Perdido y encontrado de Charles Duncan (Star Citizen) – Capítulo 4 final

PERDIDO Y ENCONTRADO UNA HISTORIA DE STAR CITIZEN ESCRITA POR CHARLES DUNCAN PARA STAR CITIZEN- CAPÍTULO 4 FINAL

Este relato es una traducción realizada en la web ciudadano estelar de una historia publicada en cuatro partes y escrita por Charles Duncan. Está basada en el universo de Star Citizen. ¡Disfrutadlo!

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Oskar Gruber siguió el consejo de Zara Vencia. Puesto que de todas formas él ya se encontraba en Borea, ponerse en contacto con la Drake Interplanetary sería el siguiente paso lógico para seguir el rastro de la historia de su nave. Incluso con el nombre y el número de registro proporcionados por la cazarrecompensas, estaba resultando ser una tarea difícil. Oskar había empezado poniéndose en contacto por voz con las oficinas corporativas, y luego enviándoles mensajes. Al principio se habían mostrado muy educados, pero se negaron tajantemente a proporcionarle ninguna información concerniente a la venta de ninguna nave. Oskar empezó a subir por la jerarquía de la corporación, donde la gente con la que habló empezó a mostrarse mucho menos educada pero igual de poco serviciales. Por último, había tomado la decisión de visitar en persona las oficinas de la Drake. Le habían recibido con bastante educación, pero en menos de una hora ya había quedado bastante claro por parte del personal que Gruber podía optar por abandonar voluntariamente el recinto del edificio, o dejar que le expulsaran por la fuerza.

Su tensa caminata de regreso al hangar reflejaba la frustración que sentía. Había llegado tan lejos, pensaba, para acabar atascado aquí. En algún lugar dentro de los ordenadores de la Drake, tenían que haber registros de las transacciones. Algo que mostrara de dónde procedía la nave. Incluso aunque la Drake no quisiera admitirlo, tenían que conservar algún tipo de rastro indicando la procedencia de la nave. Gruber empezó a urdir planes: piratear el sistema de ordenadores de la Drake, colarse por la noche en las oficinas de la corporación, infiltrarse en el personal… Cada uno de estos planes era tan irrealizable como el que se le había ocurrido antes. Incluso aunque poseyera las habilidades necesarias para llevarlos a cabo, las cuales no poseía, lo más probable era que terminaran encerrándolo en la cárcel, o algo peor. El planeta Borea albergaba la sede corporativa de la Drake Interplanetary, y la influencia de la compañía sobrepasaba cualquier plan que Gruber fuera capaz de concebir. No estaba seguro de qué era lo que podía hacer ahora; su dinero para las tasas de hangar no duraría para siempre. Mientras regresaba a su nave, se quedó sumido en sus pensamientos, tratando de concebir algún plan practicable. Casi había cerrado la rampa de la bodega de carga cuando se dio cuenta de que no estaba solo en la bodega.

Dos hombres le aguardaban flanqueando a un tercero sentado en la silla del puesto de trabajo de Gruber. Los individuos que estaban de pie tenían todo el aspecto de matones endurecidos; Gruber se preguntó cómo habían logrado hacer pasar sus inmensos cuerpos por la estrecha rampa de carga. El tercer hombre era mucho más pequeño, con un aspecto pulcro e impecable, y vestía un traje de ejecutivo de excelente corte.

–Ah, señor Gruber, me preguntaba cuándo llegaría. Por favor… –le saludó haciendo un gesto hacia uno de los asientos plegables que estaban abiertos–… tome asiento.

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El tono de su voz era agradable y sonreía mientras hablaba.

–¿Quienes son ustedes? –dijo Gruber cuando se recuperó de la sorpresa–. ¿Y por qué están en mi nave?

El rostro del hombre no perdió la sonrisa ni un instante, pero cualquier rastro de amabilidad desapareció del tono de su voz.

–Siéntese, señor Gruber.

Uno de los dos matones que estaban de pie a su lado se puso en tensión de forma claramente visible. Gruber se percató de que aferraba una enorme pistola en una de sus manazas. El matón clavó su mirada en Gruber, pero no hizo ningún gesto de alzar su arma. No le hacía ninguna falta. Gruber recordó repentinamente su visita a la prisión de Lorona. Decidió sentarse.

