Relatos escritos Perdido y encontrado Archivos - https://relatosescritos.com/tag/perdido-y-encontrado/ Revista de relatos de ficción, críticas y cine Mon, 02 Apr 2018 15:12:55 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=7.0 https://relatosescritos.com/wp-content/uploads/2015/08/cropped-favicon-2-32x32.png Relatos escritos Perdido y encontrado Archivos - https://relatosescritos.com/tag/perdido-y-encontrado/ 32 32 84823136 Perdido y encontrado de Charles Duncan (Star Citizen) – Capítulo 4 final https://relatosescritos.com/relatos-escritos/perdido-encontrado-charles-duncan-star-citizen-capitulo-4-final/ https://relatosescritos.com/relatos-escritos/perdido-encontrado-charles-duncan-star-citizen-capitulo-4-final/#respond Tue, 29 Mar 2016 09:48:26 +0000 http://relatosescritos.com/?p=539 Perdido y encontrado de Charles Duncan (Star Citizen) – Capítulo 4 final en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

PERDIDO Y ENCONTRADO UNA HISTORIA DE STAR CITIZEN ESCRITA POR CHARLES DUNCAN PARA STAR CITIZEN- CAPÍTULO 4 FINAL Este relato es una traducción realizada en la web ciudadano estelar de una historia publicada en cuatro partes y escrita por Charles Duncan. Está basada en el universo de Star Citizen. ¡Disfrutadlo! Oskar Gruber siguió el consejo […]

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Perdido y encontrado de Charles Duncan (Star Citizen) – Capítulo 4 final en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

PERDIDO Y ENCONTRADO UNA HISTORIA DE STAR CITIZEN ESCRITA POR CHARLES DUNCAN PARA STAR CITIZEN- CAPÍTULO 4 FINAL

Este relato es una traducción realizada en la web ciudadano estelar de una historia publicada en cuatro partes y escrita por Charles Duncan. Está basada en el universo de Star Citizen. ¡Disfrutadlo!

Oskar Gruber siguió el consejo de Zara Vencia. Puesto que de todas formas él ya se encontraba en Borea, ponerse en contacto con la Drake Interplanetary sería el siguiente paso lógico para seguir el rastro de la historia de su nave. Incluso con el nombre y el número de registro proporcionados por la cazarrecompensas, estaba resultando ser una tarea difícil. Oskar había empezado poniéndose en contacto por voz con las oficinas corporativas, y luego enviándoles mensajes. Al principio se habían mostrado muy educados, pero se negaron tajantemente a proporcionarle ninguna información concerniente a la venta de ninguna nave. Oskar empezó a subir por la jerarquía de la corporación, donde la gente con la que habló empezó a mostrarse mucho menos educada pero igual de poco serviciales. Por último, había tomado la decisión de visitar en persona las oficinas de la Drake. Le habían recibido con bastante educación, pero en menos de una hora ya había quedado bastante claro por parte del personal que Gruber podía optar por abandonar voluntariamente el recinto del edificio, o dejar que le expulsaran por la fuerza.

Su tensa caminata de regreso al hangar reflejaba la frustración que sentía. Había llegado tan lejos, pensaba, para acabar atascado aquí. En algún lugar dentro de los ordenadores de la Drake, tenían que haber registros de las transacciones. Algo que mostrara de dónde procedía la nave. Incluso aunque la Drake no quisiera admitirlo, tenían que conservar algún tipo de rastro indicando la procedencia de la nave. Gruber empezó a urdir planes: piratear el sistema de ordenadores de la Drake, colarse por la noche en las oficinas de la corporación, infiltrarse en el personal… Cada uno de estos planes era tan irrealizable como el que se le había ocurrido antes. Incluso aunque poseyera las habilidades necesarias para llevarlos a cabo, las cuales no poseía, lo más probable era que terminaran encerrándolo en la cárcel, o algo peor. El planeta Borea albergaba la sede corporativa de la Drake Interplanetary, y la influencia de la compañía sobrepasaba cualquier plan que Gruber fuera capaz de concebir. No estaba seguro de qué era lo que podía hacer ahora; su dinero para las tasas de hangar no duraría para siempre. Mientras regresaba a su nave, se quedó sumido en sus pensamientos, tratando de concebir algún plan practicable. Casi había cerrado la rampa de la bodega de carga cuando se dio cuenta de que no estaba solo en la bodega.

Dos hombres le aguardaban flanqueando a un tercero sentado en la silla del puesto de trabajo de Gruber. Los individuos que estaban de pie tenían todo el aspecto de matones endurecidos; Gruber se preguntó cómo habían logrado hacer pasar sus inmensos cuerpos por la estrecha rampa de carga. El tercer hombre era mucho más pequeño, con un aspecto pulcro e impecable, y vestía un traje de ejecutivo de excelente corte.

–Ah, señor Gruber, me preguntaba cuándo llegaría. Por favor… –le saludó haciendo un gesto hacia uno de los asientos plegables que estaban abiertos–… tome asiento.

El tono de su voz era agradable y sonreía mientras hablaba.

–¿Quienes son ustedes? –dijo Gruber cuando se recuperó de la sorpresa–. ¿Y por qué están en mi nave?

El rostro del hombre no perdió la sonrisa ni un instante, pero cualquier rastro de amabilidad desapareció del tono de su voz.

–Siéntese, señor Gruber.

Uno de los dos matones que estaban de pie a su lado se puso en tensión de forma claramente visible. Gruber se percató de que aferraba una enorme pistola en una de sus manazas. El matón clavó su mirada en Gruber, pero no hizo ningún gesto de alzar su arma. No le hacía ninguna falta. Gruber recordó repentinamente su visita a la prisión de Lorona. Decidió sentarse.

–Señor Gruber –dijo el hombre, el tono de amabilidad regresando a su voz–. Soy el señor Reinhart –hizo un gesto hacia los hombres que le acompañaban–. Estos son mis socios. Somos empleados de la Drake Interplanetary. Hay ciertos asuntos que consideramos que es necesario discutir con usted. ¿Dispone usted de tiempo suficiente para que hablemos de ellos?

Gruber estaba pálido, pero hizo un gesto de asentimiento.

–Excelente. Verá, señor Gruber, represento a una parte interesada que ha tenido conocimiento, recientemente, de que usted ha estado realizando investigaciones respecto a una nave. Una nave concreta. Esto ha causado cierto nivel de preocupación, ya que la persona para la que trabajo es un miembro respetable de la comunidad y no tiene ningún deseo de verse relacionada con los escándalos de piratas y cazarrecompensas. Mis funciones incluyen asegurarme de que algo así no suceda. Puesto que usted se ha mostrado tan diligente a la hora de formular preguntas, estoy seguro de que no le importará responder a unas algunas mías. Preguntas como, ¿por qué está usted tan interesado en el propietario de una nave llamada la Pride of Kingsport?

Gruber se puso en tensión.

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–Sólo he estado tratando de rastrear el historial de propietarios de una nave. He encontrado algunas… anormalidades en ella. Creo que ése puede haber sido el nombre original de la nave. Le puedo asegurar que no se trata de nada que pueda justificar su intrusión en mi nave y sus amenazas.

–Oh, señor Gruber –dijo Reinhart–, nadie le está amenazando. Todavía –su sonrisa se volvió más amplia–. En ese caso, ¿sería usted tan amable de explicarme lo que sabe del medallón?

–¿Qué medallón? No sé nada de un medallón.

–Ah, señor Gruber, mentir no es una de sus cualidades. De la misma manera que usted ha realizado sus investigaciones, yo he hecho las mías. La señora Vencia me dijo que usted estaba haciendo un trabajo admirable tratando de averiguar a quién pertenecía el medallón.

–¿Por qué razón –tartamudeó Gruber –iba ella a contarle nada sobre eso?

–Porque es una cazarrecompensas, señor Gruber. Y a los cazarrecompensas se les paga.

Gruber suspiró a la vez que sentía que todo el espíritu de lucha le abandonaba. Sabía que estaba completamente superado. Cuando fue a Lorona, se había sentido como si estuviera hundiéndose bajo las aguas. Ahora empezaba a sentir que estaba tocando el fondo marítimo.

–Está en el segundo cajón a su derecha.

–Excelente –dijo Gruber alargando la mano para abrir el cajón. Sacó de su interior la caja que contenía el medallón y la abrió. Hizo una breve pero exhaustiva inspección de su interior. Luego, para sorpresa de Gruber, Reinhart cogió el medallón y lo sostuvo delante del mobiGlass que llevaba en la muñeca.

–Sí, éste es –hizo una breve pausa–. Sí, creo que es el auténtico –Gruber comprendió que Reinhart estava manteniendo una conversación con alguien a través del mobiGlas, pero no podía oír lo que estaba diciendo el otro interlocutor. Vio que la expresión de Reinhart pasaba a ser una de sorpresa –Sí, puedo encargame de eso. ¿Seguro que es lo que quiere que se haga? … Muy bien, entonces. Veré lo que dice –Reinhart se inclinó hacia Gruber y le entregó la caja y el medallón.

–Señor Gruber, si pudiera hacernos el favor de dedicarnos unas cuantas horas de su tiempo, el propietario de ese medallón desearía de todo corazón hablar con usted.

Todo lo que Gruber pudo ofrecer como respuesta fue un gesto de asentimiento con la boca abierta.

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Oskar fue escoltado por Reinhart y sus socios hasta un complejo de apartamentos muy lujoso situado en un barrio muy exclusivo de la capital de Borea. Gruber pasó la mayor parte del corto viaje en completo silencio. El agudo miedo que había sentido en la bodega de carga de la Outbound Light se había desvanecido; a decir verdad, no le habían amenazado en ningún momento y los hombres que le escoltaban se habían mostrado siempre educados, aunque también distantes. Mientras el ascensor los subía hasta el piso superior, Gruber no sabía qué esperar. Cuando se abrieron las puertas, encontró al otro lado un vestíbulo que parecía tan grande como la propia Outbound Light. Reinhart le señaló un par de grandes puertas.

–Si fuera tan amable de acompañarme…

Los dos matones se quedaron esperando en el vestíbulo mientras Gruber y Reinhart pasaban a una segunda sala tan grande como la primera. El centro de la sala estaba dominado por una inmensa cama. En ella descansaba una mujer. Gruber pensó inicialmente que la mujer era una anciana; tenía un aspecto avejentado y frágil. No estaba seguro de si estaba despierta o dormida. Luego vio que la cama estaba rodeada de aparatos médicos. Estaban dispuestos con suma discreción y elegancia, pero seguían estando presentes. Mientras tanto él como Reinhart se acercaban a la cama, la anciana abrió los ojos. Por muy frágil que pudiera parecer su cuerpo, su mirada era aguda y penetrante. La cazarrecompensas Vencia habría sentido envidia. La voz de la anciana también indicaba vigor, pues resonó por toda la habitación mientras ellos se acercaban.

–Bueno, George, ¿es éste el joven del que me hablaste?

–Sí, señora. Ha pasado por los escáneres, no lleva armas.

La anciana miró detenidamente a Gruber y luego desvió su mirada hacia Reinhart.

–No es como esperaba –dijo, tras lo cual volvió a centrar su atención en Gruber –Espero que no le hayan asustado demasiado, joven. George –añadió mirando de soslayo a Reinhart –puede ser algunas veces un poco sobreprotector. Se preocupa micho por mi salud. Espero que haya tenido un viaje agradable.

–Eh, sí, señora –contestó Gruber–. Muy agradable.

–Me alegra oír eso –la anciana volvió a dirigirse a Reinhart–. En ese caso, George, te agradecería muchísimo que nos concedieras un poco de tiempo a solas para que pudiéramos charlar en privado.

–¿Cómo dice, señora? No estoy seguro de que sea una buena idea.

La anciana interrumpió a George con un gesto.

–Puf. Déjanos solos. Está desarmado, como tú mismo ya has dicho, y me extrañaría mucho que este joven haya recorrido todo su camino sólo para venir a asesinarme –hizo una pausa, durante la cual miró fijamente a George–. Y aunque ese fuera el caso, tampoco es que fuera a cambiar mucho las cosas. Ahora, vete.

Para asombro de Gruber, Reinhart se limitó a asentir y marcharse, cerrando las puertas tras él.

–Oh, no ponga esa cara de sorpresa. Es bastante bueno en su trabajo y se preocupa incluso cuando no es necesario, pero sabe hacer lo que se le ordena. No me extrañaría que se hubiera mostrado un poco agresivo cuando usted le conoció por primera vez, pero no debería tenérselo en cuenta. Es una persona que me es muy querida y que se preocupa enormemente por mi seguridad. Hace unos cuantos años se formularon algunas amenazas, y George tiene una tendencia a no olvidarse de cosas como esas. Personalmente, creo que está reaccionando de forma un poco exagerada. Usted no ha venido aquí para asesinarme, ¿verdad, Oskar? ¿Le parece bien que le llame Oskar?

–Eh, sí, señora. Es decir, no. Quiero decir que sí, usted puede llamarme Oskar. Y no, no estoy aquí para… asesinarla.

Ella le miró con impaciencia.

–Pues en ese caso, siéntese, por el amor del cielo. Ya es suficiente con tener a George y sus matones dando vueltas por aquí todo el rato. No permitiré que usted haga lo mismo.

Gruber hizo lo que le habían ordenado. Cogió una silla de uno de los rincones de la sala y la acercó a la cama. Mientras se sentaba en ella, se maravilló ante la presencia de ánimo de la anciana. Sólo podía imaginarse cómo podía haber sido su carácter cuando era joven.

–Y ahora –dijo la anciana–… ¿tiene usted alguna idea de quién soy?

–Por supuesto. Quiero decir que usted es la propietaria del medallón y… bueno, aparte de eso… no; no tengo ni idea de quién es usted.

–Me llamo Irena Marqet.

Los ojos de Gruber se abrieron de par en par.

–¿La doctora Marqet. La conozco. Quiero decir que conozco su nombre. Usted es una de las personas que fundó Drake Interplanetary.

La anciana empezó a reír y esbozó una sonrisa.

–Es cierto. También soy una de las personas que construyó esa nave con la que usted ha estado molestando a todo el mundo.

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La siguiente hora consistió en un interrogatorio al que la doctora Marqet sometió a Gruber, quien renunció a cualquier intento de hacerle alguna pregunta. Gruber le contó lo sucedido en la operación de recuperación de la nave y su hallazgo del medallón. La doctora Marqet le escuchó atentamente mientras Gruber le contaba su visita a Quister en prisión, y a Gruber le pareció vislumbrar lágrimas asomando en los ojos de la anciana cuando le habló acerca de Zara y Drago.

–Esa es toda una historia, Oskar –le dijo al final, meneando la cabeza–. ¿Quién podría pensar que una nave pudiera pasar por todo eso?

–Sí, señora. Pero, doctora Marqet, si no le importa que le pregunte…

–Quieres saber por qué puse el medallón en la nave, ¿verdad?

Gruber enrojeció de vergüenza.

–Pues… sí.

–¿Qué es lo que sabes sobre la historia de la Drake Interplanetary?

–Bueno, sé que su popularidad viene de la venta de naves como la Cutlass. Y que se han ganado cierta… fama… por el tipo de naves que fabrican.

