue. Mientras lo hacía, paseó su mirada por la carlinga, casi como si la estuviera viendo por primera vez.

–Has sido una soñadora, una cazadora, una pirata y una exploradora –reflexionó–. Me pregunto qué serás conmigo.

Fin

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada Perdido y encontrado de Charles Duncan (Star Citizen) – Capítulo 4 final aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/perdido-encontrado-charles-duncan-star-citizen-capitulo-4-final/feed/ 0 539
Perdido y encontrado de Charles Duncan (Star Citizen) – Capítulo 3 https://relatosescritos.com/relatos-escritos/perdido-encontrado-una-historia-star-citizen-escrita-charles-duncan-capitulo-3/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/perdido-encontrado-una-historia-star-citizen-escrita-charles-duncan-capitulo-3/#respond Mon, 28 Mar 2016 11:27:04 +0000 http://relatosescritos.com/?p=530 Perdido y encontrado de Charles Duncan (Star Citizen) – Capítulo 3 en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

PERDIDO Y ENCONTRADO UNA HISTORIA DE STAR CITIZEN ESCRITA POR CHARLES DUNCAN – CAPÍTULO 3 Este relato es una traducción realizada en la web ciudadano estelar de una historia publicada en cuatro partes y escrita por Charles Duncan. Está basada en el universo de Star Citizen. ¡Disfrutadlo! Oskar Gruber no tuvo muchos problemas para localizar […]

La entrada Perdido y encontrado de Charles Duncan (Star Citizen) – Capítulo 3 aparece primero en Relatos escritos.

]]>
Perdido y encontrado de Charles Duncan (Star Citizen) – Capítulo 3 en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

PERDIDO Y ENCONTRADO UNA HISTORIA DE STAR CITIZEN ESCRITA POR CHARLES DUNCAN – CAPÍTULO 3

Este relato es una traducción realizada en la web ciudadano estelar de una historia publicada en cuatro partes y escrita por Charles Duncan. Está basada en el universo de Star Citizen. ¡Disfrutadlo!

Oskar Gruber no tuvo muchos problemas para localizar a la tal Zara Vencia. Era una cazarrecompensas relativamente bien conocida. O por lo menos lo había sido. Sólo le hizo falta hacer una llamada a Serge Michaels para enterarse de su paradero.

Gruber podía ver en la imagen de la pantalla a Michaels meneando la cabeza.

–Esa es la mejor información que puedo darte. Hace unos cuantos años, tenía una reputación formidable como cazarrecompensas. Por lo que he podido averiguar, se retiró de los contratos activos. Formó un pequeño consorcio de operativos, todos ellos trabajando bajo la bandera de Vencia Retrievals. Tienen su sede en Borea. No es un grupo demasiado grande, pero lo suficiente como para que ella pueda vivir relativamente bien, al menos por lo que he visto de sus registros tributarios. A los que, por cierto, yo no debería haber mirado.

Gruber sonrió a la pantalla.

–Te agradezco tu ayuda, Serge. Te la agradezco de verdad.

–Bueno, ojalá pudiera decirte que lo entiendo, Oskar. Sé que siempre te han interesado las naves, pero esto parece demasiado, incluso para ti. Estoy preocupado.

Gruber consideró la posibilidad de tratar de explicarle la situación. Ya no se trataba sólo de la nave. Era cierto que, cuanto más cosas averiguaba, mayor era su convencimiento de que no podía tratarse de un modelo de fabricación en serie. Tenía que haber fabricado ex profeso. Y eso le intrigaba. ¿Por qué se tomaría alguien las molestias de fabricar una versión personalizada de una Cutlass, de entre todos los modelos posibles de nave? No se trataba precisamente de un transporte de lujo o el yate espacial de un multimillonario. Y había tenido que admitir para sí mismo que los detalles eran triviales y casi con toda seguridad sin interés para cualquier persona que no fuera un coleccionista o un maniático. Pero Gruber no podía dejar pasar la importancia del medallón. Se sentía compelido, no por la nave, ni tampoco por el medallón, sino por la necesidad de hallar a su propietario y devolvérselo a él o a ella. Lógicamente, sabía que hacerlo no iba a cambiar nada. Quizás ayudaría a responder algunas de sus preguntas sobre la nave, pero incluso aunque no fuera a recibir esas respuestas, Gruber seguiría tratando de devolver el medallón. Pero no se atrevió a explicarla a Michaels todo esto; lo más probable es que su respuesta fuera burlarse todavía más de él.

–Está bien. No tienes por qué preocuparte. Sólo… Tengo tiempo. Y quiero averiguar más cosas sobre la nave. Es… una cosa… técnica.

Serge volvió a menear la cabeza.

–Sólo ten cuidado, ¿vale? Primero quisiste charlar con un pirata encarcelado, y ahora vas a ver a una cazarrecompensas bastante bien conocida – Michaels rió por lo bajo–. En serio, ¿qué te hace pensar que ella querrá ni tan siquiera hablar contigo?

–Pues…. – contestó Gruber con un tono de voz cuidadosamente desapasionado – que concertaré una cita con ella.

Cutlass-Star-Citizen

Gruber sabía que no debía enfadarse con Michaels. Era molesto y frustrante, pero Gruber sabía que Michaels solamente estaba preocupado. Siendo realistas, Gruber sabía que jamás debería haber comprado la nave, o como mínimo debería haberse quedado trabajando con el personal de Stark. Gruber poseía empeño y tenacidad, pero no disponía de mucho dinero, y ciertamente carecía de trabajo. Aun así, citando las historias que él había leído tantas veces cuando era niño, la suerte estaba echada. Gruber se había embarcado en este viaje y estaba decidido a terminarlo. No podía simplemente olvidarse del medallón. Trazó un rumbo hacia Borea y se preparó para ponerse en contacto con el consorcio de la cazarrecompensas.

Gruber logró llegar a Borea sin incidente alguno. Una vez allí, no tuvo que esperar mucho tiempo antes de que su encuentro con Zara Vencia. Gruber se encontró siendo acompañado al interior de una elegante sala de conferencias, donde se le pidió que tomara asiento. La sala no tenía un aspecto demasiado llamativo, pero era un indicativo de los éxitos financieros que Vencia Retrievals Inc. había conseguido. Gruber estaba sentado en una cómoda silla, tamborileando con los dedos sobre la superficie de la mesa, cuando la puerta se abrió y una mujer entró en la sala. Era alta, más alta que Gruber. Él habría calculado que la mujer ya había dejado atrás hacía tiempo la mediana edad, pero parecía seguir en forma y tener una mirada aguda. La mujer caminó rápidamente hasta la silla enfrente de Gruber y se sentó en ella.

–El señor Gruber, supongo.

–Sí, señora. ¿Es usted Zara Vencia?

Ella asintió secamente.

–Se dará usted cuenta, evidentemente, que yo no suelo mantener reuniones con nuestros clientes en potencia. Sin embargo, mi secretaria me ha notificado que usted se mostró bastante insistente. Y que usted consideraba que el asunto que deseaba que fuera investigado era también de mi interés personal.

-Sí, todo eso es correcto. Creo que se trata de un asunto del que usted ya está personalmente al corriente.

–Bueno, nuestras tarifas no son despreciables, pero creo que usted las encontrará muy razonables dada la calidad del servicio que nuestra organización presta. Evidentemente, habrá muchos factores a tener en cuenta, dependiendo de a quién quiere usted que encontremos, cuantos operativos requerirá, y temas por el estilo.

Gruber se sentía confundido.

–Yo… ¿tarifas?

Vencia parecía molesta.

–Sí, nuestras tarifas por seguirle el rastro a la nave en la que usted está interesado.

–No, no. No necesito que nadie rastree la nave. Yo ya tengo la nave. Volé en ella hasta aquí, en Borea.

El rostro de Vencia adoptó una expresión gélida. En ese momento Gruber entendió por qué Quister había dicho que ella tenía hielo en las venas y un corazón de piedra. Si las miradas pudieran matar, Gruber habría fallecido en el acto.

–Si usted no precisa de los servicios de mi organización – preguntó Vencia lacónicamente–, ¿por qué razón me está haciendo perder el tiempo?

–Creo que usted conoce esta nave. De hecho, creo que usted había sido su propietaria. Sólo quería hacerle unas cuantas preguntas al respecto.

-¿Y qué es exactamente lo que le hace pensar, señor Gruber, que yo pudiera tener alguna respuesta para sus preguntas?

–Que el nombre de la nave era la Glorious Reach.

Por el más breve de los instantes, el rostro de Zara Vencia perdió su expresión pétrea y Gruber pudo vislumbrar como en sus ojos relampagueaba una antigua pena. Gruber conocía esa mirada. Pero el momento pasó tan rápido como había llegado. Vencia se incorporó para inclinarse por encima de la mesa de conferencias, clavando su mirada en Gruber, quien recordó que no estaba ante ningún oficinista corporativo anónimo. Vencia se había labrado una reputación de cazarrecompensas de primera, llevando ante la justicia a la escoria del sector, viva o muerta.

–Ese es un nombre que no he oído en mucho tiempo.

Vencia volvió a sentarse en su silla enfrente de Gruber.

–Así pues, señor Gruber, tal vez sería tendría usted la amabilidad de contarme qué es lo que sabe sobre esa nave.
Stanton-Microtech-Star-Citizen-Relatos-escritos

Gruber terminó de contarle a Vencia que es lo que había averiguado sobre la nave hasta ese momento. Vencía le escuchó atentamente mientras él iba explicando la historia de la nave que encontraron a la deriva, y la conversación que había tenido con Quister en Lorona.

–De modo que usted fue a ver a Quister en prisión.

–Sí, eso hice.

–Eso fue increíblemente estúpido por su parte. Quister sigue siendo un hombre muy peligroso. El universo sería un lugar mejor sin él.

El rostro de Gruber enrojeció.

–Esa no es la primera opinión de esa naturaleza que he escuchado, señora. Pero él me llevó hasta usted.

Vencia se echó a reír, pero no había nada de humor en su risa.

–Pues claro que te envió hasta mí. Siempre ha sido un fanfarrón. No tengo ninguna duda de que pensó que encantaría recibir un recordatorio de que él sigue vivo.

–Él me habló de usted… muy bien.

–Quister es una excusa patética de ser humano. Consideré que asegurar su captura era para mí una obligación ineludible. Por desgracia, el Imperio se limitó a encarcelarle en vez de administrarle el castigo que tanto se merecía. Quister estaba protegido desde arriba, aunque evidentemente yo carezco de ninguna prueba de semejante intervención a su favor – Vencia dirigió a Gruber una atenta mirada–. Pero tú no estás aquí para preguntarme cuál es mi opinión personal acerca de esa basura pirata. Creo que lo que quieres es saber más cosas sobre mi vieja nave, aunque no puedo imaginarme por qué ni aunque me fuera la vida en ello.

–Tengo razón para creer que hay algo especial respecto a esa nave, señora. Las investigaciones que he realizado hasta ahora me han llevado a creer que se trata de una nave fabricada con especificaciones personalizadas. Esperaba que usted pudiera proporcionarme algo más de información al respecto.

–¿Especificaciones personalizadas? Jamás se me habría ocurrido. Es una Cutlass. Sí, es una buena nave en su propia forma limitada, pero no tiene nada fuera de lo ordinario.

Gruber se quedó atónito.

–Pero… quiero decir que he hecho mediciones. He investigado sus componentes, y ésta no es una Cutlass ordinaria. Incluso Quister dijo que le costaba encontrar piezas de repuesto estándar para ella – mientras pronunciaba esas palabras, al propio Gruber le pareció una justificación muy endeble. Pero Vencia no se movió de su silla, sino que aguardó serena y seria, y Gruber no supo qué más podía decir que no le hiciera parecer todavía más inane.

–Bueno, señor Gruber, si la nave es tan especial, y usted ha admitido libremente que era de mi propiedad, ¿qué me impide reclamársela? – dijo Vencia dirigiéndole una mirada socarrona.

Gruber tecleó en su mobiGlas para hacerle mostrar una pantalla de información.

–El que usted presentó y aceptó una reclamación al seguro por ella. Legalmente hablando, usted ha renunciado a todos sus derechos respecto a esa nave. Tal como estipula la Fiscalía, cuando la nave fue declarada como un vehículo incautado, todos los vínculos de propiedad relacionados con la compañía de seguros quedaron anulados. La ley del almirantazgo respecto a la recuperación de naves anuló también cualquier reclamación que los parientes del anterior propietario pudieran haber querido realizar. Mi posterior compra, y los impuestos pagados en ella, aseguran mi propiedad de la nave.

Por primera vez desde que había empezado su reunión, Vencia esbozó una sonrió.

–Parece que tendré que revisar mi valoración de usted, señor Gruber. Parece claro que ha hecho sus deberes en lo que respecta a derechos de propiedad. Pero aun así, puede estar seguro que, aunque yo conservara algún derecho sobre esa nave, jamás querría recuperarla –la sonrisa de Vencia se transformó en una mueca–. Cada nave tiene sus propias peculiaridades, señor Gruber. Basándome en su profesión, diría que usted ya lo sabe. Las naves son como las personas; cambian de maneras que a veces no puedes anticipar. Algunas de sus partes se desgastan y tienen que ser reemplazadas. Algunas veces toman un rumbo diferente a aquel para el que fueron diseñadas originalmente –Vencia estaba ahora mirando más allá de Gruber, con la expresión de quien está rememorando viejos recuerdos–. Algunas veces las perdemos antes de lo debido.

Vencia le dio la vuelta a su silla, con lo que ella se quedó sentada dándole la espalda a Gruber, quién no supo cómo responder a eso. Ambos permanecieron sentados y en silencio, hasta que por fin Vencia volvió a hablar en voz baja.

–Llevo veinte años sin ver la Glorious Reach. Ni siquiera he vuelto a pensar en ella durante la mitad de ese tiempo –se dio la vuelta para volver a estar de cara a Gruber–. Comprar esa nave fue idea de mi compañero. En esa época, mi organización no era tan grande como lo es ahora. Sólo éramos cinco operativos, con apenas dinero suficiente para mantener nuestras cuentas corrientes por encima de los números rojos. El problema más difícil que teníamos en esos primeros días no era hallar a nuestras presas, sino transportarlas una vez las hubiéramos capturado. Este negocio –Vencia señaló vagamente a su alrededor –no es precisamente una empresa tradicional. Incluso hoy en día, fuera de la Fiscalía, no hay muchas naves que estén diseñadas para transportar a un pasajero rebelde. Así que tuvimos que arreglárnoslas con lo que teníamos. Drake Interplanetary acababa de fundarse. La Cutlass no tenía la reputación que posee hoy en día. Drago, mi compañero, vio la Cutlass como una nave ideal que podíamos reacondicionar para transportar a nuestras adquisiciones hasta entregarlas a las fuerzas de la ley. Yo lo único que vi en esa nave fue que tenía un precio que nos podíamos permitir. De manera que nos pusimos a buscar una Cutlass que estuviera a la venta. Te diría que buscábamos un modelo «básico», pero al fin y al cabo podría decirse que todas las Cutlass lo son. Supongo que, en cierta manera, ese es uno de sus argumentos de venta. Nada de lujos y nada de piezas complicadas, sólo una nave que funciona. Tengo que admitir que usarla para transportar a nuestras capturas era sin ninguna duda una mejora comparada con la nave monoplaza que habíamos usado hasta entonces. El poder estirar las piernas caminando por la bodega de carga servía para que un vuelo tedioso entre varios sistemas lo fuera un poco menos.

Gruber se quedó mirándola expectante.

–Entonces, ¿personalizaron ustedes la nave?

–Hay una gran diferencia entre personalizar una nave y mandar que la construyan con especificaciones concretas –contestó Vencia frunciendo los labios–. Habría pensado que entendías ese concepto.

–Oh, quiero decir que, bueno, sí, ya he entendido que usted ha dicho no fue construida para ustedes. Pero seguro que, cuando ustedes le hicieron modificaciones, se dieron cuenta de algunas de las diferencias que tenía.

–Señor Gruber, no soy ni ingeniera ni técnica. Ahora estoy al cargo de esta compañía, y entonces también lo estaba. Puedo asegurarle que no realicé ninguna modificación en esa nave personalmente. Como ya le he dicho, Drago pensó que la Cutlass podía ser adaptada para nuestros propósitos. Cualquier cambio efectuado en esa nave fue responsabilidad suya. Yo me dedicaba a encontrar una forma de poder pagar las modificaciones, no de instalarlas.

–¿Puede ser que hubiera mencionado algo? ¿Algún detalle que le causó problemas o alguna parte que no fue capaz de encontrar?

–No me viene a la mente nada de eso. Y, de nuevo, le aseguro que esa nave no tenía nada de extraordinario.

–Bueno… tal vez había alguien tratando de copiar la Cutlass. Una empresa competidora, quizás, y su diseño acabó en sus manos.

–Imposible.

–¿Pero cómo puede estar tan segura?

–Porque esa nave, señor Gruber, se la compré directamente a la Drake Interplanetary.

Oskar Gruber se quedó sentado completamente abatido. Sabía que las pruebas estaban ahí, sabía que tenía que haber algo más. Zara Vencia debió notar también su desazón, porque su expresión se suavizó y meneó lentamente la cabeza.

–Le entiendo –dijo–. Tras todo el esfuerzo que ha invertido en averiguar la historia de esta nave, entiendo por qué todavía quiere saber más cosas. Es extraordinario que usted haya llegado tan lejos; podría haber sido un rastreador bastante bueno.

Gruber se quedó mirando a Vencia. Se sentía desgarrado; le quedaba una última evidencia por revelar. No le había mencionado a nadie la existencia del medallón. Ni a Stark ni a Michaels, y ciertamente tampoco a Quister. No había querido mencionárselo a nadie hasta estar seguro de cuál era la procedencia del medallón. Era un secreto que guardar, una carga, pero también un objetivo. Quería devolvérselo a su propietario. Gruber recordó la mirada en los ojos de Vencia cuando le mencionó por primera vez el nombre Glorious Reach. No le había dicho nada a Quister sobre el medallón porque no se fiaba del pirata. No les había contado nada a Stark o a Michaels porque no creía que fueran a entenderlo. Pero contemplando a Zara Vencia, mirando la forma en que ella se había envarado al hablar sobre la nave, Gruber había tenido la sensación de que tal vez ella lo entendiera. Metió la mano en un bolsillo y sacó de él una pequeña cajita. La colocó encima de la mesa delante de la cazarrecompensas.

–Encontré esto –dijo Gruber , escondido dentro de una caja de empalmes de la nave. Desearía devolvérselo a quienquiera que lo puso allí. ¿Sabe algo sobre este objeto?

Vencia alargó una mano para coger la cajita. La abrió y miró en su interior. Sacó el medallón de la cajita, y luego abrió lentamente el cierre, examinando el medallón como si se tratara de una prueba para un caso.

–Está muy bien hecho. Sencillo pero elegante. Tiene una inscripción bastante sentimental –Vencia devolvió el medallón al interior de la cajita–. ¿Sabe qué es lo que la sentimentalidad te consigue en mi negocio, señor Gruber? –la cazarrecompensas se quedó mirándole detenidamente, como si fuera capaz de taladrarle con los ojos–. Consigue que te maten.

Zara Vencia se levantó de su silla.

–Si me perdona, tengo asuntos que atender. Le sugiero que haga lo mismo.

La cazarrecompensas salió de la habitación, dejando a Gruber sentado a solas.
* * *

Gruber estaba sentado en la bodega de la Outbound Light. Llevaba dos días en el espaciopuerto de Borea. No le había hecho ninguna llamada a Michaels. Cuantas más cosas aprendía de la nave, cuanto más tiempo pasaba en su interior, mayor era su convencimiento de que todavía quedaban cosas por averiguar sobre la nave y su medallón oculto. Pensó a medias en la posibilidad de contactar directamente con la Drake Interplanetary. Quizás conservaran algunos registros que pudieran refutar lo que la cazarrecompensas le había dicho. O tal vez la nave ya era de segunda mano para entonces, y Vencia simplemente lo ignoraba. Por lo que le había contado, resultaba evidente que se trataba de uno de los primeros modelos jamás producidos por la Drake. Gruber pasó algo de tiempo repasando los archivos públicos. Vio los antiguos anuncios comerciales, leyó acerca de la creación de la corporación Drake. No encontró nada que le diera alguna esperanza. Sabía que no tardaría en tener que tomar una decisión; no podía limitarse a quedarse aquí. La idea de volver hasta Stark y pedirle trabajo era totalmente degradante y casi con toda seguridad fútil.

«No tiene por qué ser Stark», se dijo a sí mismo. «Soy un buen técnico y un buen trabajador. Hay otras empresas de recuperación. Y tengo una nave» pensó. «Podría fundar mi propia compañía. Salir a explorar como hizo Zharkov o contratar a unas cuantas personas y hacerme pirata como Quister». Empezó a reírse solo.

-¡ El espacio es el límite! –gritó a la bodega vacía.

Se sentía como un idiota. Casi dio un salto cuando su mobiGlas empezó a pitar, indicando que le estaba llegando una transmisión. Activó el dispositivo y se sorprendió al ver el rostro de Zara Vencia devolviéndole la mirada.

–Señor Gruber.

–Señora Vencia… No esperaba esta llamada.

–Señor Gruber, me temo que durante nuestro último encuentro puedo haberme mostrado un poco dura –Vencia apartó por un momento su mirada de la pantalla y luego volvió a encararse hacia ella–. Me estaba preguntando si querría usted escuchar unas pocas cocas más acerca de su nave.

Gruber estaba atónito.

–Pero por qué… claro, por supuesto. ¿Debo reunirme con usted en su despacho?

–Si no le importa, preferiría tener esta charla ahora mismo. Estoy esperando fuera.

Gruber casi se cayó de bruces mientras corría a hacer bajar la rampa de carga.

Star-Citizen-Relatos-escritos

Se quedó esperando detrás de Vencia, quien estaba contemplando el exterior de la Outbound Light. Vencia recurrió con la mano la superficie del casco, y luego miró por encima de su hombro en dirección a Gruber.

–No estaba exagerando cuando dije que llevaba veinte años sin ver esta nave. Es curioso –dijo mientras se apartaba caminando del casco para poder alcanzar con la vista la nave entera–. Parece muy diferente y la vez igual que siempre.

Vencia le dirigió a Gruber la misma mirada gélida con la que le había obsequiado antes en la sala de conferencias.

–Cuando mis contactos en la Fiscalía me dijeron que le habían quitado la nave a Quister, yo les dije que la hicieran chatarra. Siempre pensé que la habían desguazado. No la quería como recordatorio –Vencia paseó su mirada por el sucio hangar en el que Gruber había aterrizado la nave–. Viéndola ahora, no es tan malo como pensé que sería.

Gruber se sintió repentinamente muy incómodo.

–Si tiene la bondad de subir a bordo, señora, puedo ofrecerle un poco de té.

Ella asintió.

–Eso sería muy amable por su parte.

Mientras subían caminando por la rampa para entrar en la bodega, los ojos de la cazarrecompensas recorrían todo el interior del compartimento. Gruber se dedicó a preparar dos tazas de té en el diminuto espacio de cocina. Mientras el agua empezaba a hervir, Vencia hizo otro comentario:

–Desde luego no reconocería esta parte.

–¿Cómo dice, señora?

–Por favor, deje de llamarme «señora». Me hace sentir vieja. Con todo lo que tengo por explicarle, puede llamarme Zara.

–Sí, se… Zara. Por favor, llámeme Oskar.

Mientras tomaba la taza de té que Gruber le ofrecía, la cazarrecompensas hizo un gesto en dirección al espacio de vivienda.

–Por lo que me ha contado, deduzco que estos son algunos de las cambios realizador por el señor Zharkov.

Gruber asintió.

–Resulta interesante. Cuando yo poseía esta nave, la bodega de carga se usaba para el transporte de los fugitivos que habíamos capturado. Drago había instalado varias celdas de contención. Solía bromear diciendo que ahora era una bodega de contención.

–Supongo que su compañero era quien estaba al cargo de la nave.

–Sí. Drago se encargaba de lo que nosotros considerábamos la rama de transporte de nuestra empresa. Mi trabajo consistía en rastrear a los fugitivos y someterlos. Una vez que los teníamos bajo nuestra custodia, yo llamaba a Drago y él los transportaba de vuelta hasta cualquier sitio al que hiciera falta llevarlos. La Cutlass es famosa por su maniobrabilidad, como estoy segura que ya sabes, pero Drago pensaba que también tenía potencial para velocidad. No iba a dejar atrás mi Avenger, pero me sorprendió la velocidad que él fue capaz de sacarle –se rió sin muchas ganas–. Yo estaba furiosa por los gastos en que había incurrido cuando reemplazó todo el conjunto de motores a la vez. Pero en esa época yo siempre tenía problemas para decirle que no.

Vencia miró a su alrededor por un momento, y por último detuvo su mirada en uno de los asientos plegables al lado de la puerta que daba a la cabina. Gruber se sonrojó al pensar en su falta de modales, abrió uno de los asientos y señaló en su dirección.

–Por favor, siéntese.

–Gracias –contestó Vencia, sentándose grácilmente y tomando un sorbo de su taza de té–. En esa época era divertido, ahora no tanto, todo el trabajo que Drago dedicó a esta nave. Tenía la loca idea de que podríamos subcontratar las modificaciones con la Drake. Pensaba que sus ideas podrían servir para resolver las necesidades especializadas de otras personas, tal como habían servido para resolver las nuestras. Podríamos vivir de las regalías y dejar de tener que perseguir criminales – sonrió para sí misma–. Creo que siempre estaba preocupada por la posibilidad de que me sucediera algo en este trabajo.

–Espero no estar inmiscuyéndome en un asunto personal, pero diría que ustedes eran algo más que simples socios de una empresa.

Vencia miró a Gruber con una expresión triste y un poco tensa.

–Lo era. En otra época, en otra vida, supongo que nos habríamos casado. Pero éramos jóvenes y teníamos una empresa de la que encargarnos. Los dos pensamos que más tarde ya tendríamos tiempo para todo eso – suspiró–. Nos equivocamos.

Vencia bajó su mirada hasta su taza de té y se quedó en silencio por un momento.

–Dijiste que encontrasteis la nave varada en el espacio y con su capitán muerto – cuando Gruber asintió, ella prosiguió–. No es el primer hombre que muere en esta nave.

Gruber trató de pensar en algo que decir, pero todas las palabras que se le ocurrieron le parecían huecas. Se quedó en silencio, y dejó que Vencia siguiera hablando.

–Algunas veces, hay recuerdos que preferiría no conservar – miró a Gruber de soslayo–. Creo que tal vez entiendas lo que te estoy diciendo. Supongo que esa es la razón por la que fui tan arisca cuando me enseñaste ese medallón. Y, no – dijo antes de que Gruber pudiera abrir la boca–, no es mío. Tampoco es algo que Drago pudiera haber tenido. No… no es de su estilo – se detuvo, perdida en sus pensamientos, antes de seguir hablando–. Llevábamos unos tres o cuatro años usando esta nave cuando Drago me preguntó que me parecía la idea de contratar a una nueva persona para nuestra empresa. Alguien que fuera de su planeta natal. El candidato tenía un pasado algo turbio, pero Drago lo había conocido cuando era niño. Pensé que era una mala idea, pero Drago quería darle una segunda oportunidad. Me contó lo mal que lo había pasado en el sitio donde había crecido. Lo difícil que resultaba conseguir una oportunidad para cualquier cosa que no fuera una vida de crimen. Y así, en contra de mi mejor juicio, le di permiso a Drago para contratar a James Quister. Una semana después, Drago estaba muerto y la nave había sido robada – el rostro de Vencia adoptó una expresión dura que Gruber ya conocía–. Me llevó seis años, tres meses y ocho días rastrear a ese bastardo hasta su cubil. Pero lo atrapamos, y ahora vive en esa prisión mientras que Drago sigue muerto.

–Ojalá supiera qué decir, Zara.

–No hace falta decir nada. La vida te cambia – hizo un gesto a su alrededor – de la misma forma que esa nave ha cambiado. No me importa tener que recordar muchas de las cosas que sucedieron, y me disculpo por mi anterior rudeza. Pero hay algo que quería mostrarte. Algo que pienso que tal vez te interese.

Vencia se levantó y activó su mobiGlas. Pasó por varias pantallas y por último abrió una representación visual. Selección una imagen y la amplió para que Gruber pudiera verla con claridad.

Era una fotografía de una Zara Vencia mucho más joven. En su rostro había una sonrisa de felicidad que Gruber no habría creído posible ayer. La cazarrecompensas que aparecía en la imagen estaba tratando de mostrar una expresión seria, pero era evidente que no le estaba saliendo muy bien. Viéndola ahora, con todos esos años de diferencia, Gruber se percataba de hasta qué punto la habían cambiado y endurecido. La joven mujer de la fotografía, alta y hermosa, carecía de la mirada gélida de la cazarrecompensas sentada ante Gruber. Los ojos de la joven Zara tenían el mismo color azul, pero de un tono más brillante y resplandeciente. Podría parecer una paparrucha sentimental, para Gruber casi era capaz de sentir la esperanza en el futuro que albergaba la joven Zara. Gruber contempló a la mujer actual. «Tiene razón», pensó para sí mismo. «Las personas son como las naves; cambian». Volvió a fijarse en la imagen de la fotografía. Al lado de Zara había un hombre atractivo de piel oscura. Zara tenía un brazo apoyado en el hombro de su acompañante, quien a su vez estaba haciendo un gesto de “pulgar hacia arriba” en dirección a la cámara, y su rostro mostraba una sonrisa aun más amplia, sin hacer ningún intento por aparentar seriedad. Al fondo de la imagen se vislumbraba el fuselaje de una nave. Un fuselaje redondeado que Gruber conocía muy bien.

–La hicimos el día en que recibimos la nave. Drago pensó que era importante inmortalizar el inicio de nuestra nueva empresa. Hacía mucho tiempo que no volvía a mirar esta fotografía, pero nuestra charla hizo que me pusiera a buscarla. Creo que podría interesarle.

Gruber señaló a la fotografía.

–¿No parece que hay algo escrito en el casco? Es… bueno, parece un nombre, pero parece que se ha pintado a mano. No consigo leer lo que pone.

–No le mentí cuando dije que encargué esta nave a la Drake Interplanetary. Pero en esa época las naves clase Cutlass no llevaban más de un año disponibles en el mercado. Estaban empezando a ganarse cierta reputación, y la Drake no daba abasto para cubrir la demanda. Yo había encargado una nave nueva, pero cuando pasé a recogerla me di cuenta de que se había producido un error en el envío de material. No había ninguna nave nueva disponible. Todo lo que tenían a mano eran vehículos desechados que habían sido entregados a milicias locales como promoción. Drake quería hacer una venta, y yo quería una nave, así que no pude rechazar semejante trato.

–Entonces, ¿qué es lo que estaba escrito en el lateral del casco?

–Ponía The Pride of Kingsport.

–¿The Pride of Kingsport? ¿Y eso que significa? ¿Es el nombre de la nave? ¿Qué es Kingsport?

–No tengo ni la menor idea. Pero estabas en lo cierto, alguien había pintado eso a mano en el lateral de la nave. De hecho, en ambos laterales. Pero ignoro qué significaba.

–Tal vez se trate de algún lugar del que yo nunca he oído hablar. Quizás es el sitio donde fabricaron la nave. O la persona que la fabricó.

–Como ya te he dicho, Oskar, no lo sé. Nunca nos preocupamos por dónde había estado la nave antes de llegar a nuestras manos, sólo nos interesaba lo que íbamos a hacer con ella.

–Bueno, tiene que haber alguna manera de seguir esta pista. Alguien que sepa lo que significa.

–Estoy segura de que hay alguien que lo sabe. Y sé a quién iría yo a preguntárselo.

–¿A quién?

–Ya que estás en Borea, pregúntaselo a la Drake Interplanetary. Fueron ellos quienes me la vendieron.

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada Perdido y encontrado de Charles Duncan (Star Citizen) – Capítulo 3 aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/perdido-encontrado-una-historia-star-citizen-escrita-charles-duncan-capitulo-3/feed/ 0 530
Colaboración: Suite y ópera de Lucía Pradillos https://relatosescritos.com/relatos-escritos/colaboracion-suite-opera-lucia-pradillos/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/colaboracion-suite-opera-lucia-pradillos/#comments Mon, 14 Mar 2016 10:58:29 +0000 http://relatosescritos.com/?p=525 Colaboración: Suite y ópera de Lucía Pradillos en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Colaboración: Suite y ópera de Lucía Pradillos Hace unas semanas escribí un pequeño artículo en el que os invitaba a enviar vuestros relatos para colaborar con la web. Lucía Pradillos se ha animado a enviar una pequeña y cruda historia. Así que sin más preámbulos, empieza Suite y Ópera de Lucía Pradillos. — Entre los […]

La entrada Colaboración: Suite y ópera de Lucía Pradillos aparece primero en Relatos escritos.

]]>
Colaboración: Suite y ópera de Lucía Pradillos en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Colaboración: Suite y ópera de Lucía Pradillos

Hace unas semanas escribí un pequeño artículo en el que os invitaba a enviar vuestros relatos para colaborar con la web. Lucía Pradillos se ha animado a enviar una pequeña y cruda historia. Así que sin más preámbulos, empieza Suite y Ópera de Lucía Pradillos.

Entre los cartones tirados en un cajero automático a un grado bajo cero, se encontraba Teo. Una espesa niebla cubría todo. Teo había bebido dos tragos de un tetabrick de vino de mesa para entrar en calor. Se había quedado dormido después. Soñaba que estaba en una casa rural al lado de una estufa. La estufa le calentaba tanto como nada lo había hecho desde que vivía en la calle. Abrió los ojos lentamente cuando a su nariz llegó un olor a quemado. Se levantó sobresaltado. Habían prendido fuego a los cartones.

Teo los apartó antes de que llegase a las mantas. Vio movimiento de cuerpos a un par de kilómetros, pero no pudo distinguirlos por la niebla. Le pareció escuchar risas. Cabreado y asustado, se puso a correr en esa dirección. Se preguntaba qué desastre podría haber ocurrido si no hubiera llegado a despertarse. Se puso a toser. Correr con humedad era contraproducente.

Cuando llegó la niebla se había disipado un poco. Únicamente había un lujoso hotel. Preocupado porque le echasen pero decidido a buscar a los responsables, accedió al recinto. En la recepción había un chico joven de unos veintipico con buena presencia. Le preguntó con tono cortés que a qué nombre tenía la reserva. Teo le miró asombrado. Hacía muchos años que nadie le trataba así. Respondió que no tenía, que venía buscando a alguien. El chico sonrió. Dijo que todos venían buscando a alguien. Le propuso que intentase darle su nombre completo. Teodoro Baltés. Volvió a sonreír. Le entrego una tarjeta magnética. Pertenecía a la suite.

Teo no entendía nada. Se miró a los pies de casualidad. Sus deportivas desgastadas que llevaba a diario desde hacía cinco años, habían sido suplantadas por unos mocasines. Su sudadera imitación de una marca comercial por una americana. Se tocó la cara. Estaba afeitado. Olía a una colonia suave. ¿Qué era aquel lugar? Huyó espantado pero la puerta giratoria no se activó. Estaba atrapado.

El recepcionista le pidió que se fuera a su habitación. Aún quedaban tres horas para que el chófer acudiese a llevarle a la ópera. Teo repuso que él no había asistido a la ópera en su vida. El chico se río como si se tratase de una broma. Le tendió la llave y le indicó dónde estaban los ascensores. Habitación 35. Cogió el ascensor obediente y pulsó el botón de la tercera planta. En el espejo del ascensor observó su rostro rejuvenecido. Era como si nunca hubiera estado viviendo en la calle. Como si tuviera una vida paralela en aquel hotel. Quizás lo más acertado era disfrutar y no preguntar demasiado.

Introdujo la tarjeta en la ranura. Le sorprendió lo impoluta que estaba la habitación. Ni una mota de polvo. Eso desmontaba su teoría de que podía ser un hotel fantasma. Sacudió la cabeza. Seguramente estaba muerto. El frío y el vino habrían hecho de las suyas. Aunque se sintiese más vivo que nunca. La habitación traía una botella de cava abierta con una cubitera para enfriarse. Preparó el agua del hidromasaje para que estuviese templada. Se desnudó y se metió dentro. Previamente había cogido el cava para pegarle largos tragos mientras se bañaba. Las burbujas no tardaron en aparecer.

Teo cerró los ojos hasta que sin darse cuenta se quedó dormido. Cuando despertó esperó volver a estar entre cartones, pero seguía en la bañera. Lo que vio le horrorizó tanto que le dejó con la boca abierta sin llegar a gritar. El cuerpo desnudo de una mujer, inerte, chocaba contra el suyo. Sus extremidades estaban colocadas como si hubieran querido meterle en la bañera a presión. El agua de la bañera estaba llena de sangre. Teo seguía inmóvil observando a la mujer. La conocía. No había envejecido. Estaba tan joven como él ahora. Era su ex.

