No siempre llueve a gusto de todos (parte 3)

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No siempre llueve a gusto de todos (parte 3)

El atardecer ayudó a que las sombras cubrieran el cuerpo de Bill mientras salía del sótano. Ya no tenía suficiente entereza para permitirse el lujo de pasar desapercibido. Tomó aire. Le había costado subir las escaleras con una mano rota y la otra ocupada sosteniendo el arma. Estaba tras el mostrador. No recordaba cómo había llegado hasta allí, como si todo hubiera sido un mal sueño.

Asomó un poco la cabeza por encima del mostrador para ver alrededor. Un par de pasillos con estantes de golosinas, alcóhol y comida rápida envasada. Frente a él, una puerta que daba a la salida. Fuera estaba el psicópata, estirando sus tirantes mientras atendía a alguien uniformado. Se aclaró los ojos con las manos para tratar de ver mejor. Parecía alguien de la policía. Podía ser su vía de escape. Saldría con las manos en alto señalando a Jimmy, gritando que ese asesino lo había raptado y le había dado una paliza. El policía reaccionaría casi inmediatamente. Era pura lógica.

El dolor en la mano volvió a recordarle que tenía ambos dedos rotos, uno de ellos aun sostenía el anillo de casado en un pingajo de carne. Miró al sótano y se imaginó la cantidad de personas que podían haber estado allí abajo, sufriendo el dolor y las torturas de ese cabrón. Sus manos temblaban con rabia contenida. ¿Y si los siguientes que “le faltaran al respeto” eran una familia en plena discusión? Una pareja a punto de divorciarse con sus dos hijos, que en ese momento de tenso silencio tras la discusión tuvieran que parar a repostar. Un gesto, una frase desafortunada y verían como sus hijos mueren entre estertores ante ellos. De nuevo el dolor de su mano subió por su espinazo hasta la nuca. Sus ojos enrojecidos miraron al sonriente Jimmy hablar con el policía. Si saliera ahora, estaba seguro de que lo esposarían.

¿Pero cuánto tiempo permanecería encerrado? ¿Cuánto tardaría en volver a cometer otro asesinato? La gente como él no se detiene por una temporada en la trena y nada garantizaba que fuera a ser condenado a la pena de muerte. En el juicio tendría que explicar qué hacía allí. Lo del aborto, lo de la adolescente. La mirada inquisitiva de la mujer a la que había puesto los cuernos. No podría hacerlo y seguro que eso haría que el paleto recibiera una pena mucho menor de lo que se merecía. Cerdo, cabrón, maldito.

Arrastró los pies otro paso más hacia la puerta. Trató de gritar, pero sólo emitió un débil quejido. Levantó el arma, lo mataría, lo barrería a balazos. Era la única solución. Elevó la cabeza con fiereza, dispuesto a matar o morir. Sus ojos se plantaron en el exterior. Jimmy giró la cabeza y lo miró fijamente. Bill se quedó totalmente quieto. El psicópata extendió la mano hacia el policía y cobró el repostaje como si no sucediera nada extraño. Dio un paso hacia un lado para tapar con su cuerpo la visión de su víctima desde el punto de vista del policía. Bill se dio cuenta de que iba a morir. Trató de moverse, pero en ese momento estaba petrificado por el dolor y el miedo.

El asesino se despidió del agente elevando su visera y gritando “Buena suerte”, mientras el coche se alejaba. Cuando la cortina de arena dorada que levantaba el vehículo policial que se alejaba en dirección al sol que bajaba en el horizonte se desvaneció, giró sobre si mismo y miró el interior de la gasolinera. Jimmy no parecía estar dentro. Aceleró el paso enfadado y agarró los alicates que tenía en el bolsillo trasero del pantalón. Arremetió contra la puerta y entró con violencia en la pequeña tienda de la gasolinera.

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— ¡Maldito gilipollas! ¡Te lo advertí! ¡Te lo advertí! No te muevas, no te muevas. ¿Y tu qué haces? ¡MOVERTE! Porque los privilegiados no sabéis actuar de otra manera, no sabéis respetar. Te lo advertí. Vamos a terminar con esto ahora mismo.

Bill estaba en el suelo. Se tiró cuando el policía se alejó de la gasolinera y allí permanecía, quieto. Piensa, piensa. Son tus últimos segundos de vida. ¿Qué puedes hacer? Entonces la chispa surgió en su cabeza.

El asesino golpeó un expositor que saltó por los aires. La rabia transformaba en babas saltaba por encima de bollería industrial envasada. Varias botellas de vodka cayeron al suelo derramando su contenido.

— ¿Dónde estás? ¿Dónde estás jodido mamón?

— Aquí.

Jimmy levantó una ensangrentada mano temblorosa. Como un niño en el colegio que responde a una pregunta recriminatoria del profesor.

— Habla un hombre muerto.

Jimmy llegó hasta él en dos saltos, cogió a Bill por las solapas y lo elevó. El paleto volvió a demostrar una fuerza brutal. Bill levantó su mano una vez más.

— Tengo una propuesta que hacerte.

— …

— Deberías de escucharme.

— ¿Qué puede ofrecerme alguien como tu?

— Puedo darte dos víctimas a cambio de mi vida. Nunca sabrían que fuiste tu.

— ¿Quién? —Jimmy no necesitaba hacer la pregunta. Sabía que se refería a la adolescente embarazada, pero quería oírlo de los labios de Bill. Estrelló a su víctima contra la pared.— ¿Quién Bill? Soy muy tontito y no sé a quién te puedes referir.