–Supongo que eso es bastante cierto. Esos horribles anuncios que veo en todas partes. Si me lo preguntas, me parecen tremendamente horteras, pero parece ser que van bien para las ventas, por lo que no hay duda de que seguiremos haciéndolos, igual que las naves. Evidentemente, ya no formo parte oficialmente de la Junta de Directores, por lo que ya no suelen escucharme tan atentamente como antes. Y no hace falta que se muestre recatado ante mí, joven. Estoy perfectamente enterada de que la Drake gana una buena cantidad de créditos vendiendo naves a personas que están en el lado malo de la ley. Puedo jurarle que, mientras a la UEE no le importe, eso tampoco le va a importar a nadie de Drake Interplanetary. ¿Pero qué es lo que sabe usted acerca de cómo empezamos la compañía?

–Sé lo que he leído. Que fue fundada por un grupo de ingenieros después de que rechazaran su propuesta para un contrato militar. Se suponía que iba a ser algún tipo de nave para la milicia. La doctora Dredge fue la directora de ese proyecto; ella fue quien fundó la compañía.

Irena dedicó a Oskar el mismo gesto con el que había interrumpido a Reinhart.

–¿Jan Dredge? Oh, por favor. Ella estudió ingeniería aeroespacial en la Universidad de Terra. Sólo por aterrizar en el planeta ya te regalan un doctorado. Oh, sí, Jan es bastante inteligente, supongo, pero siempre ha estado interesada en los beneficios. Siempre está con lo mismo: los costes, los costes, los costes… Ella habría sido más feliz como contable. Y usted, además, ha trabajado en compañías de recuperación, ¿verdad? ¿A cuántos directores de proyecto ha visto que trabajen directamente en su proyecto? –la doctora Marqet esbozó una sonrisa cómplice–. Por eso perdimos el contrato con la Armada de la UEE, ¿sabes? Presentaron otra nave más barata. Oh, Jan se puso realmente furiosa con eso. Como si no hubiéramos hecho todo lo que estaba en nuestra mano para mantener el coste de nuestro prototipo lo más bajo posible. Jan estaba especialmente enfadada conmigo, porque yo había insistido en que ciertas prestaciones tenían que mantenerse, sin importar lo mucho que ella quisiera quitarlas –la doctora Marqet rió en voz baja–. Y luego cogimos ese mismo proyecto y gracias a él ganamos miles de millones más de los que habríamos ganado nunca trabajando para la UEE. A decir verdad, creo que nunca me ha perdonado por eso. Pero ella todavía es joven.

La doctora Marqet se inclinó hacia Gruber.

–Yo ni tan siquiera se suponía que tuviera que formar parte del proyecto. Me había retirado unos cuantos años antes. Era sin ninguna duda la persona de mayor edad del equipo. Un colega mío, el doctor Allisaid, me invitó a unirme al equipo. Al principio yo sólo estaba allí en función de asesora. Pero al cabo de unos pocos meses me sentía completamente involucrada en el proyecto. Eso fue en 2920; dos años antes de que perdiéramos oficialmente el contrato con la Armada. Diseñar una nave, sobre todo partiendo de la nave como estábamos haciendo, lleva una buena cantidad de tiempo. Sinceramente, el hecho de que lográramos hacerlo todavía me sorprende –la anciana apretó los labios–. Supongo que Jan se merece parte del crédito. Era famosa por sus listas, sus hojas de cálculo, sus cronogramas… Bueno, supongo que eso es lo que te enseñan en la UT –frunció el ceño–. El gobierno siempre ha hecho cosas raras con el negocio de la concesión de contratos. Si hubieran tenido la más mínima visión a largo plazo, se habrían dado cuenta de que nosotros estábamos ofreciendo la mejor nave, tal como la historia ha dejado bien claro –la anciana le dirigió una mirada interrogativa–. ¿Cuándo fue la última vez que oíste a alguien mencionar un Wildcat?

Gruber alzó una ceja.

–¿Un qué?

La doctora Marqet chasqueó los dedos.

–¡Eso es precisamente lo que yo quería decir! –volvió a fruncir el ceño–. Supongo que esa es la forma que tienen los militares de hacer las cosas. Debería haberlo sabido; me pasé veinte años trabajando parta ellos antes de tener el sentido común de retirarme.

–Si usted estaba retirada, ¿por qué se unió al proyecto?

La anciana miró a Gruber con una expresión de lástima.

–Porque mi marido había muerto. Los dos éramos ingenieros. Nos había ido bien en nuestro trabajo, y estábamos ansiosos por poder empezar a tener todas esas cosas para las cuales no habíamos tenido tiempo hasta entonces. Mi marido iba a hacer un viaje, dar un conferencia en un simposio sobre metalurgia. La nave en la que iba se estrelló al aterrizar. Un fallo total de los motores. Sin ningún superviviente. Fue uno de esos accidentes que, según las estadísticas, se supone que nunca pasan.

La anciana miró fijamente a Gruber.

–Tenía una elección: encontrar algo por hacer, volverme loca, o morir. Yuri Allisaid me dio algo por hacer. Así que lo dediqué todo a ese proyecto –la anciana hizo una pausa, rememorando–. Me sentía bien trabajando en algo. Y ese trabajo me dio una oportunidad para superar lo que comprendí que no era más que culpa del superviviente. Mucha gente pensó que, después de que mi marido hubiera muerto en un accidente, yo no iba a querer participar ni tener nada que ver con un trabajo relacionado con diseñar una nave. Pero para mí fue algo catártico. Sí, estábamos diseñando un caza. Sí, era algo que estaba pensado para los mundos fronterizos. Las milicias locales que no disponen del mismo presupuesto que la Flota. Mi marido venía de un mundo como esos. Mientras yo colaboraba en el diseño de la nave, pensaba que a mi marido le habría gustado que yo diseñara algo que ayudaría a su hogar y lugares parecidos a él –en los ojos de la anciana asomaron las lágrimas–. Pensaba que, puesto que ya no podía hacer nada con él, entonces podría hacer algo en su memoria. Yo había perdido un sueño, el sueño que tenía de pasar el resto de mi vida con él. Así que lo reemplacé por un sueño de esa nave.

Nadie pensó que seríamos capaces de hacerlo. Ni tan siquiera el equipo de diseño creía que tuviéramos la más mínima probabilidad de éxito. Pero yo necesitaba algo en lo que creer. Creí en la nave. Las especificaciones que nos dieron para el contrato eran demenciales. Sinceramente, ahora que vuelvo a pensar en ello. parece más bien como si se tratara de las típicas maquinaciones políticas que ves para hacer que la gente piense que su gobierno está haciendo algo, cuando en realidad todo lo que están haciendo no es más que humo. Y poco a poco, todos nosotros empezamos a creer en la nave. Nos quedábamos trabajando hasta altas horas de la noche, proponiendo ideas, rechazando otras. Allisaid era un genio a la hora de coger un detalle minúsculo y conseguir que funcionara para hacer algo útil. Él fue quien tuvo la idea del anillo de atraque situado en la quilla. Una idea realmente genial, pero nadie del resto del equipo había pensado en ella. Oh, sí, también tuvimos nuestros problemas. Tratar de solucionar los problemas con los asientos de la carlinga, por ejemplo. No te creerías las discusiones que tuvimos entre algunos miembros del equipo por los asientos deslizantes. Creo que Jan llegó a tirarle una taza de café a Zig. Fue una época de locos. Pero, evidentemente, no fue nada comparado con lo que vino después.

Una vez pasamos la fase de puro diseño y empezamos a trabajar con la construcción del casco del prototipo, empezamos a ver el verdadero potencial que tenía la nave. Y, evidentemente, encontramos todos los fallos que de alguna manera jamás aparecían en los diseños por ordenador. Zig era el ingeniero jefe de los sistemas de suministro de energía. Iba corriendo por el hangar, llevando ese ridículo sombrero azul, gritando con su acento de Vega: «¡Más energía! ¡Necesitamos energía!» cada vez que alguien sobrecargaba los circuitos de conexión. A la cuarta vez que dijo eso en un lapso de una hora, Jan se detuvo ante él, le quitó el sombrero de la cabeza y le gritó a la cara: «¿Ahora quién tiene más energía?».

Gruber se puso a reír junto a la anciana.

–Fue una locura, y muy estresante, y probablemente el trabajo peor pagado que he tenido en cuarenta años. Pero era un grupo maravilloso de gente con la que trabajar. No me di cuenta de lo mucho que los necesitaba, y cuánto recibí de ellos, hasta que entramos en las fases finales de prueba. Nos estábamos preparando para realizar el primer vuelo de prueba, y Yuri me miró y me dijo que lamentaba que mi marido no pudiera estar aquí con nosotros. Le dije que yo también lo lamentaba. Me dolía pensar en él, pero me di cuenta de que, aunque me resultara doloroso, no iba a morirme de pena por no tenerlo más a mi lado.

La mujer dejó de hablar por un momento, rememorando el pasado, y Gruber esperó pacientemente a que prosiguiera.

–La prueba fue todo un éxito. A decir verdad, mucho mejor de lo que esperábamos. Y al día siguiente, puse ese medallón en la nave.

–No tenía ni idea –dijo Gruber mirando a la anciana con admiración–. No tenia ni idea cuando lo encontré.

La anciana asintió.

–¿Por qué deberías? Nunca pensé que nadie fuera a encontrarlo, escondido en el primer prototipo de Cutlass –la mujer pareció recuperar la compostura y le dirigió a Gruber una sonrisa cómplice–. Tras enterarme de todo por lo que ha pasado, tal vez deberíamos aprovecharlo para una campaña de marketing. Haría ganar otros mil millones de créditos a la Junta de Directores.

–Pero, si es el primer prototipo, ¿cómo terminó siendo vendido a Zara Vencia? –preguntó Gruber–. Quiero decir que, ¿no habrían tenido que exhibirlo en un museo, o algo así?

–No teníamos ni la menor idea del éxito que iba a tener el diseño –contestó la anciana riendo–. Y para cuando nos dimos cuenta, estábamos demasiado ocupados tratando de cubrir la demanda como para preocuparnos por lo que le pudo haber sucedido al original. Cuando perdimos oficialmente el proyecto, nos trasladamos al sistema Magnus. Construimos las fábricas iniciales, tratamos de conseguir subcontratas; fue una gran empresa para todos nosotros. Y recuerda que esta compañía estaba dirigida por ingenieros. Si se pierde un fragmento de información, entonces es como si nunca hubiera existido. Jan estaba siempre insistiendo en tratar de establecer una «cuota de mercado». Estábamos tratando de fabricar naves lo más rápido que nos era posible. En algunos casos, llegábamos incluso a regalarlas, sólo para que se hicieran populares. Se cometieron errores en los envíos. Para cuando alguien se dedicó a investigar su paradero, la nave ya había desaparecido de nuestros registros. Supongo que podía haber pedido a alguien que le siguiera el rastro, recuperarla de alguna forma, pero para mí, esa nave ya había cumplido su propósito. Me había ayudado a salir de una mala época.

Gruber puso una mano en su bolsillo y sacó el medallón.

–¿Quiere volver a tenerlo?

La anciana hizo un gesto lento de negación con la mano.

–Soy una mujer vieja y me estoy muriendo –se percató de la mirada de preocupación que pasó por el rostro de Gruber–. Jovencito, he estado trabajando con máquinas durante toda mi vida. Sé cuándo empiezan a romperse. Y eso es todo lo que somos realmente, máquinas especializadas. En algún momento, las piezas se desgastan hasta el punto en que ya no puedes limitarte a cambiarlas por otras –la anciana volvió a sonreírle–. Pasa igual que con las naves que construimos. Pero a juzgar por todo lo que me has contado, no creo que tu nave haya alcanzado todavía el mismo punto que yo. ¿Por qué no devuelves este medallón al sitio donde lo encontraste? Y luego ve a ver qué tipo de vida le queda a esa nave.

Gruber le devolvió la sonrida y volvió a guardar el medallón en su bolsillo.

–Sí, señora. Creo que eso es precisamente lo que haré.

–Ha sido un raro placer conocerle, joven. Pero creo que ésta ha sido toda la emoción que puedo soportar en un mismo día. Me aseguraré de que George le devuelve sano y salvo a su nave.

–El placer ha sido todo mío, doctora Marqet.

Gruber empezó a alejarse de la cama. Cuando llegó a las puertas, se dio la vuelta y miró por encima de su hombro. Irena Marqet seguía despierta, mirándole.

–Señora, si me permite, me gustaría hacerle una última pregunta.

–¿Y cuál es?

–¿Por qué le puso a la nave el nombre de Pride of Kingsport?

Gruber pudo ver a la doctora Marqet sonreír desde el otro lado de la habitación.

–Porque mi marido nació en la ciudad de Kingsport. Y creo que estaría muy orgulloso de esa nave.

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Gruber terminó de reemplazar la tapa de la caja de empalmes. El medallón estaba de vuelta al sitio donde lo había encontrado. Sonrió para sí mismo, preguntándose qué pensaría la siguiente persona que lo encontrara. Si es que había alguna siguiente persona. No tenía manera alguna de saberlo, evidentemente, pero tras su charla con la doctora Marqet, estaba convencido de que alguien volvería a encontrar el medallón en el futuro. Incluso aunque esa idea no fuera más que soñar despierto, era una idea agradable. Gruber salió de la nave, haciendo una comprobación antes del próximo vuelo. Se aseguró de que la rampa de carga estuviera bien cerrada, repasando dos veces la luz azul que indicaba un cierre hermético. Recorrió con la mano el fuselaje redondeado mientras hacía su inspección final. Se detuvo por un mome3nto, mirando el nuevo nombre escrito en letras amarillas a un costado. Golden Opportunity. Le parecía que sonaba bien. Subió por la escalera del costado de babor hasta llegar a la carlinga y cerró la puerta tras él. Cuando se hubo acomodado en el asiento del piloto, inició la secuencia para encender la planta de potencia y poner los motores al máximo para un despegue. Mientras lo hacía, paseó su mirada por la carlinga, casi como si la estuviera viendo por primera vez.

–Has sido una soñadora, una cazadora, una pirata y una exploradora –reflexionó–. Me pregunto qué serás conmigo.

Fin

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PERDIDO Y ENCONTRADO UNA HISTORIA DE STAR CITIZEN ESCRITA POR CHARLES DUNCAN – CAPÍTULO 3 Este relato es una traducción realizada en la web ciudadano estelar de una historia publicada en cuatro partes y escrita por Charles Duncan. Está basada en el universo de Star Citizen. ¡Disfrutadlo! Oskar Gruber no tuvo muchos problemas para localizar […]

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Perdido y encontrado de Charles Duncan (Star Citizen) – Capítulo 3 en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

PERDIDO Y ENCONTRADO UNA HISTORIA DE STAR CITIZEN ESCRITA POR CHARLES DUNCAN – CAPÍTULO 3

Este relato es una traducción realizada en la web ciudadano estelar de una historia publicada en cuatro partes y escrita por Charles Duncan. Está basada en el universo de Star Citizen. ¡Disfrutadlo!