–Señor Gruber –dijo el hombre, el tono de amabilidad regresando a su voz–. Soy el señor Reinhart –hizo un gesto hacia los hombres que le acompañaban–. Estos son mis socios. Somos empleados de la Drake Interplanetary. Hay ciertos asuntos que consideramos que es necesario discutir con usted. ¿Dispone usted de tiempo suficiente para que hablemos de ellos?

Gruber estaba pálido, pero hizo un gesto de asentimiento.

–Excelente. Verá, señor Gruber, represento a una parte interesada que ha tenido conocimiento, recientemente, de que usted ha estado realizando investigaciones respecto a una nave. Una nave concreta. Esto ha causado cierto nivel de preocupación, ya que la persona para la que trabajo es un miembro respetable de la comunidad y no tiene ningún deseo de verse relacionada con los escándalos de piratas y cazarrecompensas. Mis funciones incluyen asegurarme de que algo así no suceda. Puesto que usted se ha mostrado tan diligente a la hora de formular preguntas, estoy seguro de que no le importará responder a unas algunas mías. Preguntas como, ¿por qué está usted tan interesado en el propietario de una nave llamada la Pride of Kingsport?

Gruber se puso en tensión.

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–Sólo he estado tratando de rastrear el historial de propietarios de una nave. He encontrado algunas… anormalidades en ella. Creo que ése puede haber sido el nombre original de la nave. Le puedo asegurar que no se trata de nada que pueda justificar su intrusión en mi nave y sus amenazas.

–Oh, señor Gruber –dijo Reinhart–, nadie le está amenazando. Todavía –su sonrisa se volvió más amplia–. En ese caso, ¿sería usted tan amable de explicarme lo que sabe del medallón?

–¿Qué medallón? No sé nada de un medallón.

–Ah, señor Gruber, mentir no es una de sus cualidades. De la misma manera que usted ha realizado sus investigaciones, yo he hecho las mías. La señora Vencia me dijo que usted estaba haciendo un trabajo admirable tratando de averiguar a quién pertenecía el medallón.

–¿Por qué razón –tartamudeó Gruber –iba ella a contarle nada sobre eso?

–Porque es una cazarrecompensas, señor Gruber. Y a los cazarrecompensas se les paga.

Gruber suspiró a la vez que sentía que todo el espíritu de lucha le abandonaba. Sabía que estaba completamente superado. Cuando fue a Lorona, se había sentido como si estuviera hundiéndose bajo las aguas. Ahora empezaba a sentir que estaba tocando el fondo marítimo.

–Está en el segundo cajón a su derecha.

–Excelente –dijo Gruber alargando la mano para abrir el cajón. Sacó de su interior la caja que contenía el medallón y la abrió. Hizo una breve pero exhaustiva inspección de su interior. Luego, para sorpresa de Gruber, Reinhart cogió el medallón y lo sostuvo delante del mobiGlass que llevaba en la muñeca.

–Sí, éste es –hizo una breve pausa–. Sí, creo que es el auténtico –Gruber comprendió que Reinhart estava manteniendo una conversación con alguien a través del mobiGlas, pero no podía oír lo que estaba diciendo el otro interlocutor. Vio que la expresión de Reinhart pasaba a ser una de sorpresa –Sí, puedo encargame de eso. ¿Seguro que es lo que quiere que se haga? … Muy bien, entonces. Veré lo que dice –Reinhart se inclinó hacia Gruber y le entregó la caja y el medallón.

–Señor Gruber, si pudiera hacernos el favor de dedicarnos unas cuantas horas de su tiempo, el propietario de ese medallón desearía de todo corazón hablar con usted.

Todo lo que Gruber pudo ofrecer como respuesta fue un gesto de asentimiento con la boca abierta.

