Perdido y encontrado de Charles Duncan – Capítulo 2

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Perdido y encontrado una historia de Star Citizen escrita por Charles Duncan – Capítulo 2

Este relato es una traducción realizada en la web ciudadano estelar de una historia publicada en cuatro partes y escrita por Charles Duncan. Está basada en el universo de Star Citizen. ¡Disfrutadlo!

Oskar Gruber estaba decidido a seguir hasta el final su curso de acción actual. Serge Michaels había hecho todo lo posible por convencer a Gruber de que proseguir su investigación era una tarea fútil, pero él se negaba a abandonar la idea de averiguar cuál era la historia de su Cutlass recuperada. Por esa razón Gruber se encontraba ahora sobre Lorona, en el Centro Imperial de Corrección y Rehabilitación, más conocido como el Orbital Súper Max. Tenía un bonito nombre, pero estaba claro que era una prisión. A Gruber no le sorprendió la facilidad con la que pudo acordar una cita para ver a uno de los prisioneros. Los funcionaros que había ahí no parecían sentir mucho interés por su petición de ver a James Quister. Las preguntas que le hicieron parecían meramente rutinarias, y Gruber no tardó en estar sentado en una pequeña sala de entrevistas. Un guardia le hacía compañía, mientras que otro fue a buscar a Quister. Cuando por fin trajeron a Quister a la habitación, su aspecto no era el que Gruber había estado esperando. Quister era un hombre bajito y de pelo gris; era evidente que era más viejo que Gruver, y parecía como si la vida en prisión no le hubiera hecho perderse demasiadas comidas. Pero aunque su corpulencia parecía estar transformándose en obesidad, Quister todavía conservaba el aspecto de un luchador; sus brazos eran musculosos y su nariz achatada. Cuando Quister examinó a sus visitantes, a Gruber le pareció que sus brillantes ojos verdes mostraban inteligencia y sagacidad. El antiguo pirata caminó hasta la silla en frente de Gruber, apoyó sus manazas en su respaldo, y clavó su mirada en Gruber.

–Por mil millones de demonios… No te conozco de nada. ¿Quién eres?

Oskar empezó a responder, pero el pirata lo interrumpió de inmediato.

–No eres mi abogado; no eres lo suficientemente paliducho –dijo Quister–. Tampoco tienes suficiente pinta de estirado para ser de la Fiscalía, y no estás los bastante bien vestido para ser un reportero.

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El acento de Quister era algo nuevo para Gruber, pero no creía que fuera a darle problemas para entender las palabras del pirata. Gruber esperó pacientemente mientras el pirata le miraba con los ojos entrecerrados. Por último, Quister le miró directamente a los ojos.

–Tu jeta no me suena de nada. Seguro que no eres alguien al que alguna vez he amenazado, ¿eh? Has venido para reírte del león enjaulado, ¿verdad?

Gruber meneó la cabeza.

–Me llamo Oskar Gruber, señor Quister. He venido aquí para hacerle unas cuantas preguntas acerca de una nave.

La carcajada de Quister resonó por toda la habitación.

–¿Una nave? Por supuesto, jefe, entre en mi concesionario y le mostraré lo último y lo mejor que tengo a la venta. La última vez que me fijé, este sitio era una prisión y no un astillero.

Gruber no se dejó amilanar por las burlas de Quister.

–Estoy aquí por una nave en concreto. Una Cutlass llamada Outbound Light.

–Nunca he oído hablar de ella.

Gruber sonrió.

–No esperaba que lo hubiera hecho. Pero aun así, creo que usted conoce esa nave. Mis investigaciones indican que hubo una vez en que usted fue su propietario. Me han encargado que averigüe la historia de esa nave. Por eso quiero preguntarle sobre ella –Gruber se sentía muy orgulloso de sí mismo por esa última frase; de esa forma el pirata creería que tenía a alguien importante avalándole.

En el rostro del pirata apareció una expresión astuta mientras consideraba las palabras de Gruber.

–¿Así que encargado, eh? Me pregunto quién podría sentir tanto interés por el pasado de un humilde empresario como yo.

Gruber irguió la postura y le devolvió la mirada a Quister.