Oskar Gruber no tuvo muchos problemas para localizar a la tal Zara Vencia. Era una cazarrecompensas relativamente bien conocida. O por lo menos lo había sido. Sólo le hizo falta hacer una llamada a Serge Michaels para enterarse de su paradero.

Gruber podía ver en la imagen de la pantalla a Michaels meneando la cabeza.

–Esa es la mejor información que puedo darte. Hace unos cuantos años, tenía una reputación formidable como cazarrecompensas. Por lo que he podido averiguar, se retiró de los contratos activos. Formó un pequeño consorcio de operativos, todos ellos trabajando bajo la bandera de Vencia Retrievals. Tienen su sede en Borea. No es un grupo demasiado grande, pero lo suficiente como para que ella pueda vivir relativamente bien, al menos por lo que he visto de sus registros tributarios. A los que, por cierto, yo no debería haber mirado.

Gruber sonrió a la pantalla.

–Te agradezco tu ayuda, Serge. Te la agradezco de verdad.

–Bueno, ojalá pudiera decirte que lo entiendo, Oskar. Sé que siempre te han interesado las naves, pero esto parece demasiado, incluso para ti. Estoy preocupado.

Gruber consideró la posibilidad de tratar de explicarle la situación. Ya no se trataba sólo de la nave. Era cierto que, cuanto más cosas averiguaba, mayor era su convencimiento de que no podía tratarse de un modelo de fabricación en serie. Tenía que haber fabricado ex profeso. Y eso le intrigaba. ¿Por qué se tomaría alguien las molestias de fabricar una versión personalizada de una Cutlass, de entre todos los modelos posibles de nave? No se trataba precisamente de un transporte de lujo o el yate espacial de un multimillonario. Y había tenido que admitir para sí mismo que los detalles eran triviales y casi con toda seguridad sin interés para cualquier persona que no fuera un coleccionista o un maniático. Pero Gruber no podía dejar pasar la importancia del medallón. Se sentía compelido, no por la nave, ni tampoco por el medallón, sino por la necesidad de hallar a su propietario y devolvérselo a él o a ella. Lógicamente, sabía que hacerlo no iba a cambiar nada. Quizás ayudaría a responder algunas de sus preguntas sobre la nave, pero incluso aunque no fuera a recibir esas respuestas, Gruber seguiría tratando de devolver el medallón. Pero no se atrevió a explicarla a Michaels todo esto; lo más probable es que su respuesta fuera burlarse todavía más de él.

–Está bien. No tienes por qué preocuparte. Sólo… Tengo tiempo. Y quiero averiguar más cosas sobre la nave. Es… una cosa… técnica.

Serge volvió a menear la cabeza.

–Sólo ten cuidado, ¿vale? Primero quisiste charlar con un pirata encarcelado, y ahora vas a ver a una cazarrecompensas bastante bien conocida – Michaels rió por lo bajo–. En serio, ¿qué te hace pensar que ella querrá ni tan siquiera hablar contigo?

–Pues…. – contestó Gruber con un tono de voz cuidadosamente desapasionado – que concertaré una cita con ella.

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Gruber sabía que no debía enfadarse con Michaels. Era molesto y frustrante, pero Gruber sabía que Michaels solamente estaba preocupado. Siendo realistas, Gruber sabía que jamás debería haber comprado la nave, o como mínimo debería haberse quedado trabajando con el personal de Stark. Gruber poseía empeño y tenacidad, pero no disponía de mucho dinero, y ciertamente carecía de trabajo. Aun así, citando las historias que él había leído tantas veces cuando era niño, la suerte estaba echada. Gruber se había embarcado en este viaje y estaba decidido a terminarlo. No podía simplemente olvidarse del medallón. Trazó un rumbo hacia Borea y se preparó para ponerse en contacto con el consorcio de la cazarrecompensas.

Gruber logró llegar a Borea sin incidente alguno. Una vez allí, no tuvo que esperar mucho tiempo antes de que su encuentro con Zara Vencia. Gruber se encontró siendo acompañado al interior de una elegante sala de conferencias, donde se le pidió que tomara asiento. La sala no tenía un aspecto demasiado llamativo, pero era un indicativo de los éxitos financieros que Vencia Retrievals Inc. había conseguido. Gruber estaba sentado en una cómoda silla, tamborileando con los dedos sobre la superficie de la mesa, cuando la puerta se abrió y una mujer entró en la sala. Era alta, más alta que Gruber. Él habría calculado que la mujer ya había dejado atrás hacía tiempo la mediana edad, pero parecía seguir en forma y tener una mirada aguda. La mujer caminó rápidamente hasta la silla enfrente de Gruber y se sentó en ella.

–El señor Gruber, supongo.

–Sí, señora. ¿Es usted Zara Vencia?

Ella asintió secamente.

–Se dará usted cuenta, evidentemente, que yo no suelo mantener reuniones con nuestros clientes en potencia. Sin embargo, mi secretaria me ha notificado que usted se mostró bastante insistente. Y que usted consideraba que el asunto que deseaba que fuera investigado era también de mi interés personal.

-Sí, todo eso es correcto. Creo que se trata de un asunto del que usted ya está personalmente al corriente.

–Bueno, nuestras tarifas no son despreciables, pero creo que usted las encontrará muy razonables dada la calidad del servicio que nuestra organización presta. Evidentemente, habrá muchos factores a tener en cuenta, dependiendo de a quién quiere usted que encontremos, cuantos operativos requerirá, y temas por el estilo.

Gruber se sentía confundido.

–Yo… ¿tarifas?

Vencia parecía molesta.

–Sí, nuestras tarifas por seguirle el rastro a la nave en la que usted está interesado.

–No, no. No necesito que nadie rastree la nave. Yo ya tengo la nave. Volé en ella hasta aquí, en Borea.

El rostro de Vencia adoptó una expresión gélida. En ese momento Gruber entendió por qué Quister había dicho que ella tenía hielo en las venas y un corazón de piedra. Si las miradas pudieran matar, Gruber habría fallecido en el acto.

–Si usted no precisa de los servicios de mi organización – preguntó Vencia lacónicamente–, ¿por qué razón me está haciendo perder el tiempo?

–Creo que usted conoce esta nave. De hecho, creo que usted había sido su propietaria. Sólo quería hacerle unas cuantas preguntas al respecto.

-¿Y qué es exactamente lo que le hace pensar, señor Gruber, que yo pudiera tener alguna respuesta para sus preguntas?

–Que el nombre de la nave era la Glorious Reach.

Por el más breve de los instantes, el rostro de Zara Vencia perdió su expresión pétrea y Gruber pudo vislumbrar como en sus ojos relampagueaba una antigua pena. Gruber conocía esa mirada. Pero el momento pasó tan rápido como había llegado. Vencia se incorporó para inclinarse por encima de la mesa de conferencias, clavando su mirada en Gruber, quien recordó que no estaba ante ningún oficinista corporativo anónimo. Vencia se había labrado una reputación de cazarrecompensas de primera, llevando ante la justicia a la escoria del sector, viva o muerta.

–Ese es un nombre que no he oído en mucho tiempo.

Vencia volvió a sentarse en su silla enfrente de Gruber.

–Así pues, señor Gruber, tal vez sería tendría usted la amabilidad de contarme qué es lo que sabe sobre esa nave.
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Gruber terminó de contarle a Vencia que es lo que había averiguado sobre la nave hasta ese momento. Vencía le escuchó atentamente mientras él iba explicando la historia de la nave que encontraron a la deriva, y la conversación que había tenido con Quister en Lorona.

–De modo que usted fue a ver a Quister en prisión.

–Sí, eso hice.

–Eso fue increíblemente estúpido por su parte. Quister sigue siendo un hombre muy peligroso. El universo sería un lugar mejor sin él.

El rostro de Gruber enrojeció.

–Esa no es la primera opinión de esa naturaleza que he escuchado, señora. Pero él me llevó hasta usted.

Vencia se echó a reír, pero no había nada de humor en su risa.

–Pues claro que te envió hasta mí. Siempre ha sido un fanfarrón. No tengo ninguna duda de que pensó que encantaría recibir un recordatorio de que él sigue vivo.

–Él me habló de usted… muy bien.

–Quister es una excusa patética de ser humano. Consideré que asegurar su captura era para mí una obligación ineludible. Por desgracia, el Imperio se limitó a encarcelarle en vez de administrarle el castigo que tanto se merecía. Quister estaba protegido desde arriba, aunque evidentemente yo carezco de ninguna prueba de semejante intervención a su favor – Vencia dirigió a Gruber una atenta mirada–. Pero tú no estás aquí para preguntarme cuál es mi opinión personal acerca de esa basura pirata. Creo que lo que quieres es saber más cosas sobre mi vieja nave, aunque no puedo imaginarme por qué ni aunque me fuera la vida en ello.

–Tengo razón para creer que hay algo especial respecto a esa nave, señora. Las investigaciones que he realizado hasta ahora me han llevado a creer que se trata de una nave fabricada con especificaciones personalizadas. Esperaba que usted pudiera proporcionarme algo más de información al respecto.

–¿Especificaciones personalizadas? Jamás se me habría ocurrido. Es una Cutlass. Sí, es una buena nave en su propia forma limitada, pero no tiene nada fuera de lo ordinario.

Gruber se quedó atónito.

–Pero… quiero decir que he hecho mediciones. He investigado sus componentes, y ésta no es una Cutlass ordinaria. Incluso Quister dijo que le costaba encontrar piezas de repuesto estándar para ella – mientras pronunciaba esas palabras, al propio Gruber le pareció una justificación muy endeble. Pero Vencia no se movió de su silla, sino que aguardó serena y seria, y Gruber no supo qué más podía decir que no le hiciera parecer todavía más inane.

–Bueno, señor Gruber, si la nave es tan especial, y usted ha admitido libremente que era de mi propiedad, ¿qué me impide reclamársela? – dijo Vencia dirigiéndole una mirada socarrona.

Gruber tecleó en su mobiGlas para hacerle mostrar una pantalla de información.

–El que usted presentó y aceptó una reclamación al seguro por ella. Legalmente hablando, usted ha renunciado a todos sus derechos respecto a esa nave. Tal como estipula la Fiscalía, cuando la nave fue declarada como un vehículo incautado, todos los vínculos de propiedad relacionados con la compañía de seguros quedaron anulados. La ley del almirantazgo respecto a la recuperación de naves anuló también cualquier reclamación que los parientes del anterior propietario pudieran haber querido realizar. Mi posterior compra, y los impuestos pagados en ella, aseguran mi propiedad de la nave.

Por primera vez desde que había empezado su reunión, Vencia esbozó una sonrió.

–Parece que tendré que revisar mi valoración de usted, señor Gruber. Parece claro que ha hecho sus deberes en lo que respecta a derechos de propiedad. Pero aun así, puede estar seguro que, aunque yo conservara algún derecho sobre esa nave, jamás querría recuperarla –la sonrisa de Vencia se transformó en una mueca–. Cada nave tiene sus propias peculiaridades, señor Gruber. Basándome en su profesión, diría que usted ya lo sabe. Las naves son como las personas; cambian de maneras que a veces no puedes anticipar. Algunas de sus partes se desgastan y tienen que ser reemplazadas. Algunas veces toman un rumbo diferente a aquel para el que fueron diseñadas originalmente –Vencia estaba ahora mirando más allá de Gruber, con la expresión de quien está rememorando viejos recuerdos–. Algunas veces las perdemos antes de lo debido.

Vencia le dio la vuelta a su silla, con lo que ella se quedó sentada dándole la espalda a Gruber, quién no supo cómo responder a eso. Ambos permanecieron sentados y en silencio, hasta que por fin Vencia volvió a hablar en voz baja.

–Llevo veinte años sin ver la Glorious Reach. Ni siquiera he vuelto a pensar en ella durante la mitad de ese tiempo –se dio la vuelta para volver a estar de cara a Gruber–. Comprar esa nave fue idea de mi compañero. En esa época, mi organización no era tan grande como lo es ahora. Sólo éramos cinco operativos, con apenas dinero suficiente para mantener nuestras cuentas corrientes por encima de los números rojos. El problema más difícil que teníamos en esos primeros días no era hallar a nuestras presas, sino transportarlas una vez las hubiéramos capturado. Este negocio –Vencia señaló vagamente a su alrededor –no es precisamente una empresa tradicional. Incluso hoy en día, fuera de la Fiscalía, no hay muchas naves que estén diseñadas para transportar a un pasajero rebelde. Así que tuvimos que arreglárnoslas con lo que teníamos. Drake Interplanetary acababa de fundarse. La Cutlass no tenía la reputación que posee hoy en día. Drago, mi compañero, vio la Cutlass como una nave ideal que podíamos reacondicionar para transportar a nuestras adquisiciones hasta entregarlas a las fuerzas de la ley. Yo lo único que vi en esa nave fue que tenía un precio que nos podíamos permitir. De manera que nos pusimos a buscar una Cutlass que estuviera a la venta. Te diría que buscábamos un modelo «básico», pero al fin y al cabo podría decirse que todas las Cutlass lo son. Supongo que, en cierta manera, ese es uno de sus argumentos de venta. Nada de lujos y nada de piezas complicadas, sólo una nave que funciona. Tengo que admitir que usarla para transportar a nuestras capturas era sin ninguna duda una mejora comparada con la nave monoplaza que habíamos usado hasta entonces. El poder estirar las piernas caminando por la bodega de carga servía para que un vuelo tedioso entre varios sistemas lo fuera un poco menos.

Gruber se quedó mirándola expectante.

–Entonces, ¿personalizaron ustedes la nave?

–Hay una gran diferencia entre personalizar una nave y mandar que la construyan con especificaciones concretas –contestó Vencia frunciendo los labios–. Habría pensado que entendías ese concepto.

–Oh, quiero decir que, bueno, sí, ya he entendido que usted ha dicho no fue construida para ustedes. Pero seguro que, cuando ustedes le hicieron modificaciones, se dieron cuenta de algunas de las diferencias que tenía.

–Señor Gruber, no soy ni ingeniera ni técnica. Ahora estoy al cargo de esta compañía, y entonces también lo estaba. Puedo asegurarle que no realicé ninguna modificación en esa nave personalmente. Como ya le he dicho, Drago pensó que la Cutlass podía ser adaptada para nuestros propósitos. Cualquier cambio efectuado en esa nave fue responsabilidad suya. Yo me dedicaba a encontrar una forma de poder pagar las modificaciones, no de instalarlas.

–¿Puede ser que hubiera mencionado algo? ¿Algún detalle que le causó problemas o alguna parte que no fue capaz de encontrar?

–No me viene a la mente nada de eso. Y, de nuevo, le aseguro que esa nave no tenía nada de extraordinario.

–Bueno… tal vez había alguien tratando de copiar la Cutlass. Una empresa competidora, quizás, y su diseño acabó en sus manos.

–Imposible.

–¿Pero cómo puede estar tan segura?

–Porque esa nave, señor Gruber, se la compré directamente a la Drake Interplanetary.

Oskar Gruber se quedó sentado completamente abatido. Sabía que las pruebas estaban ahí, sabía que tenía que haber algo más. Zara Vencia debió notar también su desazón, porque su expresión se suavizó y meneó lentamente la cabeza.