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Oskar fue escoltado por Reinhart y sus socios hasta un complejo de apartamentos muy lujoso situado en un barrio muy exclusivo de la capital de Borea. Gruber pasó la mayor parte del corto viaje en completo silencio. El agudo miedo que había sentido en la bodega de carga de la Outbound Light se había desvanecido; a decir verdad, no le habían amenazado en ningún momento y los hombres que le escoltaban se habían mostrado siempre educados, aunque también distantes. Mientras el ascensor los subía hasta el piso superior, Gruber no sabía qué esperar. Cuando se abrieron las puertas, encontró al otro lado un vestíbulo que parecía tan grande como la propia Outbound Light. Reinhart le señaló un par de grandes puertas.

–Si fuera tan amable de acompañarme…

Los dos matones se quedaron esperando en el vestíbulo mientras Gruber y Reinhart pasaban a una segunda sala tan grande como la primera. El centro de la sala estaba dominado por una inmensa cama. En ella descansaba una mujer. Gruber pensó inicialmente que la mujer era una anciana; tenía un aspecto avejentado y frágil. No estaba seguro de si estaba despierta o dormida. Luego vio que la cama estaba rodeada de aparatos médicos. Estaban dispuestos con suma discreción y elegancia, pero seguían estando presentes. Mientras tanto él como Reinhart se acercaban a la cama, la anciana abrió los ojos. Por muy frágil que pudiera parecer su cuerpo, su mirada era aguda y penetrante. La cazarrecompensas Vencia habría sentido envidia. La voz de la anciana también indicaba vigor, pues resonó por toda la habitación mientras ellos se acercaban.

–Bueno, George, ¿es éste el joven del que me hablaste?

–Sí, señora. Ha pasado por los escáneres, no lleva armas.

La anciana miró detenidamente a Gruber y luego desvió su mirada hacia Reinhart.

–No es como esperaba –dijo, tras lo cual volvió a centrar su atención en Gruber –Espero que no le hayan asustado demasiado, joven. George –añadió mirando de soslayo a Reinhart –puede ser algunas veces un poco sobreprotector. Se preocupa micho por mi salud. Espero que haya tenido un viaje agradable.

–Eh, sí, señora –contestó Gruber–. Muy agradable.

–Me alegra oír eso –la anciana volvió a dirigirse a Reinhart–. En ese caso, George, te agradecería muchísimo que nos concedieras un poco de tiempo a solas para que pudiéramos charlar en privado.

–¿Cómo dice, señora? No estoy seguro de que sea una buena idea.

La anciana interrumpió a George con un gesto.

–Puf. Déjanos solos. Está desarmado, como tú mismo ya has dicho, y me extrañaría mucho que este joven haya recorrido todo su camino sólo para venir a asesinarme –hizo una pausa, durante la cual miró fijamente a George–. Y aunque ese fuera el caso, tampoco es que fuera a cambiar mucho las cosas. Ahora, vete.

Para asombro de Gruber, Reinhart se limitó a asentir y marcharse, cerrando las puertas tras él.

–Oh, no ponga esa cara de sorpresa. Es bastante bueno en su trabajo y se preocupa incluso cuando no es necesario, pero sabe hacer lo que se le ordena. No me extrañaría que se hubiera mostrado un poco agresivo cuando usted le conoció por primera vez, pero no debería tenérselo en cuenta. Es una persona que me es muy querida y que se preocupa enormemente por mi seguridad. Hace unos cuantos años se formularon algunas amenazas, y George tiene una tendencia a no olvidarse de cosas como esas. Personalmente, creo que está reaccionando de forma un poco exagerada. Usted no ha venido aquí para asesinarme, ¿verdad, Oskar? ¿Le parece bien que le llame Oskar?

–Eh, sí, señora. Es decir, no. Quiero decir que sí, usted puede llamarme Oskar. Y no, no estoy aquí para… asesinarla.

Ella le miró con impaciencia.

–Pues en ese caso, siéntese, por el amor del cielo. Ya es suficiente con tener a George y sus matones dando vueltas por aquí todo el rato. No permitiré que usted haga lo mismo.

Gruber hizo lo que le habían ordenado. Cogió una silla de uno de los rincones de la sala y la acercó a la cama. Mientras se sentaba en ella, se maravilló ante la presencia de ánimo de la anciana. Sólo podía imaginarse cómo podía haber sido su carácter cuando era joven.

