Supervivencia pírrica

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Supervivencia pírrica

Nos habían mandado a la atmósfera por cuarta vez a lo largo del día. Esto para quien no lo sepa, son muchas veces. La descompresión resultaba engorrosa y llegaba un momento en que nos preguntábamos la razón por la que nos enviaban una y otra vez, para dejarnos flotando aquí arriba. El desánimo estaba presente.

La causa de tanta salida fue lo que se acabó llamando la “lluvia de Burdeos”, por ser los habitantes de la ciudad francesa los que mejor observaron el fenómeno.

La atmósfera terrestre no fue la misma tras siglos de polución y a pesar de que nuestro ingenio humano había diseñado aparatos que nos protegían de la radiación, el calor, la falta de oxígeno y las continuas crecidas de ríos, mares y océanos. Aún no habíamos descubierto la manera de proteger eficientemente los sistemas láser montados sobre satélites que cubrían y defendían nuestro planeta de los numerosos meteoritos que caían constantemente. Debido a la pésima atmósfera, penetraban en la Tierra y llegaron a arrasar con núcleos urbanos.

Habíamos salido hacía tan sólo media hora y ya estábamos flotando. Mis compañeros de misión eran Jack Misfuttzig y William Gosheir. Dos hombres nacidos en Inglaterra con ascendencia alemana. Casualidades de la vida, no eran hermanos. William era un hombre condecorado en numerosas ocasiones. Físicamente, era bajito, tenía una mirada triste, como la de un gato que sabe que ha perdido sus otras seis vidas. Esa fue la mirada que me dedicó cuando desde la estación en Cabo Cañaveral nos dijeron:

Tranquilos. No habrá ningún tipo de problema. Se trata de una misión rutinaria y volverán pronto a casa.

Ahora volábamos con nuestros trajes espaciales por encima de nuestro planeta, más azul que nunca debido a las inundaciones. Estaba previsto que una nueva oleada de satélites llegase en aproximadamente media hora. Teníamos ese tiempo para reparar el sistema láser del satélite, averiado por una lluvia de meteoritos anterior. Si no lo hacíamos, probablemente muriese mucha gente en la ciudad de Burdeos.

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La exclusa se abrió soltando una pequeña oleada de aire al espacio. Empezaba a pensar que ese fallo en el vaciado y descompresión de la cámara de salida se debía a que los científicos que las fabricaban, eran grandes seguidores de películas de ciencia ficción. Por eso dejaban que siempre quedase algo de aire que saliese al espacio haciendo un ruido siseante. El vacío tiraba de William y de mi. Jack se quedó dentro de la nave como boya de salvamento y jefe de seguridad.

Vi los pequeños pies y manos de William temblando. Le pregunté si todo iba bien, pero tan sólo me comentó algo sobre su divorcio y que la noche anterior había dormido mal. No le di mucha importancia.

Dos horas después, estaba sentado en el despacho del mayor Graham explicando lo inevitable de la muerte de William y que tal vez se debiera a un error humano producido por él mismo. Por suerte, el mayor Graham decidió no aplicarme ningún detector de mi ritmo cardíaco o mi respiración, un poco más acelerada de lo normal. Sabía que a veces, las situaciones obligan a vivir dejando muertos en el camino.

Dos horas antes de hablar con el mayor Graham, agarré una de las antenas del satélite y me dispuse a arreglarlo. Saqué mis aparatos y señalé a William para que mirase en su interior. Ni siquiera necesitaba comunicarme verbalmente con él gracias a la infinidad de EVAS que habíamos realizado juntos. Se introdujo en el satélite y empezó a estirar los cables. Activé el comunicador.

– Jack, hemos empezado el trabajo. ¿Qué tal por ahí?

No hubo respuesta.

– Jack. Repito. Hemos iniciado las obras de reparación, ¿qué tal todo por ahí?

De nuevo sin respuesta.

– Jack, joder. Responde.

Giré mi cabeza y vi que la compañía de seguros que había amortizado la nave, se iba a arrepentir. El vehículo espacial en el que habíamos venido había sido seccionada por su parte frontal y Jack había estallado en pequeños trozos de carne sanguinolenta. Más tarde me enteraría de que los científicos aficionados a la ciencia ficción habían calculado mal la distancia de la próxima oleada de satélites y no llegaron en media hora, si no en tres cortos minutos. Uno de los asteroides del tamaño de un puño, atravesó el pecho de Jack. Otro del tamaño de una pelota de baloncesto fue el que partió la nave.

Lo siguiente pasó relativamente rápido. Evidentemente, ninguno de mis oficiales fue informado de los oscuros secretos que William me desveló en los intensos minutos que siguieron, puesto que probablemente hubiese significado mi muerte. A mi vuelta, mis superiores me aplicaron todo tipo de detectores fisiológicos para captar cualquier posible indicio de mentira. Los sorteé gracias a mi entrenamiento militar. Jamás olvidaré lo agradecido que me sentí de la limpieza de cerebro que aquellos instructores hicieron sobre mi imberbe mente y que me permitió evitar decir algo incriminatorio en los interrogatorios.