 

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada Colaboración: Suite y ópera de Lucía Pradillos aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/colaboracion-suite-opera-lucia-pradillos/feed/ 1 525
Perdido y encontrado de Charles Duncan – Capítulo 2 https://relatosescritos.com/relatos-escritos/perdido-y-encontrado-de-charles-duncan-capitulo-2/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/perdido-y-encontrado-de-charles-duncan-capitulo-2/#respond Mon, 07 Mar 2016 11:51:26 +0000 http://relatosescritos.com/?p=478 Perdido y encontrado de Charles Duncan – Capítulo 2 en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Perdido y encontrado una historia de Star Citizen escrita por Charles Duncan – Capítulo 2 Este relato es una traducción realizada en la web ciudadano estelar de una historia publicada en cuatro partes y escrita por Charles Duncan. Está basada en el universo de Star Citizen. ¡Disfrutadlo! Oskar Gruber estaba decidido a seguir hasta el […]

La entrada Perdido y encontrado de Charles Duncan – Capítulo 2 aparece primero en Relatos escritos.

]]>
Perdido y encontrado de Charles Duncan – Capítulo 2 en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Perdido y encontrado una historia de Star Citizen escrita por Charles Duncan – Capítulo 2

Este relato es una traducción realizada en la web ciudadano estelar de una historia publicada en cuatro partes y escrita por Charles Duncan. Está basada en el universo de Star Citizen. ¡Disfrutadlo!

Oskar Gruber estaba decidido a seguir hasta el final su curso de acción actual. Serge Michaels había hecho todo lo posible por convencer a Gruber de que proseguir su investigación era una tarea fútil, pero él se negaba a abandonar la idea de averiguar cuál era la historia de su Cutlass recuperada. Por esa razón Gruber se encontraba ahora sobre Lorona, en el Centro Imperial de Corrección y Rehabilitación, más conocido como el Orbital Súper Max. Tenía un bonito nombre, pero estaba claro que era una prisión. A Gruber no le sorprendió la facilidad con la que pudo acordar una cita para ver a uno de los prisioneros. Los funcionaros que había ahí no parecían sentir mucho interés por su petición de ver a James Quister. Las preguntas que le hicieron parecían meramente rutinarias, y Gruber no tardó en estar sentado en una pequeña sala de entrevistas. Un guardia le hacía compañía, mientras que otro fue a buscar a Quister. Cuando por fin trajeron a Quister a la habitación, su aspecto no era el que Gruber había estado esperando. Quister era un hombre bajito y de pelo gris; era evidente que era más viejo que Gruver, y parecía como si la vida en prisión no le hubiera hecho perderse demasiadas comidas. Pero aunque su corpulencia parecía estar transformándose en obesidad, Quister todavía conservaba el aspecto de un luchador; sus brazos eran musculosos y su nariz achatada. Cuando Quister examinó a sus visitantes, a Gruber le pareció que sus brillantes ojos verdes mostraban inteligencia y sagacidad. El antiguo pirata caminó hasta la silla en frente de Gruber, apoyó sus manazas en su respaldo, y clavó su mirada en Gruber.

–Por mil millones de demonios… No te conozco de nada. ¿Quién eres?

Oskar empezó a responder, pero el pirata lo interrumpió de inmediato.

–No eres mi abogado; no eres lo suficientemente paliducho –dijo Quister–. Tampoco tienes suficiente pinta de estirado para ser de la Fiscalía, y no estás los bastante bien vestido para ser un reportero.

El acento de Quister era algo nuevo para Gruber, pero no creía que fuera a darle problemas para entender las palabras del pirata. Gruber esperó pacientemente mientras el pirata le miraba con los ojos entrecerrados. Por último, Quister le miró directamente a los ojos.

–Tu jeta no me suena de nada. Seguro que no eres alguien al que alguna vez he amenazado, ¿eh? Has venido para reírte del león enjaulado, ¿verdad?

Gruber meneó la cabeza.

–Me llamo Oskar Gruber, señor Quister. He venido aquí para hacerle unas cuantas preguntas acerca de una nave.

La carcajada de Quister resonó por toda la habitación.

–¿Una nave? Por supuesto, jefe, entre en mi concesionario y le mostraré lo último y lo mejor que tengo a la venta. La última vez que me fijé, este sitio era una prisión y no un astillero.

Gruber no se dejó amilanar por las burlas de Quister.

–Estoy aquí por una nave en concreto. Una Cutlass llamada Outbound Light.

–Nunca he oído hablar de ella.

Gruber sonrió.

–No esperaba que lo hubiera hecho. Pero aun así, creo que usted conoce esa nave. Mis investigaciones indican que hubo una vez en que usted fue su propietario. Me han encargado que averigüe la historia de esa nave. Por eso quiero preguntarle sobre ella –Gruber se sentía muy orgulloso de sí mismo por esa última frase; de esa forma el pirata creería que tenía a alguien importante avalándole.

En el rostro del pirata apareció una expresión astuta mientras consideraba las palabras de Gruber.

–¿Así que encargado, eh? Me pregunto quién podría sentir tanto interés por el pasado de un humilde empresario como yo.

Gruber irguió la postura y le devolvió la mirada a Quister.

–La incógnita es la nave; un vehículo de exploración que fue hallado a la deriva. Su historia deja claro que estuvo una vez en sus manos. Por eso estoy aquí.

–Bueno, pues parece que has perdido un estabilizador, chavalote. Primero has dicho una Cutlass, ahora dices una nave de exploración. ¿Por cuál de esas naves quieres preguntarme?

Gruber titubeó.

–Una Cutlass. Una con un fuselaje redondeado. La nave en la que creo que usted fue capturado.

Quister movió la silla y se sentó en ella delante de Gruber.

–Vaya, vaya. Esa sí que es una pregunta interesante –Quister miró a los dos guardias que había en la sala–. Caballeros, ¿sería posible que me concedieran a mí y al señor Gruber un poco de privacidad?

Sin decir una palabra, los dos guardias salieron de la habitación. Gruber notó un repentino peso en el estómago cuando oyó el ruido que hacía la cerradura de la puerta al sellarse. Quister lo miró y sonrío.

–Antes de que empecemos, señor Gruber, permítame explicarle un poco acerca de la situación en la que se encuentra –Quister hizo un gesto hacia la habitación–. Podría decirse que ésta una instalación de Su Majestad Imperial sólo en nombre –la sonrisa desapareció del rostro de Quister–. Pero créame, a todos los efectos, yo soy quién está al cargo de este lugar.

Gruber se sintió de repente muy, muy atemorizado.

–Así que ahora me estoy preguntando por qué un hombre solo ha venido para hacerme preguntas –prosiguió Quister–. Sobre todo sabiendo que no soy la primera persona a la que usted le ha estado haciendo estas preguntas. Porque no ha ce mucho, vino por aquí un tipejo de la Fiscalía que me interrumpió el día con sus preguntas. A pesar de los estúpidos que son, a esos perros se les podría ocurrir enviarme a otro tipejo para seguir intentándolo

Gruber miró fijamente a Quister.

–Ese no es el caso. No formo parte de la Fiscalía. No tengo nada que ver con ellos. Estoy tratando de conocer la historia de una nave. Una nave que sé que usted poseyó en el pasado. No he venido aquí para acusarle de nada, o conseguir pruebas, ni nada parecido. Lo único que me interesa es la nave. Quiero averiguar de dónde procede y creo que usted podría contármelo. Eso es todo.

Quister volvió a mirar a Gruber con los ojos entrecerrados.

–Ajá. Pero los de la Fiscalía no son los únicos que me ponen de los nervios. ¿Cómo puedo saber quién está detrás de ti? Habría que ser un necio redomado para venir aquí sólo para hacerme preguntas sobre una vieja nave.

Los temores de Gruber desaparecieron; había oído ese mismo tono en boca del personal de recuperación, de Stark y de Michaels.

–¡No soy ningún necio redomado! ¡Sólo quiero saber más cosas sobre la nave! ¡Usted fue su propietario, por lo que tiene que saber algo sobre su procedencia, y he venido a esta maldita estación para preguntárselo!

Gruber se dio cuenta de repente de lo que acaba de decir, y tuvo la desagradable sensación de que acababa de pasarse de la raya. Quister era un pirata; según todos los informes, uno bastante despiadado. Y Gruber se acordó de que había quedado bien claro que los guardias no estaban aquí para protegerle. Pero Quister se recostó en la silla y soltó una risotada.

–¡Vaya, primero tímido como un gatito, y de repente el gatito enseña las garras! –siguió riendo alegremente y miró a Gruber–. No vas a parar de preguntarme sobre la nave. No, me atrevería a decir que no trabajas para la Fiscalía. Eres demasiado directo para ser uno de esos piojosos. La verdad es que me recuerdas a mí cuando era más joven –Quister rió una vez más y luego preguntó–. ¿Así que no tienes ni idea de quién es Zara Vencia?

Gruber se sintió sumamente confundido y su expresión lo dejaba bien claro cuando contestó:

–¿Quién?

–Nunca te dediques a las apuestas, chaval. Serías malísimo; apuesto a que no serías capaz de mentir ni para salvar tu pellejo –Quister meneó la cabeza–. Ya te lo contaré más tarde. Pero ahora… –Quister se reclinó en su silla y soltó un grito hacia la puerta–. ¡Hey! Sed buenos mozos y traed un poco de café para mí y mi invitado. Me atrevería a decir que al señor Gruber le irían bien una o dos tazas.

Gruber empezaba a estar muy nervioso.

–Sí, eso estaría bien.
* * *

–Hace falta tener agallas para entrar aquí por las buenas y molestar al león en su guardia, chaval – dijo Quister mientras tomaba un sorbo de una taza humeante de café–. ¿Pero qué es todo eso de una nave de exploración? ¿Qué le hicieron a mi nave?

Gruber explicó las circunstancias en las que se había producido la recuperación de la Outbound Light y lo que habían encontrado en su interior. Quister dejó su taza sobre la mesa y asintió lentamente.

–Bueno, si el maldito bastardo no estuviera ya muerto, yo mismo lo arrojaría al espacio por haber arruinado esa nave.

Quister se quedó mirando la pirata con curiosidad.

–No le entiendo.

Quister volvió a soltar una sonora carcajada.

–Esa Cutlass era una nave de guerra, chaval. Toda una nave para el combate en primera línea. Oh, tal vez no tuviera el glamur que tanto les gusta a los pilotos de caza, y no estaba pensada para encajar los daños como si fuera un Bengal, pero seguía siendo una nave de guerra. Rápida, maniobrable y armada hasta los dientes. Nacida para el combate; cuando crearon la Cutlass, la diseñaron como si fuera un verdadero alfanje, la mejor nave de incursión ligera que jamás ha surcado el espacio – Quister se rió entre dientes–. Aunque estoy seguro de que esos hijos de perra de la Fiscalía le quitaron las garras cuando me la arrebataron.

Gruber hizo un gesto de asentimiento.

–A la nave le quitaron todo lo útil cuando la vendieron en el almacén municipal. Creo que esa es la razón por la que Zharkov la reconstruyó como un explorador. Pero no pude encontrar ningún registro de antes de que acabara en manos de la Fiscalía.

Quister resopló.

–Pues claro que no pudiste. No me insultes ahora, chaval, no después de que hayamos tenido esta presentación tan agradable. Síguele el rastro a mi nave, por favor. Estás mal de la cabeza si te piensas que podrás averiguar tan fácilmente la historia de la nave de Redjack Quister – los ojos de Quister parecían estar contemplando alguna escena lejana–. Sí, los registros y los nombres van y vienen. Los cambiábamos con frecuencia. No podíamos permitir que los tipejos de la Fiscalía nos echaran el guante. Pero cuando yo estaba volando con los Dragoons, esa nave era siempre la Dancing Girl. Si la hubieras visto venir bailando a por ti, habrías salido huyendo a toda velocidad.

Gruber se inclinó hacia adelante, completamente fascinado.

–Cuénteme más cosas sobre la nave.

Quister se echó a reír.

–Bueno, en esos días, el gobernador Smott estaba al cargo en nuestro sistema. Aunque había sido designado directamente por la UEE para ese puesto, no era un mal tipo. Era un amigo de verdad de la gente común. Entendía cómo funcionaban las cosas en nuestro rinconcito de la frontera. Bah, allí un hombre tenía que sacrificar todo lo que tenía sólo para mantener el cuerpo y el alma juntos. El gobernador Smott no contaba con fuerzas militares para mantener el orden. Dependía de la ayuda de buenos ciudadanos emprendedores como yo mismo. Lo hacíamos todo de forma perfectamente legal. Siempre que Smott fuera recibiendo su parte, evidentemente. Corsarios, así nos llamaban. Teníamos una pequeña base de operaciones bien bonita y nuestra propia flotilla privada.

Quister se rió para sus adentros.

–En esos días no había nadie de la Fiscalía por esos pagos. Nosotros éramos los únicos que manteníamos la ley y el orden. Podría decirse que nos encargábamos de cuidar nuestro sistema. Y si algún cargamento acababa dentro de nuestra bodega, bueno, al fin y al cabo eso no se diferenciaba mucho de las malditas tasas de la UEE. Con la Dancing Girl, en la mayoría de los casos en los que oíamos alguna queja bastaba con que le dieran una mirada. Y para quienes seguían quejándose… bueno, la nave disponía de otros medios para ponerles fin – Quister esbozó una sonrisa–. Un escuadrón de Cutlass viniendo directo a por ti es una visión que no te gustaría ver, chaval, pero si lo haces, recuerda las palabras del viejo Redjack: apaga los motores y dales todo lo que quieran.

Gruber palideció.

–Bueno… espero no verme jamás en esa situación. Pero le aseguro que seguiré su consejo. ¿Me ha dicho que ustedes tenían un escuadrón entero de naves como la suya?

Quister le dirigió una mirada sagaz.

–Oh, teníamos una escuadrilla entera de Cutlass. Como ya te he dicho, es el mejor incursor ligero jamás construido. Pero en respuestas a tus palabras exactas… no. No, la Dancing Girl era única en su clase. Una Cutlass sin lugar a dudas, pero un poquito diferente a las demás. Las piezas de repuestos eran bastante difíciles de encontrar. Por suerte para mi, teníamos con nosotros a una mecánico de primera. A decir verdad, era todo un genio. Verás, chaval, la mayoría de los que pasaban por el sistema con frecuencia sabían cómo funcionaban las cosas. Apagabas tus motores, nos dejabas subir a bordo, cogíamos nuestra parte y todo el mundo proseguía su viaje sano y salvo.

Quister hizo una pausa, y luego prosiguió:

–Pero había algunos a los que no les gustaba mucho cómo se hacían las cosas allí. Esos capullos intentaban huir o, si eran realmente estúpidos, resistir y luchar. Entonces teníamos que darnos prisa, agujerear el casco y abordar la nave. Ver una Cutlass engancharse a una nave y abrirle un agujero en el fuselaje es todo un espectáculo. A continuación venía el combate mano a mano dentro de la nave. Y créeme cuando te digo que no nos llamábamos los Redjack’s Dragoons sólo porque nos parecía que el nombre sonaba bien. Lo mejor de esa nave era que podía bailar a través de cualquier cosa que dispararas contra ella, con la bodega llena de un equipo formado por los mejores camaradas que pudieras pedir. Pero ni tan siquiera la mejor bailarina del verso es capaz de esquivarlo todo. Parchearla tras el combate era toda una pesadilla. Ninguna pieza parecía encajar bien. Pero Cassie, esa mecánica que tal vez te acuerdes que he mencionado, era capaz de hacerla funcionar para nosotros – por un breve momento, la mirada de Quister pareció expresar añoranza, pero luego su rostro se endureció–. Al menos hasta que esos cabrones la reventaron a base de bien.

–¿Qué quiere decir? ¿Qué sucedió?

La expresión de Quister ahora indicaba mofa.

–Los tiempos cambian, chaval; nada puede impedir eso. El gobernador Smott fue destinado a otro sistema. Y el maldito gobierno nos impuso a otro tipo, Ferrer, que era un maldito diablo. Un enemigo jurado de la libre empresa. No le importaba en lo más mínimo el acuerdo al que habíamos llegado con Smott. Nos dijo que debíamos deponer las armas y dejar que otros se encargaran de mantener el orden. Y esos otros iban a ser sus hombres, quienes sabían mejor que nosotros cómo teníamos que vivir nuestras vidas. Bueno, pues nosotros éramos hombres de fuerte espíritu, y no íbamos a aceptar nada de todos esos disparates. Por lo que Ferrer va y llama a la Fiscalía y nos echa a esos perros encima. Así que de repente nos encontramos en la situación de lo que había sido perfectamente legal el día antes ahora lo era “piratería”. Hipócritas de mierda.

Quister tomó otro trago de café antes de continuar.

–Nos hicimos un poco más móviles. Se pasaron un año y tres cuartos tras nosotros, sin sacar a cambio nada más que unos cuantos Fiscales acribillados y un gobernador cada vez más cabreado. Creo que pasamos a ser su obsesión particular. Por lo que he oído, las noticias sobre nuestras pequeñas andanzas empezaron a extenderse fuera de nuestro sistema. Nos convertimos en una deshonra para el honrado y honorable gobernador Ferrer. Tal vez nuestras operaciones ya no eran tan fáciles como cuando Smotts estaba al cargo, pero teníamos la suficientemente práctica en nuestro trabajo como para siguieran siendo relativamente fáciles. Siempre había riesgo, evidentemente – Quister le dirigió una sonrisa a Gruber – pero correr riesgos es lo que hace que un hombre se sienta vivo, ¿verdad?

Gruber no estaba seguro de cómo responder a eso. Se limitó a asentir y esperó que eso fuera la reacción correcta. Aparentemente, lo era.

–Ah, sí, peligro y emociones. En busca de fortuna y gloria. Eso es lo que los muchachos siempre querían. Yo le decía: quedaos con vuestra gloria, yo pillaré sólo la fortuna. Ah, sí, la fortuna lo solucionaba todo. Pero un montón de todo ese dinero se iba a la Dancing Girl. Ya era una buena nave desde el principio, pero cuando le puse los ojos encima todavía no encajaba del todo con mis gustos. Con la ayuda de un poco de dinero, piezas de nave recuperadas y la pericia de Cassie, la hicimos mejor – Quister meneó la cabeza al recordar–. Los condenados idiotas le habían instalado unos motores enormes. La potencia de aceleración está muy bien, pero no estábamos en una carrera con una línea de meta. Sólo hacía falta que fuera lo bastante rápida para escapar con la carga y quitarnos de encima a los de la Fiscalía. Eso era todo lo que yo necesitaba de ella. Pero nunca, ni antes ni después de tenerla, he vuelto a ver una nave que fuera capaz de maniobrar como ella. Cassie hizo un trabajo condenadamente bueno al modificar a la vieja dama.

En la mirada de Quister asomó un brillo perverso.

–Y puede que le instaláramos también unas cuantas armas. Al fin y al cabo, es la naturaleza humana. Al hombre le gusta luchar. Siempre habrá alguien que al verte le entrarán ganas de apiolarte – Quister volvió a sonreírle a Gruber–. Chavalote, te asombrarías de ver lo rápido que se les van esas ganas cuando tienen una batería de impulsores de masa apuntando a sus motores – Quister alargó el brazo e hizo girar la taza de café sobre el escritorio que les separaba–. Pues sí, al final la Dancing Girl tenía tan buen aspecto que el mismísimo Gran Almirante se sentiría orgulloso de tener esa nave. Rápida, elegante, tan grácil como un tigre y el doble de mortífera. Me atrevería a decir que sin esa nave jamás habríamos podido fastidiar al gobernador tanto como lo hicimos.

Quister clavó la mirada en su taza vacía.

–Y entonces Cassie se puso enferma. La enfermedad de Melroon, de la que probablemente tú nunca has oído hablar, y alégrate si nunca vuelves a hacerlo. Pobre chiquilla; es una forma horrible de morir. Pero era la única persona que teníamos capaz de hacer que la Dancing Girl siguiera bailando, por lo que hicimos correr la noticia de que buscábamos a un nuevo mecánico. Ese bastardo estuvo ocho meses con nosotros, trabajando en las naves, recibiendo su parte como si fuera uno más de los muchachos. Y entonces, un día, nos dirigimos a ayudar a un convoy a redistribuir parte de su cargamento, por así decirlo. No llevábamos allí más de veinte minutos, cuando una patrulla de la Fiscalía aparece como si tal cosa. Bueno, por lo que a nosotros respectaba, nuestro trabajo allí había terminado, por lo que nos dispusimos a salir pitando – el rostro de Quister enrojeció de furia al recordar el incidente–. Y fue entonces cuando las cargas detonaron. El motor cuántico quedó hecho cisco, los propulsores muertos. Los escudos se apagaron y yo tuve que quedarme sentado viendo cómo esos cabrones de la Fiscalía iban viniendo como si fueran la puta Armada. Siempre van de decorosos y remilgados, pero en esta ocasión reventaron la puerta de la carlinga y gasearon la nave.

–¿El mecánico era un espía de la Fiscalía?

Quister soltó una carcajada.

–Pues claro que no. De haberlo sido, habríamos acabado averiguándolo. Son unos tipos demasiado envarados; no podrías conseguir que uno de ellos se relajara ni aunque se lo ordenaras. Ese mecánico era todo un fullero. Trabajaba para una cazarrecompensas llamada Zara Vencia. Por eso te pregunté antes si la conocías. Esa cazarrecompensas tiene hielo en las venas y un corazón de piedra; no hay ni una migaja de compasión en ella. No es una persona con la que quieras estar a malas; es una auténtica perra de caza que jamás olvida una ofensa y nunca rechaza una posible recompensa. A lo mejor estás pensando que todo esto nos es más que “viejas historias” – dijo Quister–, pero cuando esos perros me pusieron las manos encima, la recompensa que daban por mí era una bonita suma – sonrió a Gruber–. Seguro que un investigador como tú podría averiguarlo. Pero ella no estaba en esto por el dinero. Ni siquiera asistió a mi juicio, y eso que la llamaron “una amiga del Estado”, para testificar contra mí. Me contaron que la tía había exigido que me arrojaran al espacio, así por las buenas, y ahorrarle a los buenos contribuyentes el coste de mi encarcelamiento. Era una auténtica zorra, pero es una cazarrecompensas y tenía sus razones.

–Pero usted acabó aquí. Éste no es ni tan siquiera el sistema en el que usted vivía.

Quister levantó los brazos magnánimamente.

–En toda mi gloria. Cosas divertidas de la vida. El espacio es para los jóvenes. Aquí estoy ahora, el gallo más grande de mi pequeño reino, alcaide y gobernador a la vez. Evidentemente, algunas veces tengo que disfrutar de ciertas diversiones en mi tiempo privado – dijo Quister mientras le dirigía una mirada de complicidad a Gruber – pero, ¿qué político digno de tal nombre no tiene que presidir alguna que otra reunión de comité? Siempre es bueno tener amigos, señor Gruber. La vida da muchas vueltas. Siempre aparece una mano dispuesta a ayudar a otra, por así decirlo. ¿Podrías creerte que el supervisor imperial para ese planeta que ves ahí fuera es nada más y nada menos que mi viejo amigo Jebediah Smott? – Quister sonrió para sí mismo–. Tiene gracia cómo salen las cosas.

–Parece habérselas apañado bien, señor – dijo Gruber mirando a su alrededor, tratando de pensar en algo–. El café es excelente.

–Cierto, y a mi corazón le sienta bien ver que los jóvenes de hoy en día son tan educados. Pero sigues queriendo saber más cosas sobre mi nave, ¿verdad? ¿O debería llamarla tu nave?

–Eh, bueno, sí que lo es – tartamudeó Gruber–. Querría saber más cosas sobre ella y, bueno, técnicamente, yo la compré, por lo que legalmente, bueno, quiero decir que, técnicamente, yo…

Quister soltó una carcajada ante la obvia incomodidad de Gruber.

–No te inquietes, chaval. Las naves cambian de propietario, de la misma forma que los niños crecen. Mi Dancing Girl murió el día que la Fiscalía me la arrebató. Y que me aspen si pongo el pie en el interior de alguna parodia desarmada de lo que era.

–Ah, sí, bueno. Gracias. Supongo – Gruber se quedó mirando al viejo pirata que tenía sentado delante suyo–. Cuando usted iba en ella, ¿llegó a encontrar alguna cosa, digamos, inusual?

–No estoy seguro de lo que quieres decir con algo inusual. Era una nave de especificaciones personalizadas, de eso estoy seguro, pero en lo que a sus componentes respecta, no había nada extraordinario en ellos.

–¿Especificaciones personalizadas? ¿Se refiere a que usted mandó construirla?

Quister pareció atónito por un instante, y luego volvió a estallar en carcajadas.

–¿Yo, un pobretón sin blanca cuando empecé, mandando fabricar una nave? A vosotros los jóvenes se os ocurren una ideas muy raras, chaval. No, sólo mirándola, estaba claro que había sido fabricada con especificaciones personalizadas. Pero yo no fui quien lo hizo. Cassie, que era más lista que el hambre, ni tan siquiera sabía dónde pudieron haberla construido. Demonios, ni tan siquiera el bastardo traidor que Vencia nos coló lo mencionó jamás. Y el también sabía lo suyo de naves; probablemente ese cabrón entendía mejor la Dancing Girl que la propia Cassie, a la que Dios tenga en su gloria.

Gruber se aferró a ese fragmento de información.

–¿Dice que entendía la nave? ¿Podría ser que hubiera trabajado con ella antes?

Quister asintió.

–Podría ser. Te diría que fueras a preguntárselo, pero parece ser que cogió su paga y la invirtió en el tráfico de drogas. Lo acabó pillando la Fiscalía y lo condenaron a diez años en una prisión imperial. No llevaba ni un día allí y se cayó por las escaleras. Justo encima de un cuchillo – la expresión de Quister se endureció–. Seis veces.

Gruber palideció.

–Así que no podrá contarme nada sobre la nave.

Quister esbozó una sonrisa.

–Eres tozudo como el que más. Sin importar lo asustado que estés. Podríamos haber hecho de ti un buen corsario.

–Bueno, ¿podría en ese caso contarme cómo obtuvo esa nave? ¿A quién se la compró, o por lo menos el nombre que tenía antes la nave?

–¿Comprarla? Oye, chaval, ¿te piensas que me compré una nave? Ya te he contado lo difícil que era entonces conseguir lo suficiente para comer. Los pobres cabrones como yo no podíamos permitirnos el lujo de comida de verdad, sólo teníamos proteínas, ¿y te piensas que me compré una nave?

–Bueno, entonces usted tiene que haberla rob… liberado. Con lo que tienen que haber registros de eso. Informes de la Fiscalía, tal vez reclamaciones al seguro. Registros de dónde estaba atracada, lo que sea. Si usted pudiera darme el nombre que tenía la nave y el sistema en que estaba… ¿Era el mismo sistema en el que usted actuaba? Yo podría seguir ese rastro.

–Eres clavadito a un perro con un hueso. Y eso me parece digno de respeto, chaval. Pues claro que puedo darte el nombre que tenia la nave. Cuando me apropié de ella, se llamaba la Glorious Reach. Me pareció entonces un nombre rematadamente estúpido, y creo que los años no me han hecho cambiar de idea. Tan pronto como la vi me di cuenta de todo su potencial desperdiciado. Habían hecho con ella lo mismo que el tipo que me has dicho que la convirtió en un explorador; consiguieron un arma excelente y le embotaron el filo.

Gruber empezó a emocionarse.

–¿La Glorious Reach? ¿En qué sistema estaba.

–Bueno, cuando me fijé en ella por primera vez, podría decirse que yo estaba un poco lejos de casa. La nave estaba atracada en Borea, en el sistema Magnus.

Las esperanzas de Gruber se desplomaron.

–Allí es donde la Drake tiene su sede central. Tratar de rastrear una Cutlass en concreto… de entre todas las que hay allí…

La expresión de Quister era sombría, pero había un brillo malicioso en su mirada.

–Pues sí, chavalote, tienes una tarea monumental ante ti. Todo lo que puedo decirte es el nombre que tenía la nave; los números de registro no eran algo que pudiera decirse que yo tenía dentro de mis prioridades en esa época. Tratar de encontrar una Cutlass en concreto en medio de todo ese berenjenal va a ser como tratar de encontrar una estrella a simple vista en medio de una nebulosa.

Gruber meneó la cabeza.

–Fácil o difícil, puedo hacerlo. Tal vez me lleve algún tiempo, pero ahora que tengo un nombre, puedo seguir a partir de ahí.

–Espero que puedas, chaval, espero que puedas. Pero ya que tienes el nombre de la nave, ¿no te resultaría un poco más sencillo si supieras también el nombre del propietario?

–¿El propietario? ¿Sabe quién era su propietario?

–Pues claro que lo sé. Déjame que te diga, chaval, que nunca tienes que robar algo sin saber antes a quién estás robando. Hacer lo contrario es una mala idea que te puede acabar pasando factura en el futuro.

Gruber miró al pirata sin poder contener su impaciencia.

–Bueno, ¿pues quién era?

El viejo pirata se echó a reír.

–Era esa maldita cazarrecompensas, Zara Vencia. Maté a su compañero y le robé la nave – Redjack Quister le hizo un guiñó a Gruber–. ¿Por qué te pensabas que ella tenía tantas ganas de atraparme?

 

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada Perdido y encontrado de Charles Duncan – Capítulo 2 aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/perdido-y-encontrado-de-charles-duncan-capitulo-2/feed/ 0 478
Perdido y encontrado de Charles Duncan – Capítulo 1 https://relatosescritos.com/relatos-escritos/perdido-y-encontrado-de-charles-duncan-capitulo-1/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/perdido-y-encontrado-de-charles-duncan-capitulo-1/#comments Fri, 26 Feb 2016 17:41:24 +0000 http://relatosescritos.com/?p=471 Perdido y encontrado de Charles Duncan – Capítulo 1 en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Perdido y encontrado Una historia de star citizen escrita por Charles Duncan – Capítulo 1 Este relato es una traducción realizada en la web ciudadano estelar de una historia publicada en cuatro partes y escrita por Charles Duncan. Está basada en el universo de Star Citizen. ¡Disfrutadlo! –Supongo que eres consciente de que esto empieza a […]

La entrada Perdido y encontrado de Charles Duncan – Capítulo 1 aparece primero en Relatos escritos.

]]>
Perdido y encontrado de Charles Duncan – Capítulo 1 en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Perdido y encontrado Una historia de star citizen escrita por Charles Duncan – Capítulo 1

Este relato es una traducción realizada en la web ciudadano estelar de una historia publicada en cuatro partes y escrita por Charles Duncan. Está basada en el universo de Star Citizen. ¡Disfrutadlo!

–Supongo que eres consciente de que esto empieza a rayar lo obsesivo –dijo Jonas Stark reclinándose hacia atrás en su silla y suspirando en dirección a su tripulante.– Lo digo en serio, Oskar, tienes que dejar de darle vueltas a este asunto.Oskar Gruber permanecía rígido, sentado frente al escritorio de Stark.

–Comprendo su opinión sobre este asunto, señor. Pero con el debido respeto, creo que no está entendiendo correctamente la situación –contestó.

–Oh, no creas, la comprendo perfectamente. Hallamos una nave a la deriva con un piloto muerto a bordo, la reclamamos como una recuperación legal, la vendemos, y a partir de ese momento, no hay más asunto.

–¿No sienten ninguna curiosidad por saber por qué estaba ahí fuera, por qué se había alejado tanto de cualquier otra persona? ¿Por qué la nave parece tan diferente?

–No, señor Gruber, no me importa ni debería importarle a usted. Nos dedicamos a recuperar pecios. Tenemos una nave recuperada, de forma claramente legal y sin que nadie lo ponga en duda. Es una Cutlass, no una nave xi’an. No le importa a nadie. Las venden a un décimo de crédito la docena. No se trata del hallazgo milagroso del siglo que usted parece estar empeñado en que sea.

–Está bien, señor. Si esa es su postura, no intentaré hacerle cambiar de idea.

–Bien –dijo Stark inclinándose hacia adelante–. Entonces espero que este tema esté zanjado.

–No del todo señor. Quiero comprar esa nave.

Stark no pudo evitar echarse a reír.

–¿Comprarla? ¿Para qué?

–Como usted mismo ha dicho, señor, es una nave recuperado de forma completamente legal y nosotros nos dedicamos a operaciones de recuperación, no a transportar mercancías. La vamos a vender de todas formas, así que me gustaría comprarla.

Stark volvió a soltar una risotada.

–¿Y con qué piensas comprarla? ¿Conocimientos técnicos? ¿Encanto y buena apariencia? –se burló–. Recuerda que sé cuánto ganas.

El rostro de Gruber enrojeció, pero su expresión se mantuvo firme.

–Muchas gracias por su preocupación, señor, pero he sabido invertir bien mi paga tras licenciarme. Aunque a decir verdad, eso no es asunto suyo, señor. Le pagaré el valor que tiene en el mercado. Como usted ha dicho, no es más que una Cutlass.

Stark miró fijamente a Gruber y luego meneó la cabeza.

–Muy bien, Gruber. Haz lo que quieras –Stark señaló la puerta–. Ve a ver a Maureen en finanzas. Compra la condenada nave. Al fin y al cabo, se trata de tu dinero.

Gruber se levantó de la silla.

–Gracias, señor.

Stark volvió a hacer un gesto con la mano hacia la puerta.

–Hazlo y no se hable más. Y no quiero volver a oír hablar nunca más sobre este asunto.

Gruber asintió y salió del despacho del capitán.

Una hora después, Gruber era el propietario de la Cutlass llamada Outbound Light. Se rellenaron los formularios de registro necesarios, se pagaron las tasas, se cumplimentaron las obligaciones legales, y la suma de los ahorros de Gruber disminuyó de forma significativa. Sólo le quedaba una tarea por hacer. Gruber se armó de valor y volvió a entrar en el despacho del capitán.
Stark levantó la mirada desde el otro lado del escritorio.

–¿Otra vez por aquí, Gruber? ¿No tienes nada útil por hacer aparte de venir a molestarme? –Stark señaló las pantallas de mobiGlas encendidas–. No sé si estás enterado de que tengo una empresa que dirigir aquí. Maureen ya me ha dicho que has comprado esa vieja nave.Gruber se cuadró de hombros.

–Soy consciente de ello, señor. Sólo quería comunicarle personalmente mi dimisión.

Gruber dio la espalda a la cara atónita de Jonas Stark y se marchó de la habitación.

Oskar Gruber permaneció sentado en la bodega de carga vacía de la Outbound Light. Estaba temblando levemente. Tal vez se había apresurado en abandonar su trabajo. Había sido lo correcto. Sabía que hacerlo había sido lo correcto. Todavía le quedaba algo de dinero. Y a pesar de lo que Jonas Stark pudiera decir o pensar, esta nave era especial. Gruber podía notarlo. Y lo que era todavía más importante, Gruber sabía una cosa de la que el capitán no estaba enterado. Gruber sabía cuáles eran las especificaciones técnicas de esta nave.
Y Gruber sabía lo del medallón.
* * *

Habían encontrado la nave dos meses antes. Estaba en órbita alrededor de un asteroide especialmente grande. En un sistema estelar especialmente lejano. Gruber no participó en la planificación de las operaciones que la compañía de recuperación había realizado (él formaba parte del personal técnico) por lo que no sabía exactamente cuál era la razón por la que se habían alejado tanto de sus zonas de operaciones habituales. Había oído rumores acerca de unas operaciones de alto secreto que la UEE estaba llevando a cabo contra los xi’an. Tal vez el capitán había pensado que aquí tendrían alguna oportunidad de encontrar restos de equipo militar. Siempre pagaban bien. Pero al final, lo que hallaron fue unos cuantos yacimientos de minerales bastante irrisorios y una Cutlass.La nave había sido víctima de uno de esos extraños accidentes en el espacio: un meteoro había chocado contra la carlinga y la nave se había despresurizado al instante. El propietario no llevaba puesto un traje de presión en ese momento; a Gruber le habían dicho que los resultados no habían sido agradables a la vista, aunque él no había tenido ocasión de ver el cadáver. Gruber había formado parte del personal que acudió para efectuar las reparaciones sobre el terreno y poner en funcionamiento la nave. Llevaba a bordo apenas unos cuantos minutos, cuando ya había empezado a sentir la extraña sospecha de que en esa nave había algo raro. Tenía la sensación de que algo estaba mal. Los otros dos miembros del equipo de reparaciones decidieron que Gruber sencillamente estaba siendo supersticioso; al fin y al cabo, alguien había muerto a bordo de esa nave.

Pero no se trataba de eso. Gruber era uno de los que podrían llamarse «expertos» de la compañía en naves de la Drake. Cuando había entrado en la Cutlass por el anillo de atraque y echado un vistazo a su interior, una idea había empezado a rondarle la cabeza. Como casi todas las demás naves clase Cutlass, ésta había sido modificada por su propietario. La bodega ya ni tan siquiera servía para transportar carga; era más bien un pequeño espacio de vivienda. Seguía estando atestada, pero quien quiera que la hubiera reacondicionado, lo había hecho con cierta preocupación por la comodidad. No fue hasta que hubieron remolcado la nave de vuelta que Gruber se dio por fin cuenta de qué era lo que le había estado preocupando. Las paredes de la bodega de carga eran redondeadas. Muy redondeadas. Pero Gruber sabía que las Cutlass no se fabricaban con esa forma. Los demás miembros de su equipo le señalaron en seguida que la nave había sido modificada y reparada varias veces; todos los indicios de eso eran más que evidentes. Gruber no les quitaba razón, pero tampoco logró convencerles de que en esa nave había algo más que simples modificaciones. La nave había sido fabricada con una bodega redondeada. Sabía lo suficiente de ingeniería astromecánica como para darse cuenta de que modificar el casco para que tuviera esa forma habría supuesto una alteración completa del diseño de la nave.

