Perdido y encontrado de Charles Duncan (Star Citizen) – Capítulo 3

PERDIDO Y ENCONTRADO UNA HISTORIA DE STAR CITIZEN ESCRITA POR CHARLES DUNCAN – CAPÍTULO 3

Este relato es una traducción realizada en la web ciudadano estelar de una historia publicada en cuatro partes y escrita por Charles Duncan. Está basada en el universo de Star Citizen. ¡Disfrutadlo!

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Oskar Gruber no tuvo muchos problemas para localizar a la tal Zara Vencia. Era una cazarrecompensas relativamente bien conocida. O por lo menos lo había sido. Sólo le hizo falta hacer una llamada a Serge Michaels para enterarse de su paradero.

Gruber podía ver en la imagen de la pantalla a Michaels meneando la cabeza.

–Esa es la mejor información que puedo darte. Hace unos cuantos años, tenía una reputación formidable como cazarrecompensas. Por lo que he podido averiguar, se retiró de los contratos activos. Formó un pequeño consorcio de operativos, todos ellos trabajando bajo la bandera de Vencia Retrievals. Tienen su sede en Borea. No es un grupo demasiado grande, pero lo suficiente como para que ella pueda vivir relativamente bien, al menos por lo que he visto de sus registros tributarios. A los que, por cierto, yo no debería haber mirado.

Gruber sonrió a la pantalla.

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–Te agradezco tu ayuda, Serge. Te la agradezco de verdad.

–Bueno, ojalá pudiera decirte que lo entiendo, Oskar. Sé que siempre te han interesado las naves, pero esto parece demasiado, incluso para ti. Estoy preocupado.

Gruber consideró la posibilidad de tratar de explicarle la situación. Ya no se trataba sólo de la nave. Era cierto que, cuanto más cosas averiguaba, mayor era su convencimiento de que no podía tratarse de un modelo de fabricación en serie. Tenía que haber fabricado ex profeso. Y eso le intrigaba. ¿Por qué se tomaría alguien las molestias de fabricar una versión personalizada de una Cutlass, de entre todos los modelos posibles de nave? No se trataba precisamente de un transporte de lujo o el yate espacial de un multimillonario. Y había tenido que admitir para sí mismo que los detalles eran triviales y casi con toda seguridad sin interés para cualquier persona que no fuera un coleccionista o un maniático. Pero Gruber no podía dejar pasar la importancia del medallón. Se sentía compelido, no por la nave, ni tampoco por el medallón, sino por la necesidad de hallar a su propietario y devolvérselo a él o a ella. Lógicamente, sabía que hacerlo no iba a cambiar nada. Quizás ayudaría a responder algunas de sus preguntas sobre la nave, pero incluso aunque no fuera a recibir esas respuestas, Gruber seguiría tratando de devolver el medallón. Pero no se atrevió a explicarla a Michaels todo esto; lo más probable es que su respuesta fuera burlarse todavía más de él.

–Está bien. No tienes por qué preocuparte. Sólo… Tengo tiempo. Y quiero averiguar más cosas sobre la nave. Es… una cosa… técnica.

Serge volvió a menear la cabeza.

–Sólo ten cuidado, ¿vale? Primero quisiste charlar con un pirata encarcelado, y ahora vas a ver a una cazarrecompensas bastante bien conocida – Michaels rió por lo bajo–. En serio, ¿qué te hace pensar que ella querrá ni tan siquiera hablar contigo?

–Pues…. – contestó Gruber con un tono de voz cuidadosamente desapasionado – que concertaré una cita con ella.

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Gruber sabía que no debía enfadarse con Michaels. Era molesto y frustrante, pero Gruber sabía que Michaels solamente estaba preocupado. Siendo realistas, Gruber sabía que jamás debería haber comprado la nave, o como mínimo debería haberse quedado trabajando con el personal de Stark. Gruber poseía empeño y tenacidad, pero no disponía de mucho dinero, y ciertamente carecía de trabajo. Aun así, citando las historias que él había leído tantas veces cuando era niño, la suerte estaba echada. Gruber se había embarcado en este viaje y estaba decidido a terminarlo. No podía simplemente olvidarse del medallón. Trazó un rumbo hacia Borea y se preparó para ponerse en contacto con el consorcio de la cazarrecompensas.