–La incógnita es la nave; un vehículo de exploración que fue hallado a la deriva. Su historia deja claro que estuvo una vez en sus manos. Por eso estoy aquí.

–Bueno, pues parece que has perdido un estabilizador, chavalote. Primero has dicho una Cutlass, ahora dices una nave de exploración. ¿Por cuál de esas naves quieres preguntarme?

Gruber titubeó.

–Una Cutlass. Una con un fuselaje redondeado. La nave en la que creo que usted fue capturado.

Quister movió la silla y se sentó en ella delante de Gruber.

–Vaya, vaya. Esa sí que es una pregunta interesante –Quister miró a los dos guardias que había en la sala–. Caballeros, ¿sería posible que me concedieran a mí y al señor Gruber un poco de privacidad?

Sin decir una palabra, los dos guardias salieron de la habitación. Gruber notó un repentino peso en el estómago cuando oyó el ruido que hacía la cerradura de la puerta al sellarse. Quister lo miró y sonrío.

–Antes de que empecemos, señor Gruber, permítame explicarle un poco acerca de la situación en la que se encuentra –Quister hizo un gesto hacia la habitación–. Podría decirse que ésta una instalación de Su Majestad Imperial sólo en nombre –la sonrisa desapareció del rostro de Quister–. Pero créame, a todos los efectos, yo soy quién está al cargo de este lugar.

Gruber se sintió de repente muy, muy atemorizado.

–Así que ahora me estoy preguntando por qué un hombre solo ha venido para hacerme preguntas –prosiguió Quister–. Sobre todo sabiendo que no soy la primera persona a la que usted le ha estado haciendo estas preguntas. Porque no ha ce mucho, vino por aquí un tipejo de la Fiscalía que me interrumpió el día con sus preguntas. A pesar de los estúpidos que son, a esos perros se les podría ocurrir enviarme a otro tipejo para seguir intentándolo

Gruber miró fijamente a Quister.

–Ese no es el caso. No formo parte de la Fiscalía. No tengo nada que ver con ellos. Estoy tratando de conocer la historia de una nave. Una nave que sé que usted poseyó en el pasado. No he venido aquí para acusarle de nada, o conseguir pruebas, ni nada parecido. Lo único que me interesa es la nave. Quiero averiguar de dónde procede y creo que usted podría contármelo. Eso es todo.

Quister volvió a mirar a Gruber con los ojos entrecerrados.

–Ajá. Pero los de la Fiscalía no son los únicos que me ponen de los nervios. ¿Cómo puedo saber quién está detrás de ti? Habría que ser un necio redomado para venir aquí sólo para hacerme preguntas sobre una vieja nave.

Los temores de Gruber desaparecieron; había oído ese mismo tono en boca del personal de recuperación, de Stark y de Michaels.

–¡No soy ningún necio redomado! ¡Sólo quiero saber más cosas sobre la nave! ¡Usted fue su propietario, por lo que tiene que saber algo sobre su procedencia, y he venido a esta maldita estación para preguntárselo!

Gruber se dio cuenta de repente de lo que acaba de decir, y tuvo la desagradable sensación de que acababa de pasarse de la raya. Quister era un pirata; según todos los informes, uno bastante despiadado. Y Gruber se acordó de que había quedado bien claro que los guardias no estaban aquí para protegerle. Pero Quister se recostó en la silla y soltó una risotada.

–¡Vaya, primero tímido como un gatito, y de repente el gatito enseña las garras! –siguió riendo alegremente y miró a Gruber–. No vas a parar de preguntarme sobre la nave. No, me atrevería a decir que no trabajas para la Fiscalía. Eres demasiado directo para ser uno de esos piojosos. La verdad es que me recuerdas a mí cuando era más joven –Quister rió una vez más y luego preguntó–. ¿Así que no tienes ni idea de quién es Zara Vencia?

Gruber se sintió sumamente confundido y su expresión lo dejaba bien claro cuando contestó:

–¿Quién?

–Nunca te dediques a las apuestas, chaval. Serías malísimo; apuesto a que no serías capaz de mentir ni para salvar tu pellejo –Quister meneó la cabeza–. Ya te lo contaré más tarde. Pero ahora… –Quister se reclinó en su silla y soltó un grito hacia la puerta–. ¡Hey! Sed buenos mozos y traed un poco de café para mí y mi invitado. Me atrevería a decir que al señor Gruber le irían bien una o dos tazas.