Interior-de-nave-Cutlass-Relatos-escritos

Gruber empezó a tomar las medidas de la nave, fijándose en las sutiles diferencias en el diseño de las aletas delanteras, en cómo el tren de aterrizaje parecía plegarse por debajo de la nave en vez de hacia su interior. Todos los demás seguían burlándose; no era más que una Cutlass modificada, no el descubrimiento del milenio. Había estado a punto de convencerse a sí mismo de que no se trataba de nada más que una Cutlass modificada. Gruber siempre había sido un tecnófilo; siempre le emocionaba aprender cualquier dato nuevo sobre una nave. Suponía que había adquirido esa afición durante el tiempo que pasó en la Armada. Conocer una nave hasta su más mínimo detalle podía permitir descubrir en problema mientras todavía estaba en la cubierta de vuelo y antes de que provocara tu muerte en el espacio. Pero cuando encontró el medallón, su actitud dejó de ser simple curiosidad técnica.

Había estado siguiendo el recorrido de unos cables de distribución de energía (de los que no había duda alguna de que no seguían la configuración habitual) hasta que descubrió la instalación de una caja de empalmes que no tenía conectado ningún cable. Cuando abrió la caja de empalmes, encontró en su interior un pequeño medallón dorado que colgaba de una fina cadena. Lo cogió; su peso ya bastaba para indicarle que era de oro. Cuando abrió el medallón, vio en su interior una pequeña inscripción: «Por los sueños incumplidos y los sueños alcanzados «. Éste no era una objeto que alguien hubiera perdido o extraviado. Alguien lo había puesto dentro de la caja de empalmes deliberadamente. Lo habían guardado allí por alguna razón. Gruber apretó con fuerza el medallón que sostenía en la mano. Durante su carrera en la Armada, había sido oficial de intercepción del radar a bordo de bombarderos clase Gladiator. Había visto pequeños amuletos de buena suerte como éste. Cosas que el personal de vuelo añadía a las naves, totalmente en contra de las regulaciones, evidentemente. Los astronautas podían llegar a ser muy supersticiosos. Los amuletos de buena suerte acababan apareciendo en el interior de carlingas, compartimentos de bombas y puestos de artillero. El compañero de Gruber, el teniente John Velnova, había tenido una pequeña estatua toscamente esculpida de un gato colgada del interfaz de babor. El hijo de John la había esculpido para su padre, y el piloto solía hablar con frecuencia acerca de como el amuleto pasaría a ser una reliquia familiar cuando él estuviera de vuelta en casa. Gruber tenía su propio amuleto de buena suerte, cierto holograma de excelente calidad pero dudoso gusto de una actriz popular. Durante su última campaña, ninguno de los amuletos demostró dar buena suerte cuando su bombardero fue volado en pedazos. La única diferencia fue que Gruber se pasó unos días recibiendo tratamiento médico y luego lo enviaron de vuelta a casa, mientras que Velnova jamás se recuperó de sus heridas. A Gruber no le gustaba recordar esos días, lo poco que se acordaba de ellos. Bajó la mirada hasta su puño cerrado. En ese preciso instante, Gruber se hizo a sí mismo la promesa de que este amuleto sí que volvería a casa.
* * *

Se sentó en la carlinga de su recién adquirida Cutlass. Llevaba varios días discurriendo cuál podría ser su mejor curso de acción. Mientras permanecía allí sentado, jugueteó con los controles, mirando con nerviosismo las lecturas. No le apetecía en absoluto tener que ponerse en contacto con Michaels, pero tampoco se le ocurrían muchas alternativas. Si quería averiguar más cosas sobre la procedencia de la nave, Michaels sería quien podría decírselo. Gruber encendió la unidad de comunicaciones y llamó al Servicio de Aduanas de la UEE. Trató de esbozar una sonrisa cuando el rostro de Michaels apareció en la pantalla.–¡Oskar! Ha pasado mucho tiempo. ¿Cómo estás?

–Estoy bien, Serge. ¿Qué tal te va la vida de inspector?

–Oh, igual que siempre. Informes aburridos seguidos de emocionantes acciones de abordaje –se rió Michaels–. He oído que estás empezando una nueva profesión.

Gruber hizo una mueca.

–¿Stark te lo ha contado?

–Bueno, puede que haya mencionado algo acerca de que te has comprado una nave. Y que después dimitiste. Creo que pudo haber usado las palabrasdemente, obsesionado y rematadamente estúpido.

–Bueno, no compartimos exactamente la misma opinión en lo que respecta a mis decisiones de carrera.

–Ya lo había supuesto. Y hablando de suponer cosas, apuesto a que me has llamado para pedirme un favor.

–Necesito cierta información sobre la historia de la nave que he comprado. El anterior propietario se llamaba Gregori Zharkov. Estaba registrado en Quinton; tengo los números de registro y los códigos de identificación de la nave.

–Oskar, sabes que si te diera alguna información sobre este tema podría considerarse una violación de la confidencialidad.

–El propietario está muerto, Serge. Sólo estoy… tratando de establecer la legitimidad de mi compra. Ya sabes… asegurarme de que no fue robada. O lo que sea.

–¿Seguro que esto no tiene nada que ver con alguna idea loca acerca de que esta nave es algo extraordinario? Stark no dejaba de decir que tú no habías dejado de incordiarle a él y al resto de la tripulación con ciertas ideas descabelladas acerca de que la nave no era normal.

–Maldita sea, Serge, no estoy loco. Hay algo diferente en esta nave. Sólo quiero averiguar más cosas de ella.

–¿Diferente? ¿Qué quieres decir con diferente? ¿Qué has encontrado?

–Bueno… El anillo de atraque, por ejemplo.

–¿El anillo de atraque no es normal?

–Está cinco centímetros descentrado respecto al eje central de la nave.

El rostro de Michaels mostró incredulidad.

–¿Y es por cosas como esa por lo que estás armando tanto jaleo?

Gruber pensó en si tratar de explicarle que las naves clase Cutlass se fabricaban en masa; el proceso de manufactura era siempre el mismo. Reconfigurar la forma del casco para permitir cambiar la ubicación del anillo de atraque era una empresa de gran envergadura. Pero a Michaels no le iban a importar en lo más mínimo este tipo de detalles. A Gruber le pasó por la cabeza la idea de mencionarle el medallón, pero la desechó con la misma rapidez con que se le había ocurrido. Prefería que Michaels pensara que estaba obsesionado a empezar una discusión.

–Mira, Serge, sólo te pido que me hagas un sencillo favor. ¿Vas a ayudarme o no?

Michaels exhaló un suspiro.

–Si no fuéramos parientes, ya habría dado esta llamada por terminada.

El rostro de Gruber se iluminó

–Pero somos parientes –dijo sonriendo.

–Envíame los datos que tienes sobre la nave y dame unos cuantos días. Veré lo que puedo averiguar. Y me deberás una.

–Lo sé. Te lo agradezco.

–Y llama a tu tía cuando sea su aniversario. Estoy harto de oírla quejándose.

–Lo haré.

Gruber se echó hacia atrás en la silla del piloto mientras la unidad de comunicaciones se apagaba. Tras un corto lapso de tiempo, se levantó y salió de la carlinga para dirigirse hacia la bodega de carga. Pensó en qué necesitaría enviarle a Serge; probablemente lo mejor iba a ser limitarse a enviar la información de registro que la compañía de recuperación había logrado encontrar sobre la nave y su anterior propietario. No era gran cosa, pero Gruber sabía que bastaría para darle a Serge un rastro que pudiera seguir. Serge era muy bueno a la hora de encontrar información; después de todo, su trabajo consistía en seguirle el rastro a naves y cargamentos.

Gruber pensó en lo que sabía sobre la nave. No era mucho, pero conocía unos cuantos detalles. El informe de la operación de recuperación la clasificaba como una «nave de exploración», pero eso no era estrictamente cierto. Oh, sí, había sido reacondicionada para emprender largos viajes por el espacio. El motor de salto era claramente una modificación postventa. A la torreta superior se le habían retirado todas las armas y sustituido por un conjunto de sensores bastante sofisticado. Pero Gruber se había leído el cuaderno de bitácora del anterior capitán. Sabía que estas modificaciones eran algo más que ayudas para la exploración. Gruber caminó hasta un pequeño terminal de trabajo que había sido instalado en el lado de babor de la bodega de carga. Puso en pantalla él cuaderno de bitácora y volvió a leer una de las entradas.

Xander cree que estoy loco, pero aun así me permitió que le comprara su parte de la compañía. Sinceramente, llegados a este punto no me importa lo que Xander o cualquier otro puedan pensar. Llevo mucho tiempo trasteando las entrañas de este trasto. El último reequipamiento está completo. Según mis cálculos, a partir de ahora voy a poder estar ahí fuera durante casi un año entero sin tener que volver a atracar en ningún sitio si no me apetece. Con las ganancias de los derechos sobre los yacimientos minerales de ese cinturón de asteroides, y los honorarios por el descubrimiento de esa anomalía, el dinero no va a ser ningún problema. Creo que eso es lo que más asusta a Xander respecto a toda esta idea. Él todavía es joven, tiene ganas de fortuna y gloria. Yo ya no lo soy. Sólo quiero alejarme de todo. He cambiado los estatutos de la compañía. Técnicamente, ahora se trata de una empresa de exploración mercantil. Pero todo el mundo sabe que la exploración no es realmente el objetivo. Sólo quiero alejarme de todo. Quiero volver a saborear la libertad.

Eso es lo que esta nave representa para mí: libertad. No tengo que ir a ningún sitio al que no me apetezca ir; ni siquiera necesito salir de la nave. Ya sé que las condiciones de vida no van a ser precisamente las más cómodas, pero he visto cómo son los bloques de viviendas que tienen en algunos de esos planetas fronterizos. Las condiciones de vida que tengo a bordo parecen un paraíso comparadas con las de algunos de los lugares donde la gente se las apaña para sobrevivir. Es mejor que viaje solo. Creo que podría conseguir que el soporte vital fuera capaz de mantener a dos personas viviendo a bordo, pero, ¿quién me acompañaría? Xander seguro que no. Incluso aunque dispusiera de espacio, no me gustaría tenerlo aquí. Hemos hecho tantas rutas de transporte de carga juntos que la idea de tener que pasarme meses enteros atrapado con él dentro de una misma nave sería suficiente para volverme loco de verdad.

Gruber comprendía los sentimientos de Zharkov. Utilizando el terminal fue reuniendo toda la información que le parecía que podría resultar útil para averiguar la historia de la nave y se la envió a Michaels. Mientras estaba sentado frente al terminal, Gruber empezó a notar de nuevo esa sensación de que algo no encajaba. Se quedó varios minutos contemplando el interior de la bodega de carga y luego cogió un tablero de datos y un medidor láser. Caminó lentamente por la bodega en dirección hacia la carlinga y se detuvo ante la puerta del mamparo. Hizo unas cuantas mediciones y luego añadió un comentario a la lista que mostraba el tablero de datos. «El asiento de babor está unos 50 centímetros más alejado de la compuerta de carga». Asintió para sí mismo y regresó al terminal. Lo más probable es que se estuviera obsesionando por minucias, pero servía para mantener su mente ocupada.

Gruber había hecho una búsqueda en la computadora y el cuaderno de bitácora de la nave. En el ordenador no había podido encontrar mención alguna al medallón. El cuaderno de bitácora tampoco le había revelado dónde había adquirido la nave Gregori Zharkov. Pero había algunas pistas acerca de lo que Zharkov había hecho para modificarla. A medida que Gruber seguía leyendo entrada tras entrada, una de las primeras le llamó la atención.

Cuando compré esta nave, ya sabía que carecía de armas. Eso no me representaba ningún problema; de todas formas, no estoy entrenado en el manejo de armas pesadas. Pero diría que en el pasado estaba equipada con cacharrería bastante potente. Alguien le metió mano y le desinstaló todo; y lo hicieron de forma bastante rápida y descuidada. Las cápsulas de armamento delanteras muestran unas líneas de corte bastante chapuceras donde se retiraron los puntos de montura. Y voy a tener que hacer reconstruir todo el montaje de la torreta superior. Cortaron todos los cables de alimentación que llevaban a ella y creo que el sistema de control está bastante cascado. Ahora que pienso en ello, se me ocurre una idea. El sistema de maniobra sigue intacto y funcional. Y además es un sistema bastante bueno; el poco rato que pude pilotarla ya me lo dejó bien claro. Me pregunto si podría conseguir uno de esos nuevos conjuntos de sensores AS. Se supone que son bastante compactos. Podría instalar en la torreta la cápsula de sensores en vez de armas. Aprovechar la maniobrabilidad de la nave para ponerla en posición para escanear. Y aprovecharla también para salir pitando si los escáneres me muestran algo que no me gusta. Me llevará algún tiempo instalarlo todo, entre las dos siguientes rutas y esa excavación que tenemos previsto hacer en Odín. Pero es sin lugar a dudas una opción a tener en cuenta.
Conozco a un montón de gente que no tiene muy buena opinión de las Cutlass. Demonios, la compré porque era barata y podría utilizarla como piezas de repuesto si todo lo demás iba mal. Pero ahora que he tenido la oportunidad de trabajar en ella, creo que hasta ahora sólo había oído las cosas malas. Es cierto que no es ninguna belleza, ni tampoco tecnología ultramoderna. La han desguazado, ha sufrido daños y no ha recibido el mantenimiento necesario. Pero sigue pudiendo volar por el espacio. Eso dice mucho de una nave capaz de sufrir este tipo de abuso y abandono y seguir adelante. Una nave capaz de encajar todo este castigo es una nave en la que puedes confiar cuando sólo estás tú y el vacío. Creó que iré a visitar a Ravvie en los astilleros. Hace mucho tiempo que él y yo no tenemos una buena charla. A lo mejor ese plan que yo tenía de utilizar una Lancer va a tener que sufrir unos cambios.

Gruber trató de imaginar el estado que tendría la nave cuando Zharkov se la encontró por vez primera. Las entradas del cuaderno de bitácora le daban una buena imagen del aspecto que tendría: prácticamente desguazada, reducida a poco más que el fuselaje. Fuera lo que fuera lo que le había sucedido, se habían asegurado de quitarle todas las piezas aprovechables. Gruber paseó la mirada por la bodega. Se levantó y empezó a caminar en dirección a la carlinga. Luego se lo pensó mejor y dio la vuelta para encaminarse hacia la popa de la nave, bajar la rampa de carga y salir al exterior. Empezó a dar vueltas en torno a la nave. Mientras caminaba, iba pensando en las anotaciones escritas en el diario. Podía ver algunas de las señales de soldaduras y cortes en los sitios donde los sistemas de la nave habían sido reconstruidos, pero en términos generales, Zharkov había realizado un trabajo excelente a la hora de reparar la nave. No podía decirse en modo alguno que acababa de salir de la fábrica, pero a decir verdad, la mayoría de las Cutlass no duraban más de un mes sin que se las modificara para alguna tarea concreta. Eso era parte del atractivo de la nave, que la propia Drake Interplanetary se encargaba de fomentar. Bueno, eso y el precio, se dijo Gruber para sus adentros. Mientras seguía trazando círculos alrededor de la nave, alzó la mano y empezó a recorrer el fuselaje exterior del casco. Era una buena nave, sin importar lo que Stark o Michaels pudieran pensar, o cualquier otra persona para ese caso; él sabía que era especial.Gruber se pasó los dos días siguientes esperando a que Michaels se pusiera en contacto con él. Se quedó en la nave durante todo ese tiempo, paseando por su interior, asegurándose de que podría viajar por el espacio. A decir verdad, no podía dejar de pensar en los diarios de Zharkov. El interior de la Outbound Light era pequeño y atestado, pero también era cómodo. Su propio apartamento, un pequeño piso de dos habitaciones en mitad de un conjunto de viviendas cerca del espaciopuerto, era mucho menos espléndido. Quedándose a bordo de la nave se sentía más «en casa» que en su propio hogar.

Mientras esperaba la llamada, pasó más tiempo leyendo el diario. La mayor parte de él era bastante aburrida; entradas sobre planificación de rutas, datos de barridos con sensores, algo de información sobre recargas de combustible o suministros. En algunas ocasiones, no obstante, Zharkov había escrito algo más que frases cortas. Gruber halló otra entrada que despertó su interés.

El motor cuántico es pura chatarra. Ravvie ló revisó. Dice que no vale nada, y yo estoy de acuerdo. Parece que ni tan siquiera era gran cosa cuando funcionaba. Sinceramente, casi parece que le faltaba potencia para la nave en que está instalado. Lo que está claro es que no podía usarse para viajes largos. Ravvie me ha dicho que no es el motor que viene de serie. Pero sea el que sea, tiene que cambiarse por otro. Si sigo con este descabellado plan mío, tendré que cerciorarme de que los motores son más adecuados para mis fines. No sirve de nada tratar de ser un explorador si no puedes viajar más allá de los lugares que todo el mundo ya conoce. Me llevará algo de trabajo, y probablemente también una buena cantidad de dinero, pero creo la nave podrá tener capacidad de salto dentro de seis meses. Quizás más tiempo. Depende de cómo fluctúe el mercado en las próximas semanas.

A pesar de todo, cuanto más tiempo me paso trabajando en la nave, mejor me siento. Llevaba mucho tiempo sin sentirme tan bien. Es estupendo poder tener en tus manos algo con semejante potencial y ver como ese potencial se hace realidad. Xander comentó que se pensaba que yo iba a comprar una Freelancer. No me he molestado en corregirle. No hay ninguna duda de que me vendría con mil razones por las que es una mala idea reequipar una Cutlass para este tipo de trabajo. Ya hizo exactamente lo mismo cuando le mencioné la Freelancer. Estoy seguro de que si pudiera entregarle las llaves de su propia Idris, todo lo que haría sería quejarse de las tasas de atraque.

Aun así, lo del motor cuántico es bastante raro. No estoy seguro de cuál puede ser la causa de semejante sobrecarga. Incluso aunque le hubiera faltado algo de potencia, no tendría que haberse fundido como lo hizo. Y tratar de encontrar un repuesto parece cada vez más difícil. Sé que a lo largo de los años se han fabricado unas cuantas variantes de Cutlass, pero parece que sea imposible averiguar cuál es exactamente de qué modelo es la mía. Sus especificaciones no coinciden con los datos que la Drake publica, y las Guías Thorn tampoco me han sido de mucha ayuda. Pero en cualquier caso, este vieja dama debe haber pasado por un montón de cosas. De eso me doy cuenta con sólo mirarlo. Tiene modificaciones por todas partes. Supongo que en realidad tampoco importa cuáles eran sus especificaciones originales. Ahora es mi nave, y conseguiré que funcione de fábula. Y necesitará un nombre. Un buen nombre. Algo digno del sueño de un vejestorio.

Gruber deseó haber podido tener la oportunidad de hablar con Zharkov sobre la nave. En cierto modo, leer los diarios del difunto le daba a Gruber cierta idea de cómo pensaba y cuál había sido carácter. Pero no se podía comparar con poder sentarse a charlar con él cara a cara. La investigación que Gruber había realizado en los sistemas de la nave le había mostrado que todos los daños que pudieran haber estado presentes en ese momento habían sido totalmente reparados. Gruber sabía que el motor de salto ahora era plenamente funcional; lo habían utilizado para traer la nave de vuelta. La torreta de sensores lo más probable es que ahora funcionara igual de bien. De hecho, el único problema que había tenido la nave eran los daños en la carlinga. El personal de reparaciones de la compañía de recuperación se había encargado de arreglar eso, aunque lo habían hecho del modo más barato posible para maximizar los beneficios de su venta. Gruber se sintió mejor al enterarse de que Zharkov también se había percatado de las discrepancias en su nave, aunque el anterior propietario no les había otorgado el mismo nivel de importancia que él.

En la mañana de su tercer día de espera, Michaels se puso en contacto con Gruber.

–Oskar, tengo algo de información sobre esa nave tuya –mientras hablaba, el rostro de Michael parecía preocupado–. Pero no estoy seguro de si es tan buena idea seguir investigando.

–¿Por qué? –preguntó Gruber–. ¿Qué has encontrado?

Michaels soltó un suspiro.

–Bueno, la nave fue registrada, como tú has dicho, en Quinton. Zharkov parece que era el único propietario de una pequeña empresa, y la nave era una de sus propiedades. Normalmente la posesión de la nave revertiría a la compañía. Pero Stark conoce bastante bien la ley del almirantazgo. Su reclamación como material recuperado fue cumplimentada a la perfección, por lo que tomar posesión de la nave y venderla fue algo completamente legal. Puesto que no puedo encontrar ninguna mención a algún familiar de Zharkov, o algún socio en su compañía, parece que es tuya sin ninguna duda.

Gruber parecía impaciente.

–Sí, todo eso ya lo sé. ¿Pero cuál era la procedencia de la nave?

Michaels volvió a suspirar.

–Seguí su rastro hasta un almacén de la UEE de material incautado. Todo parece indicar que Zharkov la adquirió como material recuperado por la Fiscalía.

Gruber pasó de estar impaciente a sentirse confuso.

–Pero la Fiscalía no utiliza naves de la compañía Drake.

–Ya lo sé. Se apoderaron de ella durante una redada.

–¿Una redada? ¿Una redada contra quién? ¿O contra qué?

–Parece ser que la Fiscalía la obtuvo de una banda de piratas con bastante mala fama llamada los Redjack Dragoons. No me preguntes de dónde viene el nombre. Hace unos cuantos años eran una panda bastante infame; causaron todo tipo de problemas a las fuerzas de la Fiscalía en el territorio donde actuaban. Pero la mayoría de ellos están ahora muertos o van de por libre. Tratar de averiguar la historia de una nave que ha estado en manos de piratas es casi imposible. Cambian los nombres y registros de sus naves con tanta frecuencia que la mitad de ellas son en realidad ficticias. Es inútil tratar de averiguar más cosas.

El rostro de Gruber mostraba desesperanza.

–Pero tiene que haber alguna pista que poder seguir, ¿no? Quiero decir que, aunque ahora estén muertos o actuando en solitario, alguno de esos piratas tuvo que ser interrogado. Habrá informes, o cosas de las que habrá alardeado, o algo parecido.

Michaels meneó la cabeza.

–El único que fue sometido a algún tipo de interrogatorio es James Quister. Da la casualidad de que era el líder de la jauría; la Fiscalía tuvo que esforzarse al máximo para atraparlo con vida. Ahora está pudriéndose en una prisión en Lorona. Nadie le preguntó por la nave cuando lo capturaron, y no creo que haya nadie en la Fiscalía al que vaya a importarle una Cutlass –Michael hizo una mueca de diversión –con un anillo de atraque inusual.

Gruber clavó la mirada en la pantalla de comunicaciones.

–Si hay alguien que pueda saber cómo consiguieron los piratas esa nave, tiene que ser el alfa de la manada –Gruber volvió a pensar en los comentarios escritos por Zharkov en su diario–. Y seguro que se acuerda de esta nave. Estoy seguro de que se acordará. Todo lo que hace falta es que alguien vaya a preguntarle.

Michaels se quedó atónito.

–¿Preguntarle? No tengo ninguna influencia con la Fiscalía. Y Quister no va a admitir nada que pueda implicarle en más crímenes. Oskar, la nave es tuya, no hay ninguna duda al respecto. Olvídate de todo el asunto.

Gruber apartó la mirada de la pantalla y estudió la carlinga de la Outbound Light.

–Bueno, ahora tengo una nave,. Supongo que tendré que ir a preguntárselo personalmente.

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

 

La entrada Perdido y encontrado de Charles Duncan – Capítulo 1 aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/perdido-y-encontrado-de-charles-duncan-capitulo-1/feed/ 1 471
No siempre llueve a gusto de todos (parte 7) https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos-parte-7/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos-parte-7/#respond Sun, 24 Jan 2016 20:47:02 +0000 http://relatosescritos.com/?p=411 No siempre llueve a gusto de todos (parte 7) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 7) Bill caminó lo más rápido que pudo. Sus piernas temblaban como si estuvieran hechas de gelatina. Cuanto más tiempo estuviera huyendo de la policía, más satisfecho estaría el cabrón de Jimmy. Así no atacaría a su mujer. Empezaba a pensar como el psicópata. Metió la mano […]

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 7) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
No siempre llueve a gusto de todos (parte 7) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 7)

Bill caminó lo más rápido que pudo. Sus piernas temblaban como si estuvieran hechas de gelatina. Cuanto más tiempo estuviera huyendo de la policía, más satisfecho estaría el cabrón de Jimmy. Así no atacaría a su mujer. Empezaba a pensar como el psicópata.

Metió la mano en su bolsillo y rebuscó. ¿Qué tenía para esconderse? Sostuvo en la mano lo que acababa de sacar del bolsillo. Un pañuelo usado, un paquete de chicles, 38 centavos y su cartera de piel negra. Ni rastro de las llaves del coche. En aquella gasolinera perdió el conocimiento cuando Jimmy lo golpeó con el surtidor. Pudo robarle las llaves en ese momento. Una repentina imagen mental, hizo que recordara que su coche no estaba fuera cuando logró escapar del sótano. Jimmy podría estar usándolo. Otra pista más para que la policía fuera a por él. Abrió su cartera. Dentro había dos tarjetas de crédito. No había ningún rastro en el monedero que indicara que la policía lo hubiera investigado a fondo. Por fin un golpe de suerte en esta historia. No se había alejado demasiado del hospital y caminaba por una avenida amplia con gente corriendo en todas direcciones. Se acercó a la pared y se apoyó contra ella para ocultar lo que estaba haciendo. Agarró un pequeño hilo bajo el hueco para las tarjetas. Tiró de él y practicó una abertura hacia las entrañas de la billetera. La cartera estaba compuesta por dos piezas de piel unidas entre si. Bill había creado un compartimento oculto al que accedía a través de esa brecha descosida.

Metió la punta de los dedos y palpó el interior. Suspiró aliviado al notar el tacto del papel dinero. Un total de 4.500 dólares ocultos a la vista. Bill los había escondido en ese hueco para pagar los médicos necesarios para el aborto, sin que su mujer lo viera. La operación apenas costaba 400 dólares, pero no quería dejar sin nada a Patricia. Se sentía culpable. No iba a limpiar su alma con dinero, pero pagaría algo de paz cuando la jovencita se lo agradeciera. Nunca llegaría ese momento y el tormento de Billy no se limpiaría con dinero. Gracias Jimmy. Metió la cartera en el bolsillo y volvió a caminar renqueante.

Si iba a ser un fugitivo durante un tiempo, necesitaría más dinero. Sacó las tarjetas y caminó durante diez minutos hasta que encontró un cajero. Aun tenía algo de tiempo hasta que todas las pistas lo señalaran. Podía permitirse mostrar su cara y posición de nuevo a la policía cuando revisaran los movimientos de la tarjeta y las cámaras de seguridad. Sacó la tarjeta de crédito, la partió por la mitad y la tiró por un sumidero al alcantarillado antes de entrar por la puerta del cajero. Saludó a la cámara. La policía revisaría las filmaciones, así que mejor salir con su mejor sonrisa. Sacó la tarjeta de débito e hizo cálculos. Compartía cuenta bancaria con Elizabeth, su mujer. Ahora mismo tenían ahorrados 65.000 dólares. Gracias a ese comportamiento de cigarras, había podido sacar los 4500 dólares sin que Elizabeth lo notara.

Llevaban un matrimonio sin vitalidad. No viajaban, no tenían hijos, no salían a cenar fuera y por supuesto no follaban. Eso no significaba que no la quisiera; la amaba con toda su alma. Una muestra de ello era convertirse en fugitivo y pensar en no dejarla sin blanca antes de desaparecer. Con esos pensamientos justificó los actos que lo habían llevado a este lugar. Se dio cuenta de que tal vez se mereciera haberse encontrado de frente con Jimmy. Por ser un hijo de puta sin escrúpulos capaz de ponerle los cuernos a su mujer y obligar a una chiquilla a abortar. Pero Elizabeth no se merecía esto. La justificación de sus actos se desmoronó al instante y sus piernas casi cedieron al darse cuenta del tipo de persona que era. No se rendiría. Atraparía a ese psicópata aunque lo perdiera todo en el camino. Jimmy jamás llegaría a matar a su mujer. 6.000 dólares serían suficientes. Sumados a sus 4.500 dólares hacían un total de 10.500 dólares. Suficiente para desaparecer del mapa durante unos cinco o seis meses sin llamar la atención. Si no encontraba a Jimmy en ese tiempo, la policía lo encontraría a él. Así que no era necesaria una cantidad mayor.

Había manchado con su sangre la pantalla. Tenía que empezar a concentrarse en lo que hacía si quería salir de esta. Metió los billetes en el otro bolsillo y salió del cajero. Era momento de pensar a dónde tenía que ir en primer lugar. Hacía media hora que había escapado del hospital. Probablemente tendría dos horas como mínimo antes de que alguien se diera cuenta de que había desaparecido y otras veinticuatro horas antes de que la policía lo señalara como culpable y fugitivo. Antes de acusarlo tendrían que encontrarlo y hasta pasadas veinticuatro horas, no podía darse a nadie por desaparecido. Una vez hubiese sido dado oficialmente por desaparecido, empezaría la caza. Eso le daba casi dos días de ventaja. En primer lugar tendría que alejarse de la ciudad de El Paso lo antes posible. Era una ciudad pequeña con mucha inmigración de Méjico. Muchos ojos que detectaban a un blanquito como él de un simple vistazo.

Elevó el brazo y llamó a un taxi. El vehículo bajó la velocidad y subió sobre el arcén. Bill entró detrás sin mediar palabra. El conductor era un mejicano orondo. Su cara estaba atravesada por una enorme sonrisa y restos de una barba afeitada hacía unos días. Una camisa de cuadros con manchas circulares denotaba su pasión por la comida rápida.

— ¿A dónde vamos amigo? —El conductor tenía un marcado acento mejicano.

Hola. —Dijo Bill en español.

Vaya con el chamaquito blanco. Qué agradable es que se vayan acostumbrando al idioma de nuestros querido Estados Unidos. Pues, ¿a dónde vamos compadre?

Bill no sabía a dónde tenían que ir. Debido a su trabajo conocía la zona de pasada, pero siempre llevaba el móvil para orientarse con google maps. La geografía era un infierno para él. Mierda.

— Al norte. —Dijo en inglés.

Al norte pues. Dígame amigo, ¿alguna preferencia? —El conductor mezcló español e inglés.

— Por la nacional 10. Tengo una reunión en la siguiente ciudad, pero no recuerdo bien su nombre.

— ¿Puede que sea Las Cruces?

— Claro. Eso era. ¿Cuánto me costará el viaje?

— Poco amigo, poco.

— Poco o mucho son conceptos muy personales.

— Pues … Veamos. Puede que por 50 dólares ya estemos allí.

— 50 dólares, son muchos dólares.

— No mames wey. Vengo de Méjico. Distingo a un hombre que hace negocios de uno que hace negocios.

— Pues entonces sabes que los que hacen negocios son personas a las que no tienes que torear.

— Estás bien jodido chamaquito. Se te ve en la cara. No sé en qué clase de lío te has metido, pero no tienes aspecto de mala persona. Podemos hacer una cosa. Me pagas 100 dólares. Te llevo hasta Las Cruces y a la vuelta dejo mi boquita bien cerradita. ¿Te parece un buen trato wey?

— Ahora 100 dólares, me parecen pocos dólares. Si consigo que así te quedes callado.

El taxista soltó una larga carcajada.

— Pues vaya un comerciante chingón nos has salido. Seguro que te ganas la vida de vender cosas que otros no quieren.

— Me has calado desde el primer momento. Te pagaré 120 si eres capaz de mantener la boquita cerradita también a la ida.

— Trato hecho, pues.

El conductor chocó la mano con Bill. Subió la ventanilla y encendió el aire acondicionado. Sería un viaje muy largo. Arrancó el coche y lo bajó del bordillo. Como parte final del ritual encendió la radio.

«Tras un fallo en el suministro eléctrico del hospital de Providence todo parece haber vuelto a la normalidad. Recordemos a la audiencia que el hombre rescatado de la explosión en la gasolinera entre Salem y Las Cruces fue traslado a dichas instalaciones.»

Bill puso cara de póker al escuchar la noticia. Vio los ojos del conductor en el retrovisor interior, mirándolo directamente. La sonrisa del mejicano seguía plantada en su cara.

Pasaron junto al letrero que marcaba el límite de la ciudad de El Paso. Bill pensó en las palabras de la radio. Entre Salem y Las Cruces. No podía preguntarle dónde estaban esos lugares al conductor, bastante rastro estaba dejando para la policía hasta el momento. La gasolinera estaba en medio. Su infierno empezó en ese lugar en el que habitaba la muerte. Era la casa de ese jodido cabrón. Era el lugar a donde iría.

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 7) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos-parte-7/feed/ 0 411
No siempre llueve a gusto de todos (parte 6) https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos-parte-6/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos-parte-6/#respond Fri, 22 Jan 2016 12:23:39 +0000 http://relatosescritos.com/?p=407 No siempre llueve a gusto de todos (parte 6) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 6) Los policías acababan de salir de la sala a la carrera. Bill sabía que ese asesino iría a por su mujer. Estaba seguro que destrozaría a cada persona que le rodeaba antes de ir a por él, para torturarlo. Apretó el móvil y se enderezó. Apoyó […]

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 6) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
No siempre llueve a gusto de todos (parte 6) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 6)

Los policías acababan de salir de la sala a la carrera. Bill sabía que ese asesino iría a por su mujer. Estaba seguro que destrozaría a cada persona que le rodeaba antes de ir a por él, para torturarlo.

Apretó el móvil y se enderezó. Apoyó un primer pie. Notó cómo le temblaban las piernas sin haber apoyado todo su peso sobre ellas. Respiró hondo y se preparó para empezar a caminar. El suelo se movía como una colchoneta elástica. Abrió los brazos como un ave para intentar mantener el equilibrio, pero aun así caía hacia delante. Trastabilló hacia delante para evitar caer. Los tubos del gotero parecían perseguirlo; se tensaron y salieron volando. Notó un fuerte pellizco en el brazo y apretó los dientes para evitar gritar. Chocó contra la puerta de entrada. A su izquierda un armarito de metal, a su derecha el baño. El aparato que medía su frecuencia cardíaca seguía sonando con un pitido constante. Había logrado evitar caerse al suelo. Sus piernas temblaban bajo su peso y sus manos adheridas al pomo de la puerta se teñían con la sangre que caía de la pequeña herida en su brazo, donde estuvo puesta la vía del gotero.

Volvió a respirar hondo. El único cable extendido que aun permanecía pegado a su pecho era el que controlaba sus latidos. Era la alarma que haría venir corriendo a las enfermeras si dejara de sonar, aunque sospechaba que tendría varios minutos antes de que se produjera la estampida de cuidadoras. Apoyó su mano contra la pared para sostenerse y reunió fuerzas para acercarse al lavabo. Elevó su pierna derecha. Sentía que levantaba un peso muerto.

Es tu cabeza. Estás bien.

Si se convencía a si mismo podría hacerlo. La pierna cayó a plomo sobre el suelo.

Está bien. Ahora la siguiente. Es sólo un problema sicológico. Ya te han curado.

Notó que su pierna no se movió. Enfadado, la arrastró por el suelo.

Vamos gilipollas. Camina.

Eso último funcionó mejor que todo lo anterior. Sus piernas respondieron. Inició la larga marcha. Atravesó la puerta del baño sin necesidad de sujetarse. Cada vez se movía con más soltura. Le costaba moverse porque sus músculos habían estado quietos durante demasiado tiempo. Recuperaría el tono muscular en unas horas, un día como mucho.

Encendió su móvil y activó la opción «Ajustes de fábrica», así se borrarían todos los datos guardados. Abrió la tapa trasera del móvil y extrajo la pila. Tiró de la tarjeta y la arrojó al wáter junto a la batería. Tiró de la cisterna. Luego golpeó el móvil contra el grifo. La pantalla se quebró. Trozos de cristal se mezclaron con la sangre que aun goteaba de sus manos. Abrió el grifo para limpiarlo y tiró los restos. Esos eran todos sus conocimientos de espía que había aprendido viendo películas. Estaba perdido.

Eso fue lo que me contó y así lo puedo relatar.

Permítanme que me presente. Mi nombre es Stephen Leviathan. Mi profesión probablemente sea la de juntar palabras, escritor. Desconozco si fue fruto de la casualidad, el destino o tal vez un hecho premeditado, pero Bill (el falso nombre que el protagonista de esta historia decidió que iba a tener) me transmitió los hechos y me pidió que los contara tal y como pasaron. Cruzarme con Bill ha hecho que me habitúe a beber dos copas de whisky para desayunar, alrededor de siete a ocho cafés para mantenerme despierto y dos barbitúricos cuando estoy en la cama para poder conciliar el sueño. El terror de que Jimmy me encuentre antes de poder publicar este texto me produce escalofríos; pero mi labor me parece lo suficientemente importante como para sacrificarme. Además, tener este testimonio escrito sería la única prueba de la existencia de ese maníaco. Perdonen el cambio de tono en la narrativa, pero los nervios han hecho aflorar mi verdadera personalidad. Procederé a un breve resumen de mi encuentro con Bill y volveré a la narración en el punto en que la dejamos.