–Y ahora –dijo la anciana–… ¿tiene usted alguna idea de quién soy?

–Por supuesto. Quiero decir que usted es la propietaria del medallón y… bueno, aparte de eso… no; no tengo ni idea de quién es usted.

–Me llamo Irena Marqet.

Los ojos de Gruber se abrieron de par en par.

–¿La doctora Marqet. La conozco. Quiero decir que conozco su nombre. Usted es una de las personas que fundó Drake Interplanetary.

La anciana empezó a reír y esbozó una sonrisa.

–Es cierto. También soy una de las personas que construyó esa nave con la que usted ha estado molestando a todo el mundo.

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La siguiente hora consistió en un interrogatorio al que la doctora Marqet sometió a Gruber, quien renunció a cualquier intento de hacerle alguna pregunta. Gruber le contó lo sucedido en la operación de recuperación de la nave y su hallazgo del medallón. La doctora Marqet le escuchó atentamente mientras Gruber le contaba su visita a Quister en prisión, y a Gruber le pareció vislumbrar lágrimas asomando en los ojos de la anciana cuando le habló acerca de Zara y Drago.

–Esa es toda una historia, Oskar –le dijo al final, meneando la cabeza–. ¿Quién podría pensar que una nave pudiera pasar por todo eso?

–Sí, señora. Pero, doctora Marqet, si no le importa que le pregunte…

–Quieres saber por qué puse el medallón en la nave, ¿verdad?

Gruber enrojeció de vergüenza.

–Pues… sí.

–¿Qué es lo que sabes sobre la historia de la Drake Interplanetary?

–Bueno, sé que su popularidad viene de la venta de naves como la Cutlass. Y que se han ganado cierta… fama… por el tipo de naves que fabrican.

–Supongo que eso es bastante cierto. Esos horribles anuncios que veo en todas partes. Si me lo preguntas, me parecen tremendamente horteras, pero parece ser que van bien para las ventas, por lo que no hay duda de que seguiremos haciéndolos, igual que las naves. Evidentemente, ya no formo parte oficialmente de la Junta de Directores, por lo que ya no suelen escucharme tan atentamente como antes. Y no hace falta que se muestre recatado ante mí, joven. Estoy perfectamente enterada de que la Drake gana una buena cantidad de créditos vendiendo naves a personas que están en el lado malo de la ley. Puedo jurarle que, mientras a la UEE no le importe, eso tampoco le va a importar a nadie de Drake Interplanetary. ¿Pero qué es lo que sabe usted acerca de cómo empezamos la compañía?

–Sé lo que he leído. Que fue fundada por un grupo de ingenieros después de que rechazaran su propuesta para un contrato militar. Se suponía que iba a ser algún tipo de nave para la milicia. La doctora Dredge fue la directora de ese proyecto; ella fue quien fundó la compañía.

Irena dedicó a Oskar el mismo gesto con el que había interrumpido a Reinhart.

–¿Jan Dredge? Oh, por favor. Ella estudió ingeniería aeroespacial en la Universidad de Terra. Sólo por aterrizar en el planeta ya te regalan un doctorado. Oh, sí, Jan es bastante inteligente, supongo, pero siempre ha estado interesada en los beneficios. Siempre está con lo mismo: los costes, los costes, los costes… Ella habría sido más feliz como contable. Y usted, además, ha trabajado en compañías de recuperación, ¿verdad? ¿A cuántos directores de proyecto ha visto que trabajen directamente en su proyecto? –la doctora Marqet esbozó una sonrisa cómplice–. Por eso perdimos el contrato con la Armada de la UEE, ¿sabes? Presentaron otra nave más barata. Oh, Jan se puso realmente furiosa con eso. Como si no hubiéramos hecho todo lo que estaba en nuestra mano para mantener el coste de nuestro prototipo lo más bajo posible. Jan estaba especialmente enfadada conmigo, porque yo había insistido en que ciertas prestaciones tenían que mantenerse, sin importar lo mucho que ella quisiera quitarlas –la doctora Marqet rió en voz baja–. Y luego cogimos ese mismo proyecto y gracias a él ganamos miles de millones más de los que habríamos ganado nunca trabajando para la UEE. A decir verdad, creo que nunca me ha perdonado por eso. Pero ella todavía es joven.