Gruber logró llegar a Borea sin incidente alguno. Una vez allí, no tuvo que esperar mucho tiempo antes de que su encuentro con Zara Vencia. Gruber se encontró siendo acompañado al interior de una elegante sala de conferencias, donde se le pidió que tomara asiento. La sala no tenía un aspecto demasiado llamativo, pero era un indicativo de los éxitos financieros que Vencia Retrievals Inc. había conseguido. Gruber estaba sentado en una cómoda silla, tamborileando con los dedos sobre la superficie de la mesa, cuando la puerta se abrió y una mujer entró en la sala. Era alta, más alta que Gruber. Él habría calculado que la mujer ya había dejado atrás hacía tiempo la mediana edad, pero parecía seguir en forma y tener una mirada aguda. La mujer caminó rápidamente hasta la silla enfrente de Gruber y se sentó en ella.

–El señor Gruber, supongo.

–Sí, señora. ¿Es usted Zara Vencia?

Ella asintió secamente.

–Se dará usted cuenta, evidentemente, que yo no suelo mantener reuniones con nuestros clientes en potencia. Sin embargo, mi secretaria me ha notificado que usted se mostró bastante insistente. Y que usted consideraba que el asunto que deseaba que fuera investigado era también de mi interés personal.

-Sí, todo eso es correcto. Creo que se trata de un asunto del que usted ya está personalmente al corriente.

–Bueno, nuestras tarifas no son despreciables, pero creo que usted las encontrará muy razonables dada la calidad del servicio que nuestra organización presta. Evidentemente, habrá muchos factores a tener en cuenta, dependiendo de a quién quiere usted que encontremos, cuantos operativos requerirá, y temas por el estilo.

Gruber se sentía confundido.

–Yo… ¿tarifas?

Vencia parecía molesta.

–Sí, nuestras tarifas por seguirle el rastro a la nave en la que usted está interesado.

–No, no. No necesito que nadie rastree la nave. Yo ya tengo la nave. Volé en ella hasta aquí, en Borea.

El rostro de Vencia adoptó una expresión gélida. En ese momento Gruber entendió por qué Quister había dicho que ella tenía hielo en las venas y un corazón de piedra. Si las miradas pudieran matar, Gruber habría fallecido en el acto.

–Si usted no precisa de los servicios de mi organización – preguntó Vencia lacónicamente–, ¿por qué razón me está haciendo perder el tiempo?

–Creo que usted conoce esta nave. De hecho, creo que usted había sido su propietaria. Sólo quería hacerle unas cuantas preguntas al respecto.

-¿Y qué es exactamente lo que le hace pensar, señor Gruber, que yo pudiera tener alguna respuesta para sus preguntas?

–Que el nombre de la nave era la Glorious Reach.

Por el más breve de los instantes, el rostro de Zara Vencia perdió su expresión pétrea y Gruber pudo vislumbrar como en sus ojos relampagueaba una antigua pena. Gruber conocía esa mirada. Pero el momento pasó tan rápido como había llegado. Vencia se incorporó para inclinarse por encima de la mesa de conferencias, clavando su mirada en Gruber, quien recordó que no estaba ante ningún oficinista corporativo anónimo. Vencia se había labrado una reputación de cazarrecompensas de primera, llevando ante la justicia a la escoria del sector, viva o muerta.

–Ese es un nombre que no he oído en mucho tiempo.

Vencia volvió a sentarse en su silla enfrente de Gruber.

