Colaboración: Suite y ópera de Lucía Pradillos

Colaboración: Suite y ópera de Lucía Pradillos

Hace unas semanas escribí un pequeño artículo en el que os invitaba a enviar vuestros relatos para colaborar con la web. Lucía Pradillos se ha animado a enviar una pequeña y cruda historia. Así que sin más preámbulos, empieza Suite y Ópera de Lucía Pradillos.

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Entre los cartones tirados en un cajero automático a un grado bajo cero, se encontraba Teo. Una espesa niebla cubría todo. Teo había bebido dos tragos de un tetabrick de vino de mesa para entrar en calor. Se había quedado dormido después. Soñaba que estaba en una casa rural al lado de una estufa. La estufa le calentaba tanto como nada lo había hecho desde que vivía en la calle. Abrió los ojos lentamente cuando a su nariz llegó un olor a quemado. Se levantó sobresaltado. Habían prendido fuego a los cartones.

Teo los apartó antes de que llegase a las mantas. Vio movimiento de cuerpos a un par de kilómetros, pero no pudo distinguirlos por la niebla. Le pareció escuchar risas. Cabreado y asustado, se puso a correr en esa dirección. Se preguntaba qué desastre podría haber ocurrido si no hubiera llegado a despertarse. Se puso a toser. Correr con humedad era contraproducente.

Cuando llegó la niebla se había disipado un poco. Únicamente había un lujoso hotel. Preocupado porque le echasen pero decidido a buscar a los responsables, accedió al recinto. En la recepción había un chico joven de unos veintipico con buena presencia. Le preguntó con tono cortés que a qué nombre tenía la reserva. Teo le miró asombrado. Hacía muchos años que nadie le trataba así. Respondió que no tenía, que venía buscando a alguien. El chico sonrió. Dijo que todos venían buscando a alguien. Le propuso que intentase darle su nombre completo. Teodoro Baltés. Volvió a sonreír. Le entrego una tarjeta magnética. Pertenecía a la suite.

Teo no entendía nada. Se miró a los pies de casualidad. Sus deportivas desgastadas que llevaba a diario desde hacía cinco años, habían sido suplantadas por unos mocasines. Su sudadera imitación de una marca comercial por una americana. Se tocó la cara. Estaba afeitado. Olía a una colonia suave. ¿Qué era aquel lugar? Huyó espantado pero la puerta giratoria no se activó. Estaba atrapado.

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El recepcionista le pidió que se fuera a su habitación. Aún quedaban tres horas para que el chófer acudiese a llevarle a la ópera. Teo repuso que él no había asistido a la ópera en su vida. El chico se río como si se tratase de una broma. Le tendió la llave y le indicó dónde estaban los ascensores. Habitación 35. Cogió el ascensor obediente y pulsó el botón de la tercera planta. En el espejo del ascensor observó su rostro rejuvenecido. Era como si nunca hubiera estado viviendo en la calle. Como si tuviera una vida paralela en aquel hotel. Quizás lo más acertado era disfrutar y no preguntar demasiado.

Introdujo la tarjeta en la ranura. Le sorprendió lo impoluta que estaba la habitación. Ni una mota de polvo. Eso desmontaba su teoría de que podía ser un hotel fantasma. Sacudió la cabeza. Seguramente estaba muerto. El frío y el vino habrían hecho de las suyas. Aunque se sintiese más vivo que nunca. La habitación traía una botella de cava abierta con una cubitera para enfriarse. Preparó el agua del hidromasaje para que estuviese templada. Se desnudó y se metió dentro. Previamente había cogido el cava para pegarle largos tragos mientras se bañaba. Las burbujas no tardaron en aparecer.

Teo cerró los ojos hasta que sin darse cuenta se quedó dormido. Cuando despertó esperó volver a estar entre cartones, pero seguía en la bañera. Lo que vio le horrorizó tanto que le dejó con la boca abierta sin llegar a gritar. El cuerpo desnudo de una mujer, inerte, chocaba contra el suyo. Sus extremidades estaban colocadas como si hubieran querido meterle en la bañera a presión. El agua de la bañera estaba llena de sangre. Teo seguía inmóvil observando a la mujer. La conocía. No había envejecido. Estaba tan joven como él ahora. Era su ex.

 

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