–Le entiendo –dijo–. Tras todo el esfuerzo que ha invertido en averiguar la historia de esta nave, entiendo por qué todavía quiere saber más cosas. Es extraordinario que usted haya llegado tan lejos; podría haber sido un rastreador bastante bueno.

Gruber se quedó mirando a Vencia. Se sentía desgarrado; le quedaba una última evidencia por revelar. No le había mencionado a nadie la existencia del medallón. Ni a Stark ni a Michaels, y ciertamente tampoco a Quister. No había querido mencionárselo a nadie hasta estar seguro de cuál era la procedencia del medallón. Era un secreto que guardar, una carga, pero también un objetivo. Quería devolvérselo a su propietario. Gruber recordó la mirada en los ojos de Vencia cuando le mencionó por primera vez el nombre Glorious Reach. No le había dicho nada a Quister sobre el medallón porque no se fiaba del pirata. No les había contado nada a Stark o a Michaels porque no creía que fueran a entenderlo. Pero contemplando a Zara Vencia, mirando la forma en que ella se había envarado al hablar sobre la nave, Gruber había tenido la sensación de que tal vez ella lo entendiera. Metió la mano en un bolsillo y sacó de él una pequeña cajita. La colocó encima de la mesa delante de la cazarrecompensas.

–Encontré esto –dijo Gruber , escondido dentro de una caja de empalmes de la nave. Desearía devolvérselo a quienquiera que lo puso allí. ¿Sabe algo sobre este objeto?

Vencia alargó una mano para coger la cajita. La abrió y miró en su interior. Sacó el medallón de la cajita, y luego abrió lentamente el cierre, examinando el medallón como si se tratara de una prueba para un caso.

–Está muy bien hecho. Sencillo pero elegante. Tiene una inscripción bastante sentimental –Vencia devolvió el medallón al interior de la cajita–. ¿Sabe qué es lo que la sentimentalidad te consigue en mi negocio, señor Gruber? –la cazarrecompensas se quedó mirándole detenidamente, como si fuera capaz de taladrarle con los ojos–. Consigue que te maten.

Zara Vencia se levantó de su silla.

–Si me perdona, tengo asuntos que atender. Le sugiero que haga lo mismo.

La cazarrecompensas salió de la habitación, dejando a Gruber sentado a solas.
* * *

Gruber estaba sentado en la bodega de la Outbound Light. Llevaba dos días en el espaciopuerto de Borea. No le había hecho ninguna llamada a Michaels. Cuantas más cosas aprendía de la nave, cuanto más tiempo pasaba en su interior, mayor era su convencimiento de que todavía quedaban cosas por averiguar sobre la nave y su medallón oculto. Pensó a medias en la posibilidad de contactar directamente con la Drake Interplanetary. Quizás conservaran algunos registros que pudieran refutar lo que la cazarrecompensas le había dicho. O tal vez la nave ya era de segunda mano para entonces, y Vencia simplemente lo ignoraba. Por lo que le había contado, resultaba evidente que se trataba de uno de los primeros modelos jamás producidos por la Drake. Gruber pasó algo de tiempo repasando los archivos públicos. Vio los antiguos anuncios comerciales, leyó acerca de la creación de la corporación Drake. No encontró nada que le diera alguna esperanza. Sabía que no tardaría en tener que tomar una decisión; no podía limitarse a quedarse aquí. La idea de volver hasta Stark y pedirle trabajo era totalmente degradante y casi con toda seguridad fútil.

«No tiene por qué ser Stark», se dijo a sí mismo. «Soy un buen técnico y un buen trabajador. Hay otras empresas de recuperación. Y tengo una nave» pensó. «Podría fundar mi propia compañía. Salir a explorar como hizo Zharkov o contratar a unas cuantas personas y hacerme pirata como Quister». Empezó a reírse solo.

-¡ El espacio es el límite! –gritó a la bodega vacía.

Se sentía como un idiota. Casi dio un salto cuando su mobiGlas empezó a pitar, indicando que le estaba llegando una transmisión. Activó el dispositivo y se sorprendió al ver el rostro de Zara Vencia devolviéndole la mirada.

–Señor Gruber.

–Señora Vencia… No esperaba esta llamada.

–Señor Gruber, me temo que durante nuestro último encuentro puedo haberme mostrado un poco dura –Vencia apartó por un momento su mirada de la pantalla y luego volvió a encararse hacia ella–. Me estaba preguntando si querría usted escuchar unas pocas cocas más acerca de su nave.

Gruber estaba atónito.

–Pero por qué… claro, por supuesto. ¿Debo reunirme con usted en su despacho?

–Si no le importa, preferiría tener esta charla ahora mismo. Estoy esperando fuera.

Gruber casi se cayó de bruces mientras corría a hacer bajar la rampa de carga.

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Se quedó esperando detrás de Vencia, quien estaba contemplando el exterior de la Outbound Light. Vencia recurrió con la mano la superficie del casco, y luego miró por encima de su hombro en dirección a Gruber.

–No estaba exagerando cuando dije que llevaba veinte años sin ver esta nave. Es curioso –dijo mientras se apartaba caminando del casco para poder alcanzar con la vista la nave entera–. Parece muy diferente y la vez igual que siempre.

Vencia le dirigió a Gruber la misma mirada gélida con la que le había obsequiado antes en la sala de conferencias.

–Cuando mis contactos en la Fiscalía me dijeron que le habían quitado la nave a Quister, yo les dije que la hicieran chatarra. Siempre pensé que la habían desguazado. No la quería como recordatorio –Vencia paseó su mirada por el sucio hangar en el que Gruber había aterrizado la nave–. Viéndola ahora, no es tan malo como pensé que sería.

Gruber se sintió repentinamente muy incómodo.

–Si tiene la bondad de subir a bordo, señora, puedo ofrecerle un poco de té.

Ella asintió.

–Eso sería muy amable por su parte.

Mientras subían caminando por la rampa para entrar en la bodega, los ojos de la cazarrecompensas recorrían todo el interior del compartimento. Gruber se dedicó a preparar dos tazas de té en el diminuto espacio de cocina. Mientras el agua empezaba a hervir, Vencia hizo otro comentario:

–Desde luego no reconocería esta parte.

–¿Cómo dice, señora?

–Por favor, deje de llamarme «señora». Me hace sentir vieja. Con todo lo que tengo por explicarle, puede llamarme Zara.

–Sí, se… Zara. Por favor, llámeme Oskar.

Mientras tomaba la taza de té que Gruber le ofrecía, la cazarrecompensas hizo un gesto en dirección al espacio de vivienda.

–Por lo que me ha contado, deduzco que estos son algunos de las cambios realizador por el señor Zharkov.

Gruber asintió.

–Resulta interesante. Cuando yo poseía esta nave, la bodega de carga se usaba para el transporte de los fugitivos que habíamos capturado. Drago había instalado varias celdas de contención. Solía bromear diciendo que ahora era una bodega de contención.

–Supongo que su compañero era quien estaba al cargo de la nave.

–Sí. Drago se encargaba de lo que nosotros considerábamos la rama de transporte de nuestra empresa. Mi trabajo consistía en rastrear a los fugitivos y someterlos. Una vez que los teníamos bajo nuestra custodia, yo llamaba a Drago y él los transportaba de vuelta hasta cualquier sitio al que hiciera falta llevarlos. La Cutlass es famosa por su maniobrabilidad, como estoy segura que ya sabes, pero Drago pensaba que también tenía potencial para velocidad. No iba a dejar atrás mi Avenger, pero me sorprendió la velocidad que él fue capaz de sacarle –se rió sin muchas ganas–. Yo estaba furiosa por los gastos en que había incurrido cuando reemplazó todo el conjunto de motores a la vez. Pero en esa época yo siempre tenía problemas para decirle que no.

Vencia miró a su alrededor por un momento, y por último detuvo su mirada en uno de los asientos plegables al lado de la puerta que daba a la cabina. Gruber se sonrojó al pensar en su falta de modales, abrió uno de los asientos y señaló en su dirección.

–Por favor, siéntese.

–Gracias –contestó Vencia, sentándose grácilmente y tomando un sorbo de su taza de té–. En esa época era divertido, ahora no tanto, todo el trabajo que Drago dedicó a esta nave. Tenía la loca idea de que podríamos subcontratar las modificaciones con la Drake. Pensaba que sus ideas podrían servir para resolver las necesidades especializadas de otras personas, tal como habían servido para resolver las nuestras. Podríamos vivir de las regalías y dejar de tener que perseguir criminales – sonrió para sí misma–. Creo que siempre estaba preocupada por la posibilidad de que me sucediera algo en este trabajo.

–Espero no estar inmiscuyéndome en un asunto personal, pero diría que ustedes eran algo más que simples socios de una empresa.

Vencia miró a Gruber con una expresión triste y un poco tensa.

–Lo era. En otra época, en otra vida, supongo que nos habríamos casado. Pero éramos jóvenes y teníamos una empresa de la que encargarnos. Los dos pensamos que más tarde ya tendríamos tiempo para todo eso – suspiró–. Nos equivocamos.

Vencia bajó su mirada hasta su taza de té y se quedó en silencio por un momento.

–Dijiste que encontrasteis la nave varada en el espacio y con su capitán muerto – cuando Gruber asintió, ella prosiguió–. No es el primer hombre que muere en esta nave.

Gruber trató de pensar en algo que decir, pero todas las palabras que se le ocurrieron le parecían huecas. Se quedó en silencio, y dejó que Vencia siguiera hablando.

–Algunas veces, hay recuerdos que preferiría no conservar – miró a Gruber de soslayo–. Creo que tal vez entiendas lo que te estoy diciendo. Supongo que esa es la razón por la que fui tan arisca cuando me enseñaste ese medallón. Y, no – dijo antes de que Gruber pudiera abrir la boca–, no es mío. Tampoco es algo que Drago pudiera haber tenido. No… no es de su estilo – se detuvo, perdida en sus pensamientos, antes de seguir hablando–. Llevábamos unos tres o cuatro años usando esta nave cuando Drago me preguntó que me parecía la idea de contratar a una nueva persona para nuestra empresa. Alguien que fuera de su planeta natal. El candidato tenía un pasado algo turbio, pero Drago lo había conocido cuando era niño. Pensé que era una mala idea, pero Drago quería darle una segunda oportunidad. Me contó lo mal que lo había pasado en el sitio donde había crecido. Lo difícil que resultaba conseguir una oportunidad para cualquier cosa que no fuera una vida de crimen. Y así, en contra de mi mejor juicio, le di permiso a Drago para contratar a James Quister. Una semana después, Drago estaba muerto y la nave había sido robada – el rostro de Vencia adoptó una expresión dura que Gruber ya conocía–. Me llevó seis años, tres meses y ocho días rastrear a ese bastardo hasta su cubil. Pero lo atrapamos, y ahora vive en esa prisión mientras que Drago sigue muerto.

–Ojalá supiera qué decir, Zara.

–No hace falta decir nada. La vida te cambia – hizo un gesto a su alrededor – de la misma forma que esa nave ha cambiado. No me importa tener que recordar muchas de las cosas que sucedieron, y me disculpo por mi anterior rudeza. Pero hay algo que quería mostrarte. Algo que pienso que tal vez te interese.

Vencia se levantó y activó su mobiGlas. Pasó por varias pantallas y por último abrió una representación visual. Selección una imagen y la amplió para que Gruber pudiera verla con claridad.

Era una fotografía de una Zara Vencia mucho más joven. En su rostro había una sonrisa de felicidad que Gruber no habría creído posible ayer. La cazarrecompensas que aparecía en la imagen estaba tratando de mostrar una expresión seria, pero era evidente que no le estaba saliendo muy bien. Viéndola ahora, con todos esos años de diferencia, Gruber se percataba de hasta qué punto la habían cambiado y endurecido. La joven mujer de la fotografía, alta y hermosa, carecía de la mirada gélida de la cazarrecompensas sentada ante Gruber. Los ojos de la joven Zara tenían el mismo color azul, pero de un tono más brillante y resplandeciente. Podría parecer una paparrucha sentimental, para Gruber casi era capaz de sentir la esperanza en el futuro que albergaba la joven Zara. Gruber contempló a la mujer actual. «Tiene razón», pensó para sí mismo. «Las personas son como las naves; cambian». Volvió a fijarse en la imagen de la fotografía. Al lado de Zara había un hombre atractivo de piel oscura. Zara tenía un brazo apoyado en el hombro de su acompañante, quien a su vez estaba haciendo un gesto de “pulgar hacia arriba” en dirección a la cámara, y su rostro mostraba una sonrisa aun más amplia, sin hacer ningún intento por aparentar seriedad. Al fondo de la imagen se vislumbraba el fuselaje de una nave. Un fuselaje redondeado que Gruber conocía muy bien.

–La hicimos el día en que recibimos la nave. Drago pensó que era importante inmortalizar el inicio de nuestra nueva empresa. Hacía mucho tiempo que no volvía a mirar esta fotografía, pero nuestra charla hizo que me pusiera a buscarla. Creo que podría interesarle.

Gruber señaló a la fotografía.

–¿No parece que hay algo escrito en el casco? Es… bueno, parece un nombre, pero parece que se ha pintado a mano. No consigo leer lo que pone.

–No le mentí cuando dije que encargué esta nave a la Drake Interplanetary. Pero en esa época las naves clase Cutlass no llevaban más de un año disponibles en el mercado. Estaban empezando a ganarse cierta reputación, y la Drake no daba abasto para cubrir la demanda. Yo había encargado una nave nueva, pero cuando pasé a recogerla me di cuenta de que se había producido un error en el envío de material. No había ninguna nave nueva disponible. Todo lo que tenían a mano eran vehículos desechados que habían sido entregados a milicias locales como promoción. Drake quería hacer una venta, y yo quería una nave, así que no pude rechazar semejante trato.

–Entonces, ¿qué es lo que estaba escrito en el lateral del casco?

–Ponía The Pride of Kingsport.

–¿The Pride of Kingsport? ¿Y eso que significa? ¿Es el nombre de la nave? ¿Qué es Kingsport?

–No tengo ni la menor idea. Pero estabas en lo cierto, alguien había pintado eso a mano en el lateral de la nave. De hecho, en ambos laterales. Pero ignoro qué significaba.

–Tal vez se trate de algún lugar del que yo nunca he oído hablar. Quizás es el sitio donde fabricaron la nave. O la persona que la fabricó.

–Como ya te he dicho, Oskar, no lo sé. Nunca nos preocupamos por dónde había estado la nave antes de llegar a nuestras manos, sólo nos interesaba lo que íbamos a hacer con ella.

–Bueno, tiene que haber alguna manera de seguir esta pista. Alguien que sepa lo que significa.

–Estoy segura de que hay alguien que lo sabe. Y sé a quién iría yo a preguntárselo.

–¿A quién?

–Ya que estás en Borea, pregúntaselo a la Drake Interplanetary. Fueron ellos quienes me la vendieron.