–Así pues, señor Gruber, tal vez sería tendría usted la amabilidad de contarme qué es lo que sabe sobre esa nave.
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Gruber terminó de contarle a Vencia que es lo que había averiguado sobre la nave hasta ese momento. Vencía le escuchó atentamente mientras él iba explicando la historia de la nave que encontraron a la deriva, y la conversación que había tenido con Quister en Lorona.

–De modo que usted fue a ver a Quister en prisión.

–Sí, eso hice.

–Eso fue increíblemente estúpido por su parte. Quister sigue siendo un hombre muy peligroso. El universo sería un lugar mejor sin él.

El rostro de Gruber enrojeció.

–Esa no es la primera opinión de esa naturaleza que he escuchado, señora. Pero él me llevó hasta usted.

Vencia se echó a reír, pero no había nada de humor en su risa.

–Pues claro que te envió hasta mí. Siempre ha sido un fanfarrón. No tengo ninguna duda de que pensó que encantaría recibir un recordatorio de que él sigue vivo.

–Él me habló de usted… muy bien.

–Quister es una excusa patética de ser humano. Consideré que asegurar su captura era para mí una obligación ineludible. Por desgracia, el Imperio se limitó a encarcelarle en vez de administrarle el castigo que tanto se merecía. Quister estaba protegido desde arriba, aunque evidentemente yo carezco de ninguna prueba de semejante intervención a su favor – Vencia dirigió a Gruber una atenta mirada–. Pero tú no estás aquí para preguntarme cuál es mi opinión personal acerca de esa basura pirata. Creo que lo que quieres es saber más cosas sobre mi vieja nave, aunque no puedo imaginarme por qué ni aunque me fuera la vida en ello.

–Tengo razón para creer que hay algo especial respecto a esa nave, señora. Las investigaciones que he realizado hasta ahora me han llevado a creer que se trata de una nave fabricada con especificaciones personalizadas. Esperaba que usted pudiera proporcionarme algo más de información al respecto.

–¿Especificaciones personalizadas? Jamás se me habría ocurrido. Es una Cutlass. Sí, es una buena nave en su propia forma limitada, pero no tiene nada fuera de lo ordinario.

Gruber se quedó atónito.

–Pero… quiero decir que he hecho mediciones. He investigado sus componentes, y ésta no es una Cutlass ordinaria. Incluso Quister dijo que le costaba encontrar piezas de repuesto estándar para ella – mientras pronunciaba esas palabras, al propio Gruber le pareció una justificación muy endeble. Pero Vencia no se movió de su silla, sino que aguardó serena y seria, y Gruber no supo qué más podía decir que no le hiciera parecer todavía más inane.

–Bueno, señor Gruber, si la nave es tan especial, y usted ha admitido libremente que era de mi propiedad, ¿qué me impide reclamársela? – dijo Vencia dirigiéndole una mirada socarrona.

Gruber tecleó en su mobiGlas para hacerle mostrar una pantalla de información.

–El que usted presentó y aceptó una reclamación al seguro por ella. Legalmente hablando, usted ha renunciado a todos sus derechos respecto a esa nave. Tal como estipula la Fiscalía, cuando la nave fue declarada como un vehículo incautado, todos los vínculos de propiedad relacionados con la compañía de seguros quedaron anulados. La ley del almirantazgo respecto a la recuperación de naves anuló también cualquier reclamación que los parientes del anterior propietario pudieran haber querido realizar. Mi posterior compra, y los impuestos pagados en ella, aseguran mi propiedad de la nave.

Por primera vez desde que había empezado su reunión, Vencia esbozó una sonrió.

–Parece que tendré que revisar mi valoración de usted, señor Gruber. Parece claro que ha hecho sus deberes en lo que respecta a derechos de propiedad. Pero aun así, puede estar seguro que, aunque yo conservara algún derecho sobre esa nave, jamás querría recuperarla –la sonrisa de Vencia se transformó en una mueca–. Cada nave tiene sus propias peculiaridades, señor Gruber. Basándome en su profesión, diría que usted ya lo sabe. Las naves son como las personas; cambian de maneras que a veces no puedes anticipar. Algunas de sus partes se desgastan y tienen que ser reemplazadas. Algunas veces toman un rumbo diferente a aquel para el que fueron diseñadas originalmente –Vencia estaba ahora mirando más allá de Gruber, con la expresión de quien está rememorando viejos recuerdos–. Algunas veces las perdemos antes de lo debido.