La doctora Marqet se inclinó hacia Gruber.

–Yo ni tan siquiera se suponía que tuviera que formar parte del proyecto. Me había retirado unos cuantos años antes. Era sin ninguna duda la persona de mayor edad del equipo. Un colega mío, el doctor Allisaid, me invitó a unirme al equipo. Al principio yo sólo estaba allí en función de asesora. Pero al cabo de unos pocos meses me sentía completamente involucrada en el proyecto. Eso fue en 2920; dos años antes de que perdiéramos oficialmente el contrato con la Armada. Diseñar una nave, sobre todo partiendo de la nave como estábamos haciendo, lleva una buena cantidad de tiempo. Sinceramente, el hecho de que lográramos hacerlo todavía me sorprende –la anciana apretó los labios–. Supongo que Jan se merece parte del crédito. Era famosa por sus listas, sus hojas de cálculo, sus cronogramas… Bueno, supongo que eso es lo que te enseñan en la UT –frunció el ceño–. El gobierno siempre ha hecho cosas raras con el negocio de la concesión de contratos. Si hubieran tenido la más mínima visión a largo plazo, se habrían dado cuenta de que nosotros estábamos ofreciendo la mejor nave, tal como la historia ha dejado bien claro –la anciana le dirigió una mirada interrogativa–. ¿Cuándo fue la última vez que oíste a alguien mencionar un Wildcat?

Gruber alzó una ceja.

–¿Un qué?

La doctora Marqet chasqueó los dedos.

–¡Eso es precisamente lo que yo quería decir! –volvió a fruncir el ceño–. Supongo que esa es la forma que tienen los militares de hacer las cosas. Debería haberlo sabido; me pasé veinte años trabajando parta ellos antes de tener el sentido común de retirarme.

–Si usted estaba retirada, ¿por qué se unió al proyecto?

La anciana miró a Gruber con una expresión de lástima.

–Porque mi marido había muerto. Los dos éramos ingenieros. Nos había ido bien en nuestro trabajo, y estábamos ansiosos por poder empezar a tener todas esas cosas para las cuales no habíamos tenido tiempo hasta entonces. Mi marido iba a hacer un viaje, dar un conferencia en un simposio sobre metalurgia. La nave en la que iba se estrelló al aterrizar. Un fallo total de los motores. Sin ningún superviviente. Fue uno de esos accidentes que, según las estadísticas, se supone que nunca pasan.

La anciana miró fijamente a Gruber.

–Tenía una elección: encontrar algo por hacer, volverme loca, o morir. Yuri Allisaid me dio algo por hacer. Así que lo dediqué todo a ese proyecto –la anciana hizo una pausa, rememorando–. Me sentía bien trabajando en algo. Y ese trabajo me dio una oportunidad para superar lo que comprendí que no era más que culpa del superviviente. Mucha gente pensó que, después de que mi marido hubiera muerto en un accidente, yo no iba a querer participar ni tener nada que ver con un trabajo relacionado con diseñar una nave. Pero para mí fue algo catártico. Sí, estábamos diseñando un caza. Sí, era algo que estaba pensado para los mundos fronterizos. Las milicias locales que no disponen del mismo presupuesto que la Flota. Mi marido venía de un mundo como esos. Mientras yo colaboraba en el diseño de la nave, pensaba que a mi marido le habría gustado que yo diseñara algo que ayudaría a su hogar y lugares parecidos a él –en los ojos de la anciana asomaron las lágrimas–. Pensaba que, puesto que ya no podía hacer nada con él, entonces podría hacer algo en su memoria. Yo había perdido un sueño, el sueño que tenía de pasar el resto de mi vida con él. Así que lo reemplacé por un sueño de esa nave.