— Si que lo sabes jodido cabrón.

Jimmy estrelló su puño contra el mentón de Bill. Su cerebro rebotó dentro del cráneo y sus piernas cedieron al instante. El salvaje lo agarró en el aire y volvió a elevarlo. La pierna derecha de Bill tembló.

— Esta ha sido la última vez. Tienes tres segundos para decirme la dirección y nombre de tu amiguita. Me ha interesado.

Bill abrió los ojos. Era su oportunidad de salir vivo. O tal vez no sirviera de nada. Las posibilidad formaron una cascada de ideas en su cabeza. Jimmy elevó la mano y le mostró tres dedos.

— Tres…

Si se lo decía podía matar dos pájaros de un tiro. Era una posibilidad. Aunque eso significaría la muerte de una chica inocente.

— Dos… Elizabeth está deseando conocerme. Cuando abra tu cartera, tendré tu dirección y allí estará tu mujer. ¿Verdad?

Bill se derrumbó. Las posibilidades se habían eliminado. Sólo podía pensar en dar una oportunidad a Elizabeth para que no viera jamás la cara de este asesino. Para eso tendría que ganar tiempo.

— Patricia. En la ciudad de El paso, frente a Ciudad Juárez. En Orkney Road hay una pequeña casita con el tejado rojo en el 3025.

— Por fin sale algo de respeto de esa sucia boca en la que anida esa lengua de serpiente que tienes. ¿Recuerdas cuando querías pasarme la factura de la tintorería? Fue justo antes de amenazar con golpearme. Por fin noto que no me tratas como a escoria. Te has sincerado Bill.

El psicópata lo soltó. Bill cayó como una piedra al suelo. Su cabeza rebotó contra la madera del local. Rodó contra la mesa que servía de mostrador. Había escondido la pistola en el interior del pantalón y se le clavó en el coxis al intentar sentarse. Jimmy sonrió triunfal.

— Eso no va a salvarte.

Bill palideció.

— Ni a tu mujer. ¿Pensabas que soy un jodido estúpido? Jodido, jodido estúpido.

Bill se apoyó sobre su mano rota, el dolor se extendió desde su brazo hasta su columna. Corrió hacia la puerta de salida. Jimmy agarró una botella de vodka y se la tiró a la cabeza. Bill perdió el equilibrio tras el impacto y atravesó la puerta. Una lluvia de cristales y astillas cayó a su alrededor. Frenó la caída con sus manos y siguió corriendo. Su cara cubierta de sangre impedía discernir los gestos de dolor y miedo.

Jimmy cogió un extintor de incendios y se lo tiró a la espalda. Bill salió disparado contra una manguera. Su cabeza golpeó el surtidor y chorros de gasolina lo ducharon. Todo giraba a su alrededor y era incapaz de distinguir nada debido al combustible en sus retinas. Palpó como pudo su espalda hasta encontrar el arma y la sacó. Levantó la punta del arma y apretó el gatillo. Sus oídos sólo escucharon lo que parecía el estallido de un globo. Una llamarada iluminó el infierno en el que estaba perdido y una fuerza invisible lo empujó hacia atrás. No escuchó nada, hasta que la tierra empujó su cara. Escuchó el siseo de su cuerpo siendo arrastrado por la arena debido a la inercia de la explosión y luego nada.

No supo cuánto tiempo había pasado. Despertó en la camilla de una ambulancia. Un enfermero estaba iluminando sus pupilas con una pequeña linterna.

— ¿Me escucha ahora?

— Si.

— ¿Sabe cómo se llama?

— Mi nombre es Bill.

— Muy bien Bill. Estás en una ambulancia. Has sobrevivido a una explosión en una gasolinera. ¿Tienes hijos Bill? ¿Tienes mujer?

Bill mostró cara de terror. Aun tenía en su cerebro la imagen del psicópata preguntando por su familia.

— Tranquilo Bill. Tienes que contestarme. Mantente despierto.

— Si.

— Si, ¿qué? ¿Cuántos hijos tienes?

— Nin… ninguno. Tengo mujer.

— Muy bien Bill. ¿Dónde vives?

El enfermero continuó haciendo preguntas sencillas. Bill notó que su cuidador tenía razón y le costaba mantenerse despierto. Las preguntas evitaban que se durmiera. Durante un trayecto interminable le explicaron lo que había sufrido.

La explosión para la que aun no tenían una explicación clara, había abrasado el mentón y el pecho de Bill provocándole quemaduras de tercer grado en su omóplato. Esas profundas heridas se habían infectado con el contacto de la arena. Había salido despedido unos quince metros, cayendo contra el suelo y rompiéndose tres costillas. También tenía rota la mano y en ese momento nadie le preguntó por qué. Aunque todos parecían tener una explicación.

Cuando la camilla bajó de la ambulancia, las luces de los pasillos del hospital iban iluminándole la cara mientras lo llevaban a la carrera. Se mareó. A su alrededor enfermeros y médicos gritaban que tenían que operarle y le pinchaban piernas, brazos y cuerpo. No sabía qué pasaba, pero en el tumulto creyó entender que iba a perder parte del pulmón derecho. Sólo veía manos pasar por delante de su cara hasta que escuchó.

— Esto te dormirá. Relájate.

Vio la calavera de un ciervo con los cuernos astillados. Y todo se volvió negro.

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