Vencia le dio la vuelta a su silla, con lo que ella se quedó sentada dándole la espalda a Gruber, quién no supo cómo responder a eso. Ambos permanecieron sentados y en silencio, hasta que por fin Vencia volvió a hablar en voz baja.

–Llevo veinte años sin ver la Glorious Reach. Ni siquiera he vuelto a pensar en ella durante la mitad de ese tiempo –se dio la vuelta para volver a estar de cara a Gruber–. Comprar esa nave fue idea de mi compañero. En esa época, mi organización no era tan grande como lo es ahora. Sólo éramos cinco operativos, con apenas dinero suficiente para mantener nuestras cuentas corrientes por encima de los números rojos. El problema más difícil que teníamos en esos primeros días no era hallar a nuestras presas, sino transportarlas una vez las hubiéramos capturado. Este negocio –Vencia señaló vagamente a su alrededor –no es precisamente una empresa tradicional. Incluso hoy en día, fuera de la Fiscalía, no hay muchas naves que estén diseñadas para transportar a un pasajero rebelde. Así que tuvimos que arreglárnoslas con lo que teníamos. Drake Interplanetary acababa de fundarse. La Cutlass no tenía la reputación que posee hoy en día. Drago, mi compañero, vio la Cutlass como una nave ideal que podíamos reacondicionar para transportar a nuestras adquisiciones hasta entregarlas a las fuerzas de la ley. Yo lo único que vi en esa nave fue que tenía un precio que nos podíamos permitir. De manera que nos pusimos a buscar una Cutlass que estuviera a la venta. Te diría que buscábamos un modelo “básico”, pero al fin y al cabo podría decirse que todas las Cutlass lo son. Supongo que, en cierta manera, ese es uno de sus argumentos de venta. Nada de lujos y nada de piezas complicadas, sólo una nave que funciona. Tengo que admitir que usarla para transportar a nuestras capturas era sin ninguna duda una mejora comparada con la nave monoplaza que habíamos usado hasta entonces. El poder estirar las piernas caminando por la bodega de carga servía para que un vuelo tedioso entre varios sistemas lo fuera un poco menos.

Gruber se quedó mirándola expectante.

–Entonces, ¿personalizaron ustedes la nave?

–Hay una gran diferencia entre personalizar una nave y mandar que la construyan con especificaciones concretas –contestó Vencia frunciendo los labios–. Habría pensado que entendías ese concepto.

–Oh, quiero decir que, bueno, sí, ya he entendido que usted ha dicho no fue construida para ustedes. Pero seguro que, cuando ustedes le hicieron modificaciones, se dieron cuenta de algunas de las diferencias que tenía.

–Señor Gruber, no soy ni ingeniera ni técnica. Ahora estoy al cargo de esta compañía, y entonces también lo estaba. Puedo asegurarle que no realicé ninguna modificación en esa nave personalmente. Como ya le he dicho, Drago pensó que la Cutlass podía ser adaptada para nuestros propósitos. Cualquier cambio efectuado en esa nave fue responsabilidad suya. Yo me dedicaba a encontrar una forma de poder pagar las modificaciones, no de instalarlas.

–¿Puede ser que hubiera mencionado algo? ¿Algún detalle que le causó problemas o alguna parte que no fue capaz de encontrar?

–No me viene a la mente nada de eso. Y, de nuevo, le aseguro que esa nave no tenía nada de extraordinario.

–Bueno… tal vez había alguien tratando de copiar la Cutlass. Una empresa competidora, quizás, y su diseño acabó en sus manos.

–Imposible.