Nadie pensó que seríamos capaces de hacerlo. Ni tan siquiera el equipo de diseño creía que tuviéramos la más mínima probabilidad de éxito. Pero yo necesitaba algo en lo que creer. Creí en la nave. Las especificaciones que nos dieron para el contrato eran demenciales. Sinceramente, ahora que vuelvo a pensar en ello. parece más bien como si se tratara de las típicas maquinaciones políticas que ves para hacer que la gente piense que su gobierno está haciendo algo, cuando en realidad todo lo que están haciendo no es más que humo. Y poco a poco, todos nosotros empezamos a creer en la nave. Nos quedábamos trabajando hasta altas horas de la noche, proponiendo ideas, rechazando otras. Allisaid era un genio a la hora de coger un detalle minúsculo y conseguir que funcionara para hacer algo útil. Él fue quien tuvo la idea del anillo de atraque situado en la quilla. Una idea realmente genial, pero nadie del resto del equipo había pensado en ella. Oh, sí, también tuvimos nuestros problemas. Tratar de solucionar los problemas con los asientos de la carlinga, por ejemplo. No te creerías las discusiones que tuvimos entre algunos miembros del equipo por los asientos deslizantes. Creo que Jan llegó a tirarle una taza de café a Zig. Fue una época de locos. Pero, evidentemente, no fue nada comparado con lo que vino después.

Una vez pasamos la fase de puro diseño y empezamos a trabajar con la construcción del casco del prototipo, empezamos a ver el verdadero potencial que tenía la nave. Y, evidentemente, encontramos todos los fallos que de alguna manera jamás aparecían en los diseños por ordenador. Zig era el ingeniero jefe de los sistemas de suministro de energía. Iba corriendo por el hangar, llevando ese ridículo sombrero azul, gritando con su acento de Vega: “¡Más energía! ¡Necesitamos energía!” cada vez que alguien sobrecargaba los circuitos de conexión. A la cuarta vez que dijo eso en un lapso de una hora, Jan se detuvo ante él, le quitó el sombrero de la cabeza y le gritó a la cara: “¿Ahora quién tiene más energía?”.

Gruber se puso a reír junto a la anciana.

–Fue una locura, y muy estresante, y probablemente el trabajo peor pagado que he tenido en cuarenta años. Pero era un grupo maravilloso de gente con la que trabajar. No me di cuenta de lo mucho que los necesitaba, y cuánto recibí de ellos, hasta que entramos en las fases finales de prueba. Nos estábamos preparando para realizar el primer vuelo de prueba, y Yuri me miró y me dijo que lamentaba que mi marido no pudiera estar aquí con nosotros. Le dije que yo también lo lamentaba. Me dolía pensar en él, pero me di cuenta de que, aunque me resultara doloroso, no iba a morirme de pena por no tenerlo más a mi lado.

La mujer dejó de hablar por un momento, rememorando el pasado, y Gruber esperó pacientemente a que prosiguiera.

–La prueba fue todo un éxito. A decir verdad, mucho mejor de lo que esperábamos. Y al día siguiente, puse ese medallón en la nave.

–No tenía ni idea –dijo Gruber mirando a la anciana con admiración–. No tenia ni idea cuando lo encontré.

La anciana asintió.

–¿Por qué deberías? Nunca pensé que nadie fuera a encontrarlo, escondido en el primer prototipo de Cutlass –la mujer pareció recuperar la compostura y le dirigió a Gruber una sonrisa cómplice–. Tras enterarme de todo por lo que ha pasado, tal vez deberíamos aprovecharlo para una campaña de marketing. Haría ganar otros mil millones de créditos a la Junta de Directores.

–Pero, si es el primer prototipo, ¿cómo terminó siendo vendido a Zara Vencia? –preguntó Gruber–. Quiero decir que, ¿no habrían tenido que exhibirlo en un museo, o algo así?

