Huir de la libertad

Las escaleras se extendían hacia el infinito. Cada peldaño era más alto que el anterior. Juan tenía que subir la larga escalinata cada mes para inyectarse los fármacos recetados por algún siquíatra. La última vez que no fue, las alucinaciones le hicieron huir a otro país. Sólo escapaba de la rutina, de la apatía y del odio que manifestaban los demás hacia él.

Otro escalón.

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Pombo era el perro parlante que le aconsejó marcharse del lugar. Había desaparecido, junto con sus esperanzas. Su madre le decía que debía de trabajar, encontrar una mujer honrada y tener hijos. Prole que a su vez tendrá que hacer lo mismo. Lo dice su madre.

Otro escalón.

Sus amigos le explicaron que era absurdo dejar su cómodo trabajo de oficinista y practicar autoestop porque Pombo se lo decía. ¿Dónde iba a ser más feliz que aquí?

La escalera se hacía más alta y empinada.

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Su único momento de libertad real, fue sin trabajo, sin amigos, con frío y sin pareja. En aquella carretera en medio de la nada con la única compañía de Pombo. Su corazón se aceleró. Estaba en uno de esos momentos en la vida en que tienes la opción de tomar dos caminos, continuar la carretera de lo normal o tomar la dura desviación que puede traer cosas mejores.

Giró sobre si mismo y bajó el corto tramo de escaleras con una sonrisa. Al final estaba Pombo. Agarró su mano.

– ¿Te animas a ser libre por una vez en tu vida?

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