–¿Pero cómo puede estar tan segura?

–Porque esa nave, señor Gruber, se la compré directamente a la Drake Interplanetary.

Oskar Gruber se quedó sentado completamente abatido. Sabía que las pruebas estaban ahí, sabía que tenía que haber algo más. Zara Vencia debió notar también su desazón, porque su expresión se suavizó y meneó lentamente la cabeza.

–Le entiendo –dijo–. Tras todo el esfuerzo que ha invertido en averiguar la historia de esta nave, entiendo por qué todavía quiere saber más cosas. Es extraordinario que usted haya llegado tan lejos; podría haber sido un rastreador bastante bueno.

Gruber se quedó mirando a Vencia. Se sentía desgarrado; le quedaba una última evidencia por revelar. No le había mencionado a nadie la existencia del medallón. Ni a Stark ni a Michaels, y ciertamente tampoco a Quister. No había querido mencionárselo a nadie hasta estar seguro de cuál era la procedencia del medallón. Era un secreto que guardar, una carga, pero también un objetivo. Quería devolvérselo a su propietario. Gruber recordó la mirada en los ojos de Vencia cuando le mencionó por primera vez el nombre Glorious Reach. No le había dicho nada a Quister sobre el medallón porque no se fiaba del pirata. No les había contado nada a Stark o a Michaels porque no creía que fueran a entenderlo. Pero contemplando a Zara Vencia, mirando la forma en que ella se había envarado al hablar sobre la nave, Gruber había tenido la sensación de que tal vez ella lo entendiera. Metió la mano en un bolsillo y sacó de él una pequeña cajita. La colocó encima de la mesa delante de la cazarrecompensas.

–Encontré esto –dijo Gruber , escondido dentro de una caja de empalmes de la nave. Desearía devolvérselo a quienquiera que lo puso allí. ¿Sabe algo sobre este objeto?

Vencia alargó una mano para coger la cajita. La abrió y miró en su interior. Sacó el medallón de la cajita, y luego abrió lentamente el cierre, examinando el medallón como si se tratara de una prueba para un caso.

–Está muy bien hecho. Sencillo pero elegante. Tiene una inscripción bastante sentimental –Vencia devolvió el medallón al interior de la cajita–. ¿Sabe qué es lo que la sentimentalidad te consigue en mi negocio, señor Gruber? –la cazarrecompensas se quedó mirándole detenidamente, como si fuera capaz de taladrarle con los ojos–. Consigue que te maten.

Zara Vencia se levantó de su silla.

–Si me perdona, tengo asuntos que atender. Le sugiero que haga lo mismo.

La cazarrecompensas salió de la habitación, dejando a Gruber sentado a solas.
* * *

Gruber estaba sentado en la bodega de la Outbound Light. Llevaba dos días en el espaciopuerto de Borea. No le había hecho ninguna llamada a Michaels. Cuantas más cosas aprendía de la nave, cuanto más tiempo pasaba en su interior, mayor era su convencimiento de que todavía quedaban cosas por averiguar sobre la nave y su medallón oculto. Pensó a medias en la posibilidad de contactar directamente con la Drake Interplanetary. Quizás conservaran algunos registros que pudieran refutar lo que la cazarrecompensas le había dicho. O tal vez la nave ya era de segunda mano para entonces, y Vencia simplemente lo ignoraba. Por lo que le había contado, resultaba evidente que se trataba de uno de los primeros modelos jamás producidos por la Drake. Gruber pasó algo de tiempo repasando los archivos públicos. Vio los antiguos anuncios comerciales, leyó acerca de la creación de la corporación Drake. No encontró nada que le diera alguna esperanza. Sabía que no tardaría en tener que tomar una decisión; no podía limitarse a quedarse aquí. La idea de volver hasta Stark y pedirle trabajo era totalmente degradante y casi con toda seguridad fútil.