Durante años fui jefe de obra. Un oficio que no me dejaba tiempo para pensar. Fueron años poco destacables y los borré de mi memoria como si los hubiera tirado a la basura. Tras quedarme en paro debido a un accidente laboral, en soledad, sin salario y sin objetivos vitales, me senté delante del ordenador y tecleé mi rabia. Así escribí mi primera novela, que autoedité. Me dio un sustento y habituado a permanecer horas oculto detrás de un trabajo, fue sencillo producir suficientes textos como para poder ganarme la vida. Fui columnista, bloguero freelance, mantuve redes sociales y publiqué un total de 23 novelas cortas que me dieron de comer durante los siguientes ocho años.

Todo se frenó en seco cuando conocí a Bill en aquella cafetería. Me gusta escribir en lugares públicos, porque con la cantidad de horas que trabajo es la única manera que tengo de socializar. Entró respirando bocanadas de aire para mantener su corazón activo. Vestía como un mendigo y parecía huir. Miró en derredor. Antes de que la camarera pudiera echarlo, me sostuvo la mirada (era la única persona que le prestaba atención) y se acercó hacia mi. Entablamos una conversación y le creí. Eso provocó mi caída en la espiral de desesperación en la que vivo ahora. Me contó su historia con Jimmy en la gasolinera y cómo el chiflado quería inculparlo de los asesinatos que había cometido. Bill era un hombre de unos cuarenta años, fofo y con una vida que me recordaba a mi pasado como jefe de obra. Su cuento era convincente. Tal vez me había contado todo esto para liberarse y la fortuna le había puesto frente a mi. Lo desconozco. Cuando descubrió a qué me dedicaba se le iluminó la cara.

— Te escribiré una carta cada semana y la mandaré a esta cafetería. Sin remite. No te pienso mandar correos electrónicos. Son rastreables y necesito encontrar a ese asesino sin que la policía de conmigo. Tu consigues una buena historia para contar. Tanto si me crees, como si no, te estaré dando material publicable, así que es un buen trato.

Esa parte era inverosímil. Hasta que contrasté la información que me enviaba en papel, con la que leía en medios digitales y en la televisión. Entonces me di cuenta de que mi vida corría peligro. Cada vez que recojo ese sobre en la cafetería, siento los ojos del psicópata mirándome. Siguiéndome hasta mi casa. Las noches en silencio son un insomne infierno inacabable. Cada mañana compruebo que los objetos no se han movido. Siento como pierdo la cordura día tras día. Si no publico la historia antes de que me encuentre, borrará toda pista de su existencia. Ese asesino en serie se saldrá con la suya.

Así que volvamos a la habitación del hospital.

Bill supo lo que debía de hacer. Tenía que lograr salir vestido por el pasillo sin que ninguna enfermera le prestase atención. Le costaba caminar y en en momento en que se desenchufara de la máquina que medía su pulso saltaría la primera alarma. Tenía que conseguir distraer a todas las enfermeras y médicos de la planta. Miró su pecho. El cable estaba unido a una pegatina redonda pegada en su pecho; caía hacia el suelo y zigzagueaba por encima de las losas blancas hasta la máquina, que estaba enchufada a la vez a la corriente eléctrica. La siguiente media hora la dedicó a caminar de lado a lado de la habitación para tonificar su musculatura. En el momento en que saliera por la puerta de la habitación, tendría que hacer su mejor actuación de hombre sano. Sin sujetarse a las paredes o caer al suelo. Cuando ganó seguridad, le dolía cada músculo del cuerpo y se sentía completamente agotado. Pensó en cómo Jimmy había logrado recuperarse de lo mismo y seguía destruyendo su vida. Se vistió con esa idea en la cabeza. Si el jodido cabrón podía, él también. Cuando terminó de calzarse, buscó en la habitación algo afilado con lo que llevar a cabo la segunda parte de su plan.

De niño le habían regalado un pequeño cochecito con un motor. Bill lo arrastraba marcha atrás por el suelo y el juguete salía disparado hacia delante. Era curioso, así que quiso saber cómo funcionaba ese aparato. Cuando era pequeño no existía internet y se decía que el mundo se movía gracias a la electricidad. Abrió el coche y trató de entender cómo generaba electricidad. El motor era extraño y tenía un par de cables. No entendió cómo funcionaba, así que extrajo los cables dejando un cabo unido al aparato. El motor seguía sin funcionar. Conectó los dos cabos que tenía en la mano a un enchufe esperando que si el motor tenía electricidad pudiera verlo funcionando y así lo entendería. Los fusibles saltaron y Bill recibió una bofetada de su madre porque cuando se apagó el televisor creyó que había explotado. Aprendió que si conectas un circuito cerrado a un enchufe, hace que el sistema se alimente a si mismo y eso produce que los fusibles salten para evitar que el cableado se queme. Un hospital tiene sistemas de seguridad que evitan que las máquinas que mantienen con vida a los pacientes se apaguen sin más. Pero la alarma que se produce es tan grande, que un tipo como Bill haciendo eses por el pasillo no llamaría la atención.

En la bandeja de la comida tenía un cuchillo de punta redondeada. Lo sostuvo en la mano izquierda y con la derecha agarró el cable pegado a su pecho. Tomó aire. En el momento en que se lo arrancara, empezaría la cuenta atrás. Tres, dos, uno. Se arrancó la pegatina y separó los cables. Uno. Los puso contra el piecero metálico de la cama y empezó a rasparlos. Dos. El cuchillo apenas tenía filo y resbalaba por la cobertura de plástico sin conseguir mostrar el cobre del interior del cable. El cardiograma de la máquina mostraba una larga línea recta. La alarma había saltado en la sala de enfermería. Tres. Lo mordió y consiguió hacerle una marca para apoyar el cuchillo. Cuatro. Volvió a apoyarlo contra el metal y peló el cable. Cinco. Le parecía escuchar las enfermeras gritando, con el desfibrilador en la mano. Corrió hacia el enchufe con los cables pelados. Sus piernas le fallaron y cayó contra el suelo. Seis. No desenchufó la máquina, tenía que conseguir un circuito cerrado. No había pensado en ello. Por suerte, al lado había otros dos enchufes libres. Respiró y preparó los dos cables pelados para introducirlos en los agujeros de uno de ellos. Siete. Cuando metió los cables saltó un chispazo y las luces se apagaron. Escuchó gritos fuera de la habitación. Un segundo más tarde volvió la luz. Se incorporó sin pensar en el dolor y caminó decidido hacia la puerta. Agarró el pomo manchado de sangre, la abrió y salió con la cabeza alta. El pasillo era un hervidero de gente en bata blanca corriendo de un sitio a otro. Un par de enfermeras lo miraron directamente, pero en medio del caos lo ignoraron y dejaron que se fuera sin más.

Arrastraba el pie derecho. En la puerta de los ascensores había varios familiares con cara de miedo. Susurraban que había algún problema. No se iban a ir dejando solos a los pacientes.

Ding.

El ascensor abrió sus puerta. Bill vio que estaba en una décima planta. Imposible bajar por las escaleras en su situación. El grupo de gente no se movía. Empujó a un par de personas y pasó al interior. Marcó la planta baja y preguntó a la gente que esperaba fuera si querían entrar. Todo el mundo permaneció quieto. Las puertas se cerraron. En el telediario de la noche, algunas de las personas que lo vieron, garantizaron que Bill sonreía. Nadie en el hospital sirvió como testimonio para saber por dónde había escapado Bill. Las cámaras mostraban a una persona cojeando salir del hospital por la puerta principal sin que nadie le prestara atención. Efectivamente, las imágenes mostraron que en ese momento sonreía de oreja a oreja.

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 6) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos-parte-6/feed/ 0 407
Aplicación android de Relatos escritos https://relatosescritos.com/relatos-escritos/aplicacion-android-de-relatos-escritos/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/aplicacion-android-de-relatos-escritos/#respond Fri, 08 Jan 2016 19:24:49 +0000 http://relatosescritos.com/?p=394 Aplicación android de Relatos escritos en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Me enorgullece… …presentar en una entrada muy muy cortita la aplicación android de la revista Relatos escritos. Es una aplicación móvil que te permite acceder a la revista a través de la app. Prometo que la próxima entrada será más larga. Eso si, la siguiente ya la podréis leer en la suntuosa app para android […]

La entrada Aplicación android de Relatos escritos aparece primero en Relatos escritos.

]]>
Aplicación android de Relatos escritos en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Me enorgullece…

…presentar en una entrada muy muy cortita la aplicación android de la revista Relatos escritos. Es una aplicación móvil que te permite acceder a la revista a través de la app.

Prometo que la próxima entrada será más larga. Eso si, la siguiente ya la podréis leer en la suntuosa app para android que podéis descargar desde este enlace.

 

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada Aplicación android de Relatos escritos aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/aplicacion-android-de-relatos-escritos/feed/ 0 394
El mejor consejo para escribir https://relatosescritos.com/relatos-escritos/el-mejor-consejo-para-escribir/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/el-mejor-consejo-para-escribir/#respond Wed, 06 Jan 2016 09:15:03 +0000 http://relatosescritos.com/?p=384 El mejor consejo para escribir en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Lección número 1 para un aspirante a escritor Nadie quiere leer tu mierda. Permite que lo repita. Nadie -ni siquiera tu perro o tu madre- tiene el más mínimo interés en tu blog o tu novela. No es que la gente sea mala o cruel. Simplemente están ocupados. Nadie quiere leer tu mierda. En la […]

La entrada El mejor consejo para escribir aparece primero en Relatos escritos.

]]>
El mejor consejo para escribir en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Lección número 1 para un aspirante a escritor

Nadie quiere leer tu mierda.

Permite que lo repita. Nadie -ni siquiera tu perro o tu madre- tiene el más mínimo interés en tu blog o tu novela.

No es que la gente sea mala o cruel. Simplemente están ocupados.

Nadie quiere leer tu mierda.

En la industria de la publicidad, existe un fenómeno llamado el “Síndrome del Vendedor”. Todo vendedor está enamorado de sus propios productos. El error que comete es creer que porque él esta enamorado de sus productos, el resto del mundo también lo estará.

El resto del mundo no sabe lo que tú estás escribiendo y tampoco le importa. Tus potenciales lectores están ocupados con los asuntos de sus vidas y no tienen tiempo para leer esa obra maestra de la que te sientes tan orgulloso.

¿Cuál debe ser tu respuesta ante esto?

  1. Reduce tu mensaje a su forma más simple, clara y fácil de entender.
  2. Hazlo divertido. O sexy, o interesante, o informativo.

Cuando comprendes que nadie quiere leer tu mierda, tu mente se concentra. Sólo entonces, empiezas a entender que la escritura y la lectura son, ante todo, una transacción. El lector te ofrece su tiempo y su atención, los dos regalos más valiosos que un ser humano puede ofrecer a otro. A cambio, tú, el escritor, debes devolver algo digno de lo que se te ha regalado.

Cuando comprendes que nadie quiere leer tu mierda, desarrollas empatía. Adquieres el don más valioso para cualquier escritor: la habilidad de cambiar la perspectiva desde tu punto de vista al punto de vista del lector. Aprendes a cuestionar cada frase que escribes: ¿es interesante? ¿es divertida? ¿es osada? ¿Estoy dando suficiente al lector? ¿se estará aburriendo? ¿estará siguiendo el argumento?

Steven Pressfield dio este consejo que sin duda es el mejor que he leído jamás. Si te sientes capaz de hacer esto, escríbeme inmediatamente.

No puedo evitar apuntar también las  normasque   nos regaló Stephen King en su ensayo «Mientras escribo«

  1. ‘Escribe para ti, no te preocupes por el público’. Si  lo haces por diversión, siempre querrás volver a sentarte a escribir.
  2. A la página en blanco no se llega ligero. Puedes odiar lo que te rodea. Escribir para que una chica se case contigo o querer cambiar el mundo. Acércate a la página en blanco como tu quieras, pero nunca a la ligera’
  3. No uses la voz pasiva. A los escritores tímidos les gusta por la misma razón que los amantes tímidos prefieren parejas pasivas. La voz pasiva da seguridad. Así que, nada de seguridad, tírate al abismo.
  4. No te obsesiones con la gramática perfecta.
  5. Si quieres ser escritor, debes hacer dos cosa más que nadie: leer mucho y escribir mucho. Incluso dice en otra parte que es necesario dedicar de cuatro a seis horas para leer y escribir: ‘read, read, read‘, si no tienes tiempo para esto probablemente no tengas el tiempo para escribir (ni las herramientas).
  6. Escribe con la puerta cerrada y re-escribe con la puerta abierta. Al escribir es necesario hacerlo para uno mismo. Pero luego, hay que dejar que tu relato sea leido y criticado. Escucha a quien te lea y sus correcciones.
  7. Intenta cualquier maldita cosa que te guste, no importa lo aburrido, normal o escandalosa que sea. Si funciona, bien. Si no, tíralo.
  8. Las historias se pueden encontrar en cualquier lado, en cualquier momento.
  9. Sé deliciosamente raro y desagradable.  Porque  es lo que te llevará a hacer cosas fuera de lo común.
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada El mejor consejo para escribir aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/el-mejor-consejo-para-escribir/feed/ 0 384
¿Quieres publicar? https://relatosescritos.com/relatos-escritos/quieres-publicar/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/quieres-publicar/#comments Tue, 05 Jan 2016 12:09:45 +0000 http://relatosescritos.com/?p=379 ¿Quieres publicar? en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

¡Quiero publicarte! En tu cabeza resuenan las palabras «quiero publicar«. Ahora lo tienes muy sencillo. Si tienes un relato o una crítica de cine, series, libros, cómic o juego de rol interesante, puedes mandarla a través de este formulario. La publicaré en la revista poniendo tu nombre como autor y enlazando a tu blog. ¡Anímate! […]

La entrada ¿Quieres publicar? aparece primero en Relatos escritos.

]]>
¿Quieres publicar? en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

¡Quiero publicarte!

En tu cabeza resuenan las palabras «quiero publicar«. Ahora lo tienes muy sencillo. Si tienes un relato o una crítica de cine, series, libros, cómic o juego de rol interesante, puedes mandarla a través de este formulario. La publicaré en la revista poniendo tu nombre como autor y enlazando a tu blog. ¡Anímate!

Trataré de contestar lo antes posible. No suele ser más de dos o tres días. Eso si, te puedo garantizar que nunca dejo a nadie sin respuesta.

[contact-form-7 id=»58″ title=»Formulario de contacto 1″]

publicar mi libro

La entrada ¿Quieres publicar? aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/quieres-publicar/feed/ 1 379
Partida de rol para sLAng: Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas? https://relatosescritos.com/relatos-escritos/partida-de-rol-para-slang-tio-por-que-andamos-metidos-siempre-en-estas-mierdas/ Mon, 04 Jan 2016 00:16:15 +0000 http://relatosescritos.com/?p=297 Partida de rol para sLAng: Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas? en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Partida de rol para sLAng: Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas? 4 tíos, 4 acabados que mantienen lazos de amistad para que la vida deje de hacer «bullying» con ellos. Cuando tu vida es una mierda, lucharás por no oler. Sinopsis y antecedentes Como ya avisé hace poco, lo siguiente que quería publicar […]

La entrada Partida de rol para sLAng: Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas? aparece primero en Relatos escritos.

]]>
Partida de rol para sLAng: Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas? en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Partida de rol para sLAng: Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?

4 tíos, 4 acabados que mantienen lazos de amistad para que la vida deje de hacer «bullying» con ellos.

Cuando tu vida es una mierda, lucharás por no oler.

Sinopsis y antecedentes

Como ya avisé hace poco, lo siguiente que quería publicar iba a ser una aventura completa para poder jugar en una única sesión de duro sLAng. Así que dicho y hecho. Si queréis ver un pequeño resumen podéis ver la partida dirigida en este vídeo:

Tienes que ver este one-shot de sLAng como una comedia, con tintes de drama. Los personajes son cuatro acabados, aunque ellos no lo saben, sólo lo sospechan. Por lo tanto toda la partida va encaminada a que los jugadores se den cuenta de que son unos pringados que se están metiendo en algo muy gordo, más de lo que sus pequeñitas manos pueden agarrar, pero que no sean realmente conscientes de ello hasta el final. Como director de juego debes de saborear cada minuto de juego viendo como se meten en la boca del lobo por decisión propia y sin olvidar que en todo momento debe primar el sentido del humor.

Lee con detenimiento las fichas de los personajes jugadores. ¿Qué?, ¿que eres una persona responsable y con poco tiempo como para perderlo leyendo lo que van a leerse tus amigos? Vale, vale. Consideremos que te has gastado el dinero para que puedas coger esto YA y ponerte a jugar, así que te haré un pequeño resumen de los personajes, allá tu. Pero te aconsejaría que te los leyeses, joder, más que nada, porque para algo lo he escrito.

En esta partida hay cuatro personajes y . Uno es un gordo bonachón, el entrañable Jay “Fatty” Hanson. Vive en casa de su mamá, que le mima y le cuida. Esa vieja logró sacar adelante a esa masa de grasa, vaga e irresponsable siendo muy consciente de lo que estaba criando y aun así luchó por su hijo. Es toda una mujer guerrera, aunque un poco manipuladora y controladora. Así que ahora ve como su hijo, después de decidir que no iba a estudiar sicología como la había prometido, sigue siendo amigo de esos viva la virgen, por no decir politoxicómanos y con aficiones raritas. Así que hizo lo que tenía que hacer por su hijo, llamar a la policía. Lo que no sabía es que no estaba llamando a la policía cuando le contestó un hombre al otro lado del teléfono …

Pero me adelanto. Antes de eso habían pasado otras cosas. Veamos. Eran 4 amigos: Earl, Fatty, Levitt y Cole. Eran 4 chiquillos que se divertían jugando en el parque de su barrio y que crecieron juntos. Pasaron los años. Fatty seguía siendo el buenazo que su sobreprotectora madre había criado, Earl empezaba a buscar dinero en las propiedades de los demás y Levitt y Cole fueron los primeros en descubrir las drogas. Exceptuando la madre de Fatty, la verdad es que los padres de los otros 3 dejaban mucho que desear, más bien puede considerarse que eran unos auténticos hijos de puta (alguno lo era literalmente). Levitt nunca tuvo los tornillos de la cabeza muy prietos y los maltratos en su casa no lo ayudaron. Cole era su hermano pequeño y bueno, tampoco hay mucho más que añadir. Earl estuvo en un centro de acogida hasta los 14 y a partir de ahí ya era mayor como para necesitar un padre.

negro-de-acogida-relatos-escritos

Toda una comedia, como he dicho. El caso es que Levitt y Cole necesitaban pasta para meterse más mierda y Earl para meterse más comida. Así que empezaron a robar en diferentes casas. Fatty tenía sus sospechas, pero no corregía su actuación, porque entonces seguro que acabaría enterándose su madre y entonces ella se metería y ahí ya no habría consejos, llamaría a la policía, o … Fatty no quería ni imaginárselo.

Pasaron los años y todo era muy bonito. Entonces pasó. Earl, Levitt y Cole se habían especializado en robar lámparas. Localizaban los hogares capaces de invertir el sueldo de un mes en una cosa en dónde poner bombillas, entraban y lo chorizaban. Lo hacían por algo que decía Earl de la “teoría de la justicia socioeconómica” o una gilipollez semejante que Levitt y Cole no comprendía.

Habían detectado una casa cojonuda, una lámpara de araña, algo difícil de mangar, pero fácil de vender y difícil de rastrear si alguien iba a la policía y la poli buscaba en tiendas de segunda mano. Levitt y Cole se habían metido un poco más de mierda de lo que debían cuando trataron de ligar con una chica esa noche y la cagaron. La cagaron a base de bien. Earl se cayó, se rompió un pie y Levitt y Cole lo dejaron tirado cuando llegó la policía. De eso no recuerdan nada; los dos hermanos iban hasta las cejas y para ellos fue simplemente una noche más. Para Earl, fueron 5 años de cárcel.

Para ocultar la verdad a sus amigos, Earl volvió a los 5 años diciendo que se había sacado la carrera de químicas. Todo un licenciado. Curioso, porque la noche en que lo trincaron, Fatty estaba llorando en una esquina por no haberse pillado a la chica que todos los amigos habían tratado de ligarse y vio como la poli trincaba a Earl. Aunque a los ojos del bonachón de Fatty, tal vez no lo metiesen en la cárcel, tal vez simplemente cambiase el rumbo de su vida para mejor.

Aquí es donde empieza la aventura, bueno, no exactamente aquí sino 5 años después de todo esto. Cuando Earl salió de prisión. Un tipo de la condicional, un buen policía, llamado Bill, había investigado su caso y sabía que Earl era un simple mangante con malos amigos. Pero sus amigos estaban metiéndose en líos cada vez más gordos, habían conocido a un hombre, un tal Bobby (robando en su casa) y habían empezado a trabajar para él. Bobby es un camello de poca monta venido a más. Sus trapicheos son cada vez más gordos y últimamente está empezando a negociar con un grupo de rusos para venderles cocaína. Toda la policía quiere pillar a Bobby, pero a quienes quieren atrapar de verdad es a los rusos. A Bobby es muy fácil incriminarlo, bastaría con entrar en su casa, pero entonces los rusos se marcharían de rositas. Bill, el buen poli que investiga el caso, ha descubierto la relación de Levitt con Bobby y siguiendo el hilo, la relación de Earl con Levitt. Earl acaba de salir de la cárcel y buscando en el pasado, puede ver que Levitt le jugó una mala pasada y que puede ser un momento ideal para devolvérsela. El buen policía se encargó de tener una amigable charla con Earl, en donde le explicó toda la situación y que si colaboraba, podrían coger a los rusos y a Bobby, ayudar a Levitt y a su hermano Cole con la rehabilitación y él y todos sus amigos evitarían la cárcel. Además de que todo rastro del paso por la cárcel de Earl quedaría borrado, se quedaría sin título de químicas, pero también sin antecedentes. Parecía un buen trato.

carcel-preso-relatos-escritos

Mientras tanto la sobreprotectora madre de Fatty que no es tonta; se había dado cuenta de los nuevos negocios en los que andaban Levitt y Cole y pensó que su hijito no iba a acabar por el mismo camino. Así que llamó a la policía.

Lo que no sospechaba, es que el teléfono estaba pinchado y cortado. Un grupo de americanos que no les interesa tener a la mafia ruso vendiendo coca en su territorio, vigilaban de cerca a Fatty, uno de los grandes amigos de Levitt, para ver si éste les llevaba de una vez hasta los rusos y se podían librar de ellos. Captaron la llamada y se presentaron como si fuesen del FBI. Fatty se cagó en los pantalones y su madre mientras tanto no paraba de torturarlo con que debía de hacer lo correcto, entregar a sus amigos y no mirar atrás, así que aceptó.

En definitiva, Earl es el infiltrado dentro del grupo que tiene un contacto con la policía; Fatty es otro infiltrado, cuyo contacto es un grupo de camellos americanos disfrazados de agentes del FBI, que quieren encontrar a los rusos; y Levitt y Cole son dos hermanos que reparten droga entre ellos y entre los demás y que no saben muy bien en dónde se están metiendo.

Da a cada jugador su correspondiente ficha y explícales que se la lean con calma. Deja que te hagan todas las preguntas que necesiten para que les quede bien claro cuál es su papel en la historia. ¿Todo listo? Pues pasemos rápido a la primera escena.

Sean Connery siempre fue el mejor James Bond

Banda sonora: Black betty de los Ram Jam

Aquí empieza todo.

El sol ilumina el mar, haciendo que sobre el suave movimiento de las olas tililen pequeños puntos de luz amarillos.

Los senos de dos o tres bellas mujeres cubren a modo de eclipse el sol y suena una música de saxo. Entonces aparece Mr. Jibb, con todos sus dientes de oro, sonriendo y mostrando su enorme cicatriz que le cubre toda la cara y que le produce una calvicie selectiva hasta la nuca. Su dinero obtenido con las ventas de drogas, armas, contrabando de personas y a veces algún otro negocio no relacionado directamente con los Estados Unidos le ha reportado todo lo que tiene incluyendo ese yate y las tres adorables muchachitas que insinúan que el sexo es sólo el principio de lo que quieren hacerle.
La señorita Money Peny había advertido a nuestro héroe sobre esta situación y sobre lo que debía hacer. «Lo queremos vivo, pero eres un agente 007, con licencia para matar. Pasa a la habitación de al lado en donde te enseñaremos tu reloj multiusos y tus lentillas con misiles y rayos x».
Tras una increíble persecución a 3000 metros de altura para conseguir quitar el paracaídas a un secuaz gigantesco, Bond, James Bond logró caer en el mar sin ser visto, gracias a su pañuelo-extragrande-con-forma-de-cielo que tapó su descenso a los ojos de los matones que viajan con Mr. Jibb en el yate.
James Bond sube a bordo apoyando su mano en el borde del barco y el agua cae en un chorro, formando un perfecto tupé. Levanta la pistola que le arrancó de las manos muertas al secuaz que estranguló mientras hacía caida libre sin paracaídas y dispara a los dientes de oro de Mr. Jibb. Mr. Jibb ríe como un poseso cuando un chino bajito y con pinta peligrosa para con las manos la bala.

James-Bond-Exhibition-Sean-Connery

Entonces el móvil de Levitt lo jode todo con su jodido sonido de mierda. A Levitt le encanta dejarlo sonando antes de contestar (momento ideal para poner la canción correspondiente a esta escena).

Los personajes están tirados en casa de Fatty, mejor dicho en casa de la madre de Fatty, mejor dicho en el sofá de la casa de la madre de Fatty, con las cervezas de la madre de Fatty y apoyando los pies en la mesa de la madre de Fatty, que está llena de cervezas y comida de la madre de Fatty mientras ven una de esas películas de James Bond, que les da suficiente cancha como para tener discusiones metafísicas. La madre de Fatty, alias «despensa y hotel» está fregando en la cocina en estos momentos,  los personajes saben que no los traga, pero excepto Fatty, el resto se la follarían (bueno y a su sofá, cosa que han hecho todos, pero que prefieren no admitir).

El que llama a Levitt es Bobby. Excepto Levitt el resto deberían de estar absortos viendo la película de James Bond o discutiendo si la situación es creíble o no. Cuando Levitt descuelgue lo primero que escuchará es la voz de Bobby que demostrará su labia y que siempre está hasta las cejas de coca, speed y otros estimulantes y no lo disimula mucho. Habla a toda velocidad, montando unas palabras encima de otras y gritando como un poseso. Bobby siempre sorprende cuando empieza a soltar su berborrea. Tras un rato soltando una serie de frases incoherente y hablando a toda velocidad, da paso a la parte que iniciará todo

«Te necesito para un pequeño trabajo y cuando digo te necesito estoy diciendo que TU me necesitas a mi. ¿Entiendes? No, seguro que no lo entiendes. Tu mucho blablabla y mucha mierda, tu boca siempre está llena de espumarajos, pero tu cerebro mientras tanto no contesta. No, no espero que me entiendas, sólo quiero que vengas para acá. Es un trabajo bien simple, se trata de llevar un cargamento del punto A al punto B. Necesitarás gente para ello, personas de confianza, necesitarás parecer un tipo duro a quien no pueden jugársela. ¿Podrás hacerlo capullo?”

Bobby aun no puede haber dejado abrir la boca la boca a Levitt en ningún momento, habla y habla sin parar. Pero cuando menciona cargamento alguien debería de empezar a sentir el ansia de meterse algo rápido, ya me entiendes querido máster. A la mínima respuesta de Levitt, Bobby seguirá con su verborrea, insistiendo sin parar en que debe de presentarse en su casa a toda velocidad y con gente que tenga aspecto de tipos duros. Sin más y sin dejar hablar a Levitt, colgará.

Levitt y su hermano sentirán auténtica necesidad de meterte algo de mierda rapidito y no tienen nada encima. Bobby lo sabe y ellos saben que en cuando lleguen a su casa les pondrá un par de jugosas lonchitas. Carl y Fatty tienen sus propios motivos para meterse en el lío, pero eso se verá más adelante. Deja que los jugadores se peleen un poco, que aparezca la sobreprotectora madre de Fatty y se pregunte de dónde saca Levitt un teléfono móvil y un coche si no trabaja, que Levitt se raje un poco para pasar el mono, en definitiva, que empiecen la fiesta antes de los tiros y los jugadores vayan mudándose a la piel de los personajes.

Al final todos saldrán por la puerta de la casa de la madre de Fatty de la manita antes de que haya acabado la peli de James Bond, porque Bobby así lo quiere. De momento saben que son unos pringados, pero no tienen ni idea de hasta qué punto.

Explícales en qué tipo de chatarra van a viajar.  Cuéntales como el flamante coche del que tanto presume Levitt, el que según él “es el mejor coche que habéis visto en vuestra vida”. Tiene apertura a distancia y … ya. Levitt se encargó de que el «contacto» del que no quiso hablar hasta ahora, ese tal Bobby, le pagase un coche y lo único que pidió es que se pudiese abrir dando a un botón en las llaves.

Coche-destartalado-relatos-escritos

Todos montan en el coche sin haber discutido aun sobre la oferta que acaba de proponer Levitt. *CLAP* dice la puerta cuando cada uno de ellos entra en el carro bajo la atenta mirada de la anciana madre de Fatty.

Una nueva sorpresa se descubre en el destartalado coche de Levitt. ¡Tiene radio! y suena según cierran la puerta. Una canción tranquila y serena con la que discuten las condiciones del trato. La canción que debería de sonar es  Walk on the wild side de Lou Reed. Si no tienes equipo de música, sílbala, da ambiente, es sencilla y de paso te regocijas como máster en cómo vas a meter a los pjs de tus amigos en la boca del lobo.

La canción relaja a todos mientras hablan. Disminuye de volumen para hacer un fundido y dar paso a la locutora. Entonces es cuando habla ELLA, Margaret, la chica. Joder, qué voz tiene; aún la conserva. No para de chillar como una puta quinceañera, seguramente le obligue en la emisora a comportarse como una criaja.

La gran canción que arrasó cuando tuuuuUUUuuus paadres eran la mitad de lo que eres UuuuUUUUoooOOOoooo …”

Sigue chillando como una loca para presentar la siguiente canción. La voz de ella, la canción que suena. Todo es un gran conglomerado. Dicen que la pasión por la música nace del recuerdo, de que la gente recuerda cosas escuchando música, buenos y malos momentos. La voz de Margaret y la canción que suena ahora les recuerda a los cuatro la última noche que Earl pasó en la ciudad. Justo antes de irse a estudiar químicas, justo antes de replantearse su vida.

¿No es el momento ideal para vivir un flash-back? Pues vamos allá.

Levitt siempre fue un hijo de puta (Flashback de lo que pasó hace 5 años)

Banda sonora: Everybody’S Talking de Harry Nilson

La música de Margaret resuena en sus oídos. Les recuerda a la película «cowboy de medianoche», el momento en que el cowboy llega a la ciudad repleta de gente dispuesto a convertirse en puto. Una canción bonita.
Y también les recuerda esa noche, hace unos 5 años. Los cuatro estaban sentados en el sofá de un bar de mala muerte en el que ponían esa canción, con sus cervezas sobre las piernas y sin saber qué hacer exactamente. Levitt acababa de meterse su primer pico de heroína y se sentía pleno, al resto les resultaba un poco desagradable la situación y aunque Fatty no aprobaba que Earl robase con Levitt y que éste a su vez arrastrase a su hermano Cole, la verdad es que si se lo hubieseis propuesto tal vez se hubiese convertido en ladrón.

Entonces apareció …

“Ey chicos, vaya pinta de acabados. Joder, este bar es un muermo con esta mierda de música lenta, aquí nadie baila, ¿por qué no …? ¿por qué no, uno de vosotros me da la mano y baila bien pegado a mi?”

La cara asiático-americana de Margaret cubrió por completo sus ojos. Qué preciosidad. Margaret iría en primer lugar hacia Earl.

Margaret-Relatos-escritos

A partir de aquí está en tus manos. Lo que pasó aquella noche, fue que todos estaban dispuestos a llevarse a la chica, por lo menos durante 2 largas horas a una habitación sin conversación. Finalmente la chica se la llevó Levitt, pero como no se enteraba de nada, ni él ni el órgano adecuado, Margaret se largó. Fatty se fue llorando a una esquina en la calle. Cole necesitaba pasta para meterse un tiro por el disgusto, o bueno, porque si. Y Carl sencillamente necesitaba la pasta.

Fue aquí el momento en que Levitt volvió sin chica y los 3 amigos decidieron ir a mangar a un pisito cercano ahora que Fatty no estaba. Un plan cojonudo. Coger unos pavos en una casa cercana. Cole había visto las lámparas desde la calle. Las que colgaban en el salón de la casa valdrían un par de cientos de segunda mano, una pasta que venía de puta madre ahora mismo.

A partir de ahí Levitt y Cole no se acuerdan. Pero los muy hijoputas la montaron bien gorda. Montaron un espectáculo enorme en el interior del salón y acabaron rompiendo la alarma antiladrones adrede porque les parecía divertido. Cuando se empezó a montar espectáculo Earl estaba descolgando la famosa lámpara del salón. Levitt como un cabretillo en celo atravesó el salón en dos saltos, chocando contra la escalera en la que estaba Carl. Lo tiró al suelo y la lámpara encima tuyo. Rotura de un pie y un fuerte dolor de cabeza cuando Cole se la pisó siguiendo a su hermano.

La salida se iba a hacer dura. Las sirenas sonaban cerca. Levitt atravesó el cristal del salón con una silla y saltó desde el primer piso en donde estaban a la calle. Estaba como loco, chillando y riendo sin parar, su hermano no era menos. Dejaron atrás a Earl que los siguió como pudo y saltó por la ventana. Se rompió la pierna y se quedó tirado. Levitt estaba tirado no muy lejos, vomitando. Cole ya había desaparecido hacía tiempo, había encontrado un colgante en una de las habitaciones y esa misma noche el colgante se transformó en algo que pudo meterse por las venas. Las sirenas se acercaban. Earl gritó ayuda. Levitt corrió alejándose de los problemas y los polis trincaron al futuro “químico”. Puedes hacer variaciones con respecto a la situación, lo descrito hasta ahora es una forma dramática de describir lo que pudo pasar esa noche.
El resto está escrito. Earl, se «licenció» en prisión con doctorado en duchas.
Mientras tanto Fatty estaba llorando en la calle. Era un gordo que jamás tendría una chica y pudo ver entre lágrima y lágrima toda la escena.  Caminaba a solas y un poco ebrio dando tumbos de un lado a otro, mientras volvía a casa y entonces escuchó ruidos. Fue a donde sonaban y vio a Levitt muerto de la risa arrastrándose por el suelo, le gritó pero no te oyó. Se levantó y corrió como un galgo. Un par de calles más abajo estaba Cole, no mucho mejor que su hermano. Sirenas de policía.

Earl estaba allí. Demasiado lejos para Fatty y demasiado alcóhol en sus venas como para comportarse de manera normal y ayudarlo. Earl se sujetaba la pierna dolorido. Entonces volvió a aparecer Margaret. Pidió perdón a Fatty y le besó la mejilla. Fatty siguió con su charla, ella reía sin parar y se lo llevó del brazo. Miró a Earl, vio como la policía corría hacia él. Pero cuando lo vio Margaret lo tenía bien cogido del brazo y le dijo que tenían que marcharse rápido de allí. No la gustaban los líos. Lo llevó a su casa. Durmió con ella y pasó un buen rato con su cuerpo y un par de condones. Al día siguiente se fue a la ducha y le dijo.

Voy a ducharme. Cuando salgas tu no estarás y yo seguiré con mi vida.

No la gustaban los líos.

Ahora la canción Streets of Philadelfia de Bruce Springteen  los lleva al presente.

Era el momento de entrar en acción.

El largo trayecto hasta el punto A

Los personajes aun tienen que llegar hasta la casa de Bobby, el famoso punto A. La casa de Bobby está en el barrio de Ramona. Ramona es un barrio famoso. Se nombraba en la jungla de cristal; es donde John Mclane iba a pasar las navidades porque no pensaba que su esposa le dejase dormir en su casa. En la película en ese barrio vivía un amigo de Mclane, un poli. Un barrio de polis y blancos.

Con esa premisa ante nuestros queridos héroes una luz distinta a los demás ilumina la carretera, una pequeña moto de policía con un policía encima. Con gafas de sol, anocheciendo, pero con gafas de sol, con dos cojones. Saltándose todas las reglas los deslumbra tres veces seguidas con las largas de la moto y les indica con el brazo izquierdo que vayan al borde de la carretera. Les deja cara de conejos deslumbrados. No parece un buen amigo. El coche de Levitt aunque no muy rápido, aun va a ralentí.

La moto para al lado del coche, petardeando suavemente. El poli levanta la visera de su casco y les sonríe con sus dientes amarillos en su blanca cara. Blanca como la leche. Los saludará y apoyará la mano enguantada en la ventana del conductor y mirará en primer lugar a Levitt y luego al resto, para pasar a mostrar que no es que sea racista, es que el mundo le ha hecho así.

¿Qué hace un grupo de amiguitos como vosotros, tan negros, en un barrio como éste? No me vengáis con lo del racismo, se han denunciado varios atracos en la zona y todos los testigos coinciden en el color de la piel. Bien, primero los papeles.