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Perdido y encontrado una historia de Star Citizen escrita por Charles Duncan – Capítulo 2 Este relato es una traducción realizada en la web ciudadano estelar de una historia publicada en cuatro partes y escrita por Charles Duncan. Está basada en el universo de Star Citizen. ¡Disfrutadlo! Oskar Gruber estaba decidido a seguir hasta el […]

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Perdido y encontrado de Charles Duncan – Capítulo 2 en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Perdido y encontrado una historia de Star Citizen escrita por Charles Duncan – Capítulo 2

Este relato es una traducción realizada en la web ciudadano estelar de una historia publicada en cuatro partes y escrita por Charles Duncan. Está basada en el universo de Star Citizen. ¡Disfrutadlo!

Oskar Gruber estaba decidido a seguir hasta el final su curso de acción actual. Serge Michaels había hecho todo lo posible por convencer a Gruber de que proseguir su investigación era una tarea fútil, pero él se negaba a abandonar la idea de averiguar cuál era la historia de su Cutlass recuperada. Por esa razón Gruber se encontraba ahora sobre Lorona, en el Centro Imperial de Corrección y Rehabilitación, más conocido como el Orbital Súper Max. Tenía un bonito nombre, pero estaba claro que era una prisión. A Gruber no le sorprendió la facilidad con la que pudo acordar una cita para ver a uno de los prisioneros. Los funcionaros que había ahí no parecían sentir mucho interés por su petición de ver a James Quister. Las preguntas que le hicieron parecían meramente rutinarias, y Gruber no tardó en estar sentado en una pequeña sala de entrevistas. Un guardia le hacía compañía, mientras que otro fue a buscar a Quister. Cuando por fin trajeron a Quister a la habitación, su aspecto no era el que Gruber había estado esperando. Quister era un hombre bajito y de pelo gris; era evidente que era más viejo que Gruver, y parecía como si la vida en prisión no le hubiera hecho perderse demasiadas comidas. Pero aunque su corpulencia parecía estar transformándose en obesidad, Quister todavía conservaba el aspecto de un luchador; sus brazos eran musculosos y su nariz achatada. Cuando Quister examinó a sus visitantes, a Gruber le pareció que sus brillantes ojos verdes mostraban inteligencia y sagacidad. El antiguo pirata caminó hasta la silla en frente de Gruber, apoyó sus manazas en su respaldo, y clavó su mirada en Gruber.

–Por mil millones de demonios… No te conozco de nada. ¿Quién eres?

Oskar empezó a responder, pero el pirata lo interrumpió de inmediato.

–No eres mi abogado; no eres lo suficientemente paliducho –dijo Quister–. Tampoco tienes suficiente pinta de estirado para ser de la Fiscalía, y no estás los bastante bien vestido para ser un reportero.

El acento de Quister era algo nuevo para Gruber, pero no creía que fuera a darle problemas para entender las palabras del pirata. Gruber esperó pacientemente mientras el pirata le miraba con los ojos entrecerrados. Por último, Quister le miró directamente a los ojos.

–Tu jeta no me suena de nada. Seguro que no eres alguien al que alguna vez he amenazado, ¿eh? Has venido para reírte del león enjaulado, ¿verdad?

Gruber meneó la cabeza.

–Me llamo Oskar Gruber, señor Quister. He venido aquí para hacerle unas cuantas preguntas acerca de una nave.

La carcajada de Quister resonó por toda la habitación.

–¿Una nave? Por supuesto, jefe, entre en mi concesionario y le mostraré lo último y lo mejor que tengo a la venta. La última vez que me fijé, este sitio era una prisión y no un astillero.

Gruber no se dejó amilanar por las burlas de Quister.

–Estoy aquí por una nave en concreto. Una Cutlass llamada Outbound Light.

–Nunca he oído hablar de ella.

Gruber sonrió.

–No esperaba que lo hubiera hecho. Pero aun así, creo que usted conoce esa nave. Mis investigaciones indican que hubo una vez en que usted fue su propietario. Me han encargado que averigüe la historia de esa nave. Por eso quiero preguntarle sobre ella –Gruber se sentía muy orgulloso de sí mismo por esa última frase; de esa forma el pirata creería que tenía a alguien importante avalándole.

En el rostro del pirata apareció una expresión astuta mientras consideraba las palabras de Gruber.

–¿Así que encargado, eh? Me pregunto quién podría sentir tanto interés por el pasado de un humilde empresario como yo.

Gruber irguió la postura y le devolvió la mirada a Quister.

–La incógnita es la nave; un vehículo de exploración que fue hallado a la deriva. Su historia deja claro que estuvo una vez en sus manos. Por eso estoy aquí.

–Bueno, pues parece que has perdido un estabilizador, chavalote. Primero has dicho una Cutlass, ahora dices una nave de exploración. ¿Por cuál de esas naves quieres preguntarme?

Gruber titubeó.

–Una Cutlass. Una con un fuselaje redondeado. La nave en la que creo que usted fue capturado.

Quister movió la silla y se sentó en ella delante de Gruber.

–Vaya, vaya. Esa sí que es una pregunta interesante –Quister miró a los dos guardias que había en la sala–. Caballeros, ¿sería posible que me concedieran a mí y al señor Gruber un poco de privacidad?

Sin decir una palabra, los dos guardias salieron de la habitación. Gruber notó un repentino peso en el estómago cuando oyó el ruido que hacía la cerradura de la puerta al sellarse. Quister lo miró y sonrío.

–Antes de que empecemos, señor Gruber, permítame explicarle un poco acerca de la situación en la que se encuentra –Quister hizo un gesto hacia la habitación–. Podría decirse que ésta una instalación de Su Majestad Imperial sólo en nombre –la sonrisa desapareció del rostro de Quister–. Pero créame, a todos los efectos, yo soy quién está al cargo de este lugar.

Gruber se sintió de repente muy, muy atemorizado.

–Así que ahora me estoy preguntando por qué un hombre solo ha venido para hacerme preguntas –prosiguió Quister–. Sobre todo sabiendo que no soy la primera persona a la que usted le ha estado haciendo estas preguntas. Porque no ha ce mucho, vino por aquí un tipejo de la Fiscalía que me interrumpió el día con sus preguntas. A pesar de los estúpidos que son, a esos perros se les podría ocurrir enviarme a otro tipejo para seguir intentándolo

Gruber miró fijamente a Quister.

–Ese no es el caso. No formo parte de la Fiscalía. No tengo nada que ver con ellos. Estoy tratando de conocer la historia de una nave. Una nave que sé que usted poseyó en el pasado. No he venido aquí para acusarle de nada, o conseguir pruebas, ni nada parecido. Lo único que me interesa es la nave. Quiero averiguar de dónde procede y creo que usted podría contármelo. Eso es todo.

Quister volvió a mirar a Gruber con los ojos entrecerrados.

–Ajá. Pero los de la Fiscalía no son los únicos que me ponen de los nervios. ¿Cómo puedo saber quién está detrás de ti? Habría que ser un necio redomado para venir aquí sólo para hacerme preguntas sobre una vieja nave.

Los temores de Gruber desaparecieron; había oído ese mismo tono en boca del personal de recuperación, de Stark y de Michaels.

–¡No soy ningún necio redomado! ¡Sólo quiero saber más cosas sobre la nave! ¡Usted fue su propietario, por lo que tiene que saber algo sobre su procedencia, y he venido a esta maldita estación para preguntárselo!

Gruber se dio cuenta de repente de lo que acaba de decir, y tuvo la desagradable sensación de que acababa de pasarse de la raya. Quister era un pirata; según todos los informes, uno bastante despiadado. Y Gruber se acordó de que había quedado bien claro que los guardias no estaban aquí para protegerle. Pero Quister se recostó en la silla y soltó una risotada.

–¡Vaya, primero tímido como un gatito, y de repente el gatito enseña las garras! –siguió riendo alegremente y miró a Gruber–. No vas a parar de preguntarme sobre la nave. No, me atrevería a decir que no trabajas para la Fiscalía. Eres demasiado directo para ser uno de esos piojosos. La verdad es que me recuerdas a mí cuando era más joven –Quister rió una vez más y luego preguntó–. ¿Así que no tienes ni idea de quién es Zara Vencia?

Gruber se sintió sumamente confundido y su expresión lo dejaba bien claro cuando contestó:

–¿Quién?

–Nunca te dediques a las apuestas, chaval. Serías malísimo; apuesto a que no serías capaz de mentir ni para salvar tu pellejo –Quister meneó la cabeza–. Ya te lo contaré más tarde. Pero ahora… –Quister se reclinó en su silla y soltó un grito hacia la puerta–. ¡Hey! Sed buenos mozos y traed un poco de café para mí y mi invitado. Me atrevería a decir que al señor Gruber le irían bien una o dos tazas.

Gruber empezaba a estar muy nervioso.

–Sí, eso estaría bien.
* * *

–Hace falta tener agallas para entrar aquí por las buenas y molestar al león en su guardia, chaval – dijo Quister mientras tomaba un sorbo de una taza humeante de café–. ¿Pero qué es todo eso de una nave de exploración? ¿Qué le hicieron a mi nave?

Gruber explicó las circunstancias en las que se había producido la recuperación de la Outbound Light y lo que habían encontrado en su interior. Quister dejó su taza sobre la mesa y asintió lentamente.

–Bueno, si el maldito bastardo no estuviera ya muerto, yo mismo lo arrojaría al espacio por haber arruinado esa nave.

Quister se quedó mirando la pirata con curiosidad.

–No le entiendo.

Quister volvió a soltar una sonora carcajada.

–Esa Cutlass era una nave de guerra, chaval. Toda una nave para el combate en primera línea. Oh, tal vez no tuviera el glamur que tanto les gusta a los pilotos de caza, y no estaba pensada para encajar los daños como si fuera un Bengal, pero seguía siendo una nave de guerra. Rápida, maniobrable y armada hasta los dientes. Nacida para el combate; cuando crearon la Cutlass, la diseñaron como si fuera un verdadero alfanje, la mejor nave de incursión ligera que jamás ha surcado el espacio – Quister se rió entre dientes–. Aunque estoy seguro de que esos hijos de perra de la Fiscalía le quitaron las garras cuando me la arrebataron.

Gruber hizo un gesto de asentimiento.

–A la nave le quitaron todo lo útil cuando la vendieron en el almacén municipal. Creo que esa es la razón por la que Zharkov la reconstruyó como un explorador. Pero no pude encontrar ningún registro de antes de que acabara en manos de la Fiscalía.

Quister resopló.

–Pues claro que no pudiste. No me insultes ahora, chaval, no después de que hayamos tenido esta presentación tan agradable. Síguele el rastro a mi nave, por favor. Estás mal de la cabeza si te piensas que podrás averiguar tan fácilmente la historia de la nave de Redjack Quister – los ojos de Quister parecían estar contemplando alguna escena lejana–. Sí, los registros y los nombres van y vienen. Los cambiábamos con frecuencia. No podíamos permitir que los tipejos de la Fiscalía nos echaran el guante. Pero cuando yo estaba volando con los Dragoons, esa nave era siempre la Dancing Girl. Si la hubieras visto venir bailando a por ti, habrías salido huyendo a toda velocidad.

Gruber se inclinó hacia adelante, completamente fascinado.

–Cuénteme más cosas sobre la nave.

Quister se echó a reír.

–Bueno, en esos días, el gobernador Smott estaba al cargo en nuestro sistema. Aunque había sido designado directamente por la UEE para ese puesto, no era un mal tipo. Era un amigo de verdad de la gente común. Entendía cómo funcionaban las cosas en nuestro rinconcito de la frontera. Bah, allí un hombre tenía que sacrificar todo lo que tenía sólo para mantener el cuerpo y el alma juntos. El gobernador Smott no contaba con fuerzas militares para mantener el orden. Dependía de la ayuda de buenos ciudadanos emprendedores como yo mismo. Lo hacíamos todo de forma perfectamente legal. Siempre que Smott fuera recibiendo su parte, evidentemente. Corsarios, así nos llamaban. Teníamos una pequeña base de operaciones bien bonita y nuestra propia flotilla privada.

Quister se rió para sus adentros.

–En esos días no había nadie de la Fiscalía por esos pagos. Nosotros éramos los únicos que manteníamos la ley y el orden. Podría decirse que nos encargábamos de cuidar nuestro sistema. Y si algún cargamento acababa dentro de nuestra bodega, bueno, al fin y al cabo eso no se diferenciaba mucho de las malditas tasas de la UEE. Con la Dancing Girl, en la mayoría de los casos en los que oíamos alguna queja bastaba con que le dieran una mirada. Y para quienes seguían quejándose… bueno, la nave disponía de otros medios para ponerles fin – Quister esbozó una sonrisa–. Un escuadrón de Cutlass viniendo directo a por ti es una visión que no te gustaría ver, chaval, pero si lo haces, recuerda las palabras del viejo Redjack: apaga los motores y dales todo lo que quieran.

Gruber palideció.

–Bueno… espero no verme jamás en esa situación. Pero le aseguro que seguiré su consejo. ¿Me ha dicho que ustedes tenían un escuadrón entero de naves como la suya?

Quister le dirigió una mirada sagaz.

–Oh, teníamos una escuadrilla entera de Cutlass. Como ya te he dicho, es el mejor incursor ligero jamás construido. Pero en respuestas a tus palabras exactas… no. No, la Dancing Girl era única en su clase. Una Cutlass sin lugar a dudas, pero un poquito diferente a las demás. Las piezas de repuestos eran bastante difíciles de encontrar. Por suerte para mi, teníamos con nosotros a una mecánico de primera. A decir verdad, era todo un genio. Verás, chaval, la mayoría de los que pasaban por el sistema con frecuencia sabían cómo funcionaban las cosas. Apagabas tus motores, nos dejabas subir a bordo, cogíamos nuestra parte y todo el mundo proseguía su viaje sano y salvo.

Quister hizo una pausa, y luego prosiguió:

–Pero había algunos a los que no les gustaba mucho cómo se hacían las cosas allí. Esos capullos intentaban huir o, si eran realmente estúpidos, resistir y luchar. Entonces teníamos que darnos prisa, agujerear el casco y abordar la nave. Ver una Cutlass engancharse a una nave y abrirle un agujero en el fuselaje es todo un espectáculo. A continuación venía el combate mano a mano dentro de la nave. Y créeme cuando te digo que no nos llamábamos los Redjack’s Dragoons sólo porque nos parecía que el nombre sonaba bien. Lo mejor de esa nave era que podía bailar a través de cualquier cosa que dispararas contra ella, con la bodega llena de un equipo formado por los mejores camaradas que pudieras pedir. Pero ni tan siquiera la mejor bailarina del verso es capaz de esquivarlo todo. Parchearla tras el combate era toda una pesadilla. Ninguna pieza parecía encajar bien. Pero Cassie, esa mecánica que tal vez te acuerdes que he mencionado, era capaz de hacerla funcionar para nosotros – por un breve momento, la mirada de Quister pareció expresar añoranza, pero luego su rostro se endureció–. Al menos hasta que esos cabrones la reventaron a base de bien.

–¿Qué quiere decir? ¿Qué sucedió?

La expresión de Quister ahora indicaba mofa.