“No tiene por qué ser Stark”, se dijo a sí mismo. “Soy un buen técnico y un buen trabajador. Hay otras empresas de recuperación. Y tengo una nave” pensó. “Podría fundar mi propia compañía. Salir a explorar como hizo Zharkov o contratar a unas cuantas personas y hacerme pirata como Quister”. Empezó a reírse solo.

-¡ El espacio es el límite! –gritó a la bodega vacía.

Se sentía como un idiota. Casi dio un salto cuando su mobiGlas empezó a pitar, indicando que le estaba llegando una transmisión. Activó el dispositivo y se sorprendió al ver el rostro de Zara Vencia devolviéndole la mirada.

–Señor Gruber.

–Señora Vencia… No esperaba esta llamada.

–Señor Gruber, me temo que durante nuestro último encuentro puedo haberme mostrado un poco dura –Vencia apartó por un momento su mirada de la pantalla y luego volvió a encararse hacia ella–. Me estaba preguntando si querría usted escuchar unas pocas cocas más acerca de su nave.

Gruber estaba atónito.

–Pero por qué… claro, por supuesto. ¿Debo reunirme con usted en su despacho?

–Si no le importa, preferiría tener esta charla ahora mismo. Estoy esperando fuera.

Gruber casi se cayó de bruces mientras corría a hacer bajar la rampa de carga.

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Se quedó esperando detrás de Vencia, quien estaba contemplando el exterior de la Outbound Light. Vencia recurrió con la mano la superficie del casco, y luego miró por encima de su hombro en dirección a Gruber.

–No estaba exagerando cuando dije que llevaba veinte años sin ver esta nave. Es curioso –dijo mientras se apartaba caminando del casco para poder alcanzar con la vista la nave entera–. Parece muy diferente y la vez igual que siempre.

Vencia le dirigió a Gruber la misma mirada gélida con la que le había obsequiado antes en la sala de conferencias.

–Cuando mis contactos en la Fiscalía me dijeron que le habían quitado la nave a Quister, yo les dije que la hicieran chatarra. Siempre pensé que la habían desguazado. No la quería como recordatorio –Vencia paseó su mirada por el sucio hangar en el que Gruber había aterrizado la nave–. Viéndola ahora, no es tan malo como pensé que sería.

Gruber se sintió repentinamente muy incómodo.

–Si tiene la bondad de subir a bordo, señora, puedo ofrecerle un poco de té.

Ella asintió.

–Eso sería muy amable por su parte.

Mientras subían caminando por la rampa para entrar en la bodega, los ojos de la cazarrecompensas recorrían todo el interior del compartimento. Gruber se dedicó a preparar dos tazas de té en el diminuto espacio de cocina. Mientras el agua empezaba a hervir, Vencia hizo otro comentario:

–Desde luego no reconocería esta parte.

–¿Cómo dice, señora?

–Por favor, deje de llamarme “señora”. Me hace sentir vieja. Con todo lo que tengo por explicarle, puede llamarme Zara.

–Sí, se… Zara. Por favor, llámeme Oskar.

Mientras tomaba la taza de té que Gruber le ofrecía, la cazarrecompensas hizo un gesto en dirección al espacio de vivienda.

–Por lo que me ha contado, deduzco que estos son algunos de las cambios realizador por el señor Zharkov.

Gruber asintió.

–Resulta interesante. Cuando yo poseía esta nave, la bodega de carga se usaba para el transporte de los fugitivos que habíamos capturado. Drago había instalado varias celdas de contención. Solía bromear diciendo que ahora era una bodega de contención.

–Supongo que su compañero era quien estaba al cargo de la nave.