Dará un par de golpecitos en el marco de la puerta.

Policia-acosa-negros-Relatos-escritos

El poli es un auténtico cabrón. Demuéstralo y no te cortes. Se portará como un racista con la ley a su favor y tratará de cargarlos con el asesinato de JFK si está en su mano. Es un buen momento para que generes la suficiente presión como para hacer una tirada de estrés y los jugadores ya vayan temblando a su cita con Bobby, pensándolo bien, es un momento cojonudo, así que adelante. En las partidas de prueba, alguno de los jugadores con contacto con la policía trataba de que el poli le llevase a una esquina a entablar conversación. Deja que todo fluya con naturalidad y que al final el grupo de pringadetes puedan largarse con una simple multa, pero hazles pasar un momento bien tenso, pensando que la siguiente parte de la aventura transcurre en prisión.

El policía puede chasquear con la lengua en sus dientes y golpear un par de veces con los papeles en el borde de la ventanilla. Se los da a Jay.
Bueno negratas. No me voy a andar con medias ostias. He apuntado vuestro número de matrícula y tengo un par de nombres. Vosotros veréis qué hacéis en un barrio como Pomona, sea la hora del día que sea. Pero como escuche por la radio que ha habido algún tipo de problema a lo largo del día o de algún día en el futuro, que sepáis que iré a buscaros a vosotros directamente.

El poli blanco se recoloca la huevada y se monta en su moto, dejando que petardee un poco mientras los sonríe y los lanza un besito afectuoso. Todo amor.
Una cosa les ha quedado bien clara, que éste no es un barrio de negros y que éste es un barrio con un policía racista.

Cuando sigan conduciendo para llegar a la casa de Bobby, pasarán cerca de un coche de policía, que no tiene uno, sino 2 polis que parecen casi tan racistas como el macho-poli de antes. Sin embargo, no los pararán, pero los acribillarán con la mirada.

El coche petardea hasta llegar a la casa de Bobby. Una casa a todas luces de un flipado sicotrópico. Pintada de colores chillones, sin ningún tipo de gusto, pero que no acaba de resaltar en el barrio. Las cortinas dentro de la casa se abren ligeramente y pueden ver a una chica en bañador con ojeras y cara de diversión (irónicamente hablando) mirándoles. Las cortinas se cierran y al cabo de unos 4 segundos. Bobby saldrá por la puerta gritando sin parar.

El famoso punto «A» o la casa de Bobby

Bobby saldrá escopetado por la puerta de su casa y voceando como si nadie tuviese orejas.

“¡Coño, coño, coño! Me cago en tu puta cabeza, puto Jay, puto cabrón. Te dije que vinieses rápidamente y rápidamente no es en dos largas putas horas, me cago en la puta. Aun no entiendo por qué confío en ti, si te conocí mientras tratabas de chorizar en mi puta casa.

Aquí se puede intuir que el espectáculo y los datos sobre lo del ladrón, que es Jay, no son los ideales en este barrio, ni en este momento. Seguirá hablando a más velocidad que la del sonido. Lo que puede dar sospechas de que tal vez vaya algo colocado. A la vez no parará de criticar a todos los personajes, haciéndoles ver que no son ni mucho menos el tipo de gente con la que quería tratar. Dejando claro que tienen que llevar un paquete y necesitaba gente ruda, no un grupo de yonkis. Tendrán que encargarse de convencerle de que no es así y al final Earl accederá, pero discute un rato sobre los pormenores de tratar de convencer a un politoxicómano venido a más y que acaba de tomarse ocho cafés seguidos.
Una vez dentro de la casa de Bobby, el interior deslumbra aún más que el exterior. La puerta de entrada da directamente a unas escaleras que suben a un segundo piso que por la luz amarilla que desprende debe de ser aun más sicotrópico que en el que ya están.

Todo colores y luces extrañas, con lámparas de esas con bolas de grasa dentro que suben y bajan y otras con rayos eléctricos que cuando acercas una mano, van todos juntos a ella.

Bobby-en-relatos-escritos

A la izquierda está la cocina, con varias jeringuillas desparramadas por todos lados y algunas con sangre, para no dejar ningún tipo de evidencia a la policía y a la derecha un salón con un sofá medio roto y una tele gigante. Al lado de la tele hay una chica joven y medio drogada, medio por comparativa a cómo debe estar comúnmente, con unas enormes rayas negras bajo los párpados y apoyando su cabeza contra la tele mientras se la erizan los pelos por la electricidad estática. La chica también es para no dejar ningún tipo de evidencia policial …
En este punto, Bobby sacará una pistola de su pantalón y la pondrá en la cabeza de Levitt.
Si la jodes, me jodes y te mato.”

Y se quedará callado un par de tensos segundos. Debe de ser que necesita respirar. Luego reirá descontroladamente ignorando sus posibles comentarios.
Vamos, vamos, pasad a mi casa. Ésta es … bueno, qué coño importa, es una chica y es capaz de darlo todo. Sentaros en el sofá. ¿Queréis algo? Oh, si claro que querréis algo joder, bueno drogas no, no quiero que os andéis metiendo mierda en las venas.

Tras un rato hablando y conociéndose a si mismo, puesto que no dejará decir nada a los demás, se darán cuenta de que falta una persona más en el grupo para que el trato que tiene entre manos tenga éxito. Así que a Bobby se le ocurrirá la genial idea de llamar a alguien que conoce.
Cogerá un móvil y empezará a marcar. Bobby llamará a Carl. Carl es un tío en el que puedes confiar, o eso pensaba su madre cuando se la cargó justo hace un cuarto de hora. Carl está algo nervioso con el asunto de haber matado a su madre y se mostrará algo reticente con Bobby, pero no le dirá nada y acabará aceptando. En ese tiempo tan precioso, sería una pena que los jugadores no aprovechasen a avisar a sus amigos policías para que empezasen a saber dónde están y cuál es el plan. Si no lo hacen, pues que sus amigos policías empiecen a llamarlos a ellos. Que no sepan en dónde meter la cabeza. Mételes en unos cuantos líos. Cuando Bobby vuelva, querrá que se marchen inmediatamente, les obligará a ir a buscar a Carl porque si son 5 personas entonces si que son gente ruda, cuatro son una panda de pringados (mira tu). Le dirá a Levitt que vaya con la amigable chica que hay en su apartamento para que sepa qué tienen que llevar. Levitt entrará en otra habitación. Es conveniente que Levitt y su hermano sepan que tienen el mono para que actúen en consecuencia y traten de buscar por todos los medios algo que meterse. Así que aquí podría empezar una pequeña pelea entre Levitt y su hermano por entrar en la habitación, mientras el resto tratan de llamar a la poli desde sus teléfonos móviles.

Entre quien entre en la habitación, la chica seguirá con los párpados medio caídos más que medio levantados y lo mirará de lado. Inflará un chicle en su boca y señalará con una uña que pretende ser atractiva un maletín abierto que hay en la mesa. De momento no se ve lo que transporta, porque la tapa cubre el interior.
Bobby dijo algo de que eres un … no me acuerdo, algo relacionado con mierda, joder, coño y puta … a si, un yonki de mierda, joder me cago en la puta. Creo que fue eso lo que dijo y también, algo así como quiero que pruebe esta mierda coño. Así que deberías de ver si es buena o mala.
El personaje que lo abra, no intuirá lo que hay en el maletín. Lo sabe. Cuando lo abra, verá como si del mismo, saliese una luz maravillosa mientras suena el Aleluyah de Haendel. El maletín transporta un montón de cocaína. La chica lo mira de medio lado.
Bobby dijo algo más entre palabrota y palabrota. Que como te la tomes toda para probar si es buena, cogería su bazooka y lo estrenaría contigo. Bobby tiene un bazooka.”– Con un tonillo de admiración.

Después de la pequeña escena romántica, la amiguita de Bobby ofrecerá sexo rápido e insano a todo el que esté en la habitación, por ella no hay ningún problema. Cuando salgan, hagan lo que hagan, Bobby les llamará maricones y les preguntará si se la han tirado. Es como quien ofrece un vaso de agua a las visitas.

Las llamadas telefónicas a sus amigos Earl y Fatty son muy explícitas y concisas. Quieren información rápida y fiable y quieren un seguimiento constante. Les engañarán diciendo que los polis que vieron en el coche y que no paraban de mirarlos están encargados de seguirlos. Trata de parecer muy sincero. Pero lo cierto, es que el grupo de camellos americanos, les siguen por su cuenta, pero tienen miedo de perderlos y de ahí la presión que ejercen sobre Fatty y el contacto real con la policía que tiene Earl, quiere llevarse toda la fama y la gloria él solo, así que los está siguiendo, pero sin avisar al resto de sus compañeros.

Ya va siendo hora de que dejen a Bobby. Si llegan tarde, los rusos empezarán a negociar con otros y entonces se acabó.

Del punto A al punto B o la reunión con el psicópata

Bobby le dará a Levvit una dirección en donde vive Carl. Tras esto lo echará de su casa. Por el camino se encontrarán con un par de patrullas de polis que les dejarán bien claro que ellos son blancos. Chulería y poquito respeto.

Aparte de la parada ocasional/obligatoria, el viaje transcurre rápido. Están a medio camino, entre Pomona y el puerto de L.A. La casa de Carl es el típico edificio de cinco plantas con dos callejones a sus lados. Ambos callejones terminan en valla. Enfrente de su portal hay una cafetería y pueden aparcar justo detrás de un coche destartalado y similar al de Levvit.
El papel que le dio Bobby a Levvit pone: Cuarto  piso, puerta A. Daos prisa joder.

Cuando bajen del coche y llamen al interruptor, no contestará nadie. Que se las apañen para entrar. Carl está muy ocupado metiendo los restos de su madre en un saco para tratar de librarse de ella sin dejar pruebas. En las partidas de prueba los jugadores tuvieron bastante inventiva y todas las ideas geniales que se les ocurrían eran ilegales (romper la puerta, forzar la cerradura …). Aprovéchate, pero puede que hasta se les ocurra llamar a otro piso. En ese caso les abrirán sin más problemas.

El edificio en donde vive Carl es un bloque de cinco pisos. Carl vive en el cuarto. En el portal hay un ascensor y unas escaleras. Si, es un poco sosa la descripción, pero es que es así de mustio el lugar.

Cuando suban al cuarto piso, Carl no les abrirá la puerta. Si insisten al final les atenderá, aunque el grupo de amigos podrán escuchar una serie de ruidos extraños. Carl trata de ocultar pruebas. Cuando les abra la puerta, verán a un tipo triste, con gafas y aspecto tímido, todo un matón. Tras unos instantes de tensión contenida los dejará entrar en casa. La casa está completamente vacía, sin armarios, ni tele, ni alfombras, nada. Todo está en silencio y Carl les indicará que enfrente hay una cafetería, que está de mudanzas y que le dejen unos minutos, que no tardará nada

“Y … y … ahora mismo bajo. Tengo que llevar mi material, así que dejadme las llaves del coche para dejarlo en el maletero.” Mientras se recoloca las gafas.

Admitámoslo, es inevitable que los jugadores bajen a la cafetería y si no lo hacen, pues sería un buen momento para descubrir que Carl es un sicópata y tratar de librarse de él en su propia casa. Si no le dejan las llaves del coche, piensa en las múltiples maneras en que un sicópata puede acabar incriminado por haber matado a su madre y de las miles de maneras en que pueden relacionarlo con los jugadores.

La cafetería está en la calle de enfrente. Una cafetería /hamburguesería /tasca /cervecería/muchas cosas más. Un lugar en el que se sienten cómodos.

Una vez dentro, ven algo que no sospechaban. Con tanta prisa nadie se había dado cuenta de que la película de James Bond que estaban viendo al principio de toda esta historia, aun se está emitiendo por la televisión. ¡Y ahora es justo el momento erótico festivo mezclado con tiros de toda peli de Bond que se precie! El hombre con los dientes de oro no está, así que aun no es el final de la película. Pero el bestia al que Bond había tirado desde 4000 metros de altura ha sobrevivido al impacto y ahora Bond, James Bond está a punto de meterlo en la picadora. Se va a enterar ese jodido cabrón.

En el momento más emocionante de la película, Carl bajará con su mamá en una bolsa y la meterá en la parte trasera del coche de Levitt usando sus llaves. Dado que todos están pendientes de la película tendrán que hacer una tirada de perspicacia+alerta y si la sacan, podrán ver por el rabillo del ojo a Carl metiendo el fardo en el maletero.

Carl-psicópata-relatos-escritos

Como no son estúpidos, a partir de aquí suele empezar el lío.

Este es el punto de inflexión de la aventura. Aquí tienes que improvisar con las reacciones de tus jugadores y en donde todo se acelera.

Pase lo que pase, tendrán que ir a ver a los rusos. Si se retrasan en exceso, haz que Bobby les haga una llamadita advirtiéndoles que tiene un bazooka y le gusta coleccionar dedos humanos joder-me-cago-en-la-puta. Si Carl los acompaña y no consiguen librarse de él, un amable policía blanco, del tipo de los que se llevan encontrando hasta ahora (esta panda de jugadores deberían de empezar a alquilarse como amuletos de la suerte) les parará e investigará el maletero. En algunas partidas de prueba, éste era el momento en que se libraban de Carl, del poli y de la pobre madre. Los 3 acribillados y en un cubo de basura y de paso, Earl, Fatty, Levitt y Cole conseguían algún arma de los restos del tiroteo.

Camino del puerto

El siguiente punto es el puerto de L.A. Allí se reunirán con los rusos en un enorme edificio blanco, con una enorme puerta y con enormes gorilas vigilándolo.

Si no saben exactamente dónde ir, que les llame Bobby, que quede claro que se preocupa por los suyos, aunque les mandó con la mitad de la información para hacer un trabajo que para él era muy importante. Les indicará un número de portal. Tienen sitio para aparcar enfrente y desde el coche se puede ver el puerto, con un enorme barco que parece a punto de partir. El barco tiene una bandera una bandera rusa, exactamente de la región de Kamchatka, famosa por el risk. En realidad desconocen de qué zona es la bandera, saben que el barco es ruso porque tiene letras en cirílico, pero la bandera la suponen porque son así.

Los rusos llevan un cuarto de hora esperando a que llegasen. Si además han tenido problemas gracias a Carl o a algún policía, el retraso será aun mayor. El barco está a punto de zarpar y tienen prisa por cerrar el trato. No les hace gracia que una panda de pringados se dediquen a joderles un plan medido al milímetro y se lo van a hacer pagar.

Los matones rusos los verán y reconocerán al instante. Es imposible no reconocer a la gente que trabaja para Bobby. Así que irán hacia ellos de frente. Los recogerán con muy malos modales y los empujarán al interior del edificio. Sin explicaciones y sin escucharles.

Mientras están siendo arrastrados al interior, con una buena tirada de perspicacia+alerta, podrán ver unos destellos en el edificio paralelo al que se dirigen. Los destellos provienen de una mira telescópica acoplada a un cañón capaz de lanzar 30 balas de 54mm  en menos de 4 segundos. Los que manipulan dicha arma, son los “agentes del FBI” que han seguido a Fatty, les haya llamado o no. Esperarán a que estén reunidos todos y luego acribillarán a los rusos y a nuestros queridos amigos. Pero no adelantemos acontecimientos.

El gran trato

Los cuatro amigos y tal vez Carl, subirán en un ascensor blanco, rodeados por 4 enormes rusos con gafas de sol que no les mirarán en ningún momento. Unos cuantos segundos en silencio en la mesa de juego, demostrará que la altura del piso al que se dirigen es la que le corresponde: un treinta y seis.

Cuando se abra la puerta del ascensor escucharán música asiática, seguido de una visión que ellos pensaban que no existía en el mundo real. Una habitación tan grande como lo que muchos llaman hogar. Totalmente blanca, con una fuente en medio que rebosa el agua y fosos en el suelo que transportan el agua a través de ellos en un sistema cerrado que hace que vuelva de nuevo a la fuente. Por las paredes hay cuadros de arte moderno (auténticas defecaciones sobre una tela).

rascacielos-relatos-escritos

En la sala hay unos doce rusos, más los cuatro que venían en el ascensor, más un hombre delgado y viejo que está sentado tras la única mesa que hay en toda la sala; sumando con los deditos dan un total de diecisiete matones del este frente a nuestros queridos amigos. La mesa y el hombre delgado y mayor están sobre un atrio. Un tipo rudo que mira a nuestros héroes con asco. No con mezcla de asco y lástima, no, tan sólo asco.

Se levantará de su mesa y apoyará sus arrugados dedos en ella. Luego los mirará y les exigirá que les entregue el material como pago por el retraso. El barco está zarpando y van a tener muchas pérdidas por el retraso, así que lo justo es que les entreguen el maletín con la coca.

Suponemos que los jugadores tratarán de resistirse. Fatty se dará cuenta por fin de que Levitt no va a dejar las drogas, sino que se ha transformado en un camello y Cole y Earl se preocuparán más de salvar su culo que el de los demás. Eso es lo que suele pasar.

Una vez iniciada la discusión, el ruso elevará un dedo e iniciará el principio de su amenaza. Conviene que lo representes porque así será más impactante, cuando les cuentes como el dedo del ruso vuela por los aires arrancado de la mano, como su pecho estalla, las cristaleras se rompen y empiezan a morir los dieciseis rusos de la sala. Si Carl sigue con ellos, cárgatelo ahora también. Los jugadores se salvarán en una escena al más puro estilo de dibujos animados, con las marcas de las balas marcando su silueta en la pared.

En todas las pruebas de la partida, los jugadores acababan en el suelo haciéndose los muertos y admitiendo su parte de la culpa ante los demás. Fatty solía decir que nadie se preocupase que sus amigos del FBI vendrían rápido y con una tiradita de perspicacia+alerta, podrá ver que ya están aquí, dispuestos a meterle una bala entre ceja y ceja.

Mientras tanto el buen policía que conoció Earl se dio cuenta de que no podía afrontar el trabajo solo en el momento en que vio como la planta treinta y seis estallaba en pedazos y fue el primero en llamar a la policía, seguido de una vieja que daba de comer a las palomas y de la recepcionista del hotel.

Así que volviendo al piso treinta y seis, allí están nuestros amigos, con un maletín lleno de coca que Levitt y Cole no querrán soltar, con un par de asesinos a sueldo dispuestos a cargárselos y con la policía a tres minutos de presentarse allí.

Desenlace

Si siguen en el suelo, los asesinos no los matarán, pero la poli acabará entrando en la sala y el buen poli no va a sacrificar su puesto para explicar por qué dejó que se cometiese esa masacre buscando gloria, así que irán todos rectos y en fila india a prisión.

Si tratan de escapar, la única salida es el ascensor. No hay escaleras en esta planta. La puerta del ascensor está abollada y algo rota, así que les costará bastante abrirla y más si alguien los está apuntando con una mira telescópica. Pueden usar los cadáveres de los rusos que subieron con ellos en el ascensor para cubrirse y añadir dificultad a la visión de los asesinos, aunque no les cubrirá del impacto de las balas; si buscan un poco entre los bolsillos de los cadáveres, pueden encontrarse una golosina: pistolas y llaves de coche. Cuando logren abrir la puerta del ascensor, la policía ya habrá llegado y los asesinos dispararán una última vez antes de marcharse de allí. La sujeción del ascensor se romperá y éste caerá aparatosamente hasta la planta baja.

En las partidas de prueba, se colgaron hasta descender uno o dos pisos, abrieron la puerta y vieron un pasillo con varias habitaciones, como las de un hotel. Allí hay escaleras para bajar andando. Aunque para escapar de la policía lo van a tener más complicado.

Si logran llegar hasta la primera planta, podrán saltar por la ventana de algún piso al que entren forzando la puerta. Si la ventana da a la puerta de entrada del edificio, podrán ver casi una docena de coches de policía y un helicóptero. Los asesinos han disparado por última vez a la policía para causar caos y han reventado el depósito de dos de los coches. Fuera la situación es caótica. Si la ventana da a la parte trasera del edificio, podrán ver el parking del edificio. Con varios coches negros, aquellos de los rusos, los de las llaves.

Si por el contrario deciden seguir bajando hasta la entrada se encontrarán con un infierno de trozos metálicos, mármol y fuego. La policía disparará a todo el que vea saliendo por la puerta principal y sobre todo si la diana tiene color negro (América la tierra de las oportunidades). Déjaselo bien claro. En caso de que sigan insistiendo que quieren salir por ahí y suicidarse, adelante, los milagros existen. Si logran escapar es porque habréis jugado una escena al más puro estilo “heat”, sólo que los protagonistas serían cuatro pringados.

esposado-relatos-escritos

A partir de aquí toca la parte de acción y eso es lo que se le da bien a todo el mundo. Disparar, escapar, hacer puentes a coches o buscar el coche del que tienen las llaves.

Lo más probable es que acaben en prisión, pero con una buena historia que contar a sus nietos.

Flash backs

Cualquier momento es ideal para jugar uno de estos dos flash-backs propuestos para la aventura. Aunque tal vez el más adecuado sea en el coche de Levitt, yendo de camino a casa de Bobby y tras recordar a Margaret. Los sentimientos están a flor de piel y Earl podría recordar lo que pasó esa noche, adónde lo llevó y cómo decidió ponerse a trabajar para la policía como infiltrado.

El flash-back de Earl

La universidad, si, ese puto sitio plagado de sitios como duchas en donde si que te tocaron los huevos y todo por el puto Levitt. Dejarte tirado como un perro. La poli lo supo, tus compañeros de celda también, el puto director de la prisión y hasta el poli que se encarga de tu vigilancia y custodia, el tal Bill, lo sabe.

Y no paró de repetírtelo. Allí estabas, llevabas una semana fuera de la cárcel y ya te habían hecho fregar el suelo de todo el supermercado en donde te pusieron a currar, mientras parecía que alguien había ordenado al encargado que se riera de ti todo lo posible. Todo putadas gracias a Levitt.

Y no paró de repetírtelo, ese tal Bill. Sentado enfrente tuyo en un despacho que os dieron en el supermercado. Se quitó sus flamantes gafas de sol y te explicó que fue Levitt el que te metió hasta el cuello en la mierda.

“Como ves lo sabemos. Lo sabemos todo y esperábamos poder ayudarte. Pero esa ayuda sólo llegará si tu pones algo de tu parte.”-Da un par de golpecitos en la mesa.

Verás, un trato simple, yo te doy una tarjetita.”-le acerca un trozo de papel con un número.-“un teléfono”-le pasa un teléfono móvil.-“y tu me llamas cuando tu amigo Levitt te ofrezca algún trato que sea más ilegal que vender algo de limonada enfrente de tu casa. Chsssst chssst, no preguntes cómo lo sabemos, ya te he dicho que sabemos cómo te vendió , es un chiquillo muy malo. Sabemos que está empezando a tratar con gente grande, con gente importante y que tu estás cerca de él y que eras un amigo de su confianza. Sólo llama, dinos dónde hará el trato y nosotros haremos que los papeles que te tienen recluido en este supermercado desaparezcan.
Luego permaneció a la espera de tu contestación.

Juega este flash-back de forma rápida y explícale al jugador que lleva a Earl que acepta el trato, pero que aun no están sentenciadas todas las condiciones. Negocia, pero no le des mucho, que crea que va a tener alguna posibilidad. Recuerda al resto de jugadores que ellos ven esto, pero no pueden usar la información para el juego.

El flash-back de Fatty

Hacía una semana que Earl acababa de volver de la universidad, no parecía muy contento y hacía ya más de ¿cuatro meses?. Joder, cuatro largos meses que tu madre no paraba de decirte que Levitt era una mala compañía. Que si ahora tenía coche, que si ahora tenía dinero, que si ahora tenía móvil, que de dónde había salido todo eso, que lo había visto y seguro que se drogaba. Pues claro, menuda lince es tu madre. Pero es tu madre y la quieres y te bombardeó todos los días con esos ataques a Levitt.

Tu ni caso, pero un día llamó a la poli y cantó la traviata, quería alejarte de Levitt, quería protegerte. Así que se presentó la poli en tu casa con sonrisa de oreja a oreja. Dos hombres, uno no habló ni media palabra, el otro tenía un acento ruso marcadísimo. Joder, los extranjeros encontraban trabajo a toda velocidad después de la Guerra Fría y curiosamente lo hacían vigilando por nuestra seguridad. La verdad es que los dos hombres parecían como mínimo del KGB y estaban tomando pastitas en tu casa, con mamá sonriendo al lado.

“¿Otra galleta caballeros?”

 “No gracias señora estamos más que saciados. Tu madre es una gran mujer, cuida de ti, cuida de su familia.”-Tu madre sonrió el comentario.-“Nos ha dicho que quieres seguir el buen camino, que quieres ayudarnos en cierto asunto.”-Baja su cabeza y mira al suelo, mientras saca su billetera y saca un tarjeta.-“Sabemos que es duro, que se trata de un amigo. Perro entiende que este amigo que tienes ha crecido, ya no sois niños y se ha juntado con gente muy peligrosa, gente que os mataría a ti y a él sin pensárselo. Él no lo sabe, perro corre un gran peligro. Nosotros podemos ayudaros, prrotegeros, perro parra eso debemos de saber dónde va a entregar un maletín que le ofrrecerán en un futuro. Sabemos que será un negocio gigantesco y que él no sabrá más que cuatro tonterías. Perro es un asunto gordo y peliagudo. Llámanos si ves que estáis en problemas, llámanos antes.”

A pesar del acento ruso de estos hombres, ambos pertenecen a una mafia americana. Puedes obviar el hecho de que tengan acento e interpretarlos directamente como americanos, pero si marcas un acento del este, harás que durante la aventura el jugador que interprete a Fatty tenga un lío tremendo: que tal vez sean otros rusos tratando de matarlos (casi, casi), que tal vez sean hombres que trabajan para los rusos a los que van a entregar el cargamento, que no tienen por qué tener ninguna relación con todo este asunto … De cualquier manera, trata de recordar al jugador que interpreta a Fatty que no está jugando con una criatura de Dios que destaque por su inteligencia, así que no tiene que hilar muy fino.

Una cosa que se hizo en la partida de prueba, fue dejar que el jugador que llevaba a Fatty, hiciese también de su madre y fue bastante simpático.

Conclusión

Ésta es una aventura para cuatro jugadores y un máster, aunque se puede adaptar perfectamente para dos o tres jugadores. Si sois tres jugadores, puedes eliminar al personaje de Cole y dejar en que Levitt era hijo único, tan sólo di a tus jugadores que obvien las partes en las que aparece.

Si son dos jugadores, puedes eliminar a Cole y a Earl y así se quedarían tan sólo Fatty y Levitt. Fatty seguiría tratando con los mafiosos americanos que luego querrían matarlo y la policía vendría alertada por los disparos.

Existe la posibilidad de que Carl participe en la aventura como jugador. La respuesta a la pregunta sobre cómo debe jugarse una partida con Carl como jugador es sencilla: Carl es el personaje diseñado para aquellos que llegan tarde a la partida y los que llegan tarde, se merecen sufrir. Así que juega la aventura con las mismas instrucciones, con la salvedad de que cuando todos los rusos mueran acribillados, Carl se salvará y tendrá tiempo para morir más tarde.

Puedes querer continuar la aventura. Tal vez los personajes no sólo salgan vivos, sino con un botín bien grande, pero para conseguir algo más que un buen colocón, van a tener que venderlo. Eso puede dar pie a otra aventura.

También puedes usar a Bobby como el tío que siempre va a meter en líos a tus jugadores, pueden morir una y otra vez, chicos a los que él manda a cumplir con un trabajito y con ello regodearte en tu malignidad. Disfruta viendo la cara de tus jugadores cuando se enteren de que quien les manda el encargo es Bobby, el tío al que todos sus planes le salen mal, pero siempre se libra.

Y por último, trata de enfocar la aventura más como una comedia que como un drama. Muestra que su vida ha sido una patada en la cara tras otra, pero que ellos son felices. Haz que los jugadores sepan que son unos pringados, pero que no sepan hasta qué punto, hasta que lleguen al final, que piensen que son unos tíos que van moviendo coca de un lado para otro, pero que no sospechen que están haciendo un trabajo a tan alto nivel. Al final, al tener una visión global, la experiencia será mucho más divertida.

Protagonistas

Earl Brigs

Puedes ver la ficha completa de este tipejo en este enlace. Te recomiendo enviarle el link a tu jugador para que lo tenga a mano sin necesidad de imprimirla.

[stag_button url=»https://relatosescritos.com/ficha-de-earl-br…en-estas-mierdas/» style=»orange» size=»medium» type=»stroke» target=»_self» icon=»print» icon_order=»before»]Acceso a la ficha de Earl Brigs[/stag_button]

Levitt Steven y Cole Dorean

Puedes ver la ficha completa de estos tipejos en este enlace. Te recomiendo enviarle el link a tu jugador para que lo tenga a mano sin necesidad de imprimirla.

[stag_button url=»https://relatosescritos.com/wp-content/uploads/2016/01/Levitt-Steven-Dorean.pdf» style=»orange» size=»medium» type=»stroke» target=»_self» icon=»print» icon_order=»before»]Acceso a la ficha de Levitt y Cole Dorean[/stag_button]

Jay «Fatty» Hanson

Puedes ver la ficha completa de estos tipejos en este enlace. Te recomiendo enviarle el link a tu jugador para que lo tenga a mano sin necesidad de imprimirla.

[stag_button url=»https://relatosescritos.com/wp-content/uploads/2016/01/Jay-Fatty-Hanson.pdf» style=»orange» size=»medium» type=»stroke» target=»_self» icon=»print» icon_order=»before»]Acceso a la ficha de Jay «Fatty» Hanson[/stag_button]

Carl

Puedes ver la ficha completa de estos tipejos en este enlace. Te recomiendo enviarle el link a tu jugador para que lo tenga a mano sin necesidad de imprimirla. Carl es un personaje atípico y difícil de llevar. Está pensado para dárselo a un quinto jugador en caso de que la partida sea de un tamaño grande; especialmente pensado para esa persona que llega tarde a la partida. Dale esta ficha y hazle leer este párrafo para dejarle caer la indirecta.

Personajes secundarios

Bill, el buen poli

Un policía de tomo y lomo. Trajeado y simpático donde los haya, agradable de trato y que sólo busca hacer el bien. En el colegio le pegaron mucho, pero ahora protege a los indefensos. Si, ese es Bill, el buen poli.

Posesiones: Pistola, billetera con 57 dólares, coche personal, teléfono móvil y apartamento.

Características: Cultura -1, Entereza +1, Perspicacia +1, Reflejos +2.

Trasfondos: Afiliación (policía) +2, Guapo +1, Estresado -2.

Habilidades: Alerta +2, Artes marciales (defensa personal) -2, Armas de fuego (cortas) 0, Atletismo 0, Conducción (coches) -2, Conocimiento del lugar (Los Ángeles) -2, Conocimiento no académico (moda) -3, Derecho -4, Deporte (atletismo) -2, Discreción 0, Disfraz -3, Empatía 0, Farsa -1, Liderazgo -2, Medicina -4, Sangre fría 0, seducción -1, Vigilancia -1, Vida social 0.

Puntos de drama: 3

Margaret

Un poco pija. Rasgos asiáticos y voz chillona y dulce a la vez, la perfecta para sonar por las ondas hertzianas. Alta y delgada, de pelo moreno y mirada penetrante.

Posesiones: Bolso con 78 dólares, maquillaje, llaves de su apartamento, condones.

Características: Coordinación +1, Elocuencia +2, Entereza -1, Perspicacia +1, Pericia -2.

Trasfondos: Contactos (en la radio) +1, Famosa +2, Guapa +2, Posición +1, Riqueza +3, VIP +3, adición (antidepresivos) -1, Marca distintiva (rasgos asiaticoamericanos) -1. Secreto (se tiró a Fatty en el pasado) -1

Habilidades: Alerta -1, Artes marciales (kick boxing) -3, Atletismo 0, Bellas artes (interpretación) -1, Conducción (coches) -4, Conocimiento del lugar (Los Ángeles) 0, Discreción -1, Disfraz -1, Empatía 0, Expresión +1, Farsa +2, Liderazgo -2, Negociación -2, Sangre fría -2, Seducción +1, Vida social +1.

Puntos de drama: 2

Mafiosos americanos/”agentes del FBI”

Posesiones: Casa en barrio residencial de alto standing de Los Ángeles, cuatro o cinco automóviles de diversos tipos, armamento variado, teléfono móvil y un fuerte acento ruso.

Características: Aguante +2, Coordinación +1, Elocuencia -2, Entereza +2, Fuerza +1.

Trasfondos: Contactos (Bajos fondos) +1, Duro de matar +2, Impávido +2, Reputación (buen profesional) +1, Bajo sospecha -1, Obsesión (perfeccionismo) -3, Afiliación (mafia americana) +1

Habilidades: Alerta +1, Artes marciales (karate) 0, Armas de fuego (cortas) 0, Armas de fuego (automáticas) -1, Armas de fuego (largas) 0, Atletismo 0, Bajos fondos -2, Conducción (coches) -4, Conocimiento no académico (películas) -1, Discreción +1, Idioma (árabe) -3, Inspección -1, Investigación -2, Intimidar 0, Medicina -4, Sangre fría +2.

Puntos de drama: 1

Bobby

Extremadamente nervioso, flaco y con barba muy mal cuidada, con múltiples calvas en la cabeza y en la cara. Viste con camisa a cuadros y ropa propia de un mendigo. Sus gestos son nerviosos y da la impresión de moverse muy rápido.

Posesiones: Chalet en el barrio de Ramona, demasiada droga, una chica menor de edad y unos 789 dólares.

Características: Aguante +1, Elocuencia +2, Pericia +1.

Trasfondos: Afortunado +3, Reputación (en el barrio es el que te pasa sin hacer preguntas) +1, Vida feliz +2, Adicción (cocaína) -2, Deudas -2, Nervioso -3, Bajo sospecha -1.

Habilidades: Alerta -2, Bajos fondos -4, Conducción (coches) -3, Conocimiento no académico (armas) 0, Conocimiento no académico (programar el dvd y la tele) -2, Conocimiento del lugar (Los Ángeles) -2, Discreción -1, Drogas -4, Expresión 0, Farsa 0, Negociación -1, Seducción -1.

Puntos de drama: 10

Matones de la mafia rusa

Tipos bastante altos, casi todos ellos superan el metro ochenta y cinco. Vestidos con americanas y con la cabeza cuadrada, con mentón prominente, tal vez debido al abuso de esteroides.

Posesiones: Apartamento sin casi mobiliario, piano de cola, equipo de sonido de alta fidelidad, colección de música asiática (como la que suena en los restaurantes chinos), pistola 44mm Mágnum y navaja.

Características: Coordinación +1, Elocuencia -3, Entereza +3, Pericia +1, Reflejos +1.

Trasfondos: Afiliación (Mafia rusa) +3, Duro de matar +3, Impávido +2, Posición +1, Reputación (buen profesional) +1, Sueño ligero +1, Antecedentes penales (asesinato) -3,  Deudas de honor (contraídas durante la antigua URRS) -3, Trastorno siquiátrico (sociópata) -4, Strikes -1.

Habilidades: Alerta +1, Armas de fuego (cortas) +1, Armas de fuego (largas) 0, Atletismo -2, Bajos fondos -2, Bellas artes (música asiática) -1, Bellas artes (pintar) -1, Cerrajería -2, conducción (coches) -2, Conocimiento del lugar (Moscú) -2, Conocimiento no académico (armas) -1, Discreción 0, Inspección 0, Investigación -2, Intimidar +1, Liderazgo -2, Oficio (armería) -1, Pelea 0, Sangre fría +1, Vigilancia -1.

Puntos de drama: 2

Jefe de la mafia rusa

Un hombre viejo y delgado. Pequeño y violento. Viste con americana y parece tener muy poca paciencia.

Posesiones: Mansión en Moscú, apartamentos distribuidos por distintas zonas del planeta (Europa, Sudamérica), barco de 70 m. de eslora sin antecedentes y matriculado en Perú.

Características: Entereza +2, Pericia -1, Perspicacia +1, Reflejos -1.

Trasfondos: Afiliación (mafia rusa) +3, Contactos (crimen organizado) +2, Duro de matar +1, Famoso +1, Reputación (duro e implacable) +2, Posición +3, Riqueza +5, Antecedentes penales (tráfico de droga y armas) -2, Bajo sospecha -1, Enemigo (mafia americana) -3, Minoría racial (asiáticocaucásico) -1, Protegido (familia) -1, Secreto (toda su fortuna es dinero negro) +3, strikes -1.

Habilidades: Alerta -1, Armas de fuego (cortas) -1, Bajos fondos -1, Burocracia -1, Conducción (coches) -4, Conocimiento académico (economía) -3, Conocimiento del lugar (Moscú) -3, Conocimiento no académico (fauna animal) -3, Derecho -2, Empatía -1, Expresión -1, Intimidación 0, Liderazgo +1, Negociación 0, Pelea 0, Sangre fría +1, Vida social -1.

Puntos de drama: 1

Policías

Posesiones: Uniforme, walkie talkie, arma reglamentaria, esposas y linterna. Pequeña casa en el suburbio.

Características: Aguante +1, Entereza +1, Fuerza +1, Pericia +1, Perspicacia +1.