–Los tiempos cambian, chaval; nada puede impedir eso. El gobernador Smott fue destinado a otro sistema. Y el maldito gobierno nos impuso a otro tipo, Ferrer, que era un maldito diablo. Un enemigo jurado de la libre empresa. No le importaba en lo más mínimo el acuerdo al que habíamos llegado con Smott. Nos dijo que debíamos deponer las armas y dejar que otros se encargaran de mantener el orden. Y esos otros iban a ser sus hombres, quienes sabían mejor que nosotros cómo teníamos que vivir nuestras vidas. Bueno, pues nosotros éramos hombres de fuerte espíritu, y no íbamos a aceptar nada de todos esos disparates. Por lo que Ferrer va y llama a la Fiscalía y nos echa a esos perros encima. Así que de repente nos encontramos en la situación de lo que había sido perfectamente legal el día antes ahora lo era “piratería”. Hipócritas de mierda.

Quister tomó otro trago de café antes de continuar.

–Nos hicimos un poco más móviles. Se pasaron un año y tres cuartos tras nosotros, sin sacar a cambio nada más que unos cuantos Fiscales acribillados y un gobernador cada vez más cabreado. Creo que pasamos a ser su obsesión particular. Por lo que he oído, las noticias sobre nuestras pequeñas andanzas empezaron a extenderse fuera de nuestro sistema. Nos convertimos en una deshonra para el honrado y honorable gobernador Ferrer. Tal vez nuestras operaciones ya no eran tan fáciles como cuando Smotts estaba al cargo, pero teníamos la suficientemente práctica en nuestro trabajo como para siguieran siendo relativamente fáciles. Siempre había riesgo, evidentemente – Quister le dirigió una sonrisa a Gruber – pero correr riesgos es lo que hace que un hombre se sienta vivo, ¿verdad?

Gruber no estaba seguro de cómo responder a eso. Se limitó a asentir y esperó que eso fuera la reacción correcta. Aparentemente, lo era.

–Ah, sí, peligro y emociones. En busca de fortuna y gloria. Eso es lo que los muchachos siempre querían. Yo le decía: quedaos con vuestra gloria, yo pillaré sólo la fortuna. Ah, sí, la fortuna lo solucionaba todo. Pero un montón de todo ese dinero se iba a la Dancing Girl. Ya era una buena nave desde el principio, pero cuando le puse los ojos encima todavía no encajaba del todo con mis gustos. Con la ayuda de un poco de dinero, piezas de nave recuperadas y la pericia de Cassie, la hicimos mejor – Quister meneó la cabeza al recordar–. Los condenados idiotas le habían instalado unos motores enormes. La potencia de aceleración está muy bien, pero no estábamos en una carrera con una línea de meta. Sólo hacía falta que fuera lo bastante rápida para escapar con la carga y quitarnos de encima a los de la Fiscalía. Eso era todo lo que yo necesitaba de ella. Pero nunca, ni antes ni después de tenerla, he vuelto a ver una nave que fuera capaz de maniobrar como ella. Cassie hizo un trabajo condenadamente bueno al modificar a la vieja dama.

En la mirada de Quister asomó un brillo perverso.

–Y puede que le instaláramos también unas cuantas armas. Al fin y al cabo, es la naturaleza humana. Al hombre le gusta luchar. Siempre habrá alguien que al verte le entrarán ganas de apiolarte – Quister volvió a sonreírle a Gruber–. Chavalote, te asombrarías de ver lo rápido que se les van esas ganas cuando tienen una batería de impulsores de masa apuntando a sus motores – Quister alargó el brazo e hizo girar la taza de café sobre el escritorio que les separaba–. Pues sí, al final la Dancing Girl tenía tan buen aspecto que el mismísimo Gran Almirante se sentiría orgulloso de tener esa nave. Rápida, elegante, tan grácil como un tigre y el doble de mortífera. Me atrevería a decir que sin esa nave jamás habríamos podido fastidiar al gobernador tanto como lo hicimos.

Quister clavó la mirada en su taza vacía.

–Y entonces Cassie se puso enferma. La enfermedad de Melroon, de la que probablemente tú nunca has oído hablar, y alégrate si nunca vuelves a hacerlo. Pobre chiquilla; es una forma horrible de morir. Pero era la única persona que teníamos capaz de hacer que la Dancing Girl siguiera bailando, por lo que hicimos correr la noticia de que buscábamos a un nuevo mecánico. Ese bastardo estuvo ocho meses con nosotros, trabajando en las naves, recibiendo su parte como si fuera uno más de los muchachos. Y entonces, un día, nos dirigimos a ayudar a un convoy a redistribuir parte de su cargamento, por así decirlo. No llevábamos allí más de veinte minutos, cuando una patrulla de la Fiscalía aparece como si tal cosa. Bueno, por lo que a nosotros respectaba, nuestro trabajo allí había terminado, por lo que nos dispusimos a salir pitando – el rostro de Quister enrojeció de furia al recordar el incidente–. Y fue entonces cuando las cargas detonaron. El motor cuántico quedó hecho cisco, los propulsores muertos. Los escudos se apagaron y yo tuve que quedarme sentado viendo cómo esos cabrones de la Fiscalía iban viniendo como si fueran la puta Armada. Siempre van de decorosos y remilgados, pero en esta ocasión reventaron la puerta de la carlinga y gasearon la nave.

–¿El mecánico era un espía de la Fiscalía?

Quister soltó una carcajada.

–Pues claro que no. De haberlo sido, habríamos acabado averiguándolo. Son unos tipos demasiado envarados; no podrías conseguir que uno de ellos se relajara ni aunque se lo ordenaras. Ese mecánico era todo un fullero. Trabajaba para una cazarrecompensas llamada Zara Vencia. Por eso te pregunté antes si la conocías. Esa cazarrecompensas tiene hielo en las venas y un corazón de piedra; no hay ni una migaja de compasión en ella. No es una persona con la que quieras estar a malas; es una auténtica perra de caza que jamás olvida una ofensa y nunca rechaza una posible recompensa. A lo mejor estás pensando que todo esto nos es más que “viejas historias” – dijo Quister–, pero cuando esos perros me pusieron las manos encima, la recompensa que daban por mí era una bonita suma – sonrió a Gruber–. Seguro que un investigador como tú podría averiguarlo. Pero ella no estaba en esto por el dinero. Ni siquiera asistió a mi juicio, y eso que la llamaron “una amiga del Estado”, para testificar contra mí. Me contaron que la tía había exigido que me arrojaran al espacio, así por las buenas, y ahorrarle a los buenos contribuyentes el coste de mi encarcelamiento. Era una auténtica zorra, pero es una cazarrecompensas y tenía sus razones.

–Pero usted acabó aquí. Éste no es ni tan siquiera el sistema en el que usted vivía.

Quister levantó los brazos magnánimamente.

–En toda mi gloria. Cosas divertidas de la vida. El espacio es para los jóvenes. Aquí estoy ahora, el gallo más grande de mi pequeño reino, alcaide y gobernador a la vez. Evidentemente, algunas veces tengo que disfrutar de ciertas diversiones en mi tiempo privado – dijo Quister mientras le dirigía una mirada de complicidad a Gruber – pero, ¿qué político digno de tal nombre no tiene que presidir alguna que otra reunión de comité? Siempre es bueno tener amigos, señor Gruber. La vida da muchas vueltas. Siempre aparece una mano dispuesta a ayudar a otra, por así decirlo. ¿Podrías creerte que el supervisor imperial para ese planeta que ves ahí fuera es nada más y nada menos que mi viejo amigo Jebediah Smott? – Quister sonrió para sí mismo–. Tiene gracia cómo salen las cosas.

–Parece habérselas apañado bien, señor – dijo Gruber mirando a su alrededor, tratando de pensar en algo–. El café es excelente.

–Cierto, y a mi corazón le sienta bien ver que los jóvenes de hoy en día son tan educados. Pero sigues queriendo saber más cosas sobre mi nave, ¿verdad? ¿O debería llamarla tu nave?

–Eh, bueno, sí que lo es – tartamudeó Gruber–. Querría saber más cosas sobre ella y, bueno, técnicamente, yo la compré, por lo que legalmente, bueno, quiero decir que, técnicamente, yo…

Quister soltó una carcajada ante la obvia incomodidad de Gruber.

–No te inquietes, chaval. Las naves cambian de propietario, de la misma forma que los niños crecen. Mi Dancing Girl murió el día que la Fiscalía me la arrebató. Y que me aspen si pongo el pie en el interior de alguna parodia desarmada de lo que era.

–Ah, sí, bueno. Gracias. Supongo – Gruber se quedó mirando al viejo pirata que tenía sentado delante suyo–. Cuando usted iba en ella, ¿llegó a encontrar alguna cosa, digamos, inusual?

–No estoy seguro de lo que quieres decir con algo inusual. Era una nave de especificaciones personalizadas, de eso estoy seguro, pero en lo que a sus componentes respecta, no había nada extraordinario en ellos.

–¿Especificaciones personalizadas? ¿Se refiere a que usted mandó construirla?

Quister pareció atónito por un instante, y luego volvió a estallar en carcajadas.

–¿Yo, un pobretón sin blanca cuando empecé, mandando fabricar una nave? A vosotros los jóvenes se os ocurren una ideas muy raras, chaval. No, sólo mirándola, estaba claro que había sido fabricada con especificaciones personalizadas. Pero yo no fui quien lo hizo. Cassie, que era más lista que el hambre, ni tan siquiera sabía dónde pudieron haberla construido. Demonios, ni tan siquiera el bastardo traidor que Vencia nos coló lo mencionó jamás. Y el también sabía lo suyo de naves; probablemente ese cabrón entendía mejor la Dancing Girl que la propia Cassie, a la que Dios tenga en su gloria.

Gruber se aferró a ese fragmento de información.

–¿Dice que entendía la nave? ¿Podría ser que hubiera trabajado con ella antes?

Quister asintió.

–Podría ser. Te diría que fueras a preguntárselo, pero parece ser que cogió su paga y la invirtió en el tráfico de drogas. Lo acabó pillando la Fiscalía y lo condenaron a diez años en una prisión imperial. No llevaba ni un día allí y se cayó por las escaleras. Justo encima de un cuchillo – la expresión de Quister se endureció–. Seis veces.

Gruber palideció.

–Así que no podrá contarme nada sobre la nave.

Quister esbozó una sonrisa.

–Eres tozudo como el que más. Sin importar lo asustado que estés. Podríamos haber hecho de ti un buen corsario.

–Bueno, ¿podría en ese caso contarme cómo obtuvo esa nave? ¿A quién se la compró, o por lo menos el nombre que tenía antes la nave?

–¿Comprarla? Oye, chaval, ¿te piensas que me compré una nave? Ya te he contado lo difícil que era entonces conseguir lo suficiente para comer. Los pobres cabrones como yo no podíamos permitirnos el lujo de comida de verdad, sólo teníamos proteínas, ¿y te piensas que me compré una nave?

–Bueno, entonces usted tiene que haberla rob… liberado. Con lo que tienen que haber registros de eso. Informes de la Fiscalía, tal vez reclamaciones al seguro. Registros de dónde estaba atracada, lo que sea. Si usted pudiera darme el nombre que tenía la nave y el sistema en que estaba… ¿Era el mismo sistema en el que usted actuaba? Yo podría seguir ese rastro.

–Eres clavadito a un perro con un hueso. Y eso me parece digno de respeto, chaval. Pues claro que puedo darte el nombre que tenia la nave. Cuando me apropié de ella, se llamaba la Glorious Reach. Me pareció entonces un nombre rematadamente estúpido, y creo que los años no me han hecho cambiar de idea. Tan pronto como la vi me di cuenta de todo su potencial desperdiciado. Habían hecho con ella lo mismo que el tipo que me has dicho que la convirtió en un explorador; consiguieron un arma excelente y le embotaron el filo.

Gruber empezó a emocionarse.

–¿La Glorious Reach? ¿En qué sistema estaba.

–Bueno, cuando me fijé en ella por primera vez, podría decirse que yo estaba un poco lejos de casa. La nave estaba atracada en Borea, en el sistema Magnus.

Las esperanzas de Gruber se desplomaron.

–Allí es donde la Drake tiene su sede central. Tratar de rastrear una Cutlass en concreto… de entre todas las que hay allí…

La expresión de Quister era sombría, pero había un brillo malicioso en su mirada.

–Pues sí, chavalote, tienes una tarea monumental ante ti. Todo lo que puedo decirte es el nombre que tenía la nave; los números de registro no eran algo que pudiera decirse que yo tenía dentro de mis prioridades en esa época. Tratar de encontrar una Cutlass en concreto en medio de todo ese berenjenal va a ser como tratar de encontrar una estrella a simple vista en medio de una nebulosa.

Gruber meneó la cabeza.

–Fácil o difícil, puedo hacerlo. Tal vez me lleve algún tiempo, pero ahora que tengo un nombre, puedo seguir a partir de ahí.

–Espero que puedas, chaval, espero que puedas. Pero ya que tienes el nombre de la nave, ¿no te resultaría un poco más sencillo si supieras también el nombre del propietario?

–¿El propietario? ¿Sabe quién era su propietario?

–Pues claro que lo sé. Déjame que te diga, chaval, que nunca tienes que robar algo sin saber antes a quién estás robando. Hacer lo contrario es una mala idea que te puede acabar pasando factura en el futuro.

Gruber miró al pirata sin poder contener su impaciencia.

–Bueno, ¿pues quién era?

El viejo pirata se echó a reír.

–Era esa maldita cazarrecompensas, Zara Vencia. Maté a su compañero y le robé la nave – Redjack Quister le hizo un guiñó a Gruber–. ¿Por qué te pensabas que ella tenía tantas ganas de atraparme?

 

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Perdido y encontrado Una historia de star citizen escrita por Charles Duncan – Capítulo 1 Este relato es una traducción realizada en la web ciudadano estelar de una historia publicada en cuatro partes y escrita por Charles Duncan. Está basada en el universo de Star Citizen. ¡Disfrutadlo! –Supongo que eres consciente de que esto empieza a […]

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Perdido y encontrado de Charles Duncan – Capítulo 1 en Relatos escritos - Revista de relatos de ficción, críticas y cine

Perdido y encontrado Una historia de star citizen escrita por Charles Duncan – Capítulo 1

Este relato es una traducción realizada en la web ciudadano estelar de una historia publicada en cuatro partes y escrita por Charles Duncan. Está basada en el universo de Star Citizen. ¡Disfrutadlo!

–Supongo que eres consciente de que esto empieza a rayar lo obsesivo –dijo Jonas Stark reclinándose hacia atrás en su silla y suspirando en dirección a su tripulante.– Lo digo en serio, Oskar, tienes que dejar de darle vueltas a este asunto.Oskar Gruber permanecía rígido, sentado frente al escritorio de Stark.

–Comprendo su opinión sobre este asunto, señor. Pero con el debido respeto, creo que no está entendiendo correctamente la situación –contestó.

–Oh, no creas, la comprendo perfectamente. Hallamos una nave a la deriva con un piloto muerto a bordo, la reclamamos como una recuperación legal, la vendemos, y a partir de ese momento, no hay más asunto.

–¿No sienten ninguna curiosidad por saber por qué estaba ahí fuera, por qué se había alejado tanto de cualquier otra persona? ¿Por qué la nave parece tan diferente?

–No, señor Gruber, no me importa ni debería importarle a usted. Nos dedicamos a recuperar pecios. Tenemos una nave recuperada, de forma claramente legal y sin que nadie lo ponga en duda. Es una Cutlass, no una nave xi’an. No le importa a nadie. Las venden a un décimo de crédito la docena. No se trata del hallazgo milagroso del siglo que usted parece estar empeñado en que sea.

–Está bien, señor. Si esa es su postura, no intentaré hacerle cambiar de idea.

–Bien –dijo Stark inclinándose hacia adelante–. Entonces espero que este tema esté zanjado.

–No del todo señor. Quiero comprar esa nave.

Stark no pudo evitar echarse a reír.

–¿Comprarla? ¿Para qué?

–Como usted mismo ha dicho, señor, es una nave recuperado de forma completamente legal y nosotros nos dedicamos a operaciones de recuperación, no a transportar mercancías. La vamos a vender de todas formas, así que me gustaría comprarla.

Stark volvió a soltar una risotada.

–¿Y con qué piensas comprarla? ¿Conocimientos técnicos? ¿Encanto y buena apariencia? –se burló–. Recuerda que sé cuánto ganas.

El rostro de Gruber enrojeció, pero su expresión se mantuvo firme.

–Muchas gracias por su preocupación, señor, pero he sabido invertir bien mi paga tras licenciarme. Aunque a decir verdad, eso no es asunto suyo, señor. Le pagaré el valor que tiene en el mercado. Como usted ha dicho, no es más que una Cutlass.

Stark miró fijamente a Gruber y luego meneó la cabeza.

–Muy bien, Gruber. Haz lo que quieras –Stark señaló la puerta–. Ve a ver a Maureen en finanzas. Compra la condenada nave. Al fin y al cabo, se trata de tu dinero.

Gruber se levantó de la silla.

–Gracias, señor.

Stark volvió a hacer un gesto con la mano hacia la puerta.

–Hazlo y no se hable más. Y no quiero volver a oír hablar nunca más sobre este asunto.

Gruber asintió y salió del despacho del capitán.

Una hora después, Gruber era el propietario de la Cutlass llamada Outbound Light. Se rellenaron los formularios de registro necesarios, se pagaron las tasas, se cumplimentaron las obligaciones legales, y la suma de los ahorros de Gruber disminuyó de forma significativa. Sólo le quedaba una tarea por hacer. Gruber se armó de valor y volvió a entrar en el despacho del capitán.
Stark levantó la mirada desde el otro lado del escritorio.

–¿Otra vez por aquí, Gruber? ¿No tienes nada útil por hacer aparte de venir a molestarme? –Stark señaló las pantallas de mobiGlas encendidas–. No sé si estás enterado de que tengo una empresa que dirigir aquí. Maureen ya me ha dicho que has comprado esa vieja nave.Gruber se cuadró de hombros.

–Soy consciente de ello, señor. Sólo quería comunicarle personalmente mi dimisión.

Gruber dio la espalda a la cara atónita de Jonas Stark y se marchó de la habitación.

Oskar Gruber permaneció sentado en la bodega de carga vacía de la Outbound Light. Estaba temblando levemente. Tal vez se había apresurado en abandonar su trabajo. Había sido lo correcto. Sabía que hacerlo había sido lo correcto. Todavía le quedaba algo de dinero. Y a pesar de lo que Jonas Stark pudiera decir o pensar, esta nave era especial. Gruber podía notarlo. Y lo que era todavía más importante, Gruber sabía una cosa de la que el capitán no estaba enterado. Gruber sabía cuáles eran las especificaciones técnicas de esta nave.
Y Gruber sabía lo del medallón.
* * *

Habían encontrado la nave dos meses antes. Estaba en órbita alrededor de un asteroide especialmente grande. En un sistema estelar especialmente lejano. Gruber no participó en la planificación de las operaciones que la compañía de recuperación había realizado (él formaba parte del personal técnico) por lo que no sabía exactamente cuál era la razón por la que se habían alejado tanto de sus zonas de operaciones habituales. Había oído rumores acerca de unas operaciones de alto secreto que la UEE estaba llevando a cabo contra los xi’an. Tal vez el capitán había pensado que aquí tendrían alguna oportunidad de encontrar restos de equipo militar. Siempre pagaban bien. Pero al final, lo que hallaron fue unos cuantos yacimientos de minerales bastante irrisorios y una Cutlass.La nave había sido víctima de uno de esos extraños accidentes en el espacio: un meteoro había chocado contra la carlinga y la nave se había despresurizado al instante. El propietario no llevaba puesto un traje de presión en ese momento; a Gruber le habían dicho que los resultados no habían sido agradables a la vista, aunque él no había tenido ocasión de ver el cadáver. Gruber había formado parte del personal que acudió para efectuar las reparaciones sobre el terreno y poner en funcionamiento la nave. Llevaba a bordo apenas unos cuantos minutos, cuando ya había empezado a sentir la extraña sospecha de que en esa nave había algo raro. Tenía la sensación de que algo estaba mal. Los otros dos miembros del equipo de reparaciones decidieron que Gruber sencillamente estaba siendo supersticioso; al fin y al cabo, alguien había muerto a bordo de esa nave.

Pero no se trataba de eso. Gruber era uno de los que podrían llamarse «expertos» de la compañía en naves de la Drake. Cuando había entrado en la Cutlass por el anillo de atraque y echado un vistazo a su interior, una idea había empezado a rondarle la cabeza. Como casi todas las demás naves clase Cutlass, ésta había sido modificada por su propietario. La bodega ya ni tan siquiera servía para transportar carga; era más bien un pequeño espacio de vivienda. Seguía estando atestada, pero quien quiera que la hubiera reacondicionado, lo había hecho con cierta preocupación por la comodidad. No fue hasta que hubieron remolcado la nave de vuelta que Gruber se dio por fin cuenta de qué era lo que le había estado preocupando. Las paredes de la bodega de carga eran redondeadas. Muy redondeadas. Pero Gruber sabía que las Cutlass no se fabricaban con esa forma. Los demás miembros de su equipo le señalaron en seguida que la nave había sido modificada y reparada varias veces; todos los indicios de eso eran más que evidentes. Gruber no les quitaba razón, pero tampoco logró convencerles de que en esa nave había algo más que simples modificaciones. La nave había sido fabricada con una bodega redondeada. Sabía lo suficiente de ingeniería astromecánica como para darse cuenta de que modificar el casco para que tuviera esa forma habría supuesto una alteración completa del diseño de la nave.

Interior-de-nave-Cutlass-Relatos-escritos

Gruber empezó a tomar las medidas de la nave, fijándose en las sutiles diferencias en el diseño de las aletas delanteras, en cómo el tren de aterrizaje parecía plegarse por debajo de la nave en vez de hacia su interior. Todos los demás seguían burlándose; no era más que una Cutlass modificada, no el descubrimiento del milenio. Había estado a punto de convencerse a sí mismo de que no se trataba de nada más que una Cutlass modificada. Gruber siempre había sido un tecnófilo; siempre le emocionaba aprender cualquier dato nuevo sobre una nave. Suponía que había adquirido esa afición durante el tiempo que pasó en la Armada. Conocer una nave hasta su más mínimo detalle podía permitir descubrir en problema mientras todavía estaba en la cubierta de vuelo y antes de que provocara tu muerte en el espacio. Pero cuando encontró el medallón, su actitud dejó de ser simple curiosidad técnica.

Había estado siguiendo el recorrido de unos cables de distribución de energía (de los que no había duda alguna de que no seguían la configuración habitual) hasta que descubrió la instalación de una caja de empalmes que no tenía conectado ningún cable. Cuando abrió la caja de empalmes, encontró en su interior un pequeño medallón dorado que colgaba de una fina cadena. Lo cogió; su peso ya bastaba para indicarle que era de oro. Cuando abrió el medallón, vio en su interior una pequeña inscripción: «Por los sueños incumplidos y los sueños alcanzados «. Éste no era una objeto que alguien hubiera perdido o extraviado. Alguien lo había puesto dentro de la caja de empalmes deliberadamente. Lo habían guardado allí por alguna razón. Gruber apretó con fuerza el medallón que sostenía en la mano. Durante su carrera en la Armada, había sido oficial de intercepción del radar a bordo de bombarderos clase Gladiator. Había visto pequeños amuletos de buena suerte como éste. Cosas que el personal de vuelo añadía a las naves, totalmente en contra de las regulaciones, evidentemente. Los astronautas podían llegar a ser muy supersticiosos. Los amuletos de buena suerte acababan apareciendo en el interior de carlingas, compartimentos de bombas y puestos de artillero. El compañero de Gruber, el teniente John Velnova, había tenido una pequeña estatua toscamente esculpida de un gato colgada del interfaz de babor. El hijo de John la había esculpido para su padre, y el piloto solía hablar con frecuencia acerca de como el amuleto pasaría a ser una reliquia familiar cuando él estuviera de vuelta en casa. Gruber tenía su propio amuleto de buena suerte, cierto holograma de excelente calidad pero dudoso gusto de una actriz popular. Durante su última campaña, ninguno de los amuletos demostró dar buena suerte cuando su bombardero fue volado en pedazos. La única diferencia fue que Gruber se pasó unos días recibiendo tratamiento médico y luego lo enviaron de vuelta a casa, mientras que Velnova jamás se recuperó de sus heridas. A Gruber no le gustaba recordar esos días, lo poco que se acordaba de ellos. Bajó la mirada hasta su puño cerrado. En ese preciso instante, Gruber se hizo a sí mismo la promesa de que este amuleto sí que volvería a casa.
* * *

Se sentó en la carlinga de su recién adquirida Cutlass. Llevaba varios días discurriendo cuál podría ser su mejor curso de acción. Mientras permanecía allí sentado, jugueteó con los controles, mirando con nerviosismo las lecturas. No le apetecía en absoluto tener que ponerse en contacto con Michaels, pero tampoco se le ocurrían muchas alternativas. Si quería averiguar más cosas sobre la procedencia de la nave, Michaels sería quien podría decírselo. Gruber encendió la unidad de comunicaciones y llamó al Servicio de Aduanas de la UEE. Trató de esbozar una sonrisa cuando el rostro de Michaels apareció en la pantalla.–¡Oskar! Ha pasado mucho tiempo. ¿Cómo estás?

–Estoy bien, Serge. ¿Qué tal te va la vida de inspector?

–Oh, igual que siempre. Informes aburridos seguidos de emocionantes acciones de abordaje –se rió Michaels–. He oído que estás empezando una nueva profesión.

Gruber hizo una mueca.

–¿Stark te lo ha contado?

–Bueno, puede que haya mencionado algo acerca de que te has comprado una nave. Y que después dimitiste. Creo que pudo haber usado las palabrasdemente, obsesionado y rematadamente estúpido.

–Bueno, no compartimos exactamente la misma opinión en lo que respecta a mis decisiones de carrera.

–Ya lo había supuesto. Y hablando de suponer cosas, apuesto a que me has llamado para pedirme un favor.

–Necesito cierta información sobre la historia de la nave que he comprado. El anterior propietario se llamaba Gregori Zharkov. Estaba registrado en Quinton; tengo los números de registro y los códigos de identificación de la nave.

–Oskar, sabes que si te diera alguna información sobre este tema podría considerarse una violación de la confidencialidad.

–El propietario está muerto, Serge. Sólo estoy… tratando de establecer la legitimidad de mi compra. Ya sabes… asegurarme de que no fue robada. O lo que sea.

–¿Seguro que esto no tiene nada que ver con alguna idea loca acerca de que esta nave es algo extraordinario? Stark no dejaba de decir que tú no habías dejado de incordiarle a él y al resto de la tripulación con ciertas ideas descabelladas acerca de que la nave no era normal.

–Maldita sea, Serge, no estoy loco. Hay algo diferente en esta nave. Sólo quiero averiguar más cosas de ella.

–¿Diferente? ¿Qué quieres decir con diferente? ¿Qué has encontrado?

–Bueno… El anillo de atraque, por ejemplo.

–¿El anillo de atraque no es normal?

–Está cinco centímetros descentrado respecto al eje central de la nave.

El rostro de Michaels mostró incredulidad.

–¿Y es por cosas como esa por lo que estás armando tanto jaleo?

Gruber pensó en si tratar de explicarle que las naves clase Cutlass se fabricaban en masa; el proceso de manufactura era siempre el mismo. Reconfigurar la forma del casco para permitir cambiar la ubicación del anillo de atraque era una empresa de gran envergadura. Pero a Michaels no le iban a importar en lo más mínimo este tipo de detalles. A Gruber le pasó por la cabeza la idea de mencionarle el medallón, pero la desechó con la misma rapidez con que se le había ocurrido. Prefería que Michaels pensara que estaba obsesionado a empezar una discusión.

–Mira, Serge, sólo te pido que me hagas un sencillo favor. ¿Vas a ayudarme o no?

Michaels exhaló un suspiro.

–Si no fuéramos parientes, ya habría dado esta llamada por terminada.

El rostro de Gruber se iluminó

–Pero somos parientes –dijo sonriendo.

–Envíame los datos que tienes sobre la nave y dame unos cuantos días. Veré lo que puedo averiguar. Y me deberás una.

–Lo sé. Te lo agradezco.

–Y llama a tu tía cuando sea su aniversario. Estoy harto de oírla quejándose.

–Lo haré.

Gruber se echó hacia atrás en la silla del piloto mientras la unidad de comunicaciones se apagaba. Tras un corto lapso de tiempo, se levantó y salió de la carlinga para dirigirse hacia la bodega de carga. Pensó en qué necesitaría enviarle a Serge; probablemente lo mejor iba a ser limitarse a enviar la información de registro que la compañía de recuperación había logrado encontrar sobre la nave y su anterior propietario. No era gran cosa, pero Gruber sabía que bastaría para darle a Serge un rastro que pudiera seguir. Serge era muy bueno a la hora de encontrar información; después de todo, su trabajo consistía en seguirle el rastro a naves y cargamentos.

Gruber pensó en lo que sabía sobre la nave. No era mucho, pero conocía unos cuantos detalles. El informe de la operación de recuperación la clasificaba como una «nave de exploración», pero eso no era estrictamente cierto. Oh, sí, había sido reacondicionada para emprender largos viajes por el espacio. El motor de salto era claramente una modificación postventa. A la torreta superior se le habían retirado todas las armas y sustituido por un conjunto de sensores bastante sofisticado. Pero Gruber se había leído el cuaderno de bitácora del anterior capitán. Sabía que estas modificaciones eran algo más que ayudas para la exploración. Gruber caminó hasta un pequeño terminal de trabajo que había sido instalado en el lado de babor de la bodega de carga. Puso en pantalla él cuaderno de bitácora y volvió a leer una de las entradas.

Xander cree que estoy loco, pero aun así me permitió que le comprara su parte de la compañía. Sinceramente, llegados a este punto no me importa lo que Xander o cualquier otro puedan pensar. Llevo mucho tiempo trasteando las entrañas de este trasto. El último reequipamiento está completo. Según mis cálculos, a partir de ahora voy a poder estar ahí fuera durante casi un año entero sin tener que volver a atracar en ningún sitio si no me apetece. Con las ganancias de los derechos sobre los yacimientos minerales de ese cinturón de asteroides, y los honorarios por el descubrimiento de esa anomalía, el dinero no va a ser ningún problema. Creo que eso es lo que más asusta a Xander respecto a toda esta idea. Él todavía es joven, tiene ganas de fortuna y gloria. Yo ya no lo soy. Sólo quiero alejarme de todo. He cambiado los estatutos de la compañía. Técnicamente, ahora se trata de una empresa de exploración mercantil. Pero todo el mundo sabe que la exploración no es realmente el objetivo. Sólo quiero alejarme de todo. Quiero volver a saborear la libertad.

Eso es lo que esta nave representa para mí: libertad. No tengo que ir a ningún sitio al que no me apetezca ir; ni siquiera necesito salir de la nave. Ya sé que las condiciones de vida no van a ser precisamente las más cómodas, pero he visto cómo son los bloques de viviendas que tienen en algunos de esos planetas fronterizos. Las condiciones de vida que tengo a bordo parecen un paraíso comparadas con las de algunos de los lugares donde la gente se las apaña para sobrevivir. Es mejor que viaje solo. Creo que podría conseguir que el soporte vital fuera capaz de mantener a dos personas viviendo a bordo, pero, ¿quién me acompañaría? Xander seguro que no. Incluso aunque dispusiera de espacio, no me gustaría tenerlo aquí. Hemos hecho tantas rutas de transporte de carga juntos que la idea de tener que pasarme meses enteros atrapado con él dentro de una misma nave sería suficiente para volverme loco de verdad.

Gruber comprendía los sentimientos de Zharkov. Utilizando el terminal fue reuniendo toda la información que le parecía que podría resultar útil para averiguar la historia de la nave y se la envió a Michaels. Mientras estaba sentado frente al terminal, Gruber empezó a notar de nuevo esa sensación de que algo no encajaba. Se quedó varios minutos contemplando el interior de la bodega de carga y luego cogió un tablero de datos y un medidor láser. Caminó lentamente por la bodega en dirección hacia la carlinga y se detuvo ante la puerta del mamparo. Hizo unas cuantas mediciones y luego añadió un comentario a la lista que mostraba el tablero de datos. «El asiento de babor está unos 50 centímetros más alejado de la compuerta de carga». Asintió para sí mismo y regresó al terminal. Lo más probable es que se estuviera obsesionando por minucias, pero servía para mantener su mente ocupada.

Gruber había hecho una búsqueda en la computadora y el cuaderno de bitácora de la nave. En el ordenador no había podido encontrar mención alguna al medallón. El cuaderno de bitácora tampoco le había revelado dónde había adquirido la nave Gregori Zharkov. Pero había algunas pistas acerca de lo que Zharkov había hecho para modificarla. A medida que Gruber seguía leyendo entrada tras entrada, una de las primeras le llamó la atención.

Cuando compré esta nave, ya sabía que carecía de armas. Eso no me representaba ningún problema; de todas formas, no estoy entrenado en el manejo de armas pesadas. Pero diría que en el pasado estaba equipada con cacharrería bastante potente. Alguien le metió mano y le desinstaló todo; y lo hicieron de forma bastante rápida y descuidada. Las cápsulas de armamento delanteras muestran unas líneas de corte bastante chapuceras donde se retiraron los puntos de montura. Y voy a tener que hacer reconstruir todo el montaje de la torreta superior. Cortaron todos los cables de alimentación que llevaban a ella y creo que el sistema de control está bastante cascado. Ahora que pienso en ello, se me ocurre una idea. El sistema de maniobra sigue intacto y funcional. Y además es un sistema bastante bueno; el poco rato que pude pilotarla ya me lo dejó bien claro. Me pregunto si podría conseguir uno de esos nuevos conjuntos de sensores AS. Se supone que son bastante compactos. Podría instalar en la torreta la cápsula de sensores en vez de armas. Aprovechar la maniobrabilidad de la nave para ponerla en posición para escanear. Y aprovecharla también para salir pitando si los escáneres me muestran algo que no me gusta. Me llevará algún tiempo instalarlo todo, entre las dos siguientes rutas y esa excavación que tenemos previsto hacer en Odín. Pero es sin lugar a dudas una opción a tener en cuenta.
Conozco a un montón de gente que no tiene muy buena opinión de las Cutlass. Demonios, la compré porque era barata y podría utilizarla como piezas de repuesto si todo lo demás iba mal. Pero ahora que he tenido la oportunidad de trabajar en ella, creo que hasta ahora sólo había oído las cosas malas. Es cierto que no es ninguna belleza, ni tampoco tecnología ultramoderna. La han desguazado, ha sufrido daños y no ha recibido el mantenimiento necesario. Pero sigue pudiendo volar por el espacio. Eso dice mucho de una nave capaz de sufrir este tipo de abuso y abandono y seguir adelante. Una nave capaz de encajar todo este castigo es una nave en la que puedes confiar cuando sólo estás tú y el vacío. Creó que iré a visitar a Ravvie en los astilleros. Hace mucho tiempo que él y yo no tenemos una buena charla. A lo mejor ese plan que yo tenía de utilizar una Lancer va a tener que sufrir unos cambios.

Gruber trató de imaginar el estado que tendría la nave cuando Zharkov se la encontró por vez primera. Las entradas del cuaderno de bitácora le daban una buena imagen del aspecto que tendría: prácticamente desguazada, reducida a poco más que el fuselaje. Fuera lo que fuera lo que le había sucedido, se habían asegurado de quitarle todas las piezas aprovechables. Gruber paseó la mirada por la bodega. Se levantó y empezó a caminar en dirección a la carlinga. Luego se lo pensó mejor y dio la vuelta para encaminarse hacia la popa de la nave, bajar la rampa de carga y salir al exterior. Empezó a dar vueltas en torno a la nave. Mientras caminaba, iba pensando en las anotaciones escritas en el diario. Podía ver algunas de las señales de soldaduras y cortes en los sitios donde los sistemas de la nave habían sido reconstruidos, pero en términos generales, Zharkov había realizado un trabajo excelente a la hora de reparar la nave. No podía decirse en modo alguno que acababa de salir de la fábrica, pero a decir verdad, la mayoría de las Cutlass no duraban más de un mes sin que se las modificara para alguna tarea concreta. Eso era parte del atractivo de la nave, que la propia Drake Interplanetary se encargaba de fomentar. Bueno, eso y el precio, se dijo Gruber para sus adentros. Mientras seguía trazando círculos alrededor de la nave, alzó la mano y empezó a recorrer el fuselaje exterior del casco. Era una buena nave, sin importar lo que Stark o Michaels pudieran pensar, o cualquier otra persona para ese caso; él sabía que era especial.Gruber se pasó los dos días siguientes esperando a que Michaels se pusiera en contacto con él. Se quedó en la nave durante todo ese tiempo, paseando por su interior, asegurándose de que podría viajar por el espacio. A decir verdad, no podía dejar de pensar en los diarios de Zharkov. El interior de la Outbound Light era pequeño y atestado, pero también era cómodo. Su propio apartamento, un pequeño piso de dos habitaciones en mitad de un conjunto de viviendas cerca del espaciopuerto, era mucho menos espléndido. Quedándose a bordo de la nave se sentía más «en casa» que en su propio hogar.

Mientras esperaba la llamada, pasó más tiempo leyendo el diario. La mayor parte de él era bastante aburrida; entradas sobre planificación de rutas, datos de barridos con sensores, algo de información sobre recargas de combustible o suministros. En algunas ocasiones, no obstante, Zharkov había escrito algo más que frases cortas. Gruber halló otra entrada que despertó su interés.

El motor cuántico es pura chatarra. Ravvie ló revisó. Dice que no vale nada, y yo estoy de acuerdo. Parece que ni tan siquiera era gran cosa cuando funcionaba. Sinceramente, casi parece que le faltaba potencia para la nave en que está instalado. Lo que está claro es que no podía usarse para viajes largos. Ravvie me ha dicho que no es el motor que viene de serie. Pero sea el que sea, tiene que cambiarse por otro. Si sigo con este descabellado plan mío, tendré que cerciorarme de que los motores son más adecuados para mis fines. No sirve de nada tratar de ser un explorador si no puedes viajar más allá de los lugares que todo el mundo ya conoce. Me llevará algo de trabajo, y probablemente también una buena cantidad de dinero, pero creo la nave podrá tener capacidad de salto dentro de seis meses. Quizás más tiempo. Depende de cómo fluctúe el mercado en las próximas semanas.

A pesar de todo, cuanto más tiempo me paso trabajando en la nave, mejor me siento. Llevaba mucho tiempo sin sentirme tan bien. Es estupendo poder tener en tus manos algo con semejante potencial y ver como ese potencial se hace realidad. Xander comentó que se pensaba que yo iba a comprar una Freelancer. No me he molestado en corregirle. No hay ninguna duda de que me vendría con mil razones por las que es una mala idea reequipar una Cutlass para este tipo de trabajo. Ya hizo exactamente lo mismo cuando le mencioné la Freelancer. Estoy seguro de que si pudiera entregarle las llaves de su propia Idris, todo lo que haría sería quejarse de las tasas de atraque.

Aun así, lo del motor cuántico es bastante raro. No estoy seguro de cuál puede ser la causa de semejante sobrecarga. Incluso aunque le hubiera faltado algo de potencia, no tendría que haberse fundido como lo hizo. Y tratar de encontrar un repuesto parece cada vez más difícil. Sé que a lo largo de los años se han fabricado unas cuantas variantes de Cutlass, pero parece que sea imposible averiguar cuál es exactamente de qué modelo es la mía. Sus especificaciones no coinciden con los datos que la Drake publica, y las Guías Thorn tampoco me han sido de mucha ayuda. Pero en cualquier caso, este vieja dama debe haber pasado por un montón de cosas. De eso me doy cuenta con sólo mirarlo. Tiene modificaciones por todas partes. Supongo que en realidad tampoco importa cuáles eran sus especificaciones originales. Ahora es mi nave, y conseguiré que funcione de fábula. Y necesitará un nombre. Un buen nombre. Algo digno del sueño de un vejestorio.

Gruber deseó haber podido tener la oportunidad de hablar con Zharkov sobre la nave. En cierto modo, leer los diarios del difunto le daba a Gruber cierta idea de cómo pensaba y cuál había sido carácter. Pero no se podía comparar con poder sentarse a charlar con él cara a cara. La investigación que Gruber había realizado en los sistemas de la nave le había mostrado que todos los daños que pudieran haber estado presentes en ese momento habían sido totalmente reparados. Gruber sabía que el motor de salto ahora era plenamente funcional; lo habían utilizado para traer la nave de vuelta. La torreta de sensores lo más probable es que ahora funcionara igual de bien. De hecho, el único problema que había tenido la nave eran los daños en la carlinga. El personal de reparaciones de la compañía de recuperación se había encargado de arreglar eso, aunque lo habían hecho del modo más barato posible para maximizar los beneficios de su venta. Gruber se sintió mejor al enterarse de que Zharkov también se había percatado de las discrepancias en su nave, aunque el anterior propietario no les había otorgado el mismo nivel de importancia que él.

En la mañana de su tercer día de espera, Michaels se puso en contacto con Gruber.

–Oskar, tengo algo de información sobre esa nave tuya –mientras hablaba, el rostro de Michael parecía preocupado–. Pero no estoy seguro de si es tan buena idea seguir investigando.

–¿Por qué? –preguntó Gruber–. ¿Qué has encontrado?

Michaels soltó un suspiro.

–Bueno, la nave fue registrada, como tú has dicho, en Quinton. Zharkov parece que era el único propietario de una pequeña empresa, y la nave era una de sus propiedades. Normalmente la posesión de la nave revertiría a la compañía. Pero Stark conoce bastante bien la ley del almirantazgo. Su reclamación como material recuperado fue cumplimentada a la perfección, por lo que tomar posesión de la nave y venderla fue algo completamente legal. Puesto que no puedo encontrar ninguna mención a algún familiar de Zharkov, o algún socio en su compañía, parece que es tuya sin ninguna duda.

Gruber parecía impaciente.

–Sí, todo eso ya lo sé. ¿Pero cuál era la procedencia de la nave?

Michaels volvió a suspirar.

–Seguí su rastro hasta un almacén de la UEE de material incautado. Todo parece indicar que Zharkov la adquirió como material recuperado por la Fiscalía.

Gruber pasó de estar impaciente a sentirse confuso.

–Pero la Fiscalía no utiliza naves de la compañía Drake.

–Ya lo sé. Se apoderaron de ella durante una redada.

–¿Una redada? ¿Una redada contra quién? ¿O contra qué?

–Parece ser que la Fiscalía la obtuvo de una banda de piratas con bastante mala fama llamada los Redjack Dragoons. No me preguntes de dónde viene el nombre. Hace unos cuantos años eran una panda bastante infame; causaron todo tipo de problemas a las fuerzas de la Fiscalía en el territorio donde actuaban. Pero la mayoría de ellos están ahora muertos o van de por libre. Tratar de averiguar la historia de una nave que ha estado en manos de piratas es casi imposible. Cambian los nombres y registros de sus naves con tanta frecuencia que la mitad de ellas son en realidad ficticias. Es inútil tratar de averiguar más cosas.

El rostro de Gruber mostraba desesperanza.

–Pero tiene que haber alguna pista que poder seguir, ¿no? Quiero decir que, aunque ahora estén muertos o actuando en solitario, alguno de esos piratas tuvo que ser interrogado. Habrá informes, o cosas de las que habrá alardeado, o algo parecido.

Michaels meneó la cabeza.

–El único que fue sometido a algún tipo de interrogatorio es James Quister. Da la casualidad de que era el líder de la jauría; la Fiscalía tuvo que esforzarse al máximo para atraparlo con vida. Ahora está pudriéndose en una prisión en Lorona. Nadie le preguntó por la nave cuando lo capturaron, y no creo que haya nadie en la Fiscalía al que vaya a importarle una Cutlass –Michael hizo una mueca de diversión –con un anillo de atraque inusual.

Gruber clavó la mirada en la pantalla de comunicaciones.

–Si hay alguien que pueda saber cómo consiguieron los piratas esa nave, tiene que ser el alfa de la manada –Gruber volvió a pensar en los comentarios escritos por Zharkov en su diario–. Y seguro que se acuerda de esta nave. Estoy seguro de que se acordará. Todo lo que hace falta es que alguien vaya a preguntarle.

Michaels se quedó atónito.

–¿Preguntarle? No tengo ninguna influencia con la Fiscalía. Y Quister no va a admitir nada que pueda implicarle en más crímenes. Oskar, la nave es tuya, no hay ninguna duda al respecto. Olvídate de todo el asunto.

Gruber apartó la mirada de la pantalla y estudió la carlinga de la Outbound Light.

–Bueno, ahora tengo una nave,. Supongo que tendré que ir a preguntárselo personalmente.

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La entrada Perdido y encontrado de Charles Duncan – Capítulo 1 aparece primero en Relatos escritos.

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