–Sí. Drago se encargaba de lo que nosotros considerábamos la rama de transporte de nuestra empresa. Mi trabajo consistía en rastrear a los fugitivos y someterlos. Una vez que los teníamos bajo nuestra custodia, yo llamaba a Drago y él los transportaba de vuelta hasta cualquier sitio al que hiciera falta llevarlos. La Cutlass es famosa por su maniobrabilidad, como estoy segura que ya sabes, pero Drago pensaba que también tenía potencial para velocidad. No iba a dejar atrás mi Avenger, pero me sorprendió la velocidad que él fue capaz de sacarle –se rió sin muchas ganas–. Yo estaba furiosa por los gastos en que había incurrido cuando reemplazó todo el conjunto de motores a la vez. Pero en esa época yo siempre tenía problemas para decirle que no.

Vencia miró a su alrededor por un momento, y por último detuvo su mirada en uno de los asientos plegables al lado de la puerta que daba a la cabina. Gruber se sonrojó al pensar en su falta de modales, abrió uno de los asientos y señaló en su dirección.

–Por favor, siéntese.

–Gracias –contestó Vencia, sentándose grácilmente y tomando un sorbo de su taza de té–. En esa época era divertido, ahora no tanto, todo el trabajo que Drago dedicó a esta nave. Tenía la loca idea de que podríamos subcontratar las modificaciones con la Drake. Pensaba que sus ideas podrían servir para resolver las necesidades especializadas de otras personas, tal como habían servido para resolver las nuestras. Podríamos vivir de las regalías y dejar de tener que perseguir criminales – sonrió para sí misma–. Creo que siempre estaba preocupada por la posibilidad de que me sucediera algo en este trabajo.

–Espero no estar inmiscuyéndome en un asunto personal, pero diría que ustedes eran algo más que simples socios de una empresa.

Vencia miró a Gruber con una expresión triste y un poco tensa.

–Lo era. En otra época, en otra vida, supongo que nos habríamos casado. Pero éramos jóvenes y teníamos una empresa de la que encargarnos. Los dos pensamos que más tarde ya tendríamos tiempo para todo eso – suspiró–. Nos equivocamos.

Vencia bajó su mirada hasta su taza de té y se quedó en silencio por un momento.

–Dijiste que encontrasteis la nave varada en el espacio y con su capitán muerto – cuando Gruber asintió, ella prosiguió–. No es el primer hombre que muere en esta nave.

Gruber trató de pensar en algo que decir, pero todas las palabras que se le ocurrieron le parecían huecas. Se quedó en silencio, y dejó que Vencia siguiera hablando.

–Algunas veces, hay recuerdos que preferiría no conservar – miró a Gruber de soslayo–. Creo que tal vez entiendas lo que te estoy diciendo. Supongo que esa es la razón por la que fui tan arisca cuando me enseñaste ese medallón. Y, no – dijo antes de que Gruber pudiera abrir la boca–, no es mío. Tampoco es algo que Drago pudiera haber tenido. No… no es de su estilo – se detuvo, perdida en sus pensamientos, antes de seguir hablando–. Llevábamos unos tres o cuatro años usando esta nave cuando Drago me preguntó que me parecía la idea de contratar a una nueva persona para nuestra empresa. Alguien que fuera de su planeta natal. El candidato tenía un pasado algo turbio, pero Drago lo había conocido cuando era niño. Pensé que era una mala idea, pero Drago quería darle una segunda oportunidad. Me contó lo mal que lo había pasado en el sitio donde había crecido. Lo difícil que resultaba conseguir una oportunidad para cualquier cosa que no fuera una vida de crimen. Y así, en contra de mi mejor juicio, le di permiso a Drago para contratar a James Quister. Una semana después, Drago estaba muerto y la nave había sido robada – el rostro de Vencia adoptó una expresión dura que Gruber ya conocía–. Me llevó seis años, tres meses y ocho días rastrear a ese bastardo hasta su cubil. Pero lo atrapamos, y ahora vive en esa prisión mientras que Drago sigue muerto.

–Ojalá supiera qué decir, Zara.

–No hace falta decir nada. La vida te cambia – hizo un gesto a su alrededor – de la misma forma que esa nave ha cambiado. No me importa tener que recordar muchas de las cosas que sucedieron, y me disculpo por mi anterior rudeza. Pero hay algo que quería mostrarte. Algo que pienso que tal vez te interese.