Trasfondos: Afiliación (departamento de policía) +2, Agente de la ley +1, Aliado (confidente) +1, Reputación (honrado) +1, Protegidos (familia) -1.

Habilidades: Alerta -1, Armas de fuego (cortas) 0, Armas de fuego (largas) -1, Conducción (coches) -2, Conocimiento del lugar (Los Ángeles) -1, Conocimiento no académico (béisbol) -2, Derecho -4, Drogas -4, Intimidación 0, Inspección 0, Investigación -3, Liderazgo -2, Sangre fría 0, Vigilancia -1.

Puntos de drama: 6

Si os ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada Partida de rol para sLAng: Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas? aparece primero en Relatos escritos.

]]>
297
Ficha de Carl para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» https://relatosescritos.com/relatos-escritos/ficha-de-carl-para-la-aventura-tio-por-que-andamos-metidos-siempre-en-estas-mierdas/ Sun, 03 Jan 2016 23:26:14 +0000 http://relatosescritos.com/?p=321 Ficha de Carl para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Ficha de Carl para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» Aquí tienes la ficha para que el jugador pueda acceder directamente desde su móvil, tablet u ordenador mientras estás dirigiendo la partida. Carl es un personaje atípico y difícil de llevar. Está pensado para dárselo a un quinto jugador en […]

La entrada Ficha de Carl para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» aparece primero en Relatos escritos.

]]>
Ficha de Carl para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Ficha de Carl para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?»

Aquí tienes la ficha para que el jugador pueda acceder directamente desde su móvil, tablet u ordenador mientras estás dirigiendo la partida. Carl es un personaje atípico y difícil de llevar. Está pensado para dárselo a un quinto jugador en caso de que la partida sea de un tamaño grande; especialmente pensado para esa persona que llega tarde a la partida. Dale esta ficha y hazle leer este párrafo para dejarle caer la indirecta. La aventura completa está publicada en este enlace, pero te advierto que si eres el jugador estropearás toda la diversión si la lees antes de tiempo.

Historia

Tu madre siempre te trató como una porquería. O no. No lo sabes muy bien. Desde que dejaste la medicación que te recetó el siquíatra estás empezando a ver el mundo tal y como es realmente, aunque no tienes del todo claro que lo que ves sea real. Fue tu madre la que te llamó sicópata cuando la dijiste a los cinco años que si la podías tirar por el cañón del Colorado en un paseo de fin de semana que disteis por el lugar. Desde entonces toda tu vida ha sido una inyección constante: te han sedado, te han drogado, te han ido matando lentamente. Pinchándote esas cosas que te decían que necesitabas porque estabas loco. Tu no estás loco, así que se pueden ir a freir espárragos. No eres un sicópata, sólo sabes que el resto del mundo no para de perseguirte; tampoco es esquizofrenia paranoide como dijo el siquíatra. Si la gente te acosa, te defiendes y no paran de acosarte. Todo el mundo te persigue y la que dirige el asunto es tu madre. Si, tu madre. Está como una cabra.

Así que la descuartizaste.

Tampoco te preocupa mucho. ¡Tienes con qué despistar los problemas córcholis!. Cuando la gente te ve por la calle ven a un hombre delgadito, pálido y con gafas. Con cara de buena persona. Así que Bobby, un narcotraficante de segunda que habla a toda velocidad por el abuso de estupecfacientes, te dio trabajo. Eres su matón por decirlo de alguna manera. Pero tampoco se puede llamar así exactamente. Simplemente te encargas de librarte de la gente que acosa a Bobby. Y eres muy bueno en tu trabajo.

Pero volviendo a los trocitos que conservas de tu madre en el frigorífico. Sabes que vas a tener que librarte de ese montón de carne. Sus sicarios, aquellos que no paran de perseguirte, pueden aparecer en cualquier momento y descubrir lo que ha pasado con su líder, la mujer que los mandaba en tu contra. Así que más vale librarse de las bolsas de plástico negras en las que guardas los pedazos. Un poco lioso, porque en menos de un cuarto de hora van a presentarse en tu casa una panda de tíos de parte de Bobby, ¿trabajará Bobby en realidad para tu difunta madre? ¿También será uno de los que te persiguen y habrá mandado a estos chicos a investigar o a matarte? No, no puede ser, porque te dijo que era para que hicieseis un trabajo. No puedes dejar este marrón en tu casa, los vecinos están empezando a sospechar y sobre todo a oler, porque apesta bastante. Y en un cuarto de hora vendrán a buscarte los hombres de Bobby. ¿Qué hacer por Dios, qué hacer? Si por lo menos tuvieses algunos tranquilizantes sería más fácil, pero cuando mataste al siquíatra también quemaste las recetas. ¡Qué noche la de aquél día!

Características

Aguante +3, Cultura -1, Fuerza +3, Elocuencia -2, Perspicacia -1, Reflejos -1

Trasfondos

Afiliación (seudoalianza con Bobby) +1

Posición +1

Riqueza +1

Trastorno siquiátrico (sociópata) -4

Mala reputación -4

Marginado -2

Strikes -1.

Habilidades

Alerta +1, Armas de fuego (cortas) -1, Armas de fuego (largas) -1, Bajos fondos -2, Cerrajería -2, Conducción (coches) -2, Conocimiento no académico (historia) -2, Derecho -4, Discreción 0, Inspección 0, Intimidación 0, Tortura -1, Liderazgo 0, Medicina -3, Pelea 0, Sangre fría 0, Supervivencia -2, Vigilancia -2

Puntos de drama: 4

Posesiones

Coche, Piso sin mobiliario, Un par de pistolas y 500$ en efectivo.

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada Ficha de Carl para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» aparece primero en Relatos escritos.

]]>
321
Ficha de Jay «Fatty» Hanson para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» https://relatosescritos.com/relatos-escritos/ficha-de-jay-fatty-hanson-para-la-aventura-tio-por-que-andamos-metidos-siempre-en-estas-mierdas/ Sun, 03 Jan 2016 23:18:21 +0000 http://relatosescritos.com/?p=315 Ficha de Jay «Fatty» Hanson para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Ficha de Jay «Fatty» Hanson para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» Aquí tienes la ficha para que el jugador pueda acceder directamente desde su móvil, tablet u ordenador mientras estás dirigiendo la partida. Si este sistema te parece engorroso, te pongo un link de descarga de la ficha en […]

La entrada Ficha de Jay «Fatty» Hanson para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» aparece primero en Relatos escritos.

]]>
Ficha de Jay «Fatty» Hanson para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Ficha de Jay «Fatty» Hanson para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?»

Aquí tienes la ficha para que el jugador pueda acceder directamente desde su móvil, tablet u ordenador mientras estás dirigiendo la partida. Si este sistema te parece engorroso, te pongo un link de descarga de la ficha en pdf al final del artículo. La aventura completa está publicada en este enlace, pero te advierto que si eres el jugador estropearás toda la diversión si la lees antes de tiempo.

Historia

La madre de Fatty sufrió la pérdida de su padre y principal sustento familiar en un momento delicado de la vida del niño, a los 6 meses, cuando más falta hace tener dinero en el bolsillo, así que le enchufó a su teta y rezó porque siguiera saliendo leche hasta los 18 años del chico.

La madre mantiene una actitud posesiva hacia su muchacho. Odia a toda chica que se pueda acercar a él y alejarlo de su lado, es SUYO y así lo mantendrá siempre. Ha logrado encontrar trabajo como limpiadora y se desloma por su chaval, pero el chaval no ha salido exactamente como ella quería, no tiene complejo de Edipo.

Fatty es como te he dicho un santurrón, se aleja de las drogas y recomienda no tomarlas; le gustaría llegar a algo importante y honrado, pero su cabeza no sirve para estudiar.

Sus tres grandes amigos son curiosos. Ninguno de ellos goza del favor de su madre, cosa por la que se ve restringido. Uno de ellos era un gandul y un cabroncete (Earl Brigs), pero cuando cumplió los veinte decidió que debía cambiar su vida y la encaminó a la carrera de químicas, obteniendo el título a los cinco años. Volvió cambiado, más bruto e independiente y se rapó sus greñas, pero es químico, tío. Aun no ha encontrado trabajo.

Los otros dos son unos yonkis, Levitt y su hermano Cole. Están siempre tirados. Todo el mundo sabe que Levitt ha conseguido comprarse el coche gracias a la pasta que consigue haciendo pequeños trapicheos con su hermanito Cole. Si, hace poco que se ha metido a los pequeños trapicheos y parece querer arrastraros a vosotros dos. Tu no estás para nada de acuerdo, pero siempre los acompañas, en casa necesitáis la pasta y aunque no lo apruebas, la ética no sirve de nada si no coméis. Pero procuras que tu amigo no se meta nada de lo que trafica.

Hace un par de semanas tu madre decidió solucionar esto. Vio el coche de tu amigo no-químico que si trabajaba en la química y decidió llamar a la poli. Se presentaron en casa dos tíos uniformados que más que polis parecían mafiosos y estuvieron un par de horas dándote la charla. Encamina tu vida, blablabla, no seas tonto, blablabla. Finalmente decidiste no vender la piel de tu amigo tan barata. Ellos te dieron una tarjeta con un número de teléfono y un nombre. Si tu amigo iba a vender algo demasiado gordo, más valía que llamases a ese número, porque ellos podrían ayudarte a no entrar en la trena más años de los que un buen chico como tu se merecían. Tu madre te dio los capones que jamás te había dado por no vender a tu amigo antes y lleva dos semanas diciéndote diariamente lo que debes hacer. Tienes la cabeza como un bombo, por un lado tus amigos y por otro una madre posesiva que te dice mañana, mediodía, tarde y noche que deberías de meter a tus amigos en la cárcel.

Características

Aguante: 0

Coordinación: 0

Cultura: 0

Elocuencia: +2

Entereza: 0

Fuerza: +1

Pericia: -2

Perspicacia: 0

reflejos: 0

HABILIDADES

Alerta 0
Armas de fuego (automáticas) -4
Armas de fuego (cortas) -2
Armas de fuego (largas) -4
Armas pesadas-5
Artes marciales (tipo) -5
Atletismo-3
Bajos fondos 2
Bellas artes (tipo) -5
Burocracia -4
Carterismo -5
Cerrajería-5
Conocimiento académico (tipo) -5
Conocimiento del lugar (BIBLIOTECA) -4
Conocimiento no académico (MI PROPIA PSICOLOGÍA) -1
Conducción (camión) -5
Conducción (coches) -5
Conducción (maquinaria pesada) -5
Conducción (motocicletas) -5
Deporte (tipo) -5
Derecho -3
Discreción -1
Disfraz -3
Drogas -2
Empatía+1
Expresión +1
Falsificación-5
Farsa -1
Idioma (idioma) -5
Informática-5
Inspección -3
Intimidación-3
Investigación-4
Juego -4
Liderazgo -3
Medicina-5
Negociación +1
Oficio (tipo) -5
Pelea +1
Pilotar vehículo aéreo (tipo) -5
Pilotar vehículo marítimo (tipo) -5
Sangre fría-3
Seducción-3
Supervivencia-2
Trato con animales -1
Vida social -3
Vigilancia -3

PUNTOS DE DRAMA 8

Equipo

20 dólares. 2 entradas de cine medio rotas. Pañuelos de distintos colores (todos oscuros). 1 cerveza propia. 1 lápiz y 2 folios de papel. Una tarjeta con el número de teléfono que te dieron los hombres de negro.

[stag_button url=»https://relatosescritos.com/wp-content/uploads/2016/01/Jay-Fatty-Hanson.pdf» style=»orange» size=»medium» type=»stroke» target=»_self» icon=»print» icon_order=»before»]Acceso a la ficha de Jay «Fatty» Hanson[/stag_button]

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada Ficha de Jay «Fatty» Hanson para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» aparece primero en Relatos escritos.

]]>
315
Ficha de Levitt y Cole Dorean para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» https://relatosescritos.com/relatos-escritos/ficha-de-levitt-y-cole-dorean-para-la-aventura-tio-por-que-andamos-metidos-siempre-en-estas-mierdas/ Sun, 03 Jan 2016 23:10:24 +0000 http://relatosescritos.com/?p=308 Ficha de Levitt y Cole Dorean para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Ficha de Levitt y Cole Dorean para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» Aquí tienes la ficha para que el jugador pueda acceder directamente desde su móvil, tablet u ordenador mientras estás dirigiendo la partida. Si este sistema te parece engorroso, te pongo un link de descarga de la ficha […]

La entrada Ficha de Levitt y Cole Dorean para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» aparece primero en Relatos escritos.

]]>
Ficha de Levitt y Cole Dorean para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Ficha de Levitt y Cole Dorean para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?»

Aquí tienes la ficha para que el jugador pueda acceder directamente desde su móvil, tablet u ordenador mientras estás dirigiendo la partida. Si este sistema te parece engorroso, te pongo un link de descarga de la ficha en pdf al final del artículo. La aventura completa está publicada en este enlace, pero te advierto que si eres el jugador estropearás toda la diversión si la lees antes de tiempo. En el caso de Levitt y Cole Dorean tienen una ficha muy similar y dado que son hermanos, ambos jugadores pueden tener acceso a la información del otro.

Historia

A Lev las drogas le han pasado factura, y eso se nota en su físico. Es un tipo delgado, de aspecto algo demacrado, aunque sin dar el aspecto de yonki perdido. Pelo corto, casi al cero, con un corto bigotillo. Intenta tener siempre una pose de tipo duro, con el ceño fruncido, y cara de malote.
Los que le conocen saben que tiene una extraña afición a autodañarse. El daño le ayuda a pasar el mono por un momento, así que se suele realizar cortes, y también tatuajes, con lo que tiene el cuerpo repleto de estos. Se lo enseñó su querido hermano Cole Dorean, ese si que se ha metido de verdad en el mundillo del sado y de las drogas. Generalmente lo que menos le importa es el dibujo que se tatúa, si no el momento de dolor que le produce, por lo que tiene tatuajes bastante absurdos y feos. ¿Estudiar? ¿Para qué cojones quieres estudiar? Hace años que dejaste los estudios y la casa de tus padres, que los muy cabrones te echaron. ¿Tu te crees qué hijoputas?, lo peor es que Cole siguió en casita de papá y mamá porque él era el bueno, cuando era un cabrón redomado mucho peor que tu. Te dedicaste a la buena vida…ejem…si, bueno…no tan buena, joder, pero hay que ganarse el pan de algún modo, tío. Así que “trabajaste” con tu colega de toda la vida, Earl Briggs, a mangar lo que podíais. Sacabais lo justo para papear, y bueno, también te lo gastabas en otras cosas…¡qué pasa! No mires así, coño. Si, joder, si… te lo gastabas en meterte toda la mierda que pillabas, ¿algún problema? Eso no es asunto tuyo, tío. Cuando la droga te pilla, te pilla, ¡y punto!
Pero un buen día, Earl acabó con esa vida y cuando cumplió los 20, decidió que debía cambiar su vida y la encaminó a la carrera de químicas, obteniendo el título a los 5 años. Volvió cambiado, más bruto e independiente y se rapó sus greñas, pero es químico, tío. Aun no ha encontrado trabajo de químico, pero tu si que encontraste trabajo relacionado con las químicas.
Tu nuevo trabajo relacionado con la química tuvo su principio hace unos meses. Entraste a robar en la casa equivocada, la casa de Bobby. Era un cuchitril caro situado en Pomona, te molaba robar en ese barrio porque en la jungla de cristal iba a quedarse a dormir allí el prota. La casa era el un maremágnum sicotrópico, colores y lámparas de esas que tienen bolas flotando dentro, una tía con la jeringuilla en la vena en medio del sofá del salón y pidiéndote sexo de continuo, jo tío, era el puto paraíso. Y apareció Bobby, te metió una escopeta gigantesca por la nariz (y cabía) y te dijo que ibas a currar para él hasta que le pagases lo que le debías. No te explicó cuánto le debías exactamente por no haber robado nada en su casa, pero el caso es que te regaló un coche (según dicen algo destartalado, pero a ti te mola su color rojo con trozos de chapa marrón de diversos arreglos), un móvil y te pagaba la comida. Lo único que tienes que hacer es presentarte en su casa, te da un par de gramos para ir tirando hasta el siguiente trabajo y un maletín bien cerrado y tu lo tienes que llevar del punto A, al punto B. Fácil.
No les has dicho nada a tus amigos, pero presumes de ello y todo el mundo en el barrio lo sabe.
Tus amigos, ¿cuántos son? tres. El que te pilla más cerca es tu hermano Cole, el perfecto subnormal. Si no fuese tu hermano le dirías que dejara de rajarse para producirse placer y que no siguiese metiéndose tanta mierda, pero como es tu hermano que haga lo que le salga de los cojones el muy capullo. El otro ya lo sabes, estudió químicas. Y por último Fatty, es un santurrón malcriado por su madre. La verdad es que la madre está siempre encima del pobre chaval, un chico enorme con una mujer bajita, vieja y arrugada, diciéndole todo lo que debe hacer, te la follarías. Los tres os pasáis todo el día metidos en su casa, esperando a que Bobby te llame a ti; no sabes exactamente lo que hacen ellos. Sabes que al grandón cuida a su madre y que el químico trabaja de dependiente en una tienda o algo así. Te dan pena, son tus colegas desde que teníais seis años y ya tenéis veinticinco o así. Qué cojones, la próxima vez que te llame Bobby les invitarás y así ganarán un dinerillo extra. Seguro que a Bobby no le importa, al fin y al cabo ya le has pagado todo lo que le debías por no haberle robado.

Caracteristicas

Aguante +2

Coordinación +1

Cultura 0

Elocuencia 0

Entereza 0

Fuerza 0

Pericia +1

Perspicacia 0

Reflejos -2

Habilidades

Alerta: -3(+1) -2
Armas de fuego (automáticas): -4
Armas de fuego (cortas): -4
Armas de fuego (largas): -4
Armas pesadas: -5
Artes marciales (tipo): -5
Atletismo: -3
Bajos fondos: -5(+4) -1
Bellas artes (tipo): -5
Burocracia: -4
Carterismo: -5(+4) -1
Cerrajería: -5(+3) -2
Conocimiento académico (tipo): -5
Conocimiento del lugar (barrio): -5(+4) -1
Conocimiento no académico (tipo): -5(+4) -1
Conducción (camión): -5
Conducción (coches): -5(+3) -2
Conducción (maquinaria pesada): -5
Conducción (motocicletas): -5
Deporte (tipo): -5
Derecho: -5
Discreción: -3(+3) 0
Disfraz: -4
Drogas: -5(+2) -3
Empatía: -3
Expresión: -3
Falsificación: -5(+1) -4
Farsa: -3(+2) -1
Idioma (idioma): -5
Informática: -5
Inspección: -3
Intimidación: -3(+2) -1
Investigación: -4
Juego: -4
Liderazgo: -3
Medicina: -5
Negociación: -3(+3) 0
Oficio (tipo): -5
Pelea: -3(+2) -1
Pilotar vehículo aéreo (tipo): -5
Pilotar vehículo marítimo (tipo): -5
Sangre fría: -3(+3) 0
Seducción: -3
Supervivencia: -5(+3) -2
Trato con animales: -4
Vida social: -3
Vigilancia: -4(+1) -3

Trasfondos

Negativos: Adicto -2 compulsión -1
Positivos: Alto umbral del dolor +2 Contactos +1

Puntos de drama: 8

Equipo

Móvil caro. Llaves de coche de segunda. Coche de segunda. Papeles del coche y carné de conducir. 2 cuchillas de barbero con restos de sangre (1 de ellas con óxido). 50 dólares. No tienes drogas, Bobby sabe que así te tiene bien cogido.

[stag_button url=»https://relatosescritos.com/wp-content/uploads/2016/01/Levitt-Steven-Dorean.pdf» style=»orange» size=»medium» type=»stroke» target=»_self» icon=»print» icon_order=»before»]Acceso a la ficha de Levitt y Cole Dorean[/stag_button]


 

Cole Dorean

El hermano de Levitt. Toda una joya y un ejemplo a seguir. No te gustan las drogas, pero disfrutas de la mezcla de drogas y dolor. Disfrutas hasta tal punto que venderías a tu madre por ello. Tu que puedes, dado que no te echaron de casa como a tu hermano Levitt. Joder, otra vez vuelves a ver un pulpo en el salón, ¿es que el resto de la gente es idiota que no lo puede ver también? Lo mejor será ignorarlo, al fin y al cabo ese pulpo no es peligroso, lo ha demostrado. O por lo menos no lo es tanto como el resto de seres fantásticos que pueblan el mundo.

Hay quien dice que estás como una puta regadera y que se debe al consumo excesivo de estupecfacientes. Joder, si no lo hicieses, si que te volverías loco. Así que cuando no tienes suficientes drogas en tu vida, empiezas a autolesionarte. Los pequeños cortes te producen el placer suficiente como para suplir el mono. Genial.

Tus amigos, los mismos que los de tu hermano, te miran como si fueras un bicho raro.      Que les den a esos dos pringados. Si, sólo dos amigos además de tu hermano, ¿pocos? ¿Quién cojones necesita más? Y sobre todo teniendo amigos tan bobos como estos. Está el gordo de Fatty, que os da las llaves de casa para que hagáis lo que os dé la gana en ella. La vieja de Fatty está medio loca, esa si que lo está; siempre diciéndole al gordo lo que tiene que hacer. Por suerte para ti, de vez en cuando presta tanta atención al seboso de su hijo que deja el bolso a mano. Tan a mano que te permite chorizarla todo lo que tenga. Ni se da cuenta jia, jia, jia.

Luego está Earl. Un tío complicado y más desde que volvió de la universidad. Cuando erais unos críos entrabais él, tu y Levitt en las casas de la gente para redistribuir las riquezas, pero un buen día decidió que iba a cambiar su vida. Fue después de entrar colocados en una casa a chorizar una lámpara. Bueno, colocados sólo ibais tu y Levitt, él iba como una flor. Si hubiese ido bien puesto se hubiese dejado de gilipolleces.

Pero se marchó a chapar la puta carrera, químicas, o físicas o electrodomésticos, ni puta idea. Que le den.

Tu lo que quieres es una papelina, pero ya. Siempre en la casa de la vieja de Fatty. Seguro de que el mundo te puede dar más, droga, se entiende …

Características

Aguante +1

Coordinación +2

Entereza +1

Fuerza -1

Pericia -1

Reflejos +1

Trasfondos

Adicto -2. Vida feliz +3. Ambidiestro +2. Contacto (camello) +1

Habilidades

Armas de fuego (cortas) +1, Atletismo 0, Alerta +1, Bajos fondos -1, Carterismo -1, Conducción (coches) -2, Discreción 0, Drogas -1, Investigación -1, Sangre fría 0, Negociación -1, Cerrajería -3, Disfraz -2, Falsificación -3, Farsa -1

Puntos de drama: 5

Equipo

Cutter, papelina de 1 g. (dos dosis), listado de tatuajes que te vas haciendo con un cutter sobre la carne, cintas de música.

[stag_button url=»https://relatosescritos.com/wp-content/uploads/2016/01/Levitt-Steven-Dorean.pdf» style=»orange» size=»medium» type=»stroke» target=»_self» icon=»print» icon_order=»before»]Acceso a la ficha de Levitt y Cole Dorean[/stag_button]

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada Ficha de Levitt y Cole Dorean para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» aparece primero en Relatos escritos.

]]>
308
Ficha de Earl Brigs para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» https://relatosescritos.com/relatos-escritos/ficha-de-earl-brigs-para-la-aventura-tio-por-que-andamos-metidos-siempre-en-estas-mierdas/ Sun, 03 Jan 2016 22:57:06 +0000 http://relatosescritos.com/?p=305 Ficha de Earl Brigs para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Ficha de Earl Brigs para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» Aquí tienes la ficha para que el jugador pueda acceder directamente desde su móvil, tablet u ordenador mientras estás dirigiendo la partida. Si este sistema te parece engorroso, te pongo un link de descarga de la ficha en pdf […]

La entrada Ficha de Earl Brigs para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» aparece primero en Relatos escritos.

]]>
Ficha de Earl Brigs para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Ficha de Earl Brigs para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?»

Aquí tienes la ficha para que el jugador pueda acceder directamente desde su móvil, tablet u ordenador mientras estás dirigiendo la partida. Si este sistema te parece engorroso, te pongo un link de descarga de la ficha en pdf al final del artículo. La aventura completa está publicada en este enlace, pero te advierto que si eres el jugador estropearás toda la diversión si la lees antes de tiempo.

Historia

En la vida hay dos clases de personas: los pringados como Jay, Levitt y Cole y los triunfadores que saben hacer algo con su vida. ¿Qué a qué clase pertenece Earl Briggs? Seguro que lo adivinas… no, a ese no, al otro coño, al de los triunfadores.

Sí, claro que Briggs se crió en el barrio y tuvo sus problemas, faltaba más, ¿quién no ha robado algo en su vida? Pues eso. En fin, los pecados del pasado y todo eso que dicen en la facultad. Pero Briggs es un tipo nuevo, se cansó de robar en casas y decidió que lo mejor era estudiar una carrera, así que se fue a la Universidad y se convirtió en apenas cinco años en un Licenciado en Química. Dejó de lado sus melenas, cambió de amistades y dejó de pasar por el barrio. Ahora es una persona nueva.

Y, como ángel redentor, ha decidido que debe hacer algo por sus amigos, así que ha decidido volver al barrio, ver qué se cuece y, en general ver si puede volver a tratarse con sus colegas. Ha pasado tanto tiempo… pero aunque la Universidad te cambie, el fondo sigue siendo el mismo, y Earl Briggs sigue siendo un amigo de sus amigos. Levitt y Cole ni lo sospechan, ni mucho menos el grandullón de Jay, pero está jodido. Muy jodido. Desde que Briggs sacó el culo de la cárcel (“la universidad de la vida”, que química ni que perro muerto) y aquellos tipos del Gobierno le ofrecieron trabajar para ellos para enmarronar a Jay, pues bueno, uno no tiene mucho que pensarse. Después de todo que acabara en la cárcel era culpa de Jay y del drogadicto de Cole, fueron ellos los que decidieron robar en la casa de aquella parejita, después se largaron de allí y, lo peor de todo, ni siquiera recuerdan haber robado allí. Osea que a Briggs lo pillaron, cargó él solo con el muerto y le tocó aprender de primera mano lo que era una vida carcelaria. Ahora, cinco años después, tenía la oportunidad de recuperar su vida. ¿La alternativa? Trabajar en un supermercado del tres al cuarto, de esos que abren 24 horas y tu jefe es un pakistaní con un mono amaestrado que maneja el revólver a la perfección. Vamos, que la cosa estaba fácil. Briggs, el brillante químico (jajaja) volvía a la ciudad para encontrarse con sus colegas.

Sus colegas son una gente maravillosa, siempre y cuando no entiendas lo que significa esa palabra. Cole y Levitt son hermanos, unos politoxicómanos a los que les gusta automutilarse; acabas de volver a verlos tras varios años y ahora mismo no sabes a cuál de los dos le gusta más sangrar después de herirse. Lo cierto es que por el único por el que sientes lástima (poca, puesto que la cárcel te enseñó que nadie merece lástima), es por Fatty. Es un malcriado, mimado por su madre que le sobreprotege. Excesivamente orondo y que no parece darse cuenta del mundo que le rodea.

No te hace gracia vender a tus amigos a la policía, pero estás seguro que les vendrá bien una rehabilitación. Qué puta es la vida, como decía estadounidense que disparaba a los niños vietnamitas en “la chaqueta metálica”.

Características

Aguante +0

Elocuencia +2

Pericia +0

Coordinación +1

Entereza -2

Perspicacia +0

Cultura +1

Fuerza +0

Reflejos +0

TRASFONDOS

Alta Autoestima (+2): +1 a los chequeos de dificultad +2
Reputación (+1): en el barrio se cree que dejó el mal camino y ahora es una persona de provecho, +2 a los chequeos sociales correspondientes.
Deuda de Honor (-2): ayudar a los tipos del Gobierno para evitar dar con su culo en un supermercado.
Strikes (-1): culpable de un delito grave en el Estado de California

HABILIDADES

Alerta +0
Atletismo +0
Bajos fondos -4
Carterismo -3
Cerrajería -4
Conocimiento de Lugar (Cárcel local) -3
Conocimiento no académico (La tv de la cárcel) -4
Discreción +0
Empatía +0
Expresión +1
Farsa +1
Idioma (español) -3
Inspección +1
Pelea +1
Sangre fría -1
Vigilancia -1

PUNTOS DE DRAMA 9

Equipo

25 dólares. Teléfono móvil con el Gran Número del Gran Poli. 2 chapas de cerveza. Dados de póker. 2 entradas de cine medio rotas. 3 maquinillas de afeitar.

[stag_button url=»https://relatosescritos.com/wp-content/uploads/2016/01/Earl-Briggs.pdf» style=»orange» size=»medium» type=»stroke» target=»_self» icon=»print» icon_order=»before»]Acceso a la ficha de Earl Brigs[/stag_button]

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada Ficha de Earl Brigs para la aventura «Tío, ¿por qué andamos metidos siempre en estas mierdas?» aparece primero en Relatos escritos.

]]>
305
No siempre llueve a gusto de todos (parte 5) https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos-parte-5/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos-parte-5/#comments Thu, 31 Dec 2015 11:14:09 +0000 http://relatosescritos.com/?p=212 No siempre llueve a gusto de todos (parte 5) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 5) Dos coches policiales derraparon frente a la puerta de la casa. Las astillas de la puerta desperdigadas por la entrada indicaban la ruta a seguir. Bajaron del coche con las armas por delante, mirando en todas direcciones como marcaba su entrenamiento. Había tres peldaños antes de […]

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 5) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
No siempre llueve a gusto de todos (parte 5) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 5)

Dos coches policiales derraparon frente a la puerta de la casa. Las astillas de la puerta desperdigadas por la entrada indicaban la ruta a seguir. Bajaron del coche con las armas por delante, mirando en todas direcciones como marcaba su entrenamiento.

Había tres peldaños antes de llegar a la entrada. Uno, dos … Escucharon un quejido animal. Dieron dos pasos hacia el interior. La casa estaba a oscuras y ni un alma parecía moverse en su interior. Quien quiera que había entrado se había molestado en bajar las persianas y cerrar las cortinas. En la oscuridad sólo se distinguían unas escaleras que subían hacia el piso superior, un pasillo que debía de dirigir a la cocina y la entrada a un salón en que no se podía ver forma alguna. Sólo se escuchaba un leve siseo en la cocina.

Eran cuatro policías. Un par de señas sirvieron para indicarse entre ellos que dos subirían y los otros dos barrerían la planta baja. En las llamadas que habían recibido a la central, sólo se escucharon gritos histéricos acerca de un hombre disfrazado con una cabeza de ciervo que había partido la puerta con una brutalidad desmedida. Nadie lo había visto salir. Tenía que ser una persona extremadamente corpulenta para poder partir en pedazos un portón de madera de ese grosor. Con las pistolas apuntando, los dos primeros policías desaparecieron entre las sombras de las escaleras que subían hacia arriba.

Algo se movió en el suelo del salón. La pareja que permanecía abajo disparó inmediatamente. Apretaron los dientes con tanta fuerza como los gatillos. Los fogonazos de las armas iluminaron a un perro moribundo que murió inmediatamente bajo la lluvia de balas. Actuando como robots, saltaron contra un lado del sofá del salón usándolo como cobertura. Sus ojos fueron aclimatándose a la luz y empezaron a vislumbrar detalles del lugar. El sofá estaba mojado, al igual que la alfombra. El olor metálico indicaba que era sangre. Había una mesa de centro que sólo conservaba su estructura, el tablero de cristal que sostuvo en algún momento estaba partido y desperdigado por el suelo. Frente al sofá, anclada a la pared había una gran televisión. Frente a esta, encima del diván un trofeo de caza. Eran los únicos adornos que se distinguían. La falta de luz impedía ver con detalle. Un gesto rápido y uno de los dos agentes se puso en pie mientras el segundo lo cubría desde la cobertura que le daba el canapé. El crujido de la madera pisada tras pisada quedó oculto bajo la alfombra salpicada de sangre. Los ojos nerviosos de ambos hombres zigzagueaban en todas direcciones. Una leve brisa entró por el resquicio de la ventana y movió las cortinas del salón dejando entrar un rayo de luz que rebotó en la pantalla del televisor. Ambos giraron la cabeza hacia el reflejo. Tras su nuca, en la pared sobre el sofá, la cabeza de ciervo se movió.

En la planta superior la otra pareja escucharon los salvajes gritos de dolor. Luego de nuevo el silencio se apoderó de la casa. Ninguno reaccionó alocadamente. El primero levantó la mano indicando a su compañero que esperara. Activó la radio.

— Central, aquí patrulla B56 atendiendo a la llamada de alerta de Okney Road 3025. Estamos en el interior de la casa y el sospechoso está armado. Necesitamos refuerzos. Repito, necesitamos refuerzos inmediatamente.

Un cristal se rompió en algún lugar del edificio.

— El sospechoso es violento.

El compañero tocó el hombro del policía para indicarle que apagara la transmisión. Cerró el canal. Señaló con la mano a un lado. Una lágrima recorrió inmediatamente el rostro del hombre.

El dedo marcaba una ruta en línea recta desde el pasillo en donde se encontraban. Pasaba por una puerta destrozada al interior de una habitación. Había una cama clavada contra la pared. Alguien había usado las lamas del somier para simular un cruz. Sólo se distinguían formas. Un brazo roto. Sangre sobre la madera. Piel hecha jirones. Los restos inconexos de lo que antes fue una hermosa mujer se extendían a lo largo del improvisado crucifijo. Sus entrañas abiertas mostraban un cráter. Ambos contuvieron las arcadas y bajaron corriendo las escaleras.

El siseo que habían escuchado al principio aumentaba. Entraba más luz por el salón, así que era probable que el cristal que escucharon romperse fuera de esa zona de la casa. El maldito pitido parecía trepanarles los tímpanos. Les costaba respirar. A su izquierda, el camino a la cocina brillaba con más intensidad que la escasa luz natural que entraba por el salón. La curiosidad pudo con su instinto, siguieron el pasillo hacia la cocina. Un brillo naranja iluminaba la escena, les costaba respirar y eran incapaces de oler nada debido al repugnante olor a muerte que habían aspirado en el piso superior.

La puerta de la cocina era de cristal opaco con un marco de madera. Estaba cerrada, pero permitía pasar la luz. Ambos policías cubrieron los dos laterales de la entrada. Se miraron buscando la aprobación para entrar en la sala y matar a ese hijo de puta a balazos. No hubo un ápice de duda. El primero apagó la radio y bajó la mano hacia el pomo con cuidado. Movió la cabeza indicando a su compañero la cuenta atrás con cada balanceo: tres, dos, uno, …

Tiró del pomo y saltaron al interior de la cocina dispuestos a disparar a lo primero que encontraran.

Al abrir la puerta una cuerda improvisada hecha con trapos de cocina que estaba atada por un extremo a la puerta y por el otro a un bidón de gasolina sobre la mesa se tensó. Encima de la mesa vieron un zippo con su mecha encendida. El bidón saltó por los aires desperdigando la gasolina por la sala. el primer chorro cayó directamente sobre el mechero prendiéndose fuego al contacto con la llama. Entonces fueron conscientes de que el siseo provenía de las llaves del gas que llevaban abiertas desde el principio. La llamarada de fuego los abrasó. Una lengua amarilla se extendió por el pasillo en un fulgor. Se alimentó al contacto con la madera de las paredes extendiéndose por las escaleras hacia el piso superior. La explosión de la caldera de la cocina alimentó la llamarada. El fuego se estrelló contra las ventanas de la planta superior reventándolas en pedazos.

Una lluvia de madera y cristales cayó sobre Jimmy, que observaba con su máscara de ciervo desde el jardín que daba a la ventana del salón el caos de llamaradas que se extendían por el tejado. La luz errática del fuego proyectaba sobre el parterre su sombra diabólica. En su mano izquierda una bolsa de plástico ensangrentada que contenía un bulto del tamaño de un balón. Su mano derecha sostenía un móvil de Nokia de los años noventa. Tecleó un mensaje y apretó el botón de enviar.

En el hospital, el móvil de Bill vibró sobre la mesa mientras le confesaba a la investigadora Margaret White cada detalle de lo que había sufrido en la gasolinera. La mujer miró el teléfono. Bill interrumpió su confesión, miró el vibrante aparato. Sería su mujer. Cogió el teléfono haciéndole un gesto de disculpa a Margaret y abrió el mensaje.

«ESTÁ HECHO»

El contacto que lo mandaba ponía Sicario. La cama se hundió a sus espaldas. La máquina que marcaba su ritmo cardíaco delataba la ansiedad de una taquicardia. Atragantó su respiración.

— ¿Ocurre algo? ¿Qué pone ese mensaje?

La investigadora no iba a dejar pasar lo que parecía a todas luces un hecho relacionado con el caso. El mundo se detuvo en el cerebro de Bill.

«ESTÁ HECHO» enviado por Sicario.

Se dio cuenta de que había permanecido inconsciente durante horas cuando el psicópata de Jimmy lo noqueó en la gasolinera. No había pensado en ello hasta ahora. Ese cabrón lo estaba incriminando de algo. La máquina sonaba con pitidos desacompasados. A Bill le costaba respirar y su corazón parecía querer salir de su caja torácica.