Sobre la atmósfera, en medio de la lluvia de meteoritos, William me desveló la razón por la que estábamos allí. Lo hizo justo después de desconectar su comunicador. Éramos simples mártires de la patria. Cobayas lanzadas al espacio. Los listos ingenieros espaciales conocían el momento exacto en el que esta oleada de meteoritos llegaría a la atmósfera; como también sabían que no le pasaba nada al arma láser. Pero la moral de la gente necesitaba reforzarse con héroes enterrados como mártires. Las noticias iban a contar la noticia de cómo un valeroso y reducido grupo de tres hombres arreglaron el dispositivo láser justo antes de que el meteorito de mayor tamaño pudiese llegar a caer sobre el planeta. Lamentablemente los tres moriríamos en el intento. Se organizarían grandes desfiles y seríamos héroes nacionales. William había perdido sus siete vidas de gato, pero yo no estaba dispuesto a morir por una tontería así de grande.

Desconecté el cable de aire de mi compañero y salí despedido al espacio. El plan del ejército es que aunque el satélite que teníamos que arreglar reventase en el espacio, otros tres satélites cercanos abriesen fuego.

Desde donde estaba no podía verlos, pero tenían que estar allí. Los meteoritos pasaban a toda velocidad cerca de mi, rasgando el universo mientras silbaban. El satélite donde estábamos William y yo hacía pocos instantes estalló en pedazos. Tras la explosión apareció el primer rayo láser. Cientos de meteoritos pasaban a mi lado. Alguno rasgó mi traje espacial. Seguí nadando y acercándome al fogonazo láser, mientras mis reservas de aire se agotaban a toda velocidad.

El resto es historia. Me escondí en el satélite, me nombraron héroe nacional y subí de rango bajo la mirada de odio de algunos generales. Entrené a algunos de esos superhombres que poco o nada sabían del mundo real, porque se creían los mejores.

La anodina vida de un sargento que entrena a sus hombres ofrece pocas historias que contar. Los malditos superhombres que tenía bajo mis órdenes, empezaban a sentirse superiores a mi por el hecho de ser mejores genéticamente. Podían acertar más blancos, correr durante horas y seguramente en un campo de batalla fueran mejores combatientes.

En una sesión de entrenamiento en el campo de tiro, uno de mis hombres me hizo saber que ellos eran superiores a mi. Ni siquiera recuerdo su nombre, era sólo un batiburrillo genético perfectamente ensamblado. Me erguí ante él y le conté la historia de Pirro. El general romano Pirro, ganó un batalla sacrificando a tantos hombres que desde entonces, todas las batallas que se han ganado teniendo más bajas que el oponente, se llaman victorias pírricas. El hombre no parecía entender a dónde quería llegar. Le expliqué que mi supuesta inferioridad genética, se debía a milenios de aprendizaje evolutivo en un ambiente no propicio a la vida. Yo era quien era, gracias a la habilidad de supervivencia propia y la heredada de mis antepasados. Habilidad que por supuesto este superhombre al creerse superior, no tenía.

No me creyó.

Cogí mi pistola y se la puse en la frente. El hombre sonrió y dijo que no me atrevería a matar a un objeto tan valioso como él. Le contesté que si su pensamiento seguía el curso que estaba llevando actualmente, él acabaría matándome a mi y a todos los míos como ya había pasado en la historia de la humanidad. Le pegué un tiro en la cabeza, mandando contra la pared su supercerebro.

Luego expliqué a los hombres que quedaban varios conceptos sobre la capacidad de supervivencia que te proporciona la inferioridad. Las ganas de sobrevivir que tenemos aquellos que no las tenemos todas con nosotros.

Una buena charla. De nuevo pasé por varios detectores de mentiras y de nuevo ascendí. Pero esta vez no fue de rango. Como ascenso me aconsejaron que me fuese lejos. Exactamente a una expedición en un planeta recién descubierto a una distancia de cincuenta años de hibernación. A enseñar a otros el concepto de supervivencia.

Los diferentes sueros se introducían en mis venas. Estaba inmovilizado en el arcón que serviría de ataúd de bella durmiente durante mi viaje. Incapaz de hablar y en estado de somnolencia. Un oficial científico se acercó a mi y me susurró al oído.

– Soy el hermano no modificado genéticamente del hombre al que disparaste en la cabeza. Soy de esos que sobreviven. Quiero que sepas que la moral de la tropa se ha hundido después del suceso. Así que necesitamos un mártir. –Me tocó dos veces el hombro.– Suerte con la despresurización cuando empiece la lluvia de mierda.

La cápsula se selló. Entré en criosueño, incapaz de hacer nada. Tal vez sea el karma, seguramente me lo merezca. Así que aquí estoy, esperando mi destino.

Dedicatoria:

Gracias a Ale por recuperar este pequeño relato que escribí hace más de una década.

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