Vencia se levantó y activó su mobiGlas. Pasó por varias pantallas y por último abrió una representación visual. Selección una imagen y la amplió para que Gruber pudiera verla con claridad.

Era una fotografía de una Zara Vencia mucho más joven. En su rostro había una sonrisa de felicidad que Gruber no habría creído posible ayer. La cazarrecompensas que aparecía en la imagen estaba tratando de mostrar una expresión seria, pero era evidente que no le estaba saliendo muy bien. Viéndola ahora, con todos esos años de diferencia, Gruber se percataba de hasta qué punto la habían cambiado y endurecido. La joven mujer de la fotografía, alta y hermosa, carecía de la mirada gélida de la cazarrecompensas sentada ante Gruber. Los ojos de la joven Zara tenían el mismo color azul, pero de un tono más brillante y resplandeciente. Podría parecer una paparrucha sentimental, para Gruber casi era capaz de sentir la esperanza en el futuro que albergaba la joven Zara. Gruber contempló a la mujer actual. “Tiene razón”, pensó para sí mismo. “Las personas son como las naves; cambian”. Volvió a fijarse en la imagen de la fotografía. Al lado de Zara había un hombre atractivo de piel oscura. Zara tenía un brazo apoyado en el hombro de su acompañante, quien a su vez estaba haciendo un gesto de “pulgar hacia arriba” en dirección a la cámara, y su rostro mostraba una sonrisa aun más amplia, sin hacer ningún intento por aparentar seriedad. Al fondo de la imagen se vislumbraba el fuselaje de una nave. Un fuselaje redondeado que Gruber conocía muy bien.

–La hicimos el día en que recibimos la nave. Drago pensó que era importante inmortalizar el inicio de nuestra nueva empresa. Hacía mucho tiempo que no volvía a mirar esta fotografía, pero nuestra charla hizo que me pusiera a buscarla. Creo que podría interesarle.

Gruber señaló a la fotografía.

–¿No parece que hay algo escrito en el casco? Es… bueno, parece un nombre, pero parece que se ha pintado a mano. No consigo leer lo que pone.

–No le mentí cuando dije que encargué esta nave a la Drake Interplanetary. Pero en esa época las naves clase Cutlass no llevaban más de un año disponibles en el mercado. Estaban empezando a ganarse cierta reputación, y la Drake no daba abasto para cubrir la demanda. Yo había encargado una nave nueva, pero cuando pasé a recogerla me di cuenta de que se había producido un error en el envío de material. No había ninguna nave nueva disponible. Todo lo que tenían a mano eran vehículos desechados que habían sido entregados a milicias locales como promoción. Drake quería hacer una venta, y yo quería una nave, así que no pude rechazar semejante trato.

–Entonces, ¿qué es lo que estaba escrito en el lateral del casco?

–Ponía The Pride of Kingsport.

–¿The Pride of Kingsport? ¿Y eso que significa? ¿Es el nombre de la nave? ¿Qué es Kingsport?

–No tengo ni la menor idea. Pero estabas en lo cierto, alguien había pintado eso a mano en el lateral de la nave. De hecho, en ambos laterales. Pero ignoro qué significaba.

–Tal vez se trate de algún lugar del que yo nunca he oído hablar. Quizás es el sitio donde fabricaron la nave. O la persona que la fabricó.

–Como ya te he dicho, Oskar, no lo sé. Nunca nos preocupamos por dónde había estado la nave antes de llegar a nuestras manos, sólo nos interesaba lo que íbamos a hacer con ella.

–Bueno, tiene que haber alguna manera de seguir esta pista. Alguien que sepa lo que significa.

–Estoy segura de que hay alguien que lo sabe. Y sé a quién iría yo a preguntárselo.

–¿A quién?

–Ya que estás en Borea, pregúntaselo a la Drake Interplanetary. Fueron ellos quienes me la vendieron.

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