— Deme ese móvil.

— Es mi mujer. Pone … «divorcio».

¿Por qué mentir? ¿Por qué cojones iba a mentir? Su instinto de supervivencia hizo que sobreviviera en aquella gasolinera y ahora le decía que tenía que mentir, pero su racionalidad le imploraba que mostrara el móvil a la policía. ¡Mira! Joder, ese cabrón sigue acosándome. No está muerto. Viene a por mi. El interior de su cabeza era un hervidero de posibilidades contrapuestas.

Los labios de Bill permanecieron sellados.

Margaret dudó un brevísimo instante antes de cambiar su gesto. La mentira había surtido efecto y la policía carraspeó mostrando su incomodidad ante la ruptura matrimonial.

— Lo lamento Bill. Si quieres, podemos dejarte un momento a solas para que puedas tranquilizarte.

Una enfermera entró en la habitación y corrió hacia la máquina que controlaba el pulso. Analizó la gráfica de la taquicardia.

— Tranquilícese por favor. No sé lo que le están haciendo, pero el paciente necesita reposo.

— No se preocupe. No ha sido por ellos. —Bill levantó ambas manos en son de paz.

— De todas maneras tal vez sea mejor que lo dejemos a solas unas horas. Volveremos para que pueda terminar de contar…

Los busca de los tres policías que había en la sala sonaron a la vez. Leyeron el mensaje y abrieron los ojos.

— Joder. —Exclamó Margaret.

«ESTÁ HECHO»

— Volveremos por la mañana. Tranquilícese.

Los dos policías ya habían salido corriendo por la puerta cuando Margaret dijo esas palabras. Ella no tardó en seguirlos.

La enfermera cargó una inyección con algún tipo de droga.

– Esto lo tranquilizará.

Acercó la aguja al gotero que colgaba y se introducía en la vena de Bill.

— No, por favor. No soy amigo de esas sustancias. Me gusta estar despierto.

— Entonces tendrá que tranquilizarse.

Respiró hondo. Las palabras del mensaje parecían escribirse por las paredes, por encima, por debajo y a los lados.

— No se preocupe. Tan sólo ha sido una mala noticia.

— Como quiera. Puede llamarnos cuando lo necesite pulsando este interruptor.

La enfermera salió por la puerta. Tenía otros pacientes. Bill elevó el móvil una vez más. La pantalla estaba apagada. Temblando, apretó el botón de encendido y se iluminó mostrando de nuevo las letras.

«ESTÁ HECHO»

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 5) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos-parte-5/feed/ 1 212
No siempre llueve a gusto de todos (parte 4) https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos-parte-4/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos-parte-4/#respond Thu, 24 Dec 2015 12:13:35 +0000 http://relatosescritos.com/?p=181 No siempre llueve a gusto de todos (parte 4) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 4) La cabeza de Bill estaba apoyada de lado sobre la almohada cuando se despertó. Reconoció la sala del hospital. Sentía que había pasado tan sólo un segundo desde el momento en que el enfermero le pinchó la anestesia. Tenía varios goteros a su alrededor y la […]

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 4) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
No siempre llueve a gusto de todos (parte 4) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 4)

La cabeza de Bill estaba apoyada de lado sobre la almohada cuando se despertó. Reconoció la sala del hospital. Sentía que había pasado tan sólo un segundo desde el momento en que el enfermero le pinchó la anestesia.

Tenía varios goteros a su alrededor y la sensación de que le habían hecho algo en el pulmón. No sentía nada en su cuerpo, sólo cansancio.

Estaba en el lugar más solitario del planeta. Ningún ruido a su alrededor. Cuando le llevaban en la camilla tuvo la sensación de estar en un hospital con mucho movimiento, con pacientes y médicos corriendo de un lugar a otro. ¿Qué había pasado con todo el barullo? Un escalofrío le recorrió el espinazo. Por fin empezaba a tener alguna sensación física.

Miró el marco de la puerta, abierto. No se oía un alma. Sus pupilas se redujeron al tamaño de un alfiler. Al otro lado de la puerta había una sombra. Era delgada, como el Jimmy, el psicópata de la gasolinera. La forma permanecía quieta. Bill trató de moverse. El pitido de la máquina que tenía a su derecha martilleaba más rápido, avisándole de que su corazón se aceleraba. El gotero tembló cuando sacó el brazo por encima de la sábana. Pudo ver que su pecho estaba cubierto por vendas.

La sombra se movió. Avanzaba hacia la puerta. Bill palideció. Se sujetó con fuerza a la sábana, como si le fuera a servir de apoyo para levantarse. Trató de mover las piernas, pero no le obedecían. La anestesia aun estaba allí. Lo iban a matar. Ese loco había conseguido vaciar la planta y ahora venía a por él.

POM, POM, POM. Era su imaginación jugándole una mala pasada, haciéndole sentir que cada paso que daba la sombra hacia su habitación hacía temblar el edificio. No podía huir. El aumento del ritmo cardíaco hizo que su cuerpo despertara y notó el punzante dolor en su mano rota, en su pecho sajado y en su cara raspada. El asesino iba a terminar lo que había empezado y no podría evitarlo.

Gritó como lo haría un gato, sus pulmones también parecían vacíos. Una mano agarró el canto. Bill exhaló el poco aire que le quedaba. Sus ojos eran el espejo de su nerviosismo, pero aun así le permitieron ver el anillo de su mujer en dicha mano.

La máquina pitaba de manera interrumpida avisando que su corazón no paraba de latir. Su mujer cruzó el umbral de la puerta.

— Elizabeth… —Una cálida lágrima resbaló por la temblorosa mejilla de Bill.

— Bill, ¿qué te ha sucedido?—Su voz interesada no trataba de reprocharle nada.

— Ha sido una locura. —Bill se atragantó con su saliva. En ese momento se dio cuenta de que estaba llorando desconsoladamente. — Un chiflado ha tratado de matarme. Me ha torturado, me ha roto.

Bill se dio cuenta de que una bola de su propia saliva le impedía hablar. Su mujer se quedó en silencio. No era capaz de distinguir ningún rastro en su rostro bajo la lluvia de lágrimas que le tapaban la visión. Continuó.

— Me golpeó, me partió los dedos de la mano uno a uno. Me tenía secuestrado. Me amenazó y dijo que iría a por ti.

— ¿Por qué Bill? ¿Por qué a ti? —Tras más de diez años de matrimonio, podía distinguir el tono cortante de su mujer. Estaba enfadada.

— No lo sé Elizabeth, sólo fui a recargar gasolina. Sólo quería seguir mi camino.

— Bill, estabas muy lejos de casa.

— Quería irme de ese lugar. Fue horrible.

— Bill, relájate. La policía me dijo que estabas en una carretera que lleva hacia El Paso. Me han hecho preguntas muy extrañas. Me han hecho sentir cómplice de un terrorista. ¿Dónde ibas Bill?

Algo se quebró en el cráneo de Bill. Notó un tirón en la frente seguido de un fuerte dolor.

— Me duele la cabeza. —Se llevó las manos a los ojos.

— Bill, eres mi marido. —La voz de Elizabeth empezó a temblar.— Me llaman en medio de la noche. Me dicen que estás en el hospital de El Paso. Que tienes una mano rota, te falta un trozo de pulmón y pareces recién salido de una pelea. Grité. Grité Bill, porque creía que te había perdido. La policía me trató con mucha delicadeza. Al otro lado del teléfono había una mujer. Me explicó que estabas bien, que te recuperarías y que volverías pronto a casa. Que podía verte en este hospital o podía esperar. Dedicó varios minutos a decirme lo bien, bien, bien, requetebien que estabas. Sólo para terminar con la frase «pero tenemos algunas preguntas sobre su marido».

Elizabeth rompió a llorar. Dio un golpe en una mesa. La máquina que medía el ritmo cardíaco de Bill gritaba junto a su mujer mostrando una gráfica cercana a la taquicardia. El pitido continuado acompañando a la gráfica resonaba en la habitación.

— ¿Por qué estabas allí Bill? ¿Qué hacías en medio de la nada? ¿Por qué la policía dice que puedes ser un tipo violento?

Los pitidos intermitentes fueron lo único que se escuchaba en esa pequeña sala. Bill respiró profundamente. Se lo había confesado al loco, ¿tenía su mujer derecho a saberlo?

— Me duele horriblemente la cabeza. Un hombre trató de matarme y me amenazó con matarte a ti también. Ni siquiera sé el por qué. He sobrevivido por un golpe de suerte y ahora me entero de que la policía me investiga y ni siquiera sé el por qué. —Bill se dio cuenta de que había dejado de llorar de repente. Su mujer, no.— Cariño, iba a cerrar un acuerdo. Soy comercial. Me dedico a moverme para conseguir que la gente firme contratos. Nunca te ha extrañado. ¿Por qué lloras?

Elizabeth miró fijamente a los ojos a Bill. Se limpió las lágrimas y lo besó en su mejilla. Respiró hondo.

— Estoy nerviosa. No sé qué te ha pasado. La policía me dice que estás cerca de la frontera y has tenido una pelea. Me cuentan que estabas al lado de la explosión de una gasolinera y me hacen dudar sobre mi marido.

— Cariño, las cosas están así desde el 11S. La paranoia del terrorismo. Pero tienes que creerme. Iba a una reunión a El Paso. Cargué gasolina y un loco me torturó porque decía que lo había tratado mal. Logré escapar y todo ocurrió muy rápido. De repente el lugar estalló por los aires y no sé lo que me han hecho, pero tengo la sensación de que me han arrancado medio pulmón. Me cuesta respirar. Me duele la mano. Me duele la cabeza. Necesito tu apoyo.

La sala se quedó en silencio a excepción del incesante pitido de la máquina que medía el ritmo cardíaco. Un par de lágrimas caían por el rostro de Elizabeth. La mujer se llevó la mano a la boca. Su cara era una expresión del dolor que llevaba dentro. Entreabrió los dedos de la mano para que Bill pudiera ver su boca y movió los labios sin emitir sonido alguno.

«La policía está escuchando esta conversación.»

Bill supo que su mujer le estaba diciendo eso porque estaba ocultando algo. Cuanto más tiempo siguiera escondiendo la verdad, más culpable aparentaría.

— ¿Quieres saber por qué iba hacia El Paso?

— Si. Queremos saberlo.

— Iba a ver a Patricia, una chica joven.

— ¿Por qué?

— Porque está embarazada y me pidió ayuda.

Al otro lado de la puerta la policía que había calmado a Elizabeth lanzó el micro con el que estaba escuchando la conversación y exclamó un sonoro «hijo de puta» que se pudo escuchar en el interior de la sala. El gesto de Elizabeth terminó de hacer audible el insulto.

— Elizabeth. Perdóname.

Su mujer giró sobre sus talones y salió de la habitación dando un portazo. La cama en la que estaba tirado Bill parecía engullirlo. Jimmy seguía jodiéndole la vida incluso desde la tumba.

La puerta se abrió con un «click». Bill no se molestó en mirar. Su mundo había desaparecido en segundos y no le importaba nada. La cama lo amordazaba y se sentía incapaz de mirar en otra dirección que no fuera el techo.

El rostro de una mujer uniformada apareció ante los ojos de Bill.

— Señor. Soy la investigadora Margaret White. Estoy al frente de su caso y necesito hablar seriamente con usted.

Era una persona atlética, con pómulos angulosos y mirada penetrante. Sus hombros rectos demostraban su carácter y una vida de intenso trabajo.

— Necesito que me de más detalles sobre el hombre que le atacó.

Bill permanecía callado. Sólo podía pensar en que había perdido cualquier oportunidad de mantener su matrimonio e iba a ser padre de una joven a la que ni siquiera tenía un especial aprecio.

— ¿Me oye Bill? Necesitamos saber más acerca del hombre que le atacó. —Cuando la policía usó el plural, se dio cuenta de que había otros dos hombre más en la sala. No les prestó atención.

— ¿Para qué?

— La única persona viva que encontramos en esa gasolinera fue a usted. Sin embargo, hallamos un total de tres cadáveres. Hasta ahora sólo teníamos un posible culpable, usted.

— ¿Y por qué cambiar de idea? —Bill no tenía razón alguna para seguir luchando.

— Porque no tenía ningún sentido. Un hombre que se dedica a vender puede ser útil para una célula terrorista porque tiene un motivo para estar siempre moviéndose. Pero su perfil no encajaba en absoluto con alguien violento. Mientras le operaban hemos realizado varias pruebas a los cadáveres y hablado con su mujer. Todo indicaba que estaba haciendo algo raro. Su mujer nos dijo que viajaba más de lo habitual. Examinamos sus pagos con tarjeta y pudimos hacer una ruta exacta de sus movimientos.

— ¿Con qué derecho?

— Ley antiterrorista. Hemos encontrado tres cadáveres y ha volado por los aires una gasolinera. Ahora mismo si le pegara un tiro en la cabeza, nadie me haría una sola pregunta. ¿No es así, chicos? —Los dos policía que acompañaban a Margaret en la sala asintieron.— Pero no es mi estilo incriminar a quien no se lo merece y desde mi intuición femenina, usted era tan sólo un hijo de puta que ponía los cuernos a su mujer. Viajes continuados a una misma zona residencial, alejada de mezquitas. Con una mayoría de vecinos que se conocen y por lo tanto pueden recordar cualquier visita de un extraño con facilidad. No es un punto adecuado para organizar una acción terrorista.

Bill permanecía callado.

— Hace unos minutos nos ha llegado el análisis forense y confirma que el cadáver más «fresco» es de hace un mínimo de tres meses.

— Nunca había pasado por esa gasolinera. Lo juro.

— Lo sabemos, ya le he dicho que examinamos los movimientos de su tarjeta y hemos comprobado que es un hombre que no acostumbra a pagar con efectivo. Es fácil rastrearlo. Por último su confesión hace que todo encaje. Tomaba diferentes rutas y la explicación me la dará usted mismo si quiere, pero todo parece indicar que es para evitar que esposa sospechara. Su historia parece verídica y por eso se lo preguntaré una vez más, necesitamos saber más acerca del hombre que le atacó.

— ¿Estoy acusado de algo?

— Eso depende exclusivamente de si ha hecho algo.

— Me atacó un hombre, dijo que se llamaba Jimmy. Me golpeó y torturó. Me encerró en una especie de sótano…

— Más despacio Bill. ¿Qué aspecto tenía?

— Como de judío mezclado con un tejano.

Margaret lo miró con cara de asco. Bill se dio cuenta de que la policía era de Tejas y a juzgar por su cara conocía a algún judío o tal vez ella misma lo fuera. Se corrigió a si mismo rápidamente.

— Estoy hablando de estereotipos. Ya me entiende. Tejano en la forma de vestir. Una especie de pantalón con tirantes. Y judío porque tenía nariz aguileña, era delgado y encorvado.

— ¿Qué más vio?

— Poco más. Me golpeó y me torturó en su sótano.

— ¿Vio allí algún cadáver?

— Estaba muy oscuro, pero no me dio esa impresión. Aunque estaba más preocupado por salir vivo de allí.

— ¿Cuál fue el motivo de la explosión?

— El psicópata prendió fuego al lugar cuando trataba de escapar.

— ¿Cómo escapó?

— Logré soltarme de las esposas. Cuando salí de aquel sótano oscuro, ese cabrón estaba terminando de llenar de gasolina un coche de policía.

— ¿Por qué no pidió ayuda?

— Me miró directamente y sentí que si pedía ayuda nos mataría a todos. Creía que así lograría evitar al menos la muerte de ese policía.

— Le diré una cosa. —Margaret cogió la mano derecha de Bill y la levantó para que él mismo pudiera verla. Señaló varios tizones negros que tenía en los dedos y la palma. — ¿Ve esto? Son marcas de pólvora. Usted disparó un arma. Si no nos dice la verdad, tendremos que encerrarle.

Bill miró con miedo a la mujer.

— Ese cerdo torturador quería jugar a la ruleta rusa conmigo. Había dejado el arma en el sótano y cuando me escapé la cogí. Quería matarlo.

— ¿Y qué ocurrió?

Bill se sinceró. La continua cascada de preguntas de su mujer y la policía lo habían agotado. Explicó cada detalle lo que le había ocurrido. Hasta que llegó a la parte en la que Jimmy amenazó con matar a su mujer.

A la vez, en Orkney Road, en la ciudad de El Paso, un renault clio destartalado avanzaba por la calle. La pintura del vehículo había desaparecido bajo parches de óxido. Llegó hasta la mitad de la calle y frenó enfrente de una pequeña casita con el tejado rojo era el número 3025. El conductor estaba cubierto de vendas y su rostro no era distinguible oculto entre las sombras del capó. En el asiento del copiloto llevaba una calavera de ciervo con los cuernos astillados. La cogió. Del interior del hueso cayó un líquido negro aceitoso que goteó por el asiento en el que ahora se podía ver un enorme machete que había permanecido oculto bajo los huesos del animal. El reguero siguió por encima de sus pantalones vaqueros tiznándolos con ese líquido repugnante. Se puso la calavera a modo de máscara. El goteo constante manchó el cuello del hombre a modo de venas gigantescas. Cogió el machete y abrió la puerta del coche. Caminó raudo hacia la puerta de la casa. Dentro se escuchó un grito. El hombre con cabeza de ciervo inició una alocada carrera hacia la puerta. Cargó contra ella y la atravesó haciéndola saltar en pedazos.

Los gritos cesaron rápidamente.

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 4) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos-parte-4/feed/ 0 181
No siempre llueve a gusto de todos (parte 3) https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos-3/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos-3/#comments Tue, 17 Nov 2015 11:56:37 +0000 http://relatosescritos.com/?p=166 No siempre llueve a gusto de todos (parte 3) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 3) El atardecer ayudó a que las sombras cubrieran el cuerpo de Bill mientras salía del sótano. Ya no tenía suficiente entereza para permitirse el lujo de pasar desapercibido. Tomó aire. Le había costado subir las escaleras con una mano rota y la otra ocupada sosteniendo el […]

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 3) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
No siempre llueve a gusto de todos (parte 3) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 3)

El atardecer ayudó a que las sombras cubrieran el cuerpo de Bill mientras salía del sótano. Ya no tenía suficiente entereza para permitirse el lujo de pasar desapercibido. Tomó aire. Le había costado subir las escaleras con una mano rota y la otra ocupada sosteniendo el arma. Estaba tras el mostrador. No recordaba cómo había llegado hasta allí, como si todo hubiera sido un mal sueño.

Asomó un poco la cabeza por encima del mostrador para ver alrededor. Un par de pasillos con estantes de golosinas, alcóhol y comida rápida envasada. Frente a él, una puerta que daba a la salida. Fuera estaba el psicópata, estirando sus tirantes mientras atendía a alguien uniformado. Se aclaró los ojos con las manos para tratar de ver mejor. Parecía alguien de la policía. Podía ser su vía de escape. Saldría con las manos en alto señalando a Jimmy, gritando que ese asesino lo había raptado y le había dado una paliza. El policía reaccionaría casi inmediatamente. Era pura lógica.

El dolor en la mano volvió a recordarle que tenía ambos dedos rotos, uno de ellos aun sostenía el anillo de casado en un pingajo de carne. Miró al sótano y se imaginó la cantidad de personas que podían haber estado allí abajo, sufriendo el dolor y las torturas de ese cabrón. Sus manos temblaban con rabia contenida. ¿Y si los siguientes que «le faltaran al respeto» eran una familia en plena discusión? Una pareja a punto de divorciarse con sus dos hijos, que en ese momento de tenso silencio tras la discusión tuvieran que parar a repostar. Un gesto, una frase desafortunada y verían como sus hijos mueren entre estertores ante ellos. De nuevo el dolor de su mano subió por su espinazo hasta la nuca. Sus ojos enrojecidos miraron al sonriente Jimmy hablar con el policía. Si saliera ahora, estaba seguro de que lo esposarían.

¿Pero cuánto tiempo permanecería encerrado? ¿Cuánto tardaría en volver a cometer otro asesinato? La gente como él no se detiene por una temporada en la trena y nada garantizaba que fuera a ser condenado a la pena de muerte. En el juicio tendría que explicar qué hacía allí. Lo del aborto, lo de la adolescente. La mirada inquisitiva de la mujer a la que había puesto los cuernos. No podría hacerlo y seguro que eso haría que el paleto recibiera una pena mucho menor de lo que se merecía. Cerdo, cabrón, maldito.

Arrastró los pies otro paso más hacia la puerta. Trató de gritar, pero sólo emitió un débil quejido. Levantó el arma, lo mataría, lo barrería a balazos. Era la única solución. Elevó la cabeza con fiereza, dispuesto a matar o morir. Sus ojos se plantaron en el exterior. Jimmy giró la cabeza y lo miró fijamente. Bill se quedó totalmente quieto. El psicópata extendió la mano hacia el policía y cobró el repostaje como si no sucediera nada extraño. Dio un paso hacia un lado para tapar con su cuerpo la visión de su víctima desde el punto de vista del policía. Bill se dio cuenta de que iba a morir. Trató de moverse, pero en ese momento estaba petrificado por el dolor y el miedo.

El asesino se despidió del agente elevando su visera y gritando «Buena suerte», mientras el coche se alejaba. Cuando la cortina de arena dorada que levantaba el vehículo policial que se alejaba en dirección al sol que bajaba en el horizonte se desvaneció, giró sobre si mismo y miró el interior de la gasolinera. Jimmy no parecía estar dentro. Aceleró el paso enfadado y agarró los alicates que tenía en el bolsillo trasero del pantalón. Arremetió contra la puerta y entró con violencia en la pequeña tienda de la gasolinera.

— ¡Maldito gilipollas! ¡Te lo advertí! ¡Te lo advertí! No te muevas, no te muevas. ¿Y tu qué haces? ¡MOVERTE! Porque los privilegiados no sabéis actuar de otra manera, no sabéis respetar. Te lo advertí. Vamos a terminar con esto ahora mismo.

Bill estaba en el suelo. Se tiró cuando el policía se alejó de la gasolinera y allí permanecía, quieto. Piensa, piensa. Son tus últimos segundos de vida. ¿Qué puedes hacer? Entonces la chispa surgió en su cabeza.

El asesino golpeó un expositor que saltó por los aires. La rabia transformaba en babas saltaba por encima de bollería industrial envasada. Varias botellas de vodka cayeron al suelo derramando su contenido.

— ¿Dónde estás? ¿Dónde estás jodido mamón?

— Aquí.

Jimmy levantó una ensangrentada mano temblorosa. Como un niño en el colegio que responde a una pregunta recriminatoria del profesor.

— Habla un hombre muerto.

Jimmy llegó hasta él en dos saltos, cogió a Bill por las solapas y lo elevó. El paleto volvió a demostrar una fuerza brutal. Bill levantó su mano una vez más.

— Tengo una propuesta que hacerte.

— …

— Deberías de escucharme.

— ¿Qué puede ofrecerme alguien como tu?

— Puedo darte dos víctimas a cambio de mi vida. Nunca sabrían que fuiste tu.

— ¿Quién? —Jimmy no necesitaba hacer la pregunta. Sabía que se refería a la adolescente embarazada, pero quería oírlo de los labios de Bill. Estrelló a su víctima contra la pared.— ¿Quién Bill? Soy muy tontito y no sé a quién te puedes referir.

— Si que lo sabes jodido cabrón.

Jimmy estrelló su puño contra el mentón de Bill. Su cerebro rebotó dentro del cráneo y sus piernas cedieron al instante. El salvaje lo agarró en el aire y volvió a elevarlo. La pierna derecha de Bill tembló.

— Esta ha sido la última vez. Tienes tres segundos para decirme la dirección y nombre de tu amiguita. Me ha interesado.

Bill abrió los ojos. Era su oportunidad de salir vivo. O tal vez no sirviera de nada. Las posibilidad formaron una cascada de ideas en su cabeza. Jimmy elevó la mano y le mostró tres dedos.

— Tres…

Si se lo decía podía matar dos pájaros de un tiro. Era una posibilidad. Aunque eso significaría la muerte de una chica inocente.

— Dos… Elizabeth está deseando conocerme. Cuando abra tu cartera, tendré tu dirección y allí estará tu mujer. ¿Verdad?

Bill se derrumbó. Las posibilidades se habían eliminado. Sólo podía pensar en dar una oportunidad a Elizabeth para que no viera jamás la cara de este asesino. Para eso tendría que ganar tiempo.

— Patricia. En la ciudad de El paso, frente a Ciudad Juárez. En Orkney Road hay una pequeña casita con el tejado rojo en el 3025.

— Por fin sale algo de respeto de esa sucia boca en la que anida esa lengua de serpiente que tienes. ¿Recuerdas cuando querías pasarme la factura de la tintorería? Fue justo antes de amenazar con golpearme. Por fin noto que no me tratas como a escoria. Te has sincerado Bill.

El psicópata lo soltó. Bill cayó como una piedra al suelo. Su cabeza rebotó contra la madera del local. Rodó contra la mesa que servía de mostrador. Había escondido la pistola en el interior del pantalón y se le clavó en el coxis al intentar sentarse. Jimmy sonrió triunfal.

— Eso no va a salvarte.

Bill palideció.

— Ni a tu mujer. ¿Pensabas que soy un jodido estúpido? Jodido, jodido estúpido.

Bill se apoyó sobre su mano rota, el dolor se extendió desde su brazo hasta su columna. Corrió hacia la puerta de salida. Jimmy agarró una botella de vodka y se la tiró a la cabeza. Bill perdió el equilibrio tras el impacto y atravesó la puerta. Una lluvia de cristales y astillas cayó a su alrededor. Frenó la caída con sus manos y siguió corriendo. Su cara cubierta de sangre impedía discernir los gestos de dolor y miedo.

Jimmy cogió un extintor de incendios y se lo tiró a la espalda. Bill salió disparado contra una manguera. Su cabeza golpeó el surtidor y chorros de gasolina lo ducharon. Todo giraba a su alrededor y era incapaz de distinguir nada debido al combustible en sus retinas. Palpó como pudo su espalda hasta encontrar el arma y la sacó. Levantó la punta del arma y apretó el gatillo. Sus oídos sólo escucharon lo que parecía el estallido de un globo. Una llamarada iluminó el infierno en el que estaba perdido y una fuerza invisible lo empujó hacia atrás. No escuchó nada, hasta que la tierra empujó su cara. Escuchó el siseo de su cuerpo siendo arrastrado por la arena debido a la inercia de la explosión y luego nada.

No supo cuánto tiempo había pasado. Despertó en la camilla de una ambulancia. Un enfermero estaba iluminando sus pupilas con una pequeña linterna.

— ¿Me escucha ahora?

— Si.

— ¿Sabe cómo se llama?

— Mi nombre es Bill.

— Muy bien Bill. Estás en una ambulancia. Has sobrevivido a una explosión en una gasolinera. ¿Tienes hijos Bill? ¿Tienes mujer?

Bill mostró cara de terror. Aun tenía en su cerebro la imagen del psicópata preguntando por su familia.

— Tranquilo Bill. Tienes que contestarme. Mantente despierto.

— Si.

— Si, ¿qué? ¿Cuántos hijos tienes?

— Nin… ninguno. Tengo mujer.

— Muy bien Bill. ¿Dónde vives?

El enfermero continuó haciendo preguntas sencillas. Bill notó que su cuidador tenía razón y le costaba mantenerse despierto. Las preguntas evitaban que se durmiera. Durante un trayecto interminable le explicaron lo que había sufrido.

La explosión para la que aun no tenían una explicación clara, había abrasado el mentón y el pecho de Bill provocándole quemaduras de tercer grado en su omóplato. Esas profundas heridas se habían infectado con el contacto de la arena. Había salido despedido unos quince metros, cayendo contra el suelo y rompiéndose tres costillas. También tenía rota la mano y en ese momento nadie le preguntó por qué. Aunque todos parecían tener una explicación.

Cuando la camilla bajó de la ambulancia, las luces de los pasillos del hospital iban iluminándole la cara mientras lo llevaban a la carrera. Se mareó. A su alrededor enfermeros y médicos gritaban que tenían que operarle y le pinchaban piernas, brazos y cuerpo. No sabía qué pasaba, pero en el tumulto creyó entender que iba a perder parte del pulmón derecho. Sólo veía manos pasar por delante de su cara hasta que escuchó.

— Esto te dormirá. Relájate.

Vio la calavera de un ciervo con los cuernos astillados. Y todo se volvió negro.

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 3) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos-3/feed/ 1 166
El publicista. Capítulo I: Astronius https://relatosescritos.com/relatos-escritos/el-publicista-capitulo-i-astronius/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/el-publicista-capitulo-i-astronius/#respond Fri, 04 Sep 2015 12:35:17 +0000 http://relatosescritos.com/?p=151 El publicista. Capítulo I: Astronius en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

El «Moon River» era el bar más sucio del centro de la ciudad. En la televisión siempre encendida, la última basura que según los grandes dueños de las cadenas quería su audiencia. Todo se veía en medio de una neblina porque el ambiente estaba cargado de la humedad que salía del baño. Un tugurio digno […]

La entrada El publicista. Capítulo I: Astronius aparece primero en Relatos escritos.

]]>
El publicista. Capítulo I: Astronius en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

El «Moon River» era el bar más sucio del centro de la ciudad. En la televisión siempre encendida, la última basura que según los grandes dueños de las cadenas quería su audiencia. Todo se veía en medio de una neblina porque el ambiente estaba cargado de la humedad que salía del baño. Un tugurio digno para la ocasión.

—Ponme otra, Luis.

Jorge estaba apoyado sobre la barra. Celebrando el éxito desde el anonimato. Su trabajo lo exigía.

Una mujer de una edad indefinida entre los treinta y los cincuenta años se sentó a su lado. Apoyó una botella de cerveza medio llena al lado de la copa de Jorge. Lo miró con la cabeza ladeada, luego miró a su vaso cargado de tequila.

—Pareces triste y contento a la vez.

—Hola.

—Si… Hola. Digo que pareces triste y contento a la vez.

—Será porque lo estoy. Hoy ha sido un gran día.

—¿Si? ¿Y por qué no me lo cuentas?

—No te conozco.

—Tal vez sea un buen momento. Los dos estamos aquí, sentados en un bar maloliente y sin mucho más que hacer que mirar un vaso de alcóhol. No seas desagradable porque no voy a darte una segunda oportunidad.

—Tampoco te he pedido la primera, Beatriz.

La mujer enarcó las cejas en signo de enfado.

—El trato incluía que fuéramos desconocidos.

—Está bien, está bien, volveré a empezar. —Jorge hundió sus hombros y tomó aire con resignación— Íbamos por hola o algo así.

—Algo así. Empieza que me estoy aburriendo.

—Pues estoy triste y contento a la vez «completa desconocida» porque hoy ha sido el día en que he terminado un gran proyecto publicitario.

—¡No me digas que eres publicista!

Beatriz puso cara de sorpresa. Sus ojos chispearon.

—Soy vendedor de humo. He roto otra barrera del espacio-tiempo y he viajado más allá de las estrellas.

—Me pierdo. Pon los pies en el suelo, a veces me cuesta seguirte.

—Pensaba que éramos perfectos desconocidos.

—Como sigas por ahí lo seremos. Ibas por la parte en la que me dejas alucinada por tu último éxito.

—He creado un anuncio para jóvenes que ha llegado a las personas de todas las edades. He creado lo que conocemos como un viral.

—Suena a enfermedad.

—Porque lo es. Por eso estoy triste. Soy el monstruo que hace que el mundo enferme de consumismo. Vendo libertad a los jóvenes, seguridad a los mayores y optimismo ante la ilusión de una vida mejor a los de en medio. Soy un maestro del engaño.

—Me aburro. Tanta trascendencia en un bar de mierda me vacía de orgullo y satisfacción. Haz que moje las bragas y luego vamos a celebrarlo a mi casa. Joder, tan buen vendedor no debes de ser si tengo que suplicarte esto.

—O puede que si, si ya estás suplicando. —Jorge sonrió por primera vez. Aunque Beatriz aun no había conseguido que la mirara.— ¿Conoces a «Astronius»?

—No, no. ¡Sorpréndeme! —De nuevo la actriz mostrando sorpresa.

—Es un chiquillo que por alguna razón le encanta a un público que ronda entre los catorce y los treinta años y se dedica a colgar vídeos jugando a videojuegos o haciendo bromas a otras personas. Habla de manera descarnada y tiene una inteligencia digna de un desheredado de la naturaleza. Los más adultos no lo admitirán, pero lo ven. Es como el porno. Les gusta, aunque les hace sentirse avergonzados. Personalmente creo que se debe a su sinceridad. En internet la sinceridad brutal triunfa y «Astronius», a pesar de sus defectos, se muestra tal y como es.

—Ajá, ajá.

Luis, el camarero sonrió ante la escena. Jorge volvió a hablar. Su voz sonaba más potente que al principio de la conversación. Empezaba a ilusionarse de nuevo.

—Pues si has visto el telediario últimamente …

—No, no veo el telediario, me gusta que me cuenten la historia como si no supiera nada. —Beatriz arqueó de nuevo las cejas.— Quiero que me cuentes la historia completa.

—Vale, pues hace dos semanas todos los telediarios obviaron las noticias de interés para contar una primicia. Se volvieron locos. Todos querían mostrar más información que el resto de las cadenas y antes que los demás. «Astronius» había sido raptado mientras grababa en directo uno de sus vídeos. Estaba gritando a su web cam cuando dos hombres enmascarados le golpearon en la nuca tirándolo al suelo. Lo amordazadon en el suelo, mientras que la gente que miraba a través de sus ordenadores la escena se mordía las uñas. Pasaron sólo unos segundos, pero para todos esos millones de personas de todas las edades fue una eternidad. Le susurraron algo al oido. Cuando volvieron a sentarlo en la silla «Astronius» tenía la cara llena de sangre y una mordaza en la boca. Uno de los hombres le sujetaba la nuca obligándole a mirar a la web cam con los ojos llorosos. Señaló a su audiencia y gruñó. Sólo gruñó.

—Es aterrador.

—Los telediarios se relamieron. Antes de que ningún policía llegara a la escena del crimen, ya había periodistas extrayendo conclusiones. Atacaron a la inmigración, al paro, a internet, a la juventud, al exceso de libertad y a todo lo que se les pasó por la cabeza.

—¿A la inmigración?

—El hombre que señaló a la cámara tenía un tatuaje con el águila de Kosovo. Algunos periodistas asumieron que era de Europa del Este, ya sabes, esa zona de aquí al lado que engloba a un montón de países de los que no sabemos nada. La verdad es Francisco que así se llama el legionario que contraté, se hizo el tatuaje porque lo vio en una revista.

El camarero miró a Jorge como si le hubieran revelado la comprensión del concepto de la Santísima Trinidad. Beatriz le sonrió.

—¡Sorpresa Luis! ¿A que no te imaginabas que anuncio ha hecho el genio de mi marido?

—¿Has hecho algo ilegal Jorge? —Luis cogió el teléfono y se dispuso a marcar el número de la policía.

—He hecho un anuncio amigo. Bea, me parece que vamos a tener que dejar la pantomima de hacernos pasar por desconocidos para terminar echando un polvo.

—Jo, empezabas a volverte interesante.

—Cuelga el teléfono Luis. Si no lo haces, no vas a poder escuchar la historia completa. Aunque lo vas a conocer porque en veinte minutos se va a desvelar a través de todas las televisiones.

El camarero conocía a la pareja desde hacía años. Venían a su bar todos los días cuando terminaban de trabajar, hacia las diez u once de la noche. El matrimonio tenía su estudio publicitario en el tercer piso del edificio de enfrente. Nunca había notado nada extraño en ellos, exceptuando que eran unos adictos al trabajo.

Colgó el teléfono y se acercó con cautela.

—¡PUM! —Jorge hizo el amago de dispararlo con su mano mientras sonreía.

—¡Me cago en tu puta madre! —El camarero bajó la cabeza y se arrastró por la barra susurrando— ¿Qué cojones habéis hecho?

—Un anuncio. Uno de nuestros mejores trabajos. —Le respondió Beatriz.

—El caso, es que los secuestradores le dijeron a «Astronius» que debía decir esto:

«ME HAN RAPTADO. VOLVERÉIS A SABER DE MI EL MARTES A LAS ONCE DE LA NOCHE EN LA CALLE URÍA DE OVIEDO. HASTA ENTONCES POR FAVOR, NO SAQUÉIS CONCLUSIONES DESAFORTUNADAS»

Beatriz y Jorge gritaron a la vez lo que había dicho el youtuber.

—¿Puedes ir al grano? ¿Qué habéis hecho?

—Ya te lo ha dicho Bea, un anuncio. Yo estaba al otro lado de la web cam dando indicaciones a «Astronius» y a los dos presuntos secuestradores.

—¿Y la policía? —El camarero tenía los ojos totalmente abiertos.— Simular un secuestro está penado con la cárcel.

—La única publicidad efectiva es de la que habla todo el mundo. Por eso hay que transgredir un poco las normas. —Jorge terminó de un trago su bebida.— Ponme otra y terminamos la historia.

—Así no se te va a levantar.

Beatriz acariciaba su botella. Luis volvó la botella de tequila en el vaso y lo llenó hasta derramar parte del líquido por la barra.

—Termina la historia.

Jorge miró a los ojos a Luis. Permaneció serio varios segundos hasta que finalmente tomó aire y volvió a sonreir.