–No teníamos ni la menor idea del éxito que iba a tener el diseño –contestó la anciana riendo–. Y para cuando nos dimos cuenta, estábamos demasiado ocupados tratando de cubrir la demanda como para preocuparnos por lo que le pudo haber sucedido al original. Cuando perdimos oficialmente el proyecto, nos trasladamos al sistema Magnus. Construimos las fábricas iniciales, tratamos de conseguir subcontratas; fue una gran empresa para todos nosotros. Y recuerda que esta compañía estaba dirigida por ingenieros. Si se pierde un fragmento de información, entonces es como si nunca hubiera existido. Jan estaba siempre insistiendo en tratar de establecer una “cuota de mercado”. Estábamos tratando de fabricar naves lo más rápido que nos era posible. En algunos casos, llegábamos incluso a regalarlas, sólo para que se hicieran populares. Se cometieron errores en los envíos. Para cuando alguien se dedicó a investigar su paradero, la nave ya había desaparecido de nuestros registros. Supongo que podía haber pedido a alguien que le siguiera el rastro, recuperarla de alguna forma, pero para mí, esa nave ya había cumplido su propósito. Me había ayudado a salir de una mala época.

Gruber puso una mano en su bolsillo y sacó el medallón.

–¿Quiere volver a tenerlo?

La anciana hizo un gesto lento de negación con la mano.

–Soy una mujer vieja y me estoy muriendo –se percató de la mirada de preocupación que pasó por el rostro de Gruber–. Jovencito, he estado trabajando con máquinas durante toda mi vida. Sé cuándo empiezan a romperse. Y eso es todo lo que somos realmente, máquinas especializadas. En algún momento, las piezas se desgastan hasta el punto en que ya no puedes limitarte a cambiarlas por otras –la anciana volvió a sonreírle–. Pasa igual que con las naves que construimos. Pero a juzgar por todo lo que me has contado, no creo que tu nave haya alcanzado todavía el mismo punto que yo. ¿Por qué no devuelves este medallón al sitio donde lo encontraste? Y luego ve a ver qué tipo de vida le queda a esa nave.

Gruber le devolvió la sonrida y volvió a guardar el medallón en su bolsillo.

–Sí, señora. Creo que eso es precisamente lo que haré.

–Ha sido un raro placer conocerle, joven. Pero creo que ésta ha sido toda la emoción que puedo soportar en un mismo día. Me aseguraré de que George le devuelve sano y salvo a su nave.

–El placer ha sido todo mío, doctora Marqet.

Gruber empezó a alejarse de la cama. Cuando llegó a las puertas, se dio la vuelta y miró por encima de su hombro. Irena Marqet seguía despierta, mirándole.

–Señora, si me permite, me gustaría hacerle una última pregunta.

–¿Y cuál es?

–¿Por qué le puso a la nave el nombre de Pride of Kingsport?

Gruber pudo ver a la doctora Marqet sonreír desde el otro lado de la habitación.

–Porque mi marido nació en la ciudad de Kingsport. Y creo que estaría muy orgulloso de esa nave.

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Gruber terminó de reemplazar la tapa de la caja de empalmes. El medallón estaba de vuelta al sitio donde lo había encontrado. Sonrió para sí mismo, preguntándose qué pensaría la siguiente persona que lo encontrara. Si es que había alguna siguiente persona. No tenía manera alguna de saberlo, evidentemente, pero tras su charla con la doctora Marqet, estaba convencido de que alguien volvería a encontrar el medallón en el futuro. Incluso aunque esa idea no fuera más que soñar despierto, era una idea agradable. Gruber salió de la nave, haciendo una comprobación antes del próximo vuelo. Se aseguró de que la rampa de carga estuviera bien cerrada, repasando dos veces la luz azul que indicaba un cierre hermético. Recorrió con la mano el fuselaje redondeado mientras hacía su inspección final. Se detuvo por un mome3nto, mirando el nuevo nombre escrito en letras amarillas a un costado. Golden Opportunity. Le parecía que sonaba bien. Subió por la escalera del costado de babor hasta llegar a la carlinga y cerró la puerta tras él. Cuando se hubo acomodado en el asiento del piloto, inició la secuencia para encender la planta de potencia y poner los motores al máximo para un despegue. Mientras lo hacía, paseó su mirada por la carlinga, casi como si la estuviera viendo por primera vez.

–Has sido una soñadora, una cazadora, una pirata y una exploradora –reflexionó–. Me pregunto qué serás conmigo.

Fin

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Jorge del Barrio

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