Gruber empezaba a estar muy nervioso.

–Sí, eso estaría bien.
* * *

–Hace falta tener agallas para entrar aquí por las buenas y molestar al león en su guardia, chaval – dijo Quister mientras tomaba un sorbo de una taza humeante de café–. ¿Pero qué es todo eso de una nave de exploración? ¿Qué le hicieron a mi nave?

Gruber explicó las circunstancias en las que se había producido la recuperación de la Outbound Light y lo que habían encontrado en su interior. Quister dejó su taza sobre la mesa y asintió lentamente.

–Bueno, si el maldito bastardo no estuviera ya muerto, yo mismo lo arrojaría al espacio por haber arruinado esa nave.

Quister se quedó mirando la pirata con curiosidad.

–No le entiendo.

Quister volvió a soltar una sonora carcajada.

–Esa Cutlass era una nave de guerra, chaval. Toda una nave para el combate en primera línea. Oh, tal vez no tuviera el glamur que tanto les gusta a los pilotos de caza, y no estaba pensada para encajar los daños como si fuera un Bengal, pero seguía siendo una nave de guerra. Rápida, maniobrable y armada hasta los dientes. Nacida para el combate; cuando crearon la Cutlass, la diseñaron como si fuera un verdadero alfanje, la mejor nave de incursión ligera que jamás ha surcado el espacio – Quister se rió entre dientes–. Aunque estoy seguro de que esos hijos de perra de la Fiscalía le quitaron las garras cuando me la arrebataron.

Gruber hizo un gesto de asentimiento.

–A la nave le quitaron todo lo útil cuando la vendieron en el almacén municipal. Creo que esa es la razón por la que Zharkov la reconstruyó como un explorador. Pero no pude encontrar ningún registro de antes de que acabara en manos de la Fiscalía.

Quister resopló.

–Pues claro que no pudiste. No me insultes ahora, chaval, no después de que hayamos tenido esta presentación tan agradable. Síguele el rastro a mi nave, por favor. Estás mal de la cabeza si te piensas que podrás averiguar tan fácilmente la historia de la nave de Redjack Quister – los ojos de Quister parecían estar contemplando alguna escena lejana–. Sí, los registros y los nombres van y vienen. Los cambiábamos con frecuencia. No podíamos permitir que los tipejos de la Fiscalía nos echaran el guante. Pero cuando yo estaba volando con los Dragoons, esa nave era siempre la Dancing Girl. Si la hubieras visto venir bailando a por ti, habrías salido huyendo a toda velocidad.

Gruber se inclinó hacia adelante, completamente fascinado.

–Cuénteme más cosas sobre la nave.

Quister se echó a reír.

–Bueno, en esos días, el gobernador Smott estaba al cargo en nuestro sistema. Aunque había sido designado directamente por la UEE para ese puesto, no era un mal tipo. Era un amigo de verdad de la gente común. Entendía cómo funcionaban las cosas en nuestro rinconcito de la frontera. Bah, allí un hombre tenía que sacrificar todo lo que tenía sólo para mantener el cuerpo y el alma juntos. El gobernador Smott no contaba con fuerzas militares para mantener el orden. Dependía de la ayuda de buenos ciudadanos emprendedores como yo mismo. Lo hacíamos todo de forma perfectamente legal. Siempre que Smott fuera recibiendo su parte, evidentemente. Corsarios, así nos llamaban. Teníamos una pequeña base de operaciones bien bonita y nuestra propia flotilla privada.

Quister se rió para sus adentros.

–En esos días no había nadie de la Fiscalía por esos pagos. Nosotros éramos los únicos que manteníamos la ley y el orden. Podría decirse que nos encargábamos de cuidar nuestro sistema. Y si algún cargamento acababa dentro de nuestra bodega, bueno, al fin y al cabo eso no se diferenciaba mucho de las malditas tasas de la UEE. Con la Dancing Girl, en la mayoría de los casos en los que oíamos alguna queja bastaba con que le dieran una mirada. Y para quienes seguían quejándose… bueno, la nave disponía de otros medios para ponerles fin – Quister esbozó una sonrisa–. Un escuadrón de Cutlass viniendo directo a por ti es una visión que no te gustaría ver, chaval, pero si lo haces, recuerda las palabras del viejo Redjack: apaga los motores y dales todo lo que quieran.

Gruber palideció.

–Bueno… espero no verme jamás en esa situación. Pero le aseguro que seguiré su consejo. ¿Me ha dicho que ustedes tenían un escuadrón entero de naves como la suya?

Quister le dirigió una mirada sagaz.

–Oh, teníamos una escuadrilla entera de Cutlass. Como ya te he dicho, es el mejor incursor ligero jamás construido. Pero en respuestas a tus palabras exactas… no. No, la Dancing Girl era única en su clase. Una Cutlass sin lugar a dudas, pero un poquito diferente a las demás. Las piezas de repuestos eran bastante difíciles de encontrar. Por suerte para mi, teníamos con nosotros a una mecánico de primera. A decir verdad, era todo un genio. Verás, chaval, la mayoría de los que pasaban por el sistema con frecuencia sabían cómo funcionaban las cosas. Apagabas tus motores, nos dejabas subir a bordo, cogíamos nuestra parte y todo el mundo proseguía su viaje sano y salvo.

Quister hizo una pausa, y luego prosiguió:

–Pero había algunos a los que no les gustaba mucho cómo se hacían las cosas allí. Esos capullos intentaban huir o, si eran realmente estúpidos, resistir y luchar. Entonces teníamos que darnos prisa, agujerear el casco y abordar la nave. Ver una Cutlass engancharse a una nave y abrirle un agujero en el fuselaje es todo un espectáculo. A continuación venía el combate mano a mano dentro de la nave. Y créeme cuando te digo que no nos llamábamos los Redjack’s Dragoons sólo porque nos parecía que el nombre sonaba bien. Lo mejor de esa nave era que podía bailar a través de cualquier cosa que dispararas contra ella, con la bodega llena de un equipo formado por los mejores camaradas que pudieras pedir. Pero ni tan siquiera la mejor bailarina del verso es capaz de esquivarlo todo. Parchearla tras el combate era toda una pesadilla. Ninguna pieza parecía encajar bien. Pero Cassie, esa mecánica que tal vez te acuerdes que he mencionado, era capaz de hacerla funcionar para nosotros – por un breve momento, la mirada de Quister pareció expresar añoranza, pero luego su rostro se endureció–. Al menos hasta que esos cabrones la reventaron a base de bien.

–¿Qué quiere decir? ¿Qué sucedió?

La expresión de Quister ahora indicaba mofa.

–Los tiempos cambian, chaval; nada puede impedir eso. El gobernador Smott fue destinado a otro sistema. Y el maldito gobierno nos impuso a otro tipo, Ferrer, que era un maldito diablo. Un enemigo jurado de la libre empresa. No le importaba en lo más mínimo el acuerdo al que habíamos llegado con Smott. Nos dijo que debíamos deponer las armas y dejar que otros se encargaran de mantener el orden. Y esos otros iban a ser sus hombres, quienes sabían mejor que nosotros cómo teníamos que vivir nuestras vidas. Bueno, pues nosotros éramos hombres de fuerte espíritu, y no íbamos a aceptar nada de todos esos disparates. Por lo que Ferrer va y llama a la Fiscalía y nos echa a esos perros encima. Así que de repente nos encontramos en la situación de lo que había sido perfectamente legal el día antes ahora lo era “piratería”. Hipócritas de mierda.

Quister tomó otro trago de café antes de continuar.

–Nos hicimos un poco más móviles. Se pasaron un año y tres cuartos tras nosotros, sin sacar a cambio nada más que unos cuantos Fiscales acribillados y un gobernador cada vez más cabreado. Creo que pasamos a ser su obsesión particular. Por lo que he oído, las noticias sobre nuestras pequeñas andanzas empezaron a extenderse fuera de nuestro sistema. Nos convertimos en una deshonra para el honrado y honorable gobernador Ferrer. Tal vez nuestras operaciones ya no eran tan fáciles como cuando Smotts estaba al cargo, pero teníamos la suficientemente práctica en nuestro trabajo como para siguieran siendo relativamente fáciles. Siempre había riesgo, evidentemente – Quister le dirigió una sonrisa a Gruber – pero correr riesgos es lo que hace que un hombre se sienta vivo, ¿verdad?

Gruber no estaba seguro de cómo responder a eso. Se limitó a asentir y esperó que eso fuera la reacción correcta. Aparentemente, lo era.

–Ah, sí, peligro y emociones. En busca de fortuna y gloria. Eso es lo que los muchachos siempre querían. Yo le decía: quedaos con vuestra gloria, yo pillaré sólo la fortuna. Ah, sí, la fortuna lo solucionaba todo. Pero un montón de todo ese dinero se iba a la Dancing Girl. Ya era una buena nave desde el principio, pero cuando le puse los ojos encima todavía no encajaba del todo con mis gustos. Con la ayuda de un poco de dinero, piezas de nave recuperadas y la pericia de Cassie, la hicimos mejor – Quister meneó la cabeza al recordar–. Los condenados idiotas le habían instalado unos motores enormes. La potencia de aceleración está muy bien, pero no estábamos en una carrera con una línea de meta. Sólo hacía falta que fuera lo bastante rápida para escapar con la carga y quitarnos de encima a los de la Fiscalía. Eso era todo lo que yo necesitaba de ella. Pero nunca, ni antes ni después de tenerla, he vuelto a ver una nave que fuera capaz de maniobrar como ella. Cassie hizo un trabajo condenadamente bueno al modificar a la vieja dama.

En la mirada de Quister asomó un brillo perverso.

–Y puede que le instaláramos también unas cuantas armas. Al fin y al cabo, es la naturaleza humana. Al hombre le gusta luchar. Siempre habrá alguien que al verte le entrarán ganas de apiolarte – Quister volvió a sonreírle a Gruber–. Chavalote, te asombrarías de ver lo rápido que se les van esas ganas cuando tienen una batería de impulsores de masa apuntando a sus motores – Quister alargó el brazo e hizo girar la taza de café sobre el escritorio que les separaba–. Pues sí, al final la Dancing Girl tenía tan buen aspecto que el mismísimo Gran Almirante se sentiría orgulloso de tener esa nave. Rápida, elegante, tan grácil como un tigre y el doble de mortífera. Me atrevería a decir que sin esa nave jamás habríamos podido fastidiar al gobernador tanto como lo hicimos.

Quister clavó la mirada en su taza vacía.

–Y entonces Cassie se puso enferma. La enfermedad de Melroon, de la que probablemente tú nunca has oído hablar, y alégrate si nunca vuelves a hacerlo. Pobre chiquilla; es una forma horrible de morir. Pero era la única persona que teníamos capaz de hacer que la Dancing Girl siguiera bailando, por lo que hicimos correr la noticia de que buscábamos a un nuevo mecánico. Ese bastardo estuvo ocho meses con nosotros, trabajando en las naves, recibiendo su parte como si fuera uno más de los muchachos. Y entonces, un día, nos dirigimos a ayudar a un convoy a redistribuir parte de su cargamento, por así decirlo. No llevábamos allí más de veinte minutos, cuando una patrulla de la Fiscalía aparece como si tal cosa. Bueno, por lo que a nosotros respectaba, nuestro trabajo allí había terminado, por lo que nos dispusimos a salir pitando – el rostro de Quister enrojeció de furia al recordar el incidente–. Y fue entonces cuando las cargas detonaron. El motor cuántico quedó hecho cisco, los propulsores muertos. Los escudos se apagaron y yo tuve que quedarme sentado viendo cómo esos cabrones de la Fiscalía iban viniendo como si fueran la puta Armada. Siempre van de decorosos y remilgados, pero en esta ocasión reventaron la puerta de la carlinga y gasearon la nave.

–¿El mecánico era un espía de la Fiscalía?

Quister soltó una carcajada.

–Pues claro que no. De haberlo sido, habríamos acabado averiguándolo. Son unos tipos demasiado envarados; no podrías conseguir que uno de ellos se relajara ni aunque se lo ordenaras. Ese mecánico era todo un fullero. Trabajaba para una cazarrecompensas llamada Zara Vencia. Por eso te pregunté antes si la conocías. Esa cazarrecompensas tiene hielo en las venas y un corazón de piedra; no hay ni una migaja de compasión en ella. No es una persona con la que quieras estar a malas; es una auténtica perra de caza que jamás olvida una ofensa y nunca rechaza una posible recompensa. A lo mejor estás pensando que todo esto nos es más que “viejas historias” – dijo Quister–, pero cuando esos perros me pusieron las manos encima, la recompensa que daban por mí era una bonita suma – sonrió a Gruber–. Seguro que un investigador como tú podría averiguarlo. Pero ella no estaba en esto por el dinero. Ni siquiera asistió a mi juicio, y eso que la llamaron “una amiga del Estado”, para testificar contra mí. Me contaron que la tía había exigido que me arrojaran al espacio, así por las buenas, y ahorrarle a los buenos contribuyentes el coste de mi encarcelamiento. Era una auténtica zorra, pero es una cazarrecompensas y tenía sus razones.

–Pero usted acabó aquí. Éste no es ni tan siquiera el sistema en el que usted vivía.

Quister levantó los brazos magnánimamente.

–En toda mi gloria. Cosas divertidas de la vida. El espacio es para los jóvenes. Aquí estoy ahora, el gallo más grande de mi pequeño reino, alcaide y gobernador a la vez. Evidentemente, algunas veces tengo que disfrutar de ciertas diversiones en mi tiempo privado – dijo Quister mientras le dirigía una mirada de complicidad a Gruber – pero, ¿qué político digno de tal nombre no tiene que presidir alguna que otra reunión de comité? Siempre es bueno tener amigos, señor Gruber. La vida da muchas vueltas. Siempre aparece una mano dispuesta a ayudar a otra, por así decirlo. ¿Podrías creerte que el supervisor imperial para ese planeta que ves ahí fuera es nada más y nada menos que mi viejo amigo Jebediah Smott? – Quister sonrió para sí mismo–. Tiene gracia cómo salen las cosas.

–Parece habérselas apañado bien, señor – dijo Gruber mirando a su alrededor, tratando de pensar en algo–. El café es excelente.

–Cierto, y a mi corazón le sienta bien ver que los jóvenes de hoy en día son tan educados. Pero sigues queriendo saber más cosas sobre mi nave, ¿verdad? ¿O debería llamarla tu nave?

–Eh, bueno, sí que lo es – tartamudeó Gruber–. Querría saber más cosas sobre ella y, bueno, técnicamente, yo la compré, por lo que legalmente, bueno, quiero decir que, técnicamente, yo…

Quister soltó una carcajada ante la obvia incomodidad de Gruber.

–No te inquietes, chaval. Las naves cambian de propietario, de la misma forma que los niños crecen. Mi Dancing Girl murió el día que la Fiscalía me la arrebató. Y que me aspen si pongo el pie en el interior de alguna parodia desarmada de lo que era.

–Ah, sí, bueno. Gracias. Supongo – Gruber se quedó mirando al viejo pirata que tenía sentado delante suyo–. Cuando usted iba en ella, ¿llegó a encontrar alguna cosa, digamos, inusual?

–No estoy seguro de lo que quieres decir con algo inusual. Era una nave de especificaciones personalizadas, de eso estoy seguro, pero en lo que a sus componentes respecta, no había nada extraordinario en ellos.

–¿Especificaciones personalizadas? ¿Se refiere a que usted mandó construirla?

Quister pareció atónito por un instante, y luego volvió a estallar en carcajadas.

–¿Yo, un pobretón sin blanca cuando empecé, mandando fabricar una nave? A vosotros los jóvenes se os ocurren una ideas muy raras, chaval. No, sólo mirándola, estaba claro que había sido fabricada con especificaciones personalizadas. Pero yo no fui quien lo hizo. Cassie, que era más lista que el hambre, ni tan siquiera sabía dónde pudieron haberla construido. Demonios, ni tan siquiera el bastardo traidor que Vencia nos coló lo mencionó jamás. Y el también sabía lo suyo de naves; probablemente ese cabrón entendía mejor la Dancing Girl que la propia Cassie, a la que Dios tenga en su gloria.

Gruber se aferró a ese fragmento de información.

–¿Dice que entendía la nave? ¿Podría ser que hubiera trabajado con ella antes?

Quister asintió.

–Podría ser. Te diría que fueras a preguntárselo, pero parece ser que cogió su paga y la invirtió en el tráfico de drogas. Lo acabó pillando la Fiscalía y lo condenaron a diez años en una prisión imperial. No llevaba ni un día allí y se cayó por las escaleras. Justo encima de un cuchillo – la expresión de Quister se endureció–. Seis veces.

Gruber palideció.

–Así que no podrá contarme nada sobre la nave.

Quister esbozó una sonrisa.

–Eres tozudo como el que más. Sin importar lo asustado que estés. Podríamos haber hecho de ti un buen corsario.

–Bueno, ¿podría en ese caso contarme cómo obtuvo esa nave? ¿A quién se la compró, o por lo menos el nombre que tenía antes la nave?

–¿Comprarla? Oye, chaval, ¿te piensas que me compré una nave? Ya te he contado lo difícil que era entonces conseguir lo suficiente para comer. Los pobres cabrones como yo no podíamos permitirnos el lujo de comida de verdad, sólo teníamos proteínas, ¿y te piensas que me compré una nave?

–Bueno, entonces usted tiene que haberla rob… liberado. Con lo que tienen que haber registros de eso. Informes de la Fiscalía, tal vez reclamaciones al seguro. Registros de dónde estaba atracada, lo que sea. Si usted pudiera darme el nombre que tenía la nave y el sistema en que estaba… ¿Era el mismo sistema en el que usted actuaba? Yo podría seguir ese rastro.

–Eres clavadito a un perro con un hueso. Y eso me parece digno de respeto, chaval. Pues claro que puedo darte el nombre que tenia la nave. Cuando me apropié de ella, se llamaba la Glorious Reach. Me pareció entonces un nombre rematadamente estúpido, y creo que los años no me han hecho cambiar de idea. Tan pronto como la vi me di cuenta de todo su potencial desperdiciado. Habían hecho con ella lo mismo que el tipo que me has dicho que la convirtió en un explorador; consiguieron un arma excelente y le embotaron el filo.

Gruber empezó a emocionarse.

–¿La Glorious Reach? ¿En qué sistema estaba.

–Bueno, cuando me fijé en ella por primera vez, podría decirse que yo estaba un poco lejos de casa. La nave estaba atracada en Borea, en el sistema Magnus.

Las esperanzas de Gruber se desplomaron.

–Allí es donde la Drake tiene su sede central. Tratar de rastrear una Cutlass en concreto… de entre todas las que hay allí…

La expresión de Quister era sombría, pero había un brillo malicioso en su mirada.

–Pues sí, chavalote, tienes una tarea monumental ante ti. Todo lo que puedo decirte es el nombre que tenía la nave; los números de registro no eran algo que pudiera decirse que yo tenía dentro de mis prioridades en esa época. Tratar de encontrar una Cutlass en concreto en medio de todo ese berenjenal va a ser como tratar de encontrar una estrella a simple vista en medio de una nebulosa.

Gruber meneó la cabeza.

–Fácil o difícil, puedo hacerlo. Tal vez me lleve algún tiempo, pero ahora que tengo un nombre, puedo seguir a partir de ahí.

–Espero que puedas, chaval, espero que puedas. Pero ya que tienes el nombre de la nave, ¿no te resultaría un poco más sencillo si supieras también el nombre del propietario?

–¿El propietario? ¿Sabe quién era su propietario?

–Pues claro que lo sé. Déjame que te diga, chaval, que nunca tienes que robar algo sin saber antes a quién estás robando. Hacer lo contrario es una mala idea que te puede acabar pasando factura en el futuro.

Gruber miró al pirata sin poder contener su impaciencia.

–Bueno, ¿pues quién era?

El viejo pirata se echó a reír.

–Era esa maldita cazarrecompensas, Zara Vencia. Maté a su compañero y le robé la nave – Redjack Quister le hizo un guiñó a Gruber–. ¿Por qué te pensabas que ella tenía tantas ganas de atraparme?

 

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