—Como sabrás el periodismo de hoy en día ha degenerado hasta el punto de que usan la palabra «presunto» para gente que ya ha sido condenada y a la vez condenan mediáticamente a todo el mundo antes de tener ninguna prueba. —El camarero asintió.— La policía española es uno de los mejores cuerpos de seguridad de este planeta y está un poco harto de esta situación. El cuarto poder, el periodismo, cuenta hechos que no han pasado, tergiversan la realidad o muestran pruebas que hacen que toda la investigación policial se quede en aguas de borrajas. Por cierto, ¿sabéis de donde viene la expresión aguas de borrajas?

—Al grano Jorge, que Luis se nos pone nervioso. —Beatriz estaba acostumbrada a que su marido hablara de varias cosas inconexas a la vez, pero este no era el momento.

—Vale, vale. Pues el Cuerpo Nacional de Policía nos encargó un anuncio. Tienes que saber que antes de empezar a trabajar con alguien, nos comportamos como sicólogos argentinos. Sentamos al cliente en un sillón y le vamos haciendo preguntas para que él nos hable sobre sus problemas y sus virtudes. Así descubrimos qué necesidades tiene.

Luis miró en todas direcciones. No quería que entrara nadie en el bar ahora.

—Tranquilo, que no hemos hecho nada ilegal…

—Vino a nuestro despacho un representante de la policía del cual no podemos decirte el nombre o tendríamos que matarte —Interrumpió Beatriz. La mujer no permitió que el camarero tuviera tiempo de saber si bromeaba o no.— Cuando hablamos con él, vimos que la mayor necesidad de comunicación que tenía la policía ahora mismo no era twitter, ni que la gente conociera el teléfono de ayuda contra el maltrato. Su mayor es que los periodistas sepan que deben de colaborar con la policía en las investigaciones y no inventarse o desvelar más de lo que deberían porque así es como se les van al garete las grandes investigaciones. El narco o el asesino, se entera por el periódico y la televisión cuándo van a ir a por ellos o si están siendo investigados. Huyen antes de poder hacer nada. Y cuando son políticos la cosa es peor.

El camarero movió las manos nervioso. Apenas podía articular palabra. Jorge levantó la mano derecha con la palma extendido para frenarlo.

—Tranquilízate un poco y deja que terminemos de contarte la historia. —Bebió otro trago de tequila. Tenía los pómulos sonrosados.—El representante de la policía estaba a mi lado cuando grabamos el vídeo. Bajo la mesa en donde «Astronius» había sido «presuntamente golpeado» —Jorge se rio recordando el uso que daban a esta expresión los medios de comunicación.— había una maquilladora que se encargó de que pareciera que le habían dado una paliza. «Astronius» resultó ser un chaval más inteligente de lo que parecía y entendió rápidamente por qué estábamos haciendo eso. Nunca había aceptado hacer ningún anuncio y nos dijo que no volverá a hacerlo para nadie. Pero era necesario dar un golpe sobre la mesa y hacer entender a los periodistas que un mal desempeño de su oficio afecta a toda la sociedad.

—Así que subisteis el vídeo de un rapto falso a internet con el consentimiento de la policía. —El camarero puso su cara más agria.

—No. La policía avisó a todos los medios de comunicación que se trataba de un vídeo del cual no podían comunicar ningún avance de la investigación, pero que todo apuntaba a que era falso.

—Todos los medios decidieron lo contrario tras ver el tatuaje del águila. —Beatriz chocó la cerveza con el vaso de tequila y echó un trago.— Si no llega a ser por ese dibujito en el brazo del legionario, no le hubieran dado mayor importancia. Fue una suerte.

—Los políticos como bien sabes también decidieron repartir su ración de odio al inmigrante para promover su programa de cara a las próximas elecciones. Así demostraban que la violencia desencadenada en las fronteras tenía un motivo. Todo esto a pesar de que la policía les pasaba los informes que decían que efectivamente era falso.

—Eso no tiene sentido. —Dijo el camarero. Un político que sabe que es algo es falso, no mentiría. Le acabaría explotando en la cara y lo sabe.

—Un político no miente, te cuenta verdades a medias. Somos el pais con mayor número de casos de corrupción del planeta. Los políticos actuales no son los mejores. El Ministro de Interior dijo que se trataban de «hechos por aclarar» y al momento se cortaba la declaración en todos los medios para pasar a hablar del problema de la inmigración. ¿Recuerdas?

—Si. Pero nunca llegaron a aclararlo.

—Claro. La policía como te he dicho estaba harta, así que les mandó informes en donde ponían que la investigación aun estaba en curso. Nadie se arriesgó a dar el caso por cerrado. Pero si a sacar conclusiones precipitadas.

La pantalla del televisor cambió por completo. Sólo mostraba una larga calle con edificios de aspecto antiguo a ambos lados. Terminaba en un parque a su izquierda. Era Oviedo. El lugar donde se iba a conocer el desenlace del secuestro. La vez melodramática de un periodista anunciaba que según sus últimas informaciones «Astronius» podría estar muerto porque no se habían cumplidos las exigencias de sus secuestradores. Jorge estalló en carcajadas.

Luis cogió el mando y pasó a otro canal. Todos emitían prácticamente el mismo plano, hablaban de muerte, de grupos terroristas islámicos, de falta de libertad de expresión y de que la sociedad se encontraba consternada.

—Y ahí los tenemos. Lo peor de nuestros mejores periodistas. —Beatriz levantó su cerveza en el aire atravesando una nube de humedad que flotaba en el ambiente.

DESCONOCEMOS LA GRAVEDAD EN LA QUE PUEDE ENCONTRARSE EL JOVEN «ASTRONIUS» CUYA FAMILIA NO HA QUERIDO DAR NINGUNA DECLARACIÓN AL RESpecto …

Luis, bajó el volumen del televisor.

—¿Me estáis diciendo que Astronius va a aparecer en medio de esa calle como si nada y va a decir que era todo mentira?

—No hombre, no. Eso no sería creíble. Mira.

Tras varios minutos con la televisión en silencio. El camarero raspaba la mesa con nerviosismo mientras el matrimonio sonreía sin parar. La calle estaba llena de personas con pancartas en la que ponían absolutamente todo tipo de mensajes. Unas personas se quejaban del paro, otras llevaban máscaras simulando que eran del grupo hacker anonymous e incluso niñas de trece años llorando a moco tendido abrazadas a sus madres de cincuenta años que tenían el mismo disgusto.

—El espectáculo de las masas. Soy el destructor de mundos.

—No seas tan profundo cariño, que sólo es un anuncio.

Luis subió el volumen del televisor. Se escucharon gritos y la cámara hizo un zoom rápido e incontrolado hacia el lugar de los gritos. Aparecieron tres coches de policía con las sirenas encendidas. La multitud se apartó. Los coches no frenaron su velocidad y se dirigieron al centro de la calle donde frenaron bruscamente. La puertas de los coches delantero y trasero se abrieron. Salieron corriendo varios policías cargados con un pequeño púlpito y un altavoz.

Se escuchaba la voz del periodista. Sólo decía cosas de relleno, conclusiones precipitadas. Mensajes advirtiendo que todo el planeta estaba pendiente de lo que estaba sucediendo.

Se abrió la puerta del coche central. La pierna que asomó vestía unos vaqueros. La multitud enmudeció. Un gran pulmón formado por miles de personas tomó aire y mantuvo la respiración.

Del coche salió «Astronius», sin ninguna herida. El público estalló en gritos, vítores y desmayos repentinos. El chico no sonreía levantó la mano y corrió hacia los policías que ya habían instalado el púlpito. Le dieron el altavoz y se lo puso en la boca.

—¡Quiero pediros perdón! —Todo el mundo volvió a callarse de nuevo— Perdón por el periodismo que tenemos, perdón por las opiniones apresuradas, perdón por el miedo, por la xenofobia y por políticos que no nos merecemos. Perdón por cada vez que nos tratan como borregos y cada vez que nos sirven sus mentiras en platos calientes y bien condimentados. Perdón por cada vez que nos dicen salta y nosotros preguntamos hasta qué altura.

Las personas que se habían desmayado se pusieron de pie sin entender muy bien de qué sinsentido hablaba el chico.

—Tal y como dijo la policía desde el primer día no fui raptado. Se ha publicado una web: «nocreastodoloquetedigan.com» en donde se desvela paso por paso todo el anuncio que os han hecho vivir. Si, anuncio. —Entre el gentío se escuchó algún abucheo.— ¿Os acordáis del pederasta de Alcorcón? La policía tardó varias semanas más en localizarlo porque los periodistas filtraron antes de tiempo información que puso en guardia al violador. ¿Recordáis el caso …

La pantalla cambió a la mesa del telediario repentinamente. El presentador sonreía.

—Parece que el joven «Astronius» está en perfecto estado gracias a la rápida actuación policial. Faltan por aclarar ciertos hechos de importancia como dónde se alojó durante estos días. Pero pueden estar seguros que les mantendremos informados …

La pantalla desapareció en un punto de luz. Luis tenía el mando en la mano y la boca abierta. Se dirigió a la pareja.

—¿Y ahora qué?

—Ahora cobramos y seguiremos trabajando. Dirán que fue algún grupo de hackers, el problema de internet y la cosa no pasará a más.

—Pero… esto es muy gordo.

—Qué tontería. No ha sido más que un golpe de impacto. Lo gordo sería una revolución. La gente cuando se despierta de verdad, no abuchea a quien les ha dado la pastilla azul para salir de matrix. Los bolcheviques amaban a Lenin. ¿Cuánto te debemos?

—…

—Siempre te lo preguntamos. Cuatro con ochenta. Toma.

Jorge sacó la cartera y dejó caer unas monedas sobre la mesa. Luis permanecía pálido mirándolos.

— Y… ¿Y ahora qué?

—Ya que insistes, te lo voy a decir. —Beatriz agarró del brazo a Jorge y tiró de él.— Ahora vamos a casa a follar. Nos vemos mañana Luis.

El matrimonio salió por la puerta entre carcajadas mientras se abrazaban.

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada El publicista. Capítulo I: Astronius aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/el-publicista-capitulo-i-astronius/feed/ 0 151
Huir de la libertad https://relatosescritos.com/relatos-escritos/huir-de-la-libertad/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/huir-de-la-libertad/#respond Thu, 27 Aug 2015 08:53:17 +0000 http://relatosescritos.com/?p=142 Huir de la libertad en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Las escaleras se extendían hacia el infinito. Cada peldaño era más alto que el anterior. Juan tenía que subir la larga escalinata cada mes para inyectarse los fármacos recetados por algún siquíatra. La última vez que no fue, las alucinaciones le hicieron huir a otro país. Sólo escapaba de la rutina, de la apatía y […]

La entrada Huir de la libertad aparece primero en Relatos escritos.

]]>
Huir de la libertad en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Las escaleras se extendían hacia el infinito. Cada peldaño era más alto que el anterior. Juan tenía que subir la larga escalinata cada mes para inyectarse los fármacos recetados por algún siquíatra. La última vez que no fue, las alucinaciones le hicieron huir a otro país. Sólo escapaba de la rutina, de la apatía y del odio que manifestaban los demás hacia él.

Otro escalón.

Pombo era el perro parlante que le aconsejó marcharse del lugar. Había desaparecido, junto con sus esperanzas. Su madre le decía que debía de trabajar, encontrar una mujer honrada y tener hijos. Prole que a su vez tendrá que hacer lo mismo. Lo dice su madre.

Otro escalón.

Sus amigos le explicaron que era absurdo dejar su cómodo trabajo de oficinista y practicar autoestop porque Pombo se lo decía. ¿Dónde iba a ser más feliz que aquí?

La escalera se hacía más alta y empinada.

Su único momento de libertad real, fue sin trabajo, sin amigos, con frío y sin pareja. En aquella carretera en medio de la nada con la única compañía de Pombo. Su corazón se aceleró. Estaba en uno de esos momentos en la vida en que tienes la opción de tomar dos caminos, continuar la carretera de lo normal o tomar la dura desviación que puede traer cosas mejores.

Giró sobre si mismo y bajó el corto tramo de escaleras con una sonrisa. Al final estaba Pombo. Agarró su mano.

– ¿Te animas a ser libre por una vez en tu vida?

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada Huir de la libertad aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/huir-de-la-libertad/feed/ 0 142
No siempre llueve a gusto de todos (parte 2) https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos-parte-2/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos-parte-2/#comments Sat, 21 Feb 2015 12:42:45 +0000 http://relatosescritos.com/?p=21 No siempre llueve a gusto de todos (parte 2) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 2) Abrió los ojos. Se despertó gracias al dolor de cabeza. Se dio cuenta de que no podía ver por su ojo derecho, no sabía que era la sangre que salía de su cráneo la que tapaba su visión. Intentó levantarse, pero estaba atado. Sentado en una […]

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 2) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
No siempre llueve a gusto de todos (parte 2) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 2)

Abrió los ojos. Se despertó gracias al dolor de cabeza. Se dio cuenta de que no podía ver por su ojo derecho, no sabía que era la sangre que salía de su cráneo la que tapaba su visión. Intentó levantarse, pero estaba atado. Sentado en una silla de madera, con un asiento tejido con canutos de paja clavándose en sus piernas. A su alrededor todo estaba oscuro. Un rayo de luz entraba desde el techo como si Dios quisiera iluminarlo desde el cielo señalando algún punto de la sala. Siguió la estela luminosa en la que flotaban partículas de polvo. Iluminaba una mesa de madera maciza, mellada por varios sitios. En la pared la cabeza de un ciervo con los cuernos astillados. Encima del escritorio había unas tenazas, una sierra, unas tijeras y lo que hizo que saltara hacia atrás: una pistola. El acto reflejo lo tiró al suelo de espaldas. Trató de gritar, pero sólo emitía sonidos inconexos, como los de un deficiente. Lo habían amordazado.

El polvo del suelo salió disparado hacia arriba. Le cayó en la cara impidiéndole respirar. ¿Iba a morir aquí? Su corazón se aceleró y miró en todas direcciones. No podía ver casi nada. Su imaginación le hacía ver formas de partes humanas desperdigadas por la habitación. Iba a morir aquí. Intentó respirar hondo, pero sólo tragó polvo con una pequeña ración de aire. Sentía que las paredes de la habitación lo aprisionaban y el espacio se volvía cada vez más pequeño. Iban a convertirlo en pulpa. Sólo podía pensar en Elizabeth y los pequeños. ¿Quién cuidaría de ellos ahora que iba a morir?

El rayo que venía del cielo aumentó de tamaño hasta convertirse en una enorme fuente de luz que casi lo cegó. Sus ojos se adaptaron rápidamente y pudo ver como el hombre vestido de paleto entró por la trampilla y bajó escalón a escalón. Una vez abajo, tiró de una cuerda y la puertecita volvió a cerrarse. Lo último que vio en la habitación fue un crucifijo al lado de la escalera.

— Hola, «hombre estudiado». —Elevó el labio superior.

— Mmmm.

— No hace falta que abras de nuevo esa bocaza que tienes. ¿Sabes por qué estás aquí?

— Mmmm.

— Estás aquí porque Dios te ha traído aquí.

Miró la trampilla que hace un momento parecía provenir del cielo. ¿Dónde estaba? El paleto se acercó a la mesa y cogió los alicates.

— Te ha traído aquí para divertirse contigo. Nos vamos a divertir. ¿Y sabes qué es lo que lo hace tan divertido?

Negó con la cabeza.

— Que tu me faltaste al respeto y ahora tendrás tu recompensa. Eres de esa clase de tipejos que piensa que está por encima de los demás. Que ha tenido éxito en su trabajo y eso le hace tener el poder de ir por el mundo aplastando cabezas.

Negó moviendo agitadamente la cabeza.

— Entonces, ¿qué te pasó ayer?

¿Ayer? Dios mío, no iba a llegar. Era extremadamente importante que llegara a tiempo. Su vida entera dependía de que hoy llegara a tiempo a la cita. Su mujer jamás lo perdonaría si no lo solucionaba. De hecho, su mujer no tendría que saber que tenía esa reunión.

El paleto se arrodilló ante él. Giró la cabeza poniéndola en la misma posición en la que él estaba en el suelo.

— Vaya, ya estás llorando. —Ni siquiera se había dado cuenta de que varias lágrimas corrían por su cara.— Te voy a dar razones para llorar de verdad.

Saltó por encima de él y lo agarró de la mano. Sólo lo sintió, no podía verlo. Estaba en el suelo, atado a la silla. No pudo moverse. Instintivamente gritó, pero sólo se escuchaba el sonido tonto que produce una persona con un pañuelo en la boca. Notó como los huesecillos de su dedo anular se quebraron. Escuchó el sonido de la rotura y notó el pinchazo de dolor que se transmitió por su columna hasta la base de su cráneo. Un mareo repentino, seguido de la calma. Al instante, sintió de nuevo el daño que acababa de hacerle el paleto recorriendo cada rinconcito de su cuerpo.

— Cinco deditos, tenía la loba … —Canturreó.— Uno era gordito, otro gilipollas. ¿Qué dedito eres tu?

Ahora podía notar las lágrimas calientes corriendo por su cara. Cuando los abusos físicos no se entienden, son más crueles. Le vino a la memoria cuando entre varios chiquillos abusaron de un tal Paul en el colegio. Le metieron ortigas por el culo, sólo por diversión. Paul vivió los abusos de sus compañeros durante años. Se suicidó con treinta y tres años, la edad de Jesucristo. Muchos dijeron que fue porque no soportó la ruptura con una novia que había tenido. Él sabía que habían sido las secuelas ortigantes del maltrato en el que había participado. El dolor que sentía ahora, se volvió una línea continua. Ni subía, ni bajaba, aunque era igual de insoportable.

— La gente como tu se cree que es el dedito gordo. No sabe que es sólo un dedito más. Entre muchos. Por eso se comportan como tu. Seguro que eras una estrella en el colegio. Fuiste la reina del baile de fin de curso. La gente te aplaudía y te graduaste rápidamente en alguna universidad de negocios. Saliste con trabajo y crees que tienes una vida más estresante que la gente que te pone el plato de comida en la mesa o te llena el depósito de tu coche. Al fin y al cabo, ganas mucho dinero y eso es porque tu vales más que esos idiotas que sólo están ahí para servirte.

¿Por qué se inventaba esas historias? Estaba tratando de justificar su propio delito. Le acababa de romper la mano, lo había raptado y ahora trataba de imaginarse cómo era.

— No somos esclavos. Somos la masa que hace que todo permanezca unido. Si te mato hoy mismo, desaparecerás y el mundo seguirá girando como si nada. Porque en realidad, aunque creas que eres esencial, sólo ganas mucho dinero.

El paleto se interrumpió de repente.

— Vamos a hablar.

Agarró la silla y la levantó. Tenía que ser bastante fuerte para poder levantarlo con él atado a la misma. Le agarró la cabeza y notó el frío metal de los alicates en su cara. Movió la cabeza, quiso zafarse.

— Mírame. —Dejó de moverse.— A la mínima, te mato. ¿Me has entendido? Mueve la cabecita arriba y abajo si lo has hecho.

Con los ojos fuera de si, hizo el movimiento que le dijo su captor.

— Muy bien, vamos a quitarte esto. —Le desanudó el pañuelo que le amordazaba la boca.— Ya casi está.

Cuando se lo quitó, expulsó una lluvia de babas seguida de un tosido lastimero.

— Ya pasó. Ya pasó. —Le acarició la oreja con los alicates. Los abrió y cerró para que escuchara el sonido del metal. Giró la cabeza nervioso, pero el paleto se la sujetó con fuerza.— Y ahora, como te he dicho, vamos a hablar.

— ¿De qué? —No reconoció su propia voz. Sonó como si estuviera llorando. No lo estaba haciendo.

— De ti. Dime, ¿quién eres?

— …

— No tenemos todo el día. Mejor dicho, tu no tienes todo el día.

— Me llamo Bill.

— Encantado Bill. Mi nombre es Jimmy.

— ¿Por qué me dices tu nombre?

— Porque no vas a decírselo a nadie. Nunca.

— ¡SOCORRO! ¡SOCORRO!

Le golpeó la cara con la mano en la que sostenía los alicates. Bill escuchó dentro de su cabeza el sonido de un hielo quebrándose seguido de un pitido. El tal Jimmy seguía hablando, pero tardó varios segundos en poder escucharlo.

— … —Nada.— … —No podía escuchar nada— … —Entonces sus oídos empezaron a captar los sonidos que emitía el loco.— … por eso estás aquí. Porque no sabes comportarte. Intento hablar contigo y de nuevo, saltas con cosas que no vienen a cuento. Socorro, socorro. —Se burló.— ¿Quién cojones va a venir a ayudarte? ¿El hada de los dientes? Me molesta mucho que la gente grite, casi tanto como que me falten al respeto. Una vez más y será tu último grito. ¿Entendido?

— Ssh … Si.

— Bien, prosigamos. —Jimmy hizo sonar sus nudillos a la vez que elevaba el labio superior.— Así que te llamas Bill. Y dime Bill, ¿en qué trabajas?

— Soy empleado de correos.

— ¿Y repartes cartas vestido así, Bill? ¿Por qué vas con ese traje?

— Porque tenía una reunión muy importante hoy.

— Vaya, parece que no vas a llegar. ¿Y de qué trataba esa reunión, Bill?

— De una adolescente que iba a abortar. —No entendió por qué se lo contó. Tal vez el dolor físico hizo que no pudiera pensar en otra respuesta que no fuera la verdad.

— ¿Y qué hace un empleado de correos maleducado yendo a una reunión de una chica que iba a abortar?

— No creo que tenga que ver con todo esto.

— Claro que tiene que ver. Estamos conociéndonos. Dime, ¿a qué ibas tan lejos de casa?

— Podemos empezar a hablar de ti, para conocernos. —Bill recuperó la compostura. El dolor de su mano se había vuelto tan constante que logró ignorarlo.

— Yo soy Jimmy.

— Eso ya lo has dicho. Trabajas aquí. ¿Por qué me has raptado?

— ¿Me lo tienes que preguntar? Intenta hacer memoria Bill.

— Te falté al respeto.

Jimmy se sorprendió. Elevó el labio superior y sonrió.

— ¡Claro! —Abrió los brazos. Los alicates brillaron.— Me alegra de que por lo menos hayas sido consciente de …

— Te pido perdón.

— No caigas tan bajo Bill. Tal y como me trataste ayer, no me pedirías perdón si no llego a partirte la mano ahora mismo. Intentemos sincerarnos el uno con el otro. Me ibas diciendo que ibas a ver a una adolescente que iba a abortar. ¿Le llevabas una carta de amor Bill?

— Te pido perdón. —Sonó sincero.

— A estas alturas da igual lo mucho que lo lamentes. Bueno Bill, a juzgar por cómo tratas de esquivar la respuesta a una pregunta tan sencillita, entiendo que te resulta incómoda. Bill, Bill, Bill, hablemos de esa jovencita.

— …

— Preguntas simples. Dime su nombre.

— ¿Por qué?

— Porque por cada pregunta que no respondas te partiré un dedo y cuando te los haya partido todos, empezaré a cortarlos.

Bill miró aterrorizado a Jimmy. El paleto saltó de nuevo por encima de él. Convulsionó. Estaba completamente sujeto. Notó de nuevo el dolor intenso subiendo por su columna, el hueso quebrándose. Notaba sangre resbalando por su mano. La habitación dio vueltas. Jimmy parecía saltar en medio de la noria, aunque era todo un efecto. Una gota de sudor se le metió en el único ojo a través del que podía ver.

— Estás amarillo, Bill. Sólo llevamos dos deditos. Imagínate lo que puede pasar si sigues sin responder. Volveré a hacer de nuevo la pregunta. ¿Cómo se llama la jovencita?

— Jenny. —Bill no dudó ni medio segundo en responder.

— Muy bien. ¿Qué edad tiene?

— Diecisiete.

El paleto elevó ambos brazos hacia el cielo, sonrió y giró sobre si mismo.

— Vaya, vaya, Bill, Bill. Qué malo has sido. —Jimmy retrocedió dando un par de saltitos hacia atrás, hasta llegar a la mesa. Se apoyó sobre el canto y se sentó encima apartando el arma sin ninguna delicadeza.— Espera, espera. Deja que mi imaginación vuele. No me respondas.

— No …

Jimmy cambió el gesto. Se le borró la sonrisa inmediatamente. Giró la cabeza y tensó sus músculos.

— Te acabo de decir que no me interrumpas.

Bill permaneció en silencio. Los siguientes dos segundos fueron minutos en su cabeza. El paleto volvió a hablar gesticulando con la mano en la que sostenía los alicates.

— Así que el bueno de Bill, iba de viaje a ver a una chica menor de edad. Una chica de la que estaba enamorado. No es malo enamorarse de una persona, aunque la ley diga que es ilegal, el amor no conoce edades. La única duda surge, ¿por qué ir de traje si no lo usas para trabajar? Eso si que es fácil, hasta para un estúpido ignorante como yo. Recuerda Bill, por qué estás aquí, porque me faltaste al respeto. Pero volvamos al traje. La gente usa traje para tres cosas, trabajar, una ocasión especial o para negociar. No usa traje para ir a ver a su jovencita menor de edad a la que se folla.

Jimmy tragó saliva. Permaneció quieto. El dolor de ambos dedos se convirtió lentamente en algo con lo que pudo convivir.

— Y si vas a negociar en esa situación, de nuevo sólo pueden ser por unas pocas razones. Un juicio. No creo que sea eso, porque si te presentas en un juzgado vestido de traje y acusado por fornicar con una menor, sólo te haría parecer un pervertido que cree estar por encima de la ley. No, no puede ser eso. También puedes usar un traje para pedir un crédito en un banco; pero eso ya lo puedes hacer en tu propia ciudad sin necesidad de desplazarte. Te has puesto tu mejor traje de Romeo y has viajado muy lejos para acompañar a tu Julieta a un lugar en donde hay algo que negociar.

Bill enmudeció de repente. Miró a Jimmy, analizando cada gesto. Parecía leerlo. En ese momento, era un hombre sujeto a una silla con dos dedos rotos. No mostraba ningún tipo de expresividad, exceptuando el gesto de dolor. El paleto tomó aire y arrancó a hablar de nuevo.

— Volvamos al juego de las preguntas. ¿Vas a ser papá?

— Si. —Jimmy no tardó en responder.

— No quiero que me mientas. Si eres totalmente sincero conmigo, puede que veas al niño. Si no, te juro por el octavo mandamiento que no verás a tu hijo en vida. La regla es sencilla. ¿La has comprendido?

— Si.

— Bien. ¿Quieres ser padre?

— No.

Jimmy se rio y bajó de un salto de la mesa. Aplaudió.

— ¡Bum! Vaya Bill. Realmente estás respetando el octavo mandamiento. No mentirás. Así que por eso ibas con traje a ver a tu amada. ¿Verdad?

— Si.

— Ibas a hablar con ella. Ponerte muy serio y decirla que tenía que abortar.

— No, iba a acompañarla a una clínica.

El paleto dio un par de saltos aplaudiendo. El suelo retumbó haciendo saltar el polvo que cubrió la cara de Jimmy. El dolor de la mano se acentuó con el tableteo.

— ¡Bravo! ¡Bravo! Estamos empezando a entendernos. Así que ibas a hacer abortar a una adolescente que te habías follado. Venga, sigamos con el juego. ¿Es la única mujer en tu vida?

No iba a permitir que este loco encontrara a Elizabeth. Ya la había hecho suficiente daño. Aunque muriera allí, este chiflado no iba a tener la más mínima pista de su mujer.

— Si.

El captor frenó en seco su algarabía. Se acercó a paso lento hacia Jimmy. Dobló su columna y acercó su boca a la oreja del interrogado. Notó una repugnante humedad cuando le habló desde tan cerca.

— Entonces, ¿por qué llevas anillo de casado?

El suelo de la habitación se estiró hasta hacerse infinito. Sintió la indefensión más absoluta. Jamás fue tan incapaz de tomar alguna decisión que lo ayudase a salir de un problema. No se había dado cuenta de que el primer dedo que le había partido era donde llevaba su anillo de casado. Ni siquiera se lo había quitado para lo que iba a hacer. Hasta ese punto llegaba su comportamiento con su mujer. El suelo lo absorbió. Iba a morir. Se imaginó a Bill sacando de las entrañas el aborto de la chiquilla. Luego a Elizabeth en el suelo de la cocina con un destornillador en la nuca. Las imágenes salían disparadas desde su retina hasta el fondo de su cráneo. Todo su mundo enloqueció.

Sonó un claxon. Jimmy volvió al suelo de aquel sótano. Empapado en sudor. De nuevo el sonido de la bocina. Bill elevó al cabeza. Sacó el pañuelo del bolsillo y volvió a amordazarlo.

— El trabajo me reclama. No te muevas. En seguida vuelvo y terminamos.

Jimmy trató de gritar mientras el paleto salía del sótano por las escaleras. Antes de perderlo de vista, vio como se guardó los alicates en el bolso trasero de su pantalón. Otra víctima. Podía acabar teniendo otro compañero de cuarto porque «le faltara al respeto» con alguna tontería. La puerta se cerró y de nuevo la oscuridad.

Los ojos se habitúan a la luz con bastante rapidez y en poco tiempo pudo ver algunas formas en la habitación. Se movió para tratar de liberarse y entonces lo notó. Un tornillo suelto entre las lamas del suelo.

Rascó las cuerdas contra el tornillo. El corazón se le aceleró porque al movimiento se le sumaba el dolor intenso de su mano. Las cuerdas se rompieron. Se abalanzó sobre las cuerdas que le sujetaban los pies y se liberó. Pudo ver los dos dedos rotos de su mano derecha. Una alegoría de la situación en la que estaba inmerso.

Se puso de pie y caminó sujetando su mano lesionada por la muñeca. Agarró la pistola que con tan poco cuidado había apartado Jimmy. Era un arma vieja, de las que tenían un tambor con seis balas. Un reducto de la época del salvaje oeste. Miró el cargador. Tan sólo una bala. Este loco iba a jugar a la ruleta rusa con él. Puso la bala en la situación correcta y subió las escaleras.

Abrió la portezuela que daba paso a la tienda.No podía pensar en el dolor. Tampoco en las consecuencias legales que le iban a acarrear. Ni siquiera en las explicaciones que iba a tener que dar a su esposa. Iba a matar a ese cabrón.

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 2) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos-parte-2/feed/ 2 21
No siempre llueve a gusto de todos (parte 1) https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos/#comments Thu, 19 Feb 2015 19:50:39 +0000 http://relatosescritos.com/?p=11 No siempre llueve a gusto de todos (parte 1) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 1) La manguera escupió el último chorro de diesel. Sonó un «clac» indicando que el depósito estaba lleno. Traduciéndose en un golpe en la palma de la mano de Jimmy. Extrajo la manguera, era su profesión. Cargar depósitos. Cada vez que lo hacía se preguntaba si realmente había […]

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 1) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
No siempre llueve a gusto de todos (parte 1) en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

No siempre llueve a gusto de todos (parte 1)

La manguera escupió el último chorro de diesel. Sonó un «clac» indicando que el depósito estaba lleno. Traduciéndose en un golpe en la palma de la mano de Jimmy. Extrajo la manguera, era su profesión. Cargar depósitos. Cada vez que lo hacía se preguntaba si realmente había nacido para hacer eso o su vida era una ilusión de algún maníaco encerrado en una sala acolchada de un manicomio.

– ¿Quieres espabilar? No tengo todo el día. -La amabilidad de este cliente estaba en la media de los que pasaban por su gasolinera. Es normal, estaba en medio del puto desierto. Calor de día, frío de noche y arena a todas horas. Esa era toda la diversión que podía ofrecer. La gente quería salir de allí lo antes posible.

Jimmy elevó el labio superior mostrando su mejor cara de paleto. Al gesto le acompañaba su vestimenta. Un pantalón de tirantes y una gorra sucia de los Toronto Raptors. No le gustaba el baloncesto, pero había comprobado que la gorra hacía que los clientes le dieran algo de conversación sin repetir frases como: «es sorprendente el calor que hace hoy» o «la vida en el desierto debe de ser muy calmada». La vida en el desierto era como la misma frase indica, solitaria y sin ningún tipo de aliciente. Pero había encontrado una manera de que no fuera tan asqueante.

Sacó la manguera. Tapó el depósito y arrastró la manguera como un zombi acercándose a su presa.

– ¿Cuánto es? Joder, mira la hora. Me quedan por lo menos tres horas y ya está anocheciendo. -El tipejo aun tenía gomina sobre su cabeza. La única manera de sostener los cuatro pelos que aun le quedaban. Ni siquiera ese traje negro, seguramente caro, le hacía parecer alguien respetable.

– Aquí la vida es así.

– Vale. ¿Cuánto es?

– No sé. Cuánto tiene. -Jimmy sonrió, enseñando una colección de dientes amarillos con pequeños tizones negros.

– Lo suficiente. Por tercera y última vez. ¿Cuánto es?

– Ooh. Vaya, perdone caballero. Sólo era una broma. -Jimmy se giró patosamente para ver cuánto marcaba la estación de servicio.- Veamos. Emmm. Son unos … -Apretó los ojos- ¡Ah! ¡Si!. Son setenta dólares.

Jimmy giró de nuevo con gesto torpe. La manguera de diesel se elevó debido al movimiento y goteó sobre el traje del tipejo.

– ¿Qué haces? ¿Tienes idea de lo que cuesta este traje?

– No lo sé. Sólo lo que cuesta el depósito. Setenta dólares. -Extendió la mano.

– No vas a cobrar ni un centavo. Te pienso pasar la factura de la tintorería.

– Vamos …

– Vamos, ¿qué? ¿Tienes idea de lo que acabas de hacerme? Mañana tengo una reunión de máxima importancia y necesitaba este traje para asistir a ella. Un gilipollas sin estudios como tu no puede ser consciente de lo que hace, pero acabas de destruir …

– Está conduciendo por un desierto lleno de arena con un coche sin climatizador. -Señaló al interior.

– … ¿Y qué tiene que ver eso con …?

– Que yo sé que aquí hace un calor descomunal. Es imposible viajar por aquí sin bajar las ventanillas. Seguro que mañana cuando salga el sol, descubrirá que su precioso traje negro tiene un extraño color marrón. Marrón mierda.

El hombre salió del coche, tal y como Jimmy había planeado desde el momento en que dejó caer esas gotas de combustible en el traje.

– ¿Quieres saber de qué color te voy a  dejar la cara? ¿Quién cojones te crees que eres?

La respuesta fue rápida y certera. Un golpe en la sien con el canto del surtidor dejó inconsciente al tipejo. En la caída chocó contra su coche y su cara se estrelló contra el suelo. Jimmy miraba desde arriba como un Dios omnisciente. Sabía todo lo que iba a suceder a partir de ahora y aquel hilillo de sangre que corría por el suelo desde el rostro de su víctima hasta la suela de su zapato, era una muestra de su poder. Era justicia.

Con calma volvió a poner la manguera en el surtidor. Sacó un trapo de su bolsillo y limpió cualquier rastro que pudiera haber en el canto. Cogió al tipejo por la chaqueta y tiró de él arrastrándolo por el suelo como un saco de patatas. Las piedrecitas del suelo rascaban el traje perforándolo. Al llegar a la puerta, tuvo que hacer un esfuerzo extra para subir el escalón de acceso a la tienda de la gasolinera.  Una vez dentro todo sería más fácil. El suelo pulido facilitaba la tarea de arrastrar al tipejo.

Cuando llegó tras el mostrador, abrió la puertecita que daba acceso al sótano. Volvió a sacar el trapo de su bolsillo y miró a su presa. Se quitó el sudor. Tanto éxito como creía que había tenido el hombre que yacía ante él, se había traducido en sobrepeso y Jimmy sudaba como un cerdo.

Abrió un cajón bajo la máquina registradora. Allí guardaba varias esposas, alicates, cuchillos, punzones y una pistola con una única bala. Una caja llena de balas apoyada contra la esquina del cajón parecía querer abalanzarse sobre el tambor del arma para recargarla. Eso no iba a pasar.

Esposó al tipejo y ató el pañuelo a modo de mordaza en su boca. Lo pateó empujándolo hacia la trampilla, hasta que el cuerpo rodó por las escaleras al sótano. Ya echaba de menos su pañuelo para secarse el sudor. Esos hombres entrajetados acababan quitándole todo a la gente; ahora a Jimmy su pañuelo. Hizo un sonido fuerte y seco con su nariz y escupió por la ventana. Allí seguía el coche.

Arrancó el vehículo. Un trasto caro. No tenía climatizador porque el tipejo no sabía ni para qué iba a usarlo. Si hubiera sido inteligente, sabría que lo primero que necesita un coche es su climatizador. ¿De qué le servía tener tantos estudios si no sabía eso? Apretó con rabia el acelerador. Las piedrecitas bajo las ruedas salieron disparadas. Sonaban como pequeños perdigones al chocar con el metal del surtidor.

Hoy era un día distinto. Por fin.

Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!
Si te ha gustado el artículo, quizás quieras aportar. Significa mucho más de lo que imaginas. ¡Gracias!

 

La entrada No siempre llueve a gusto de todos (parte 1) aparece primero en Relatos escritos.

]]>
https://relatosescritos.com/relatos-escritos/no-siempre-llueve-a-gusto-de-todos/